miércoles, 6 de febrero de 2019

Conversación en el Ministerio

Nota: este diálogo imaginario, hasta ahora inédito, lo escribí entre 1994 y 1995.

El director de "Proyectos Especiales" del Ministerio X, irrumpe, ajeno a toda cortesía, en una estrecha oficina donde un joven de apariencia informal fuma y mira por la ventana.
El director: Hernández, una vez más me veo obligado a reprocharle sus desatinos. Ha vuelto usted a incurrir en la desfachatez de alterar mi artículo de prensa.
Hernández: Si mal no recuerdo, a petición suya, aunque no es parte de mis funciones en este ministerio, hago la revisión de estilo de sus escritos.
El director: Usted lo ha dicho: revisión de estilo... y no la irreverencia de tergiversar mis ideas. Usted sabe que yo soy un hombre de cierto prestigio en el mundo político, por eso no puedo permitirme errores o frases inconvenientes.
Hernández: Sin embargo, cuando sus artículos de prensa son celebrados no tiene usted la gentileza de reconocer mis esfuerzos.
El director: Creo que ese reconocimiento queda sobreentendido. Pero en las dos últimas semanas ha hecho desastres...
Hernández: Creí que yo los evitaba.
El director: No se haga el irónico. ¿Cómo se le ocurre escribir sus delirios en vez de mis planteamientos, los cuales, por lo demás, apuntan al entendimiento nacional?
Usted, usted Hernández, ha conseguido que sea mal visto en las altas esferas políticas, por culpa de sus desmanes y, debo admitirlo, por haber confiado ciegamente en usted, pues permití que mi artículo fuera enviado sin yo revisarlo antes.
Donde decía "el país se ha enrumbado equívocamente hacia una zona entrópica, y allí nos ha conllevado, principalmente, un liderazgo político que no ha concientizado los cambios que nos reclaman los actuales momentos", usted ha puesto: "Es de lamentar que el país está  comenzando a experimentar el desorden. Parece obvio que una de sus principales causas, por no decir la única, es la tozudez de una clase política renuente a los cambios que exige la hora presente".
Hernández: Tiene usted razón; es muy poco lo que hice para favorecerlo. Pero, si me permite, no era mucho lo que podía lograr con tan poca materia prima...
El director: ¿Se atreve usted a menospreciar mis ideas?, ¿quiere decir que no valen nada?, ¿echa por tierra mi conocimiento de la realidad nacional?
Me parece que está  llegando demasiado lejos, amigo Hernández.
Hernández: Fíjese bien, el hecho de que usted publique semanalmente en un "prestigioso periódico" no quiere decir que usted (y le juro que no quiero ser grosero) sea un hombre de ideas. Por lo demás, durante un buen tiempo yo cometí semejante falta.
Una idea no es un atado de palabras que se lanzan sobre un papel; tampoco es un retazo de la fraseología de moda. Quienes presumen de intelectuales suponen que basta entremezclar los destellos de la ideología triunfante o, por lo menos, que  gana la aprobación de quienes se creen rectores del mundo, para tomarlos como suyos y ser sus abanderados. Entonces, a esos llamados intelectuales uno los ve en la persuasiva tribuna de los medios de comunicación profiriendo sus más caras palabras; todas ellas, por lo general, desalmadas.
Señor director, si algo le falta a este mundo son pensadores, gente de sentido poético... Si lo vemos bien, el mundo está  harto de planificadores; al menos tal como hasta ahora se les ha concebido.
El director (entre curioso e iracundo): ¿Quiere decir que tanto los políticos como muchísimas personas que se han dedicado al análisis de los problemas que confronta la sociedad venezolana contemporánea están equivocados?
Hernández (después de acomodarse en la silla y apagar el cigarrillo en un cenicero repleto de colillas): Si no me atrevo a decir que están equivocados, ello se debe a que procuro no arrogarme el privilegio de poseer la verdad y a la convicción de que es muy difícil salir de la neblina del desconcierto. Además, soy de los que aún creen en las virtudes del diálogo; oyendo se aprende, aunque inevitablemente deban oírse montones de paja. Pero me ha hecho usted una pregunta y considero importante respondérsela, aun sabiendo que mi respuesta puede parecerle vaga y, sobre todo, desagradable.
El planificador y el político suelen estar deformados por la convicción en su omnipotencia y en sus capacidades redentoras. Ambos consideran el conocimiento materia sustentada por el caudal de información que somos capaces de adquirir, a costa de hallarse lo más lejos posible de la sabiduría, del sentir. Los poetas lo han dicho: usted puede describir una flor, detallar las partes que la integran, pero si ella no ha tocado su corazón sólo será  un objeto para llevar al mercado y dar o recibir dinero por sus preciadas características, tal como está  sucediendo con casi todo aquello que se llama arte.
Quiero decirle que a veces me faltan palabras... o, más bien, me sobran.
El director. Hernández, padece usted la irremediable manía de llevar cualquier conversación al terreno de lo "poético". Entiéndalo de una vez para siempre: deje la poesía para sus ratos de ocio y para las reuniones en las que buscamos olvidar la opresión de la realidad político-social.
Un político no puede andar por allí soñando con flores o pensando en la hermosura de senderos verdes; un político es un hombre que busca soluciones a los problemas que agobian al pueblo, y para ello debe hacerse acompañar de planificadores que manejan toda clase de información actual.
Como usted comprenderá, un político es un hombre de acción que no puede dejarse rebasar por la dinámica de la sociedad. Un político que se precie de ser tal, debe procurar señalarle el camino a su pueblo, porque el pueblo es la única razón de sus sacrificios y sólo a él debe lealtad.
Hernández (aplaudiendo suavemente): Muy buenas sus palabras para una agenda o un calendario, pero ni usted mismo cree en ellas. No es su boca la que habla, son sólo frases del recetario político al cual sí le guarda lealtad.
Señor director, dice usted realidad como si se refiriera a las reglas del béisbol o a los favoritos en una carrera de caballos. Usted pertenece al mundo de las manipulaciones, donde la palabra es apenas un elemento de persuasión. Por eso allí prospera una jerga cada vez más incomprensible, en constante fuga de la sencillez, para encubrir la falta de espíritu de sus pregoneros. Si los de su mundo repararan, al menos por segundos, en la riqueza de cada palabra y en el vacío que cada una de ellas lleva, probablemente les horrorizaría malgastarlas en sus contrahechos discursos.
El lenguaje es un arma de doble filo. Con él puede celebrarse el milagro de la existencia; gracias al lenguaje un hombre puede insinuarle a muchos los matices, las sutilezas y las sombras y epifanías de sus propios corazones. Pero el lenguaje puede ser el peor instrumento para contribuir a la confusión, para llevar a todo un país, al mundo, por el despeñadero del fanatismo. Con el lenguaje puede fingirse sabiduría, puede conquistarse el poder, puede simularse el amor; con el lenguaje, las más mezquinas formas de gobierno y opresión económica celebran hoy el fin de la historia y declaran el advenimiento del reino de la abundancia, cuando muy bien sabemos que se trata de una mentira que beneficia a unos pocos.
¿Acaso debo repetírselo? Pues bien, lo haré‚. El mundo necesita artistas, pero artistas del vivir (no hacedores de obras). A ellos todos los instrumentos de la moderna tecnología le prestarían un gran servicio; a ellos, la ciencia (originalmente emparentada con la poesía) los conduciría al asombroso conocimiento de la exacta correspondencia entre los mundos infinitamente pequeños y la indescriptible inmensidad del orbe; ellos encontrarían en un verso la sabiduría que hoy se considera despreciable frase de holgazanes.
Señor director, eso que usted llama realidad comienza donde terminan las ilusiones superpuestas que nosotros prodigamos y que consideramos la verdad de nuestra existencia.
El director (aplaudiendo con fuerza y sonriendo con malicia): ¡Bravo!,¡bravo! Definitivamente, su "reino no es de este mundo”.
No pretendo ofenderlo, pero tiene usted derecho a concebir sus fantasías como mejor le parezca. Además, tengo la impresión de que usted se ha entregado en exceso a cierta literatura idealista, cuyas raíces apenas se mantienen en el aire. En mi época de estudiante a quienes divagaban como usted lo hace, los llamábamos etéreos.
Hernández: En su época de estudiante se deliraba con el socialismo; y que yo sepa, no había mucha terredad en las esperanzas revolucionarias de su generación.
El director: Pero eso no me ha impedido reconocer mis errores y ahora darme cuenta de que las actuales circunstancias requieren de gente con los pies bien puestos sobre la tierra. Gente, entre las que me incluyo, que ha comprendido el auténtico significado de la democracia pluralista, el papel fundamental de la libre empresa y la activa participación de la  sociedad civil en los asuntos del Estado. Y ésas son tareas en las cuales sólo personas abiertas a los vertiginosos cambios del mundo moderno pueden participar, aportando sus ideas y llevando a cabo los estudios necesarios para realizarlas.
Hernández, si usted se considera un hombre de letras, entonces siéntese en su escritorio o a las sombras de un  árbol y cante a la noche o a los elementos, o dedíquese a hilvanar aventuras de héroes; retírese a los placenteros aposentos del arte y deje los asuntos de gobierno a quienes sí saben moverse en los laberintos de la política y la organización social.
No se preocupe, en una sociedad justa y democrática, los poetas o artistas o como quiera llamarlos, tendrán su lugar apropiado.
Hernández: Cuanto le he dicho ha sido con el objeto de aminorar nuestras disensiones, pero ya veo que eso es imposible. Sin embargo me atrevo a darle algunas opiniones más, puesto que antes le dije que de toda conversación se aprende... si sabemos oír.
El director: Digamos  que no estoy muy interesado en estar de acuerdo con usted; pero veamos, me queda un poco de tiempo para disfrutar de su atropellada utopía.
Hernández: Bien, no aspiro que los poetas o artistas suplanten a los políticos en las diligencias del Estado, lo cual no excluye que algunos de ellos posean aptitudes para realizarlas. Pero ha olvidado usted la preponderancia de esa especie de sabihondos de nuestros días formados para el liderazgo político y empresarial: los tecnócratas. Y sé que usted no sólo los aplaude, sino que es uno de ellos. Razón suficiente para que le sea imposible avizorar sus limitaciones.
Por otra parte, me parece odiosa la idea de asignarle a cada quien un papel en la sociedad. Es decir, tengo la impresión de que usted, sin darse cuenta, confía en la llegada del Gran Hermano; entonces él se encargará  de entregarle su libreto a cada quien, a nosotros, los simples mortales.
Está  bien que el campesino vaya al campo, el oficinista a su oficina y el técnico a su máquina, siempre y cuando prevalezca el sentimiento de no aplastar a los demás. Y quién va a organizar una sociedad semejante: ¿acaso un selecto grupo de presuntuosos que ignoran todo asunto del corazón? ¿Los va a extraer usted de las filas de una sociedad cuyo principal sustento es la diosa economía? ¿Los va a buscar en la sociedad que limita las relaciones entre los hombres a la competencia insana, disfrazada de deseo de superación social?
Un hombre puede llegar muy lejos en el camino que se ha trazado, pero siempre será  un mutilado espiritual si ignora los dones de la contemplación, el ocio beatífico y no cae en cuenta de que el dinero es una abstracción y no una medida de dignidad o instrumento para imponer arbitrariedad a otros.
Yo no le hablo de una sociedad de puros artistas, no me crea tan necio.  He procurado decirle que sin sentido poético ningún hombre, sea cual fuere su profesión u oficio, nunca verá  más allá  del horizonte de su nariz. Su realidad será  estrecha, cuando no la imposición de viejos prejuicios y escrúpulos. Concebir  el mundo como un escenario para regodearse en sus creencias, en sus ilusiones cada vez más complejas. Así, los más honrados de nosotros predican la igualdad de clase, la caridad o la ecología con todas su derivaciones.
Señor director, eso que llamamos nuestro mundo es la plenitud del mercado: todo está  en venta y todo marcha bien, pero todo marcha sin alma.
El director: ¿Nadie le ha dicho que usted sería un buen pastor de iglesia? Llevaría a los feligreses por el camino de sus ensoñaciones con tanta facilidad, que terminarían por olvidar su nombre y su origen. Los ahogaría en un mar de mundos imaginarios que ni siquiera sabrían, al terminar su sermón, por qué fueron a escucharlo.
Créame Hernández, poco se puede hacer con palabras en este mundo.
Hernández: Y menos cuando esas palabras están divorciadas de las acciones.
El director: Suele usted interrumpirme para acotar sus pésimas humoradas. Pero no caeré en su trampa. Ahora debo retirarme; el ministro me espera. Nos entrevistaremos con el Presidente. Hasta luego. ¡Ah!, se me olvidaba. Por los momentos conservará  su empleo; claro está, si hace bien su trabajo. ¿Cómo? Es muy sencillo: no insertando sus desvaríos en mis escritos.
De todos modos, tal vez volvamos a conversar; aunque espero que el motivo no sea el repetir mis reclamos.

Hernández: Hasta luego, y salgo detrás de usted. La calle me espera. Allá  afuera hay muchos secretos que reverenciar. Por hoy le he dispensado bastante de mi tiempo al Estado.

martes, 8 de enero de 2019

Notas desde el barranco (VIII)


  Casa por cárcel en la Venezuela revolucionaria

De la serie Salidas de emergencia, Laura Díaz Millán


Sin haber cometido ningún delito, por el solo hecho de ser ciudadanos (si acaso algo de ciudadanía nos queda) de un país saqueado y secuestrado por una minoría desquiciada, no somos pocos los que hoy tenemos la casa por cárcel. Puede parecer exagerada esa afirmación, pero los testimonios al respecto abundan y no, precisamente, por la inseguridad en las calles (que la hay y mucha), sino por los bolsillos arruinados y las cuentas bancarias pulverizadas, y además, para el padecimiento de muchos, el pésimo y apenas existente servicio de transporte público.
Y cuando se habla de libertad o libertades en relación con la economía se piensa en grandes inversiones, grandes empresas, seguridad jurídica y libre competencia, pero poco o nunca se piensa en el individuo o en los individuos: nada más y nada menos que los sujetos beneficiarios de la prosperidad económica de un país, al menos en un verdadero propósito (no mera declaración ni ideal siempre postergado) en un mundo más justo y equitativo. La libertad económica en esos sencillos y elementales términos bien puede ir de consuno con la libertad de pensamiento y por eso los socialistas, más que los capitalistas, se encargan de empobrecer al pueblo para mantenerlo sometido: así de simple es el caso venezolano. El socialismo a la cubana, impuesto en Venezuela, no requiere mayores indagaciones para saber que una minoría más militar que cívica vive por y entre privilegios, muy por encima de una mayoría depauperada y cada vez más dependiente de las migajas que, entre discursos patrioteros y de altisonante y falaz justicia, con burla solapada le arroja la banda enquistada en el poder. Una frase común y lapidaria lo resume: el socialismo es para los pendejos.
Ningún consuelo religioso ni trascendental es suficiente para atenuar los sinsabores de la pobreza y de su inseparable hermana, el hambre. Por eso, no pocas veces el siglo XX y el que ahora corre llevan a asociarlos a una nueva Edad Media (y recuerdo las crudas descripciones de la Europa medieval de Michelet en La sorcière), sobre todo en aquellos países en que el dogma religioso o político hace de la vida un historial de padecimientos en nombre de un venturoso futuro que nunca llega… ni llegará, porque el sustento de esas demencias, de igual origen psíquico con distintos nombres, es lo irrealizable y una excusa que justifica un presente inllevable y soportado a duras penas por la pura voluntad de vivir.
Se me ocurre que toda libertad, incluida la económica, amerita una sacudida a ciertas palabras que suelen ensalzarla y acompañarla: devolverles su sentido original (algo y mucho en esos términos ha dicho Cadenas recientemente). Y en cuanto a la libertad económica, buena parte de la humanidad ha de empezar por darle franqueza a su relación con el dinero en cualquiera de sus formas. Demasiada hipocresía de justos y pecadores, por decirlo de alguna manera, contaminada de culpa y afán de poder, han hecho del dinero una especie de cosa maldita que nadie deja de amar en lo más íntimo de su ser. Por algo Bertrand Russell, que filosofaba sin andarse por las ramas, afirmó en Los caminos de la libertad, con sobrada perspicacia y sentido común: Cualquiera que observe cuántos de nuestros poetas han sido hombres de fortuna personal, se dará cuenta de cuánta capacidad poética ha quedado sin desarrollar a causa de la indigencia, puesto que sería absurdo suponer que los ricos están más dotados por la Naturaleza de capacidad poética. Bastante al respecto dijeron Cervantes y Villon, que padecieron la pobreza, y Swift que supo condolerse y abogar por quienes la padecían.

Mucho puede volar el espíritu y mucho ha alcanzado de la mano con el genio y la imaginación, pero por el paraíso celestial y por los de ahora, los muy prometidos, los terrenales, se sigue haciendo de la Historia una larga noche de insomnio (como dijo Derek Walcott) y en la nefasta realidad creada por la ficción política hamponil de Venezuela nos tienen a muchos en la casa por cárcel.

sábado, 5 de enero de 2019

Apuntes a partir de algunas ideas de D. H. Lawrence




Si lo pensamos, advertimos que nuestra vida consiste en ese logro de una relación pura entre nosotros y el universo viviente que nos rodea[1].
Son pocos los que piensan, menos los que advierten. Repetimos unas cuantas ideas desgastadas y sin aliento acerca del mundo y de nosotros mismos. Siempre tenemos a mano algo o a alguien para culparlo de nuestros males. Preferimos huir o despotricar de lo que nos asedia, antes que detenernos y reflexionar, como pedía Keats.
Nos refugiamos en un círculo de complacencia y resistente orgullo. Las cosas sólo están para ser utilizadas, nosotros vivimos para la satisfacción de alcanzar metas. Todo lo conocemos: no hay secretos ni misterio. Cargamos "verdades" disecadas y prejuicios cegadores. Somos (o no creemos) demasiado inteligentes, pero la rutina es una batalla y la vida nos parece tan aburrida que saltamos de una distracción a otra. Cercamos la atención; casi siempre nuestra risa es un quejido disfrazado; procuramos, cada vez más, no sentir nada; desoímos las voces de nuestro lado oculto.
Cualquier hijo de vecino dice: tengo una mujer, tengo hijos y buenos amigos que me quieren y yo les correspondo ese "amor" que sienten por mí. Se siente dueño de otras personas o, en el mejor de los casos, apoya su "afecto" en la afinidad de creencias y prejuicios que mitigan su desazón. Hoy resulta rarísima la relación (si así puede llamársele) nacida de algo más allá de cualquier lema o norma de cofradía: nos sostiene la complicidad. No miramos el destello que podemos provocar: nos refugiamos porque, aunque no lo aceptemos, nos rige el extravío.

Es la relación con la mujer y con mis prójimos lo que hace de mí un río de vida[2].
Sobre el lecho de un río muerto construimos el mundo del ideal económico, de la competencia mercantil, de los deseos infatigables.
Oigo a esa mujer de espíritu bélico, ponderar su autosuficiencia y su capacidad "viril" de trabajar. Dice, no sin malicia:
-Me gusta vivir sola. Puedo pasarla muy bien sin un hombre, salvo cuando mi cuerpo necesita uno de ellos para aplacar el instinto.
Oigo también a ese hombre de "ideas liberales" condenar a las mujeres:
-Son necias, nada inteligentes y se empeñan en quitarme mi libertad.
Ambos bandos, de algún modo, tienen razón. Pero... ¿por qué tantos reproches?, ¿por qué tanto afán de libertad?, ¿acaso no podemos unirnos a alguien, sin que tarde o temprano, nos volvamos un estorbo el uno para el otro?, ¿de dónde sale tanto resentimiento?
¿No estaremos confundiendo libertad con egoísmo? Roto el equilibrio entre los sexos, una fuerza destructiva nos mueve. Hemos perfeccionado la capacidad de disimular nuestras debilidades en favor del ego acorralado, urdidor de respuestas elusivas. Astutamente defendemos posiciones ganadas para esquivar lo inmediato y los verdaderos conflictos. Respondemos al llamado del alma con una declaración guerra.
Los escritos de Lawrence, igualmente cuando se refiere a otros aspectos del ser humano, apuntan hacia otra dirección.
Una mujer es una fuente viva cuyas salpicaduras caen deliciosamente a su alrededor sobre todos los que se acercan. Una mujer es una extraña y suave vibración de respuestas. O bien es una vibración disonante, chirriante y dolorosa, que avanza y lastima a todos los que se ponen a su alcance. Y el hombre, lo mismo. El hombre, ya que se mueve y tiene existencia, es una fuente de vibración vital que se estremece y fluye hacia alguien, de modo que se integra un circuito y hay una suerte de paz. O bien es una fuente de irritación, disonancia y dolor, que daña a todos los que están próximos a él [3].
Y nosotros hemos preferido ser fuentes de irritación: basta con ver un poco para darnos cuenta de ello. Pese a que poseemos todas las llaves, solemos pisotear el más mínimo brote de vida. Perdida toda capacidad de asombro, vivimos en el desencanto y sin cesar ofrendamos víctimas a los dioses de la destrucción.
Hay que cambiar el mundo. Hay que cambiar el país. Hay que cambiar la sociedad. Hay que cambiar el sistema.
Ese “hay que”, así despersonalizado, nos delata.
Políticos y sacerdotes de todas las tendencias, día tras día hablan del cambio. Frases que lo reclaman nunca faltan en las paredes de las vías públicas; abunda la bibliografía sobre el tema. Ahora bien, ¿quién anda mal?, ¿qué es lo que debemos cambiar? Lawrence, esquivando las trampas de las apariencias y rebasando un montón de teorías, nos dice:
¿Dónde radica, pues, el mal? En el sistema. Pero con esto no se dice nada. Después de todo, el sistema sólo es fruto de la psique humana, de los deseos humanos. Gritamos y culpamos a la máquina. Pero... ¿quién demonios hace la máquina, sino nosotros? Y todas las alteraciones del sistema, sólo son modificaciones en la máquina. El sistema está en nosotros, no es algo externo. Pues bien... sólo podemos culparnos a nosotros mismos y no hay nada que cambiar salvo dentro de nosotros [4].
Creo que no pocos estamos hartos de oír los monótonos discursos de los políticos y las proposiciones de los intelectuales acomodaticios. Sobran las formas de salvación, las explicaciones detalladas, los argumentos irrebatibles: nos regodeamos en el papel de víctimas. Hablamos de la pobreza, de la ambición, del poder y la explotación como si se tratara de entidades ajenas a nosotros. Lo que criticamos está  hecho a la medida de nuestro fracaso. La civilización no es más que un reflejo de la psique, la cual ha inventado los males y, a la vez, leves remedios para ellos. Se nos antoja culpar al sistema, poniéndonos, de antemano, en posición elevada. Desde allí observamos y soltamos la lengua. La consigna verdadera de un reformador al uso es: hay que cambiar todo siempre y cuando yo siga siendo el mismo, que no haya ninguna alteración en mi espíritu, que mi alma continúe atada.
Queremos imponer ideologías, queremos imponer jerarquías basadas en prejuicios de diversa índole, queremos ser sólo piezas de una maquinaria productiva, queremos ampararnos en lo que podemos controlar, queremos vencer y conquistar porque no encontramos ninguna otra razón satisfactoria para vivir. Sólo sabemos usar.
La cacería de Moby Dick no ha terminado. Con el Pequod se hundió una minoría de cazadores. Seguimos combatiendo contra el misterio que nos ha dado forma y conciencia. Nos aterra mirar y cuando la vida se asoma en una mirada o en el vuelo de un pájaro, corremos al escondite de pensamientos consoladores: hombres modernos, al fin, tenemos la televisión y los bares atestados de siluetas orgullosas de sus falaces democracias y de su progreso.
Menciono la cacería de Moby Dick, pensando en lo que Lawrence escribió sobre la gran ballena blanca que acabó con el capitán Ahab, pero no con la manía que éste padeció.
¿Qué es, pues, Moby Dick? Es el ser más profundo de la raza, es lo que atañe a la sangre, es lo más profundo de nuestra naturaleza.
Y es perseguido, perseguido, perseguido por el fanatismo maniático de nuestra conciencia mental blanca. Queremos cazarlo. Queremos subyugarlo a nuestra voluntad.[5]
Lo que atañe a la sangre no es asunto por tratar en las universidades, en los liceos, en las escuelas.
¿Y los políticos qué dicen al respecto?
Son seres exangües.
¿Y los escritores?
Casi nada. Unos están fascinados con sus juegos de palabras. Otros son pregoneros del compromiso político cuando ya se han cansado de escribir sobre fantasmas que nunca han visto.
¿Y los filósofos?
La mayoría se la pasa discutiendo sobre si Fulano o Mengano tiene razón.
¿Y los psicólogos?
Andan desenredando o enredando más pequeños dramas.
¿Y los científicos?
Casi todos esperan resolver la ecuación del universo.
Medimos, planeamos, diseccionamos: toda la vida en la palma de la mano para ser analizada, todo bajo el microscopio. Celebramos las conquistas de la técnica y por devoción al progreso nos inmolamos,  pero huimos de los sueños reveladores.
Nuestra inteligencia poco sabe del lenguaje cordial.
Para muchos, Lawrence es un crítico anticuado de la sexualidad enfermiza que sus novelas representan e ironizan.
La consagración del descaro en respuesta a la idealización del matrimonio y su apoyo en el suelo de las "buenas costumbres", fortalecen la creencia en el famoso amor libre: ídolo nuestro, es decir, gente moderna, espontánea y desinhibida. Nos basta con desnudarnos sin vergüenza para alcanzar "la revolución del cuerpo". La facilidad de cambiar de amante y la admisión de una geometría sexual, en la que los ángulos de las diversas figuras son personas de cualquier sexo, se han convertido en los emblemas de la liberación.
Lawrence previó esas consecuencias en el prefacio a una edición de 1929 de El amante de Lady Chatterley, y no precisamente en defensa del puritanismo.
En contraste con el puritanismo que dice: "­Chit!", y que produce al imbécil sexual, encontramos a la joven emancipada y avanzada, que no escucha ningún "Chit" y hace lo que le place. Lejos de temer al cuerpo y de negar su existencia, los jóvenes avanzados se van al otro extremo y lo tratan como una especie de juguete bueno para divertirse; un juguete vagamente desagradable, pero del cual puede sacarse un poco de diversión antes que nos abandone. Esas jóvenes se burlan de la importancia de la sexualidad, la tratan como un coctel y se sirven de ella para ridiculizar a sus mayores.
El salto al otro extremo  es la nueva hipocresía, para bien de los publicistas. Estamos ante una nueva parodia del amor. Juramos que el desenfado a un descaro burlón es lo que nos faltaba para "resolver los problemas de la sexualidad". Pero el deseo sigue sometiendo a los antojos de nuestro desvarío. Hemos dado a la relación entre el hombre y la mujer otros matices fundados en las imposturas de moda.
La lectura de cualquier página de Lawrence nos lleva siempre a la misma pregunta: ¿rebasaremos todos estos desatinos que conforman nuestra historia y seremos, al fin, dignos habitantes del reino de la diversidad, fieles al rumor de la sangre y vivientes agradecidos por el magno regalo inexplicable?





[1] “La moral y la novela”.
[2] “Nos necesitamos mutuamente”.
[3]  “Nos necesitamos mutuamente”.
[4] “La educación del pueblo”.
[5] Estudios sobre literatura clásica norteamericana.

jueves, 20 de diciembre de 2018

Cuando la sangre se avecina como una lluvia sin fecha

A finales de 2013 escribí, en un rapto de susto y casi como una premonición, este poema (artipoema lo definió Luis Contreras cuando lo publicó en su blog Contracorrientes). Hoy, ya pasadas las fatales protestas callejeras de 2014 y 2017, me parece que estas eran la consecuencia inevitable en un país que aceleraba su caída por el despeñadero de la demencia en el poder y el resentimiento como acicate.




Nada parecido a una razón obsesiva entre dos paredes
sobrevive a las vituperaciones cotidianas,
pero los legisladores prodigan argumentos
entre sus ritos de perdones inalcanzables.
Sabrán ellos si una mano levantada
puede superar cualquier anuencia mal escrita,
si es que pergeñan leyes y no caprichos,
en medio de esa voltariedad agazapada
cuyo nombre resume la política.
Darán ellos sus palabras en compromiso consanguíneo,
mientras las paredes y las calles se vuelven
lúcidas delatoras de los abiertos y trabados desconciertos
previstos en gotas de sangre acuosa.
 
En este país,
en el supuesto tino vigente en las calles,
las yerbas de los sinsabores han crecido
bajo las huellas afincadas de la angustia.
Se han levantado muros de alegatos inquebrantables
para desembocar en pantanos de desilusiones.
Aquí mucha gente parece saber,
hurgando entre láminas de dolores inéditos,
que en los espejos se desvanecen sus simulacros.
Pero quienes tienen la retórica y las pantallas
tomadas por su influyente cuello,
quieren empezar o creen inaugurar auspiciosas prefiguraciones,
ajenos a las alucinaciones repetidas,
creyendo abrir un camino por donde ya hay una carretera.
Es su destino insistir en los despropósitos,
es su insistencia cavar tumbas abiertas
y como si se miraran en el fondo de un pozo inconcluso,
desconocen el alcance de sus dedos empobrecidos.
 
La sangre se avecina como una lluvia sin fecha
y no importa cuántas ventanas la esperen:
igual azotará los techos y doblegará los ánimos.
Para muchos las predicciones se derriten
como esperanzas maltratadas por las oportunidades,
mientras se desmaya un demiurgo a punto de nacer.
Volverán en términos de oleaje terco,
se revolcarán en la poca agua de las miserias barajadas,
cayendo y cayendo
cayendo y cayendo
cayendo
en el silencio de abundantes palabras presuntuosas.
 
¿Quién puede levantarse en una calle
sin nombre ni rasgos definitivos para acusar
a la sombra que lo persigue valiéndose de la madrugada
y de las preguntas rebotando en las piedras de ríos secos?
Estamos desfalleciendo de tanta energía
confiados a los números y a las cuentas bancarias,
suponiendo que la palabra pueblo
quebranta fronteras y decide destinos.
Desfallecemos de tanto querer
tal vez vida y suposiciones cristalinas,
en respuesta a la locura de plata y palabras alebrestadas.
Cuando la sangre se avecina
el miedo escondido insiste
en calentar las orejas con bondades perdurables,
mientras todos los sentidos anuncian y saben
que las palabras ya no son escondites inocentes
donde los cráneos flagelados no pueden soportar
las inconstancias fulgurantes de los deseos disfrazados.
 
¿Adónde irá a parar
la desazón convertida en hazañas?
¿Hasta dónde llegará el tumulto de suposiciones
libertarias, envueltas en frases sedantes y engreídas?
Aquí y allá y más allá
se desdibujan los márgenes de la serenidad
y se ahogan los reclamos y se pierden futuros
en los vasos de aguardiente
y en el humo de la piedra enloquecedora
y en el polvo dador de la jactancia
y en la propina de las felaciones precoces
y por el plomo de las armas rabiosas.
A la hora de los gallos
arrecian los sueños descalabrados
y cada amanecer es la continuación de los desencuentros enervantes
también al servicio de los saldos favorables.
Ya la espiga de cobre se inclina
sobre los cultivos abandonados,
ya las hachas amelladas se oxidan
en los barrancos de greda y en las zanjas de moho,
y eso sería poco o no valdría ni una queja
si no estuviesen quebrantándose los flacos linderos de la mesura.
 
Los devotos apuran la letra desjuiciada,
atizados por la voz imponente
y contentos por su mejorada hacienda.
El mañana es para ellos una plantilla
de números y letras acordes con sus pasiones enquistadas.
Prefieren ignorar que los preceptos
pueden volverse cadalso o cilicio.
Sobre los escombros de su monolengua rasante
más le importa a los afanosos escribientes
sus satisfacciones partidarias y su tasada obediencia.
Apuestan a una perpetuidad sin espíritu,
abonan un porvenir de piedras quebradizas
casado con sus epítetos monacales.
Reciben de su contraparte,
no menos ansiosa de cámaras y mando,
el veneno compartido en mesas separadas e indistintas.
 
Ojalá pudiéramos decir
con inocencia sacrificial que venga
a nosotros el Reino,
pero ni siquiera sabemos si hay un Reino.
Ya ni sabemos,
entre suposiciones temerosas,
si acaso algún Reino puede acogernos.
Lemas y fusiles se entrecruzan en rituales bélicos
siguiendo el curso de frases discordantes
y en los cuarteles,
sobre almohadas acuciosas,
se preguntan algunos si la valentía
debe tener un nuevo precio.
Y en la calle,
donde la inconformidad no sigue reglas
ni órdenes superiores ni quiere saber de jerarquías estrelladas,
la voz se rige por los mandatos de la necesidad
y así dice y desdice en contra del credo insistente.
Ese color como buen negocio propagado,
con pretensiones de volverse alma y conciencia,
se vuelve espuma de resabios
en los rompeolas de la docta ignorancia.
No venga a nosotros ese Reino prometido:
sus promesas quebrantan el pulso del día a día,
por más que unos y otros,
esos unos amparados en sufragios
y esos otros empeñados en ganarlos,
pretendan ablandar pareceres con papeles renovados
o privilegios de gloria al instante.
Sólo la muerte iguala,
nunca a juro las leyes y las arengas.
 
Sobran rigores y esmero
si sólo en los discursos se trazan los derechos,
¿acaso puede regirse el corazón
con notas a pie de página?
Palabras enconadas
si traen provecho es pasajero:
apenas respiran el aire del perjurio
reptan entre la hojarasca de razones aventadas.
Un buen día,
en los folios polvorientos donde se traman los destinos,
se delatan las intenciones de resentimientos
ilustrados para la venganza
y enceguecidos por sus complicidades.
 
Si la sangre llega a los ríos
solicitada por el odio cultivado,
ya sabrán mañana,
tal vez muy pocos,
que la inmemorial serpiente del destino
siempre se muerde la cola
y nunca estará de más advertir
que aflicciones ayuntadas a promesas deslumbrantes
suelen traer aprovechados endiosamientos
y llevar más gente caída a las fosas comunes.
 
¿Sobreviviremos a las leyes del ímpetu
y al frenesí de la arrogancia? 

miércoles, 28 de noviembre de 2018

Notas desde el barranco (VII)


Venezuela, entre la incomprensión y el desafuero


Muchas veces, casi a diario, me asalta la impresión de que poca gente en Venezuela, y mucho menos en el exterior, comprende a cabalidad lo que padece la mayoría en este país saqueado y envilecido. Es como si ante un paciente postrado por una enfermedad terminal, un grupo de médicos (sin entrar en detalles sobre su capacidad y su competencia) tuviese, cada uno por su cuenta, un diagnóstico y una percepción más acorde con su propio estado que con el del paciente que agoniza mientras ellos se miran en un espejo. Esa actitud, inficionada de cultivado egotismo, es quizás una de las más perturbadoras características de la sociedad venezolana de hoy; pero, no lo dudo, la menos visible y la menos sentida por los políticos y por quienes engordan las redes sociales con sus opiniones (de común afincadas en el desatino) o alardes excusados con aires literarios.
 Me atrevo a conjeturar que en todo ello priva un determinismo económico: vale decir que de acuerdo con las reservas pecuniarias que se posean (sean cuales fueren su origen y su antigüedad), las posturas y pareceres políticos, económicos, sociales y espirituales estarían ajustados a la capacidad de soportar la incesante inflación, la escasez, la especulación y la hija de todas ellas: el hambre.
En una realidad, en esa deplorable y nefasta realidad creada por la enajenación humana, como la de la Venezuela de hoy, lo que para muchos es absoluta desesperación, para unos pocos es apenas un aullido en una noche tranquila y silenciosa, una sola gotera en un inmenso tejado, pero pueden dormir sin sobresaltos porque al amanecer no les faltará algo en la nevera, en la despensa y en la mesa. Si algo caracteriza a las situaciones como la de Venezuela (militarista, “hamponizada” y saqueada) es que los contrastes se acentúan y por eso no deberían sorprendernos las bacanales en los palacios de lo mal habido, del oportunismo y aun en los de honrados y prósperos negociantes, aunque éstos sí sean excepcionales.
No escasean los hombres y mujeres de fe que alientan esperanzas (sobre todo las de los que viven con el agua al cuello y el corazón estrujado), porque ellos, dadores de esperanzas, aún pueden brindar por el futuro con un buen vino ante un churrasco de solomo y porque desde que se inventó la fe sólo ante la muerte la necesitan los pudientes y para toda necesidad e injusticia la esperanza es el licor barato de la mayoría, casi toda en la inopia. La resignación popular (esa infaltable aliada de la esperanza) se resume en una frase que no carece de sabiduría: “mientras se respire y se tenga salud”. Pero cuando falta (la salud) en plena crisis de los hospitales públicos y de lo impagable en las clínicas privadas, la única resignación es… morir en paz y los dolientes en zozobra para costear un funeral y una larga espera para la cremación. Francis Bacon, de indudable moralismo, y a quien Pope definió como “el más sabio, el más brillante, el más mezquino de los hombres”, pudo escribir desde su altura y con certeza que “el lápiz del Espíritu Santo se ha tomado más trabajo para describir las aflicciones de Job que las felicidades de Salomón. A la prosperidad no le faltan temores y disgustos; y a la adversidad, consuelos y esperanzas”; pero atenido a la fe cristiana remata con la misma receta y el mismo talante que es de esperarse de la bondad entre comodidades y privilegios: “la prosperidad exhibe mejor el vicio, pero la adversidad exhibe mejor la virtud”.
Por más que se haya dicho infinidad de veces, no está de más repetirlo: dejemos a Dios tranquilo y que cada quien se ocupe de su fe. Una democracia, más espiritual y verdadera que sólo política (como Whitman y Cadenas la han concebido en tiempos distantes y distintos) no debe dejar a la fe lo que muy bien podríamos hacer nosotros si no le diéramos más fuero al teclado o al bolígrafo que a la actitud y al proceder en el día a día. Y en casos como el de Venezuela, gran cárcel y gran manicomio, en contra de lo que algunos, bajo los efectos de algún arrebato populista o lírico (por más veraz, legítimo y honrado que sea) olvidan, o no quieren saber, porque sus arcas y su despensa no están huérfanas, cuánto azota al estómago y al espíritu la necesidad y cuánto perturban las carencias a los ánimos. Y en casos como éste siempre me acude a la memoria el consejo del nada descocado Don Quijote a Sancho para gobernar la ínsula, demostrando ser “persona muy cuerda y mejor intencionada y puso su discreción y su locura en un levantado punto” y teniendo muy presente que “la salud de todo el cuerpo se fragua en la oficina del estómago”: “procurar (Sancho) la abundancia de los mantenimientos; que no hay cosa que más fatigue el corazón de los pobres que el hambre y la carestía”.
Y todo ello se puntualiza en la piadosa, aunque laica, jerga sociológica de nuestros días con lo que se condesciende en llamar calidad de vida. A fin de cuentas se puede excusar la indiferencia y el abrigarse con oraciones, rezos o cualquier misticismo, porque la madre antigua y atroz de la incestuosa guerra sigue aquí, esa de la que Borges también escribió:

Tú que de sus pinares haces que surja el lobo
y que guiaste la mano de Jean Valjean al robo.
Tú que entre el nacimiento del hombre y su agonía
pides en la oración el pan de cada día.



                                                                                               Mario Amengual


viernes, 13 de julio de 2018

Discordancia



Si me quieren exprimido,
si me quieren agostado,
con el plato vacío en la mesa
y negando mis pasos discordes:
no comulgo en sus mórbidos altares,
no será suya la voz
inquirida en el silencio,
deslastrando palabras
en los solares de la desazón.

Aún puedo decir  y desdecirme,
no pueden cercarme en la patraña,
aunque prodiguen soberbias limosnas.
No seré condenado a vagar
en un saco de clavos.
Si me arrancan
las pancartas del reclamo  común,
todavía me quedan
las palabras desnudas,
luciérnagas en la memoria,
luz de la sombra en las tinieblas,
sabor y saber del decir al margen.

Hace tiempo aprendí
a equivocarme con decoro:
sé de barrancos, de cuestas empinadas,
de mañas con las barajas,
pero también aprendí
a negarme entre dos caminos,
a no someterme en las encrucijadas.

Si me envolvió el humo
de los ojos ardidos y la asfixia,
no renuncié a delatar las consignas,.
no digerí el monólogo insistente
y menos las tramas deliradas
en los salones del oprobio.

¿Es adorno o cuchillo la palabra?,
¿inunda papeles y alarga el incordio?,
¿sirve al carcelero o al amante?,
¿es flor prendida en los labios?,
¿se complace en el doble filo?,
¿se retrae en las vísceras
o es carne celebrante y gratitud?

Toca ser vigía
ante la palabra en dobleces.
Como almuédano a los creyentes,
convocar las palabras despojadas,
sin aristas de arrebatos,
sin acrobacias fascinantes:
señalar al espectro disfrazado con ellas.

Si la palabra rompe el clarín,
si se aposenta en el decir cordial,
quedan expuestos los vengadores,
los del martirio planeado,
los de la rabia adiestrada.

Las glorias fingidas,
las arcas hinchadas,
el porvenir en promesas inventado,
la misericordia burlada:
para eso basta el fragor de un espejismo.

Cae la lluvia
en las ciudades apaciguadas.
Largos veranos se han regado con sangre,
los árboles realengos
sacian las bocas silentes,
los grillos callaron
en las redes de veredas oscuras,
el rencor se renueva cada día
y se vale de cruces en pechos comprados.

Nos quedan voces inconformes,
rasgaduras en ajustadas banderas dominantes,
el trópico encendido en sus crepúsculos,
los dones reacios al cautiverio,
los vástagos indemnes de la lengua,
la antorcha encendida en la vigilia,
el recado insistente de los sueños,
las manos estrechadas tras barrotes
y aunque asediado por los sables,
puede uno albergarse en el asombro,
llevar la palabra en otro tono
y no ser peón del gárrulo cilicio.




Horror por el tiempo: Juan Gabriel y María Zambrano

  Mario Amengual De inmediato, lo sé, el título que encabeza esta página apresurará juicios negativos o un rápido e indiscutible rechazo: ...