viernes, 17 de abril de 2020

                La traición iniciática de Silvio Astier

                                                                                       Mario Amengual







1
Es difícil decir algo que valga la pena sobre Roberto Arlt que no haya dicho Onetti en su inmejorable y sincero prólogo a El juguete rabioso[1], modesta y poética novela que sobrevive a las modas editoriales. Al menos me queda la simple satisfacción de comentarla, siguiendo sus caminos de fracasos aleccionadores, frustraciones insuperables, dilemas éticos y poesía de arrabales.
Silvio Astier es el héroe adolescente, iniciado por un viejo zapatero andaluz en los deleites y afanes de la literatura bandoleresca, que sirvió a Roberto Arlt para expresar su oscura y lúcida alma argentina. Sueña Silvio con ser bandido y estrangular corregidores libidinosos, enderezar entuertos, proteger viudas y ser amado por singulares doncellas. En esa admiración por los malevos bondadosos se encompincha con Enrique Irzubeta, en cuyo elogio puede decirse que un bronce era más susceptible de vergüenza que su fino rostro, y fundan orgullosamente un club de ladrones (más bien de rateros, diríamos los venezolanos) al cual incorporan, pocas semanas después, cierto Lucio, un majadero pequeño de cuerpo y lívido de tanto masturbarse, todo esto junto a una cara tan de sinvergüenza que movía a risa cuando se le miraba. Adolescentes, al fin y al cabo, le dan a sus raterías y a su club una solemnidad acordes con sus cabezas soñadoras y en el Diario de Sesiones del susodicho club anotan con toda seriedad que el Club debe contar con una biblioteca de obras científicas para que sus cofrades puedan robar y matar de acuerdo a los más modernos procedimientos industriales. El Diario de Sesiones abunda en propuestas similares, que combinan peculiares experimentos científicos destinados a convertirlos en mejores e ilustrados delincuentes. Gozan los tres ladrones el dinero robado, gozan su impunidad ante la gente que ignora sus hazañas secretas y gozan imaginando los ojos con que los mirarían las doncellas si supieran que ellos son ladrones. Sienten que abochornan el peligro a bofetadas y les engrandece el alma el regocijo de quebrantar la ley y entrar sonriendo en el pecado. Pero Silvio Astier, en su pobreza que lo aprieta y entristece, va creciendo con el peso de su propia inutilidad y su destino lo acecha a cada paso, un destino que no empaña sus ojos y no apoca su corazón. Y culmina su primera etapa delictiva con el robo a una biblioteca que fuerza la suspensión de las heroicas actividades del Club de los Caballeros de la Media Noche y, además, Silvio y su familia se mudan a otro barrio por el eterno cuento de que el dueño de la casa les aumentó el alquiler, que como buenos pobres no podían pagar.
Signado para estar cerca de los libros, entra Silvio Astier a trabajar en la casa de compra y venta de libros usados de don Gaetano, cuyo local era más largo y tenebroso que el antro de Trofonio. Ese desventurado oficio revuelve las reflexiones de Silvio sobre su vida, sobre su amargo destino de inutilidad y pobreza:
¡Oh, ironía!, ¡y yo era el que había soñado en ser un bandido grande como Rocambole y un poeta genial como Baudelaire!
La soledad de Silvio se vuelve arrolladora y desespera por amor, o más bien por amar y ser amado, y en sus pensamientos se mezclan anhelos y amores puros (algunas veces, en la noche, hay rostros de doncellas que hieren con espada de dulzura o que dejan en los huesos ansiedad de amor) y el puro deseo de la carne por encontrar el goce y confiesa que alargaba un brazo hacia mi pobre carne; hostigándola, la dejaba acercarse al deleite. En el colmo de su soledad ansiosa y con el deseo quemándole el corazón y la piel, todo su cuerpo de hombre clama:
¡Y yo, yo, Señor, no tendré nunca una querida tan linda como esa querida que lucen los cromos de los libros viciosos!
Algo de cultivada compasión por sí mismo hay en Silvio Astier; llega a abundar en las páginas de El juguete rabioso, pero a la par de reclamos firmes contra la distante y exclusiva riqueza material de pocos. Al mismo tiempo que la calle y el dolor son par él escuelas que apuntan en un mismo sentido. Algo de ello intuye Silvio Astier cuando declara que su alma es baldía y fea como una rodilla desnuda, y busca entre las miserias de las calles y de las vidas turbias con las cuales les toca compartir sus días y seguir su viaje. Sobrevive el adolescente soñador, sobrevive con sus pugnas entre el bien y el mal, enfrenta sus demonios y mira más hondo y ese otro Silvio que puja por salir, a pesar de las dificultades cotidianas y de los sombríos parajes por donde avanza, habla con la fuerza poética que pocas voces alcanzan:
    Busco un poema que no encuentro, el poema de un cuerpo a quien la desesperación pobló súbitamente en su carne, de mil bocas grandiosas, de dos mil labios gritadores.
  Las penas de Silvio Astier, necesarias en su vida, de esa vida que durante nueve meses había nutrido con pena un vientre de mujer, las siente necesarias con todos los ultrajes, todas las humillaciones y todas las angustias. Y de pronto esa misma vida se encuentra consigo misma, se complace en ser vivida y con la voz adolescente de Silvio Astier habla el poeta Roberto Arlt (de un gran y extraño artista, asegura Onetti y estoy absolutamente de acuerdo con él):
Vida, Vida, qué linda sos, Vida.... ¡ah! ¿pero vos no sabés?, yo soy el muchacho... el dependiente... sí, de don Gaetano... y sin embargo yo amo a todas las cosas más hermosas de la Tierra...



2
Silvio Astier, como Álvaro De Campos, lleva en sí todos los sueños del mundo: se imagina ante un congreso de ingenieros exponiendo que las corrientes electromagnéticas que genera el sol pueden ser condensadas y utilizadas; se le afirma la convicción de que puede ser ingeniero como Edison, general como Napoleón, poeta como Baudelaire, demonio como Rocambole; pero esas desmedidas esperanzas, ese optimismo desbordado, chocan con la realidad de su vida y se ve en un futuro lamentable con ropas sucias, zapatos desgastados que apenas cubren sus pies callosos y con juanetes, tocando de puerta en puerta pidiendo trabajo. Silvio Astier verifica la dureza de la vida, la ominosidad de la pobreza; se niega a resignarse a la vida penuriosa que sobrellevan naturalmente la mayoría de los hombres: comienza a saber que su vida es poca cosa, una moneda sin valor en el mercado de las ambiciones y en el dominio de los prejuicios. Fracasa en la milicia, a la que llega convencido de que su ingenio científico le abrirá puertas y le granjeará galones y condecoraciones; fracasa su juguete rabioso, destinado a destruir mayor cantidad de hombres, porque va en contra de todos los principios de la balística; deambula nuevamente Silvio Astier, se aguzan sus sentidos, le emocionan las canciones infantiles que oye de paso en las calles, siente que el tiempo transcurre con paso de animal herido de muerte, siente el dolor de la especie, a pesar de que se aferra a felices imaginaciones egocéntricas y envidia los cadáveres en torno a los cuales sollozan mujeres hermosas. Sin embargo, en su deambular, Silvio Astier percibe el mundo y sus detalles con intensidad, su vida se liga a todo y todo se liga a su vida, aun las apariencias más dolorosas de la realidad humana. Y cuando hace de vendedor de papel (y digo hace porque descubre que en la vida es inevitable actuar), pese a todas sus vocaciones arruinadas, expone con eficiencia una especie de filosofía esencial del vendedor, el gran oficio de nuestro tiempo:
Para vender hay que empaparse de una sutilidad “mercurial”, escoger las palabras y cuidar los conceptos, adular con circunspección, conversando lo que no se piensa ni se cree, entusiasmarse con una bagatela, acertar con un gesto compungido, interesarse vivamente por lo que maldito si nos interesa, ser múltiple, flexible y gracioso, agradecer con donaire una insignificancia, no desconcertarse ni darse por aludido al escuchar una grosería, y sufrir, sufrir pacientemente el tiempo, los semblantes agrios o malhumorados, las respuestas rudas e irritantes, sufrir para poder ganar algunos centavos, porque “así es la vida”.
                                                  

3
El bajo mundo seduce a Silvio Astier, el bajo mundo lo persigue; no en vano admira a Rocambole. El Rengo encarna ese bajo mundo, un pícaro afabilísimo, del cual se podía esperar cualquier favor y también alguna trastada; el Rengo es para Silvio Astier la única posibilidad de cambiar su destino: necesariamente llega a su vida para que pueda abandonar y trascender su agrio mundo de arrabales bonaerenses. El Rengo le parece, al principio, cuando le confía su plan de robar la casa del ingeniero Arsenio Vitri, el ángel que lo ayudará a romper el círculo infernal de trabajar para comer y comer para trabajar. Pero el espíritu de Silvio Astier es demasiado inquieto, por naturaleza propenso a conocer las profundidades del corazón humano; su espíritu no se confía a las seguridades cotidianas, a las banalidades y certezas que conforman la vida de la mayoría de los seres humanos; el espíritu de Silvio Astier no se conforma con ser el de un ladronzuelo arrogante y satisfecho de sus hazañas mediocres, y por eso debe, porque es su destino, ir más allá del mero protagonismo de las páginas rojas de los periódicos.
De pronto una idea sutil se bifurcó en mi espíritu, yo la sentí avanzar en la entraña cálida, era fría como un hilo de agua y me tocó el corazón.
-¿Y si lo delatara?
Desde ese momento, literalmente crucial, Judas Iscariote se convierte en su ídolo, exclama que puede ser hermoso como él y que la angustia abrirá sus ojos a grandes horizontes espirituales. Desde ese momento los razonamientos de Silvio Astier recorren caminos poco usuales en la literatura y poco aceptados en la vida y costumbres de las apariencias humanas. No es pura justificación de un espíritu bajo e inmundo cuando le dice al ingeniero Arsenio Vitri que hay momentos en nuestra vida en que tenemos necesidad de ser canallas, de ensuciarnos hasta adentro, de hacer alguna infamia, yo qué sé... de destrozar la vida de un hombre... y después de hecho eso podremos volver a caminar tranquilos. Esa afirmación, ese reconocimiento de la bajeza de su proceder, de esa repugnante delación, alberga el rarísimo contraste con una inmensa devoción por la vida y la confirmación de la necesaria existencia del lado oscuro del mundo, de nuestro corazón, de la Historia: ¿acaso no fue Judas Iscariote un traidor necesario para que el mensaje de Jesús perdure?
La traición de Silvio Astier lleva aparejada la alegría de vivir y es el comienzo de su vida, no de otra vida. De ahí en adelante sí es Silvio Astier, hacia el horizonte infinito del final de una novela, de lo que los lectores podemos conjeturar sobre lo que será su futuro al término de El juguete rabioso. Se pudrirá el Rengo en la cárcel sin comprender jamás que ser traicionado era indispensable para que Silvio Astier llegara a ser él mismo, aunque esa traición parezca una mancha imborrable y deshonrosa. Y el diálogo final de El juguete rabioso, entre Silvio Astier y Arsenio Vitri, es de los más reveladores y significativos de la literatura latinoamericana (o de todas las literaturas): sencillo, cargado de honradez e inusual franqueza, y por momentos más parece himno que conversación. A donde llega el muchacho traidor es a esa frontera que a veces me parece perdida para la literatura en boga, para las polémicas entre intelectuales, y quizás el aludirla es hoy la mayor (o auténtica) subversión.
Yo no estoy loco. Hay una verdad, sí... y es que yo sé que siempre la vida va a ser extraordinariamente linda para mí. No sé si la gente sentirá la fuerza de la vida como la siento yo, pero en mí hay una alegría, una especie de inconsciencia llena de alegría.
Silvio Astier ya no es el joven soñador que envidia hazañas ajenas; es el joven que sabe que el dolor y el canto conviven en nuestro corazón, él lo ha descubierto entre los tropiezos de su aventura vital:
Todo me sorprende. A veces tengo la sensación de que hace una hora que he venido a la tierra y que todo es nuevo, flamante, hermoso.
Encuentra su religiosidad, define su religión:
Yo creo que Dios es la alegría de vivir.
Y antes ha confesado a Arsenio Vitri, quien lo ve como un monstruo que sólo justifica su inmoralidad, su vocación de Judas:
Yo no soy un perverso, soy un curioso de esta enorme fuerza que está en mí.
A esa misma fuerza, que pueblan el Canto de mí mismo de Whitman y los Himnos de Hölderlin, por ejemplo, de la que se siente contagiado el ingeniero Arsenio Vitri cuando Silvio Astier se la revela con palabras intensas, se refirió Stevenson en términos joviales y certeros que vale la pena recordar:
“Encontrar un hombre feliz o una mujer feliz es mejor que encontrarnos con un billete de cinco libras. Él o ella son focos que irradian buenos sentimientos; y cuando entran a un salón, sucede algo así como si se hubiera encendido una vela de más. No nos importa si pueden o no demostrar la proposición cuarenta y siete; hacen algo más que eso: demuestran, prácticamente, el gran teorema de lo Vivible que es la Vida”[2].
Y para alcanzar esa alegría de vivir que lleva a Silvio Astier a proclamar que a veces siente que su alma es del tamaño de la iglesia de Flores, debió recorrer palmo a palmo los vericuetos que habitan sus demonios y en cuyas anfractuosidades vegetan las más bajas pasiones humanas. Es un traidor, pero no reniega de sí mismo ni se excusa lastimeramente ni con cinismo, porque sabe a donde va: geográficamente hacia el sur, a Comodoro, donde promete conseguirle trabajo Arsenio Vitri; vitalmente hacia ninguna parte, pero lleno de vida ahora, con la única certeza de estar vivo y como protagonista consciente de su epopeya solitaria, con la voz, el asombro y el duro destino que le infundió ese poeta que fue Roberto Arlt, que no pocos han querido descalificar, tildándolo de epígono latinoamericano de Dostoievski.




[1] Roberto Arlt, El juguete rabioso, Editorial Bruguera, 1ª edición, Barcelona, 1979.
[2] Stevenson, Robert Louis, “Apología del ocio”, Juego de niños y otros ensayos, Editorial Norma, Bogotá, 1990.

jueves, 9 de abril de 2020

El Gran Meaulnes no volverá






Mario Amengual

1
Si la literatura se resiste a morir, según como sea esa resistencia, ¿cuántas y cuáles páginas llevarán ese ardor que provoca el dedo sobre la llaga? Sé que es inútil la pregunta; sé que de nada vale formularla: la respuesta está en el futuro. Tampoco espero que sobrevivan algunas de mis páginas predilectas, que son unas pocas en el creciente río de las literaturas, y me atrevo a asegurar que entre esas páginas sobrevivientes no estarán las de El gran Meaulnes. Y no porque esa inspiración novelada del soldado Alain Fournier no merezca más larga posteridad: ha corrido casi un siglo y aún se reedita, pero comienza a ser antigualla, rareza de tiempos que no volverán, caduca expresión del espíritu.
La aventura adolescente de Agustín Meaulnes es una vigilia y un sueño provincianos que sólo puede atraer almas afines, con experiencias similares, y no a jóvenes o maduros lectores de las generaciones de las computadoras, los juegos de videos, las canciones de letras violentas, la omnipresente televisión y la internet. Si no me equivoco, podría ejercer su atracción, de hondas nostalgias y felicidades proclamadas, con la sola condición de ser tenida como curiosidad literaria de principios del siglo XX; pero tan afortunado destino significa bregar demasiado y en desventaja con la sensibilidad (o insensibilidad) de estos días. Probablemente ése sea el reto de toda la literatura y de toda la poesía en los días que corren, pero será más difícil ese reto para libros como El gran Meaulnes, por ser recreación de experiencias y ambientes casi desaparecidos. La misma palabra aventura significa algo hoy muy distinto; hoy, cuando toda experiencia o toda aventura es poca cosa si no es calificada de “extrema”, ¿emocionará a algún adolescente la vivencia tocante e imborrable de la extraña fiesta en la mansión sin nombre?
El gran Meaulnes es la exaltación de un tiempo de inocencia que con sus desengaños trae aparejadas la educación de los sentidos, la ponderación de la memoria y la exaltación del amor como imprescindibles fundamentos, aunque endebles, de la existencia. Crecen Agustín Meaulnes y Francois Seurel, el uno como héroe melancólico y el otro como amigo y admirador de aquél, y cuando Seurel cuenta la aventura de Meaulnes y refiere sus estados de ánimo van uniéndose en un mundo y una sensibilidad que página tras página van madurando desde el momento en que por primera vez Meaulnes sentía por dentro esa ligera angustia que se apodera de nosotros al final de los días demasiado bellos. La inocencia y la rutina provincianas se van desmoronando poco a poco, aunque ese desmoronamiento se inicia con un suceso inesperado y la vida comienza a mostrarse sin máscaras, con sus glorias y sus caídas. Se equivocan, por eso, quienes confunden  en El gran Meaulnes inocencia con ingenuidad: dije inocencia, que es estado del alma limpia de culpa, y no ingenuidad, que es falta de malicia, porque Meaulnes, Seurel y Frantz e Ivonne de Galais viven desafiando lo doloroso y feliz que puede ser encontrar (o recibir) la belleza y padecen las trabas que el mundo opone a esa experiencia trascendente. En ellos no late culpa alguna: sienten el dolor y la alegría de vivir con el coraje y la entereza de quienes se sienten atraídos por aquello que es más serio y solemne de lo común, de quienes sienten que su adolescencia se va alejando. Con ellos vive y muere una experiencia que rebasa las fronteras temporales y psiquícas de la adolescencia; sus encuentros y desencuentros los marcan en el corazón y les dejan notables alteraciones en sus rostros y en sus miradas. Frantz de Galais se convierte en saltimbanqui errabundo, Ivonne de Galais en una mujer de sensibilidad anhelante y atormentada, Agustín Meaulnes en un buscador desesperado de la belleza o la eternidad en el momento y Francois Seurel sabe que su adolescencia se ha ido para siempre y sólo permanece, enaltecida, en la memoria. Más que estar lejos de esas vivencias por el ámbito en que se desarrollan, se está lejos de ellas por los cambios en el sentir de las generaciones posteriores, aunque no puede ignorarse que ya en su época lo que representa El gran Meaulnes es motivo de discordancia. Eso ya lo sabía Fournier y se vale de las cartas de Meaulnes para expresarlo: “... es la ciudad desierta, la noche interminable, el verano, la fiebre... Seurel, amigo, estoy lleno de congoja”; “soy como aquella loca de Santa Ágata que salía a cada minuto al umbral de la puerta y miraba, la mano encima de los ojos, del lado de la estación, para ver si venía su hijo que había muerto”.
Calificar de relato juvenil a El gran Meaulnes es igual de inexacto y apresurado que cuando así se etiqueta a Demian o Peter Camezind, de Herman Hesse, o El juguete rabioso de Roberto Artl; limitar a El gran Meaulnes a novela de aventura no difiere de la ceguera que sólo ve relatos de marinería en El corazón de las tinieblas o La línea de sombra de Joseph Conrad. Claro que El gran Meaulnes es obra de juventud y aventura, pero en un orden muy distinto al de los libros que sólo procuran entretenimiento o roban nuestra atención con prosa tensa y sugestiva, aunque ésta sea una de sus virtudes. Detrás de su aparente sencillez se representa una aventura vital nada frecuente, y Meaulnes y Seurel lo saben y por eso preguntan y  repreguntan acerca de ella, muchas veces con desesperanza o con la inconfesada convicción de que la respuesta les huye o no les será fácilmente concedida a sus razonamientos: “Quizá cuando estemos muertos, quizá sólo la muerte nos dará la clave y la continuación de esta aventura fallida”, escribe Meaulnes a Seurel, cuando desolado en París le parece que nunca sabrá otra vez de la mansión misteriosa y de la gente que allí conoció. Cierto que el joven Seurel, llegado el momento, toma una determinación que trae el desenlace esperado: “Así como hasta entonces había sido un niño triste y soñador y ensimismado, así mismo me volví resuelto y, como dicen entre nosotros ‘decidido’, cuando sentí que dependía de mí la resolución de esta grave aventura”. Pero ese desenlace, que comienza con esa resolución y por ello conoce, en casa de su tío Florentino, a Ivonne de Galais y al padre de ella, no resuelve el drama de Meaulnes ni de ninguno de ellos. Sabe desde entonces, eso sí, que la mansión perdida ya no es una mansión... lo vendieron todo, los compradores, unos cazadores, hicieron tumbar las viejas edificaciones para agrandar sus terrenos de caza; el gran patio de recepción no es ya más que un erial de brezos y retamas... Los antiguos dueños no han conservado sino una pequeña casa de dos pisos y la granja. También sabe desde entonces que en las relaciones entre los seres humanos median otras afinidades, no sólo las que engrandece la fantasía; sabe Seurel esas sutilezas y a través de él Fournier comienza a revelar su conmovedor sentido poético: “Estábamos incómodos los tres [Seurel, su tía Julia e Ivonne de Galais] por esa soltura para hablar de las cosas delicadas, de lo que es secreto, sutil y de lo cual no se habla bien más que en los libros”. Y en esa misma conversación Fournier pone en boca de Ivonne de Galais, que manifiesta su vocación de maestra, lo que él mismo alcanzó con El gran Meaulnes y es su propósito fundamental: “Les enseñaría [a los muchachos] a encontrar la felicidad que está ahí cerca de ellos sin que lo parezca...”. Al momento de despedirse en ese primer encuentro con Ivonne de Galais, Seurel cobra conciencia del destino que comenzó el domingo de  noviembre de 189.. cuando Agustín Meaulnes llegó a su casa, la Escuela Normal de Santa Ágata; y sabe que es así porque “cuando me tendió la mano, para irse, había entre nosotros, más claramente que si nos hubiésemos dicho muchas palabras, un entendimiento secreto que sólo la muerte iba a romper y una amistad más patética que un gran amor”.

2
¿Dónde estuvo Agustín Meaulnes cuando se pierde en los cruces del camino que conduce a Vierzon?, ¿en la mansión perdida?, ¿en un dominio misterioso? Estos son los nombres que él y Seurel le dan, los que universalmente ubican, en el Viejo Nancay, el lugar donde Agustín Meaulnes vive su “grave” o “extraña” aventura, pero él sabe que son meras denominaciones que encubren la verdad de su experiencia: “un hombre  que una vez entró de repente en el Paraíso, ¿cómo podría acomodarse después a la vida de todo el mundo? Lo que constituye la felicidad de los otros me pareció irrisorio”. A diferencia del hombre de la especulación de Coleridge, que sueña que estuvo en el paraíso y despierta con una flor en la mano como prueba de ello, Meaulnes entra despierto al paraíso y la flor que lo prueba brota y perdura en su memoria, lo desespera, lo hace maduro y como Don Genaro (ese singular maestro brujo de los libros de Carlos Castaneda) siente que en el camino iniciático a Ixtlán  él y a quienes se encuentra ya no son los mismos. Agustín Meaulnes, como un iluminado, le confiesa a Seurel que “ahora estoy persuadido de que, cuando descubrí la Mansión sin nombre, yo estaba a una altura, en un grado de perfección y de pureza que ya nunca volveré a alcanzar. En la muerte solamente, como te lo escribí un día, volveré otra vez a encontrar la belleza de aquel tiempo”.
Al menos Agustín Meaulnes no está completamente solo; su amigo Seurel es su alma afín, influido (o contaminado) por la experiencia de Meaulnes, por la fuerza expresiva con que la refiere. Gradualmente Seurel, puede decirse, también “entra en el Paraíso”: sus sentidos se van aguzando, la melancolía y la nostalgia lo acompañan y le enseñan otro modo de ver el mundo; contempla reposadamente la belleza de Ivonne de Galais, sus amables gestos y palabras; sabe que ya no es un joven provinciano más y no se envanece de ello. Sólo alguien “tocado”  por la gracia de vivir, imbuido de sentido poético, puede hablar así:
“Habíamos llegado a este sitio por un dédalo de caminitos, a veces erizados de piedrecilla blanca, a veces llenos de sal; caminos que los manantiales transformaban en arroyos al llegar a las inmediaciones del río. Al pasar, las ramas de los groselleros silvestres nos agarraban por la manga. Y a veces estábamos sumergidos en la fresca oscuridad de los fondos de los barrancos, a veces al contrario, al interrumpirse los setos, nos bañaba la clara luz de todo el valle. A lo lejos, sobre la otra orilla, cuando nos acercamos, un hombre encaramado en las rocas, con un gesto lento, tendía cuerdas para peces. ¡Qué hermoso era todo, Dios mío!”.
Francois Seurel ya no es el muchacho emocionado con la aventura de su querido y admirado amigo, él también “recibe” la gracia; la recibe con suficiente aplomo para lograr que Ivonne de Galais y Agustín Meaulnes se reencuentren y consagren su amor. En adelante actúa con decisión para alcanzar cuantos fines relacionados con la extraña aventura se propone, sin ignorar la presencia constante (la otra gran presencia en sus vidas) de la orgullosa hermana muerte, como la llamó Thomas Wolfe. No sólo la adolescencia se va, sino la vida misma; en su transcurrir las pasiones, las alegrías y los desengaños nos mueven: vale la pena amar, celebrar la amistad, caminar por los campos, jugar a héroes y malvados, procrear, ver morir a los padres y al final, como varias veces lo repiten Meaulnes y Seurel, tal vez  esté la clave. Eso aprende Francois Seurel... y no es poca cosa.



3
Desde la primera vez que leí El gran Meaulnes me causó curiosidad la imponente presencia de la muerte: ¿no es raro que tratándose de una novela juvenil, sus protagonistas la sientan tan cerca como la felicidad con sus vaivenes? Más raro aún es que esa presencia de la muerte no les provoca pavor y, por el contrario, la encaran con un valor del todo inusual en los adolescentes. En ellos la muerte no los ronda como en esas novelas de aventura en que los héroes están a punto de morir en las garras de un animal feroz o sobreviven milagrosamente al caer por un despeñadero; no, Seurel, Meaulnes y los Galais, se refieren a ella, la muerte, con inusual y triste naturalidad, aunque sus vicisitudes no entrañan peligros mortales. Ni siquiera la previsible muerte de Ivonne de Galais llega a convertirse en pretexto para sensiblerías comunes cuando muere un ser humano joven y hermoso. Seurel  es testigo de la agonía de Ivonne de Galais, y de una de sus crisis refiere, con tono sombrío pero firme ante el presentimiento del momento indeseado y doloroso: “La enferma pudo respirar un poco, pero siguió medio ahogada, los ojos en blanco, la cabeza echada hacia atrás, siempre luchando, pero incapaz, así fuera por un instante, de mirarme o hablarme, de salir del abismo en que estaba cayendo”. La misma noticia de la muerte de Ivonne de Galais se ajusta a la profunda sencillez que es el aire y el corazón de El gran Meaulnes; llega con las palabras de un niño que venia a decirme que “la joven señora de Sablonnières había muerto ayer al anochecer”. Le toca a Seurel bajar el cadáver desde su cuarto hasta el ataúd, en la planta baja, y allí conoce, cara a cara, en la hermosa cara de Ivonne de Galais, ya no en el presentimiento sino en un cuerpo ganado por ella, la muerte, la grande: “Agarrado del cuerpo inerte y pesado, inclino la cabeza sobre la cabeza de ella, respiro con fuerza y sus cabellos rubios aspirados me entran en la boca; cabellos muertos que tienen un sabor a tierra. Ese sabor a tierra y a muerte, ese peso sobre el corazón, es todo lo que queda para mí de la gran aventura, y de ti, Ivonne de Galais, mujer a quien tanto buscamos, mujer tan amada...”.
Muere también el señor de Galais, se apaga pacíficamente; lo llora serenamente Seurel, sentado a la cabecera de ese viejo encantador, cuya manera de pensar indulgente y la fantasía aliada a la de su hijo habían sido la causa de toda nuestra aventura. Con igual firmeza, pese a su desesperanza y su errancia atormentada, se entera Agustín Meaulnes , cuando por fin regresa a Sablonnières, de la muerte de Ivonne de Galais:
“-¡Ah!- dijo con voz breve- Está muerta, ¿no es cierto?”
 Conocen el señorío de la muerte, vacilan por momentos, aturdidos, y siguen su aventura vital. Ya son hombres, todavía con aires infantiles, y comprenden que la felicidad y la muerte están a la vuelta de la esquina o junto a ellos o andan con ellos todo el tiempo y ahora saben más de la vida y aún saben muy poco.

4
Después de arreglar el encuentro de Frantz de Galais y Valentina, la amada esquiva, después de unirlos tal vez para siempre, Meaulnes regresa con ellos a Sablonnières, donde Seurel ya se ha encariñado con la hija de Agustín e Ivonne. Sabe Seurel que tarde o temprano Agustín envolverá a la niña en un abrigo y partirá con ella hacia nuevas aventuras. De todas maneras, ya Meaulnes es un hombre que vive con el pensamiento horrible de que ha renunciado al paraíso y da pasos de ciego a las puertas del infierno. Quizás exagera Agustín Meaulnes, por la amargura del momento, cuando ya no alberga esperanzas de encontrar a Valentina y juntarla con Frantz, que entonces andaba de saltimbanqui de un pueblo a otro. Seguramente se irá Meaulnes, como lo prevé su amigo del alma, pero ya la gran aventura ha sido vivida, ninguna otra la superará. Si intentamos prolongar la ficción de Alain Fournier, no hallaremos otro final superior al que él concibió para El gran Meaulnes, y sabremos que toda su intuición, todo su sentido poético, quedó en esas páginas porque le tocaba morir pronto en un campo de batalla de la primera orgía tanática del siglo XX. Al menos yo creo que el gran Meaulnes no volverá; estará conmigo, en mi memoria entusiasmada por sus aventuras, hasta mi último día. Ojalá esa forma de la belleza (por decir lo menos) que concibió el espíritu en los primeros años del siglo pasado, perdure en otras memorias y en otros devotos de su poesía donde inocencia, felicidad, muerte y belleza conviven en su propia armonía y en sus propias conjunciones.
El gran Meaulnes no volverá, me parece, a este mundo acelerado y cambiante por fuerzas de muy poca o ninguna alma, donde poquísimas voces aisladas del decir cordial son desoídas. A un mundo enloquecido por el poder político y económico no puede volver el gran Meaulnes, tampoco su amada ni su amigo: sería demasiado para sus almas provincianas y para sus sentidos exacerbados. Tal vez más adelante pueda volver, con su intensidad juvenil, El gran Meaulnes; por ahora, algunos dogmas endurecen los corazones y son otros los motivos de las diversas literaturas.








domingo, 25 de agosto de 2019

La traición iniciática de Silvio Astier





1
Es difícil decir algo que valga la pena sobre Roberto Arlt que no haya dicho Onetti en su inmejorable y sincero prólogo a El juguete rabioso[1], modesta y poética novela que sobrevive a las modas editoriales. Al menos me queda la simple satisfacción de comentarla, siguiendo sus caminos de fracasos aleccionadores, frustraciones insuperables, dilemas éticos y poesía de arrabales.
Silvio Astier es el héroe adolescente, iniciado por un viejo zapatero andaluz en los deleites y afanes de la literatura bandoleresca, que sirvió a Roberto Arlt para expresar su oscura y lúcida alma argentina. Sueña Silvio con ser bandido y estrangular corregidores libidinosos, enderezar entuertos, proteger viudas y ser amado por singulares doncellas. En esa admiración por los malevos bondadosos se encompincha con Enrique Irzubeta, en cuyo elogio puede decirse que un bronce era más susceptible de vergüenza que su fino rostro, y fundan orgullosamente un club de ladrones (más bien de rateros, diríamos los venezolanos) al cual incorporan, pocas semanas después, cierto Lucio, un majadero pequeño de cuerpo y lívido de tanto masturbarse, todo esto junto a una cara tan de sinvergüenza que movía a risa cuando se le miraba. Adolescentes, al fin y al cabo, le dan a sus raterías y a su club una solemnidad acordes con sus cabezas soñadoras y en el Diario de Sesiones del susodicho club anotan con toda seriedad que el Club debe contar con una biblioteca de obras científicas para que sus cofrades puedan robar y matar de acuerdo a los más modernos procedimientos industriales. El Diario de Sesiones abunda en propuestas similares, que combinan peculiares experimentos científicos destinados a convertirlos en mejores e ilustrados delincuentes. Gozan los tres ladrones el dinero robado, gozan su impunidad ante la gente que ignora sus hazañas secretas y gozan imaginando los ojos con que los mirarían las doncellas si supieran que ellos son ladrones. Sienten que abochornan el peligro a bofetadas y les engrandece el alma el regocijo de quebrantar la ley y entrar sonriendo en el pecado. Pero Silvio Astier, en su pobreza que lo aprieta y entristece, va creciendo con el peso de su propia inutilidad y su destino lo acecha a cada paso, un destino que no empaña sus ojos y no apoca su corazón. Y culmina su primera etapa delictiva con el robo a una biblioteca que fuerza la suspensión de las heroicas actividades del Club de los Caballeros de la Media Noche y, además, Silvio y su familia se mudan a otro barrio por el eterno cuento de que el dueño de la casa les aumentó el alquiler, que como buenos pobres no podían pagar.
Signado para estar cerca de los libros, entra Silvio Astier a trabajar en la casa de compra y venta de libros usados de don Gaetano, cuyo local era más largo y tenebroso que el antro de Trofonio. Ese desventurado oficio revuelve las reflexiones de Silvio sobre su vida, sobre su amargo destino de inutilidad y pobreza:
¡Oh, ironía!, ¡y yo era el que había soñado en ser un bandido grande como Rocambole y un poeta genial como Baudelaire!
La soledad de Silvio se vuelve arrolladora y desespera por amor, o más bien por amar y ser amado, y en sus pensamientos se mezclan anhelos y amores puros (algunas veces, en la noche, hay rostros de doncellas que hieren con espada de dulzura o que dejan en los huesos ansiedad de amor) y el puro deseo de la carne por encontrar el goce y confiesa que alargaba un brazo hacia mi pobre carne; hostigándola, la dejaba acercarse al deleite. En el colmo de su soledad ansiosa y con el deseo quemándole el corazón y la piel, todo su cuerpo de hombre clama:
¡Y yo, yo, Señor, no tendré nunca una querida tan linda como esa querida que lucen los cromos de los libros viciosos!
Algo de cultivada compasión por sí mismo hay en Silvio Astier; llega a abundar en las páginas de El juguete rabioso, pero a la par de reclamos firmes contra la distante y exclusiva riqueza material de pocos. Al mismo tiempo que la calle y el dolor son par él escuelas que apuntan en un mismo sentido. Algo de ello intuye Silvio Astier cuando declara que su alma es baldía y fea como una rodilla desnuda, y busca entre las miserias de las calles y de las vidas turbias con las cuales les toca compartir sus días y seguir su viaje. Sobrevive el adolescente soñador, sobrevive con sus pugnas entre el bien y el mal, enfrenta sus demonios y mira más hondo y ese otro Silvio que puja por salir, a pesar de las dificultades cotidianas y de los sombríos parajes por donde avanza, habla con la fuerza poética que pocas voces alcanzan:
    Busco un poema que no encuentro, el poema de un cuerpo a quien la desesperación pobló súbitamente en su carne, de mil bocas grandiosas, de dos mil labios gritadores.
  Las penas de Silvio Astier, necesarias en su vida, de esa vida que durante nueve meses había nutrido con pena un vientre de mujer, las siente necesarias con todos los ultrajes, todas las humillaciones y todas las angustias. Y de pronto esa misma vida se encuentra consigo misma, se complace en ser vivida y con la voz adolescente de Silvio Astier habla el poeta Roberto Arlt (de un gran y extraño artista, asegura Onetti y estoy absolutamente de acuerdo con él):
Vida, Vida, qué linda sos, Vida.... ¡ah! ¿pero vos no sabés?, yo soy el muchacho... el dependiente... sí, de don Gaetano... y sin embargo yo amo a todas las cosas más hermosas de la Tierra...


2
Silvio Astier, como Álvaro De Campos, lleva en sí todos los sueños del mundo: se imagina ante un congreso de ingenieros exponiendo que las corrientes electromagnéticas que genera el sol pueden ser condensadas y utilizadas; se le afirma la convicción de que puede ser ingeniero como Edison, general como Napoleón, poeta como Baudelaire, demonio como Rocambole; pero esas desmedidas esperanzas, ese optimismo desbordado, chocan con la realidad de su vida y se ve en un futuro lamentable con ropas sucias, zapatos desgastados que apenas cubren sus pies callosos y con juanetes, tocando de puerta en puerta pidiendo trabajo. Silvio Astier verifica la dureza de la vida, la ominosidad de la pobreza; se niega a resignarse a la vida penuriosa que sobrellevan naturalmente la mayoría de los hombres: comienza a saber que su vida es poca cosa, una moneda sin valor en el mercado de las ambiciones y en el dominio de los prejuicios. Fracasa en la milicia, a la que llega convencido de que su ingenio científico le abrirá puertas y le granjeará galones y condecoraciones; fracasa su juguete rabioso, destinado a destruir mayor cantidad de hombres, porque va en contra de todos los principios de la balística; deambula nuevamente Silvio Astier, se aguzan sus sentidos, le emocionan las canciones infantiles que oye de paso en las calles, siente que el tiempo transcurre con paso de animal herido de muerte, siente el dolor de la especie, a pesar de que se aferra a felices imaginaciones egocéntricas y envidia los cadáveres en torno a los cuales sollozan mujeres hermosas. Sin embargo, en su deambular, Silvio Astier percibe el mundo y sus detalles con intensidad, su vida se liga a todo y todo se liga a su vida, aun las apariencias más dolorosas de la realidad humana. Y cuando hace de vendedor de papel (y digo hace porque descubre que en la vida es inevitable actuar), pese a todas sus vocaciones arruinadas, expone con eficiencia una especie de filosofía esencial del vendedor, el gran oficio de nuestro tiempo:
Para vender hay que empaparse de una sutilidad “mercurial”, escoger las palabras y cuidar los conceptos, adular con circunspección, conversando lo que no se piensa ni se cree, entusiasmarse con una bagatela, acertar con un gesto compungido, interesarse vivamente por lo que maldito si nos interesa, ser múltiple, flexible y gracioso, agradecer con donaire una insignificancia, no desconcertarse ni darse por aludido al escuchar una grosería, y sufrir, sufrir pacientemente el tiempo, los semblantes agrios o malhumorados, las respuestas rudas e irritantes, sufrir para poder ganar algunos centavos, porque “así es la vida”.




3
El bajo mundo seduce a Silvio Astier, el bajo mundo lo persigue; no en vano admira a Rocambole. El Rengo encarna ese bajo mundo, un pícaro afabilísimo, del cual se podía esperar cualquier favor y también alguna trastada; el Rengo es para Silvio Astier la única posibilidad de cambiar su destino: necesariamente llega a su vida para que pueda abandonar y trascender su agrio mundo de arrabales bonaerenses. El Rengo le parece, al principio, cuando le confía su plan de robar la casa del ingeniero Arsenio Vitri, el ángel que lo ayudará a romper el círculo infernal de trabajar para comer y comer para trabajar. Pero el espíritu de Silvio Astier es demasiado inquieto, por naturaleza propenso a conocer las profundidades del corazón humano; su espíritu no se confía a las seguridades cotidianas, a las banalidades y certezas que conforman la vida de la mayoría de los seres humanos; el espíritu de Silvio Astier no se conforma con ser el de un ladronzuelo arrogante y satisfecho de sus hazañas mediocres, y por eso debe, porque es su destino, ir más allá del mero protagonismo de las páginas rojas de los periódicos.
De pronto una idea sutil se bifurcó en mi espíritu, yo la sentí avanzar en la entraña cálida, era fría como un hilo de agua y me tocó el corazón.
-¿Y si lo delatara?
Desde ese momento, literalmente crucial, Judas Iscariote se convierte en su ídolo, exclama que puede ser hermoso como él y que la angustia abrirá sus ojos a grandes horizontes espirituales. Desde ese momento los razonamientos de Silvio Astier recorren caminos poco usuales en la literatura y poco aceptados en la vida y costumbres de las apariencias humanas. No es pura justificación de un espíritu bajo e inmundo cuando le dice al ingeniero Arsenio Vitri que hay momentos en nuestra vida en que tenemos necesidad de ser canallas, de ensuciarnos hasta adentro, de hacer alguna infamia, yo qué sé... de destrozar la vida de un hombre... y después de hecho eso podremos volver a caminar tranquilos. Esa afirmación, ese reconocimiento de la bajeza de su proceder, de esa repugnante delación, alberga el rarísimo contraste con una inmensa devoción por la vida y la confirmación de la necesaria existencia del lado oscuro del mundo, de nuestro corazón, de la Historia: ¿acaso no fue Judas Iscariote un traidor necesario para que el mensaje de Jesús perdure?
La traición de Silvio Astier lleva aparejada la alegría de vivir y es el comienzo de su vida, no de otra vida. De ahí en adelante sí es Silvio Astier, hacia el horizonte infinito del final de una novela, de lo que los lectores podemos conjeturar sobre lo que será su futuro al término de El juguete rabioso. Se pudrirá el Rengo en la cárcel sin comprender jamás que ser traicionado era indispensable para que Silvio Astier llegara a ser él mismo, aunque esa traición parezca una mancha imborrable y deshonrosa. Y el diálogo final de El juguete rabioso, entre Silvio Astier y Arsenio Vitri, es de los más reveladores y significativos de la literatura latinoamericana (o de todas las literaturas): sencillo, cargado de honradez e inusual franqueza, y por momentos más parece himno que conversación. A donde llega el muchacho traidor es a esa frontera que a veces me parece perdida para la literatura en boga, para las polémicas entre intelectuales, y quizás el aludirla es hoy la mayor (o auténtica) subversión.
Yo no estoy loco. Hay una verdad, sí... y es que yo sé que siempre la vida va a ser extraordinariamente linda para mí. No sé si la gente sentirá la fuerza de la vida como la siento yo, pero en mí hay una alegría, una especie de inconsciencia llena de alegría.
Silvio Astier ya no es el joven soñador que envidia hazañas ajenas; es el joven que sabe que el dolor y el canto conviven en nuestro corazón, él lo ha descubierto entre los tropiezos de su aventura vital:
Todo me sorprende. A veces tengo la sensación de que hace una hora que he venido a la tierra y que todo es nuevo, flamante, hermoso.
Encuentra su religiosidad, define su religión:
Yo creo que Dios es la alegría de vivir.
Y antes ha confesado a Arsenio Vitri, quien lo ve como un monstruo que sólo justifica su inmoralidad, su vocación de Judas:
Yo no soy un perverso, soy un curioso de esta enorme fuerza que está en mí.
A esa misma fuerza, que pueblan el Canto de mí mismo de Whitman y los Himnos de Hölderlin, por ejemplo, de la que se siente contagiado el ingeniero Arsenio Vitri cuando Silvio Astier se la revela con palabras intensas, se refirió Stevenson en términos joviales y certeros que vale la pena recordar:
“Encontrar un hombre feliz o una mujer feliz es mejor que encontrarnos con un billete de cinco libras. Él o ella son focos que irradian buenos sentimientos; y cuando entran a un salón, sucede algo así como si se hubiera encendido una vela de más. No nos importa si pueden o no demostrar la proposición cuarenta y siete; hacen algo más que eso: demuestran, prácticamente, el gran teorema de lo Vivible que es la Vida”[2].
Y para alcanzar esa alegría de vivir que lleva a Silvio Astier a proclamar que a veces siente que su alma es del tamaño de la iglesia de Flores, debió recorrer palmo a palmo los vericuetos que habitan sus demonios y en cuyas anfractuosidades vegetan las más bajas pasiones humanas. Es un traidor, pero no reniega de sí mismo ni se excusa lastimeramente ni con cinismo, porque sabe a donde va: geográficamente hacia el sur, a Comodoro, donde promete conseguirle trabajo Arsenio Vitri; vitalmente hacia ninguna parte, pero lleno de vida ahora, con la única certeza de estar vivo y como protagonista consciente de su epopeya solitaria, con la voz, el asombro y el duro destino que le infundió ese poeta que fue Roberto Arlt, que no pocos han querido descalificar, tildándolo de epígono latinoamericano de Dostoievski.



[1] Roberto Arlt, El juguete rabioso, Editorial Bruguera, 1ª edición, Barcelona, 1979.
[2] Stevenson, Robert Louis, “Apología del ocio”, Juego de niños y otros ensayos, Editorial Norma, Bogotá, 1990.

lunes, 5 de agosto de 2019

Y aprendimos a decir adiós



Kokoschka, Los emigrantes

En este país más expoliado que nunca no es una historia nueva, es una más, una de tantas. Las razones o tal vez las sinrazones saltan a la vista, excepto para aquellos que padecen de esa nefasta forma de la ceguera, pródiga en asechanzas, que es el fanatismo.
He tratado de encontrar sin fortuna, aun en los más largos desvelos, una imagen similar o compatible con lo que siento. Y aunque muy lejos de mí se puede percibir algo parecido a un talante bélico, solo se me ocurre pensar que un inusitado y nunca previsto artefacto bélico ha explotado entre mis manos; pero en vez de ser ellas y sus dedos las que se han despegado de mí, son la gente de mi patrimonio de amor el que ha volado por los aires en casi incontables direcciones del mundo a miles de kilómetros.
Ciertas sabidurías ancestrales comparan al hombre que encara la realidad con la vida de un guerrero. Afirman que el guerrero  debe dominar el desprendimiento y el miedo, lo que no es lo mismo que carecer de sentimientos y no sentir miedo. En el camino de la vida, en el camino del guerrero, todo puede ser imprevisible e inseguro menos la constante presencia de la orgullosa hermana, como la llamó para siempre Thomas Wolfe en el título de uno de sus relatos.
Hoy, en una de las tantas formas de asumir el desprendimiento, no son pocas las imágenes concebidas por algunos poetas de mi más alta estima las que acuden a mi memoria. Se da el caso de que tal vez fueron escritas en situaciones distintas, pero por alguna razón la memoria las trae y llegan como aplacadas olas a las orillas de mi sentir. Pienso en mi compañera desde hace veintiséis años y desde esta mañana buscando futuro en Argentina con nuestro hijo menor, y me susurra Montale:
Del brazo tuyo he bajado por lo menos un millón de escaleras
y ahora que no estás cada escalón es un vacío…

Pero esta historia comenzó hace años entre las proclamas de la demencia empoderada y del mesianismo trajeado de ideología justiciera, esa patología incurable en el largo curso de la desazón humana. Ya son tres de mis hijos los que han emigrado y otros que en mi sentir y en el trato mutuo son como tales. Hermanos y hermanas que me han regalado lugares de trabajo, largas conversas y noches de bohemia también se han ido. Todo parece, como en un poema de Cadenas, tan causa perdida.
En compensación a todo este arrasamiento de la cotidianidad y del corazón, puedo dar fe y firme testimonio de la existencia de la solidaridad y de las más sinceras muestras de cariño. Por eso, no todo está perdido: algo destella más que otros mundos en la infinita o finita y eterna noche del universo. Y ese algo conforma el mundo que veo y siento, como en las Hojas de hierba de Whitman o en la divina locura de Hölderlin en la modesta morada del zapatero Zimmer o en el discurso al caballero del verde gabán que en una sacudida España dio a la luz el genio del soldado Miguel de Cervantes.
En esta tierra de gracia, como alguna vez se le llamó, no es improbable que sigan prosperando los odios, los resentimientos y la rapiña: a eso lleva los que ven la vida como un botín y a los congéneres como víctimas. Pero nada de esos males cultivados y no pocas veces revestidos de doctrinas, dogmas y filosofías me sacará de lo que le he ganado a pulso a las mezquindades y a las comparecencias ante las inquisiciones de los prejuicios y la falsedad.
Sé que  quienes se han ido de cuantos quiero tienen un mejor presente que el que estuvieran padeciendo en este país envilecido por una minoría avariciosa y despótica. Y no sé a cuántos de ellos podré volver a ver en persona y abrazarlos y brindar con ellos; no lo sé y no tengo manera de saberlo, pero sí sé que estarán en mi memoria y en mi corazón hasta el último de mis días con el amor y el inevitable desprendimiento de un guerrero que espera el amanecer en lo más alto de una montaña desde la cual solo se ve una línea curva donde coinciden el cielo y el mar.
Aprendimos a decir adiós. Antes decíamos hasta pronto o hasta luego, como el buen vecino al tomar unas vacaciones o pasar un fin de semana fuera de casa.
Aprendimos a decir adiós porque de alguna manera nos robaron el futuro y el destino, y decimos adiós porque solo a una fuerza superior e inescrutable se le confían las esperanzas.
Yo digo adiós porque es una fórmula de cortesía y no porque me despido para siempre. Digo adiós como decir hasta mañana o hasta pronto o hasta luego y prefiero repetir las palabras de Louis MacNeice:
Y si el mundo fuese blanco o negro por completo
y todos los mapas fueran claros,
en vez de un endemoniado embrollo de aguas feroces,
un prisma de dicha y dolor,
sabríamos con más certeza a dónde deseamos ir
o quizás sencillamente nos aburriríamos,
pero en la cruda realidad no hay
camino acertado por completo.




martes, 2 de julio de 2019

Goces y privilegios del lector


Mario Amengual


Sobre el gusto literario

 Padecen muchos lectores y críticos profesionales de estricta parcialidad por un escritor o una escuela literaria. Quienes, por ejemplo, son devotos de Valéry, renuncian a la vigorosa voz de Whitman. Los predicadores de la poética de Pound suelen sufrir la misma ceguedad, aun cuando el mismo Pound escribió A pact. En América del Sur los seguidores de Neruda rara vez congenian con los de Vallejo, y viceversa: cada quien pondera a “su poeta” sin reparar en las virtudes del otro. Parece que el afán de formar bandos predomina sobre el gusto por la literatura.
La vida (no pretendo dar una definición) es fiesta de la diversidad; la literatura, una de sus formas, no es menos diversa. Paso por alto la pluralidad de lenguas en que está escrita; pienso en las diferentes voces del Espíritu (Valéry), en los muchos temas que son uno, en la búsqueda de un estilo impecable y en “las travesuras tipográficas”. La literatura, lenguaje del orbe, es también un orbe. Limitarse a una de sus tendencias no difiere del fanatismo religioso o del nacionalismo. Creo que las metáforas de Eliot y los Pensamientos de D. H. Lawrence pueden convivir sin disputa en nuestro gusto. Así como la admiración del Génesis no debería excluir la del Tao Te Ching.
Recientemente al azar me llevó a la relectura alternada de páginas de Borges y de Henry Miller. Los laberintos, las espadas, los tigres, las notas eruditas, los juegos con el tiempo, y el asco por el modo de vida estadounidense, los cuchitriles de las prostitutas de París, el mar de los griegos, los cantos de Katsimbalis, la prosa colmada de rabia y prédica, así lo sentí, no me parecieron distantes entre sí. Vidas y literaturas tan disímiles, en una tarde de julio, derivaron en coincidencias. Ambos, fieles lectores de Whitman, celebran la amistad, el placer de conversar, el amor y sus noches, el don inefable y las novelas de Conrad; ambos profesan su amor por los libros, y su repulsión por la guerra, su enemistad con la barbarie tecnocrática. Cada uno a su manera y valiéndose de recursos muy distintos, ciertamente, pero ¿debemos aspirar a una tediosa uniformidad? ¿Acaso vivir no es compartir una historia, una tradición y estar bajo el mismo cielo? Los hechos esenciales de la vida humana son los mismos en cualquier parte: cambian el escenario y, no siempre, la época. Sólo el temor y no sé cuántos prejuicios convierten a los seres humanos en ejecutores de la locura ajena y no en seres leales a su condición, que, a veces, dejan de sentir en las palabras.
No me anima el prurito de encontrar afinidad. Apenas pretendo decir que el lector puede encontrar ese otro rostro suyo, esa insinuación del “perfume de la realidad”, en las páginas de cualquier escritor auténtico (valga el epíteto en estos tiempos de tanta impostura y tanta palabrería), aunque los separen el mar de muchos nombres, las distintas y en ocasiones antagónicas costumbres, las traiciones de los traductores y la inagotable anécdota.
Alguien alegará, sin demora, que el ciego de la calle Maipú era un “reaccionario” que solía hacer travesuras pesadas (descreer de la democracia, subestimar a los negros o exaltar a la pérfida Albión), mientras Henry Miller se opuso con odio al imperialismo de los Estados Unidos e incansablemente invocó el nacimiento de una humanidad distinta. Peca, me atrevo a decirlo, de ligereza en su juicio, tal como un reconocido poeta venezolano, del cual estimo algunos poemas, que se negaba a leer a Whitman porque éste, en su desaforada visión democrática, defendió la anexión de Texas al territorio estadounidense. Es caso frecuente: cierta crítica esquemática y árida, atenta únicamente a las desigualdades sociales, quiere empañar los ojos de aquellos que jamás han visto en su propio corazón.
Corren días en que llueve al revés: primero se analiza y después se busca sentir. Quizás el propósito de la literatura sea más humilde:

Que cada palabra lleve lo que dice
que sea como el temblor que la sostiene.



El crítico y el ilustre desconocido


Creo en el misterioso desconocido. Un día encontrará un libro en un anaquel y lo hojeará distraído: de pronto ciertas palabras ordenadas de cierto modo harán estallar en su interior un polvorín
                          Aldo Pellegrini

Hay un tipo de crítico empeñado en agrandar el abismo entre los libros y los posibles lectores. Es partidario de la disección: desmembra textos, los traduce a sus esquemas, elabora gráficos que emulan los organigramas de complejas burocracias.
Este crítico, rara vez modesto, desde la cátedra pide a sus alumnos que olviden vivencias y sentimientos. Es un fanático del análisis y un condenado a redactar extensas notas a pie de página. Para él, el gallo del coronel Aureliano Buendía puede ser un mero símbolo de la “revolución postergada”. Deduce que la rosa de un poema representa a una burguesía decadente o la imagen baladí de un capricho esteticista. No admite la existencia del simple y vulgar lector. Insiste en predicar el estudio de las obras como quien pone una muestra de sangre bajo el microscopio.
Suele este crítico ir de un lado a otro con alegatos científicos y doctas interpretaciones. Pero, muchas veces, sin reparar en contradicciones, acostumbra arrimarse a la sombra del Estado (de cualquier Estado); practica la discriminación de quien no se aviene con sus fórmulas, desdeña a los descaminados que leen con agudeza vital y prefieren los manantiales y no manuales para entendidos.
Este crítico siempre paga su peaje a la moda. Le desespera que a la crítica literaria le cueste desprenderse “de supersticiones, abominables esoterismos e impresiones subjetivas”, según él define todo lo que no entra en su angosta visión. Él, el crítico verdadero que va más allá, goza del dominio de la jerga que lo enorgullece de pertenecer a un gremio de selectos miembros. Lejos está el vulgo que ignora las claves de la crítica.
El ilustre desconocido, aunque haya tolerado una escuela de Letras, no descome lo que lee a su interlocutor; sabe que las tertulias literarias han degenerado en torneos de monólogos y pocas veces son conversaciones animadas para intercambiar sentires e ideas. El ilustre desconocido sabe que hoy el diálogo es un hecho extraordinario.
El ilustre desconocido, como Cortázar, puede conciliar la lectura de Mallarmé con un programa boxístico; quizás lea a Proust con el mismo entusiasmo que lee a Benedetti. Para él, el gusto literario no tiene caprichosas limitaciones.
El ilustre desconocido no tiene por qué ser un lastimoso individuo, desgarbado, pálido y ratón de biblioteca. Puede no pertenecer, por negarse a encarnar rigurosos estereotipos, a una clase de gente que presume de artistas. Su mayor aspiración, por lo general, consiste en encontrar esas palabras que le revelen algo de su rostro escondido o de aquella realidad que los sueños le insinúan.
No es sólo lector de literatura. Su silenciosa curiosidad puede fijarse en tesis de ecología, manifiestos políticos, informes de mortalidad infantil por hambre, biografías de poetas o científicos o deportistas… Su sabiduría, fundada en el sentido común que exige la hostilidad cotidiana, le dice que la poesía es más que un género literario, es más que un asunto de palabras y cacería de conceptos.
Para el ilustre desconocido las palabras son como las percepciones: lo devuelven a un día, cercano o remoto, en que presintió el sentido de su existencia o pueden convertirse en llama contra una sociedad avezada al flagelo y la demencia.
El ilustre desconocido no vive por la ficción de la flaca inmortalidad dorada y negra que en seno maternal torna la muerte. Ni fanático ni redentor, abre un libro en algún lugar del mundo e inicia la aventura de un hombre o muchos hombres que son todos los hombres y no pretende descifrar lo indescifrable; apenas conversa con otros seres humanos a través de unas páginas debidas a la pasión, a la rabia, a la desilusión, a la injusticia, a la belleza, a nuestra ignorancia esencial, nunca a la intención de convertir la vida y esas mismas páginas en un difícil e infecundo crucigrama.


Horror por el tiempo: Juan Gabriel y María Zambrano

  Mario Amengual De inmediato, lo sé, el título que encabeza esta página apresurará juicios negativos o un rápido e indiscutible rechazo: ...