sábado, 14 de octubre de 2017

El ardor de la sospecha (octava entrega)

Manuel Jordán, sentado en un banco de la Plaza de los Caídos, fumando un cigarrillo tras otro, esperaba que en cualquier momento apareciera Luis Eugenio Manzo. Aún Jonás Mata no le había adelantado ninguna información importante: llamó un par de veces, más que nada para aplacar la consabida impaciencia del doctor Jordán, con la excusa de, llegado el momento, darle un informe completo y definitivo, y no por partes como una telenovela. Por esa parte estaba tranquilo y con mayor confianza en su pupilo.
Cuando vio llegar a Luis Eugenio, simulando aplomo, no esperaba de él nada particular y menos aún tenía algún punto específico para darle rienda a la conversación. Decidió dejarlo hablar, pese a las dudas que le dejaban poca paz a su carácter obsesivo. Se saludaron cordialmente y el solo preguntarle, por mera formalidad, cómo has estado, bastó para que Luis Eugenio se soltara a hablar con un dejo de resignación.
-Por esta situación que estoy viviendo he caído en cuenta de que todas las horas y todos los días son iguales. Los sábados y los domingos perdieron su esplendor de días de ocio. Y eso no es todo: ahora me puedo llamar de cualquier manera, da igual que tenga otros nombres y otros apellidos.
Fue evidente el sobresalto del doctor Jordán.
-No se asuste. Hablo en sentido figurado.
-¿Pero eres quien has dicho ser? ¿Eres Luis Eugenio Manzo? -más que con rabia, preguntó con un temor inocultable.
Luis Eugenio, como si estuviera descubierto en medio de una mentira o hubiese cometido una grave torpeza, se restregaba la cara y miró hacia otro lado, donde dos iguanas comían de una pila de mangos podridos, de los que solía dejarle un bondadoso vecino para ellas; después miró  a la cara al doctor Jordán con una expresión de incipiente desconsuelo.
-Doctor, yo no le he mentido. Y lo peor que podría pasarme es que usted no creyera en mí -su tono se hizo suplicante, pero sin aspavientos: Usted es la única persona en esta ciudad… y en este mundo, a la que le he contado mi historia. Créame.
Manuel Jordán sintió una oleada de compasión, a pesar de no saber si estaba ante un redomado farsante o un pobre demente que lo había escogido para convertirlo en el juguete de sus delirantes caprichos. No obstante, llevado por esa compasión repentina, poco afín a su naturaleza y a sus principios, optó por volver al hilo interrumpido de la historia de ese joven que parecía desmoronarse ante él, o por la amargura de una verdadera condena o por el inminente desplome de una farsa.
-Perdóname la insistencia, pero ¿qué más hiciste aparte de la pregunta impertinente? Porque, siendo periodista, es de suponer que indagaste algo más sobre el diputado o ex diputado Isnardo Salas –encendió un cigarrillo y adoptó, con los brazos cruzados sobre las piernas, una actitud de paciente espera. Por segundos, Luis Eugenio estuvo mirando hacia la avenida, hacia el punto de su bifurcación. ¿Busca en la memoria algún indicio perdido o procura reconstruir sin fallas ni inflexiones dudosas su drama imaginario?, se preguntaba Manuel Jordán.
-Primero que nada, después de la pregunta impertinente, como usted dice –mostró una sonrisa ladeada y no hablaba con el nerviosismo de hombre atormentado por elucubraciones, y ese cambio brusco alebrestó la suspicacia de Manuel Jordán-, sentí miedo por prudencia, no por cobardía, y cuanto sé de Isnardo Salas, por referencias inmediatas y de oídas es esto –se le dibujó un rictus de orgullosa satisfacción de insospechado origen:
-Como tantos otros de su partido, venía de abajo y llegó a cargos de poder siendo un limpio, un soberano pelabola. Fue secretario  de seguridad del gobierno de Zamora durante un período completo. Después fue diputado a la asamblea regional por dos períodos consecutivos. Pasó de una de esas urbanizaciones populares construidas por gobiernos anteriores, de otros partidos, como correspondía a un modesto profesor de educación media, a una de esas de casas de dos plantas, vigilancia privada, hermosos jardines de grama siempre verde, a pesar del solazo y la poca lluvia en Ciudad Zamora. Al principio, esa mudanza quedó encubierta y a salvo de cualquier rumor por el cargo que ocupaba para entonces, secretario de seguridad; pero malicias y sospechas se alborotaron al seguir allí, siendo diputado y después sin ocupar ningún cargo público, y anexarle la casa de al lado y un terreno baldío, separado del patio trasero por una pared de tres metros de altura, donde mandó construir un amplio caney con dos parrilleras grandes, una barra en curva como para ocho personas, junto a una piscina de forma irregular que, según algunos era la forma del estado Zamora tal como se le representa en los mapas, y en cuyo centro del fondo azul, destacaba la reproducción, a todo color, con cerámica importada, de una fotografía de familia: él, su esposa y su dos hijos. El retrato de una familia feliz… -notó que el doctor Jordán enarcaba las cejas, seguido de una serie de ademanes que le ocupaban toda la cara, antes de preguntarle:
-¿Y cómo sabes tantos detalles de esa casa? Según eso no era tan ajena esa familia.
Luis Eugenio sonrió, entrelazó los dedos de las manos a la altura del pecho y con la seguridad de tener la respuesta y apartar sospechas sobre su sinceridad, respondió:
-No, doctor, nunca estuve en esa casa, pero los detalles de los que le hablo se los debo a mi hija menor. Ella y la hija de Salas fueron condiscípulas durante tres años de la educación media y se hicieron amigas. Es por ella, por mi hija, como supe del ascenso económico de Salas –hizo unas comillas en el aire con ambas manos, acompañadas de una sonrisa maliciosa que el doctor Jordán imitó-. Mi hija estuvo en cumpleaños, en piscinadas, en muchas celebraciones en esa casa y estuvo en esa casa, sobre todo, por razones de los estudios. Como usted verá, mi hija, la pasó muy mal cuando supo de esa tragedia. Tuvimos que darle tranquilizantes y mantenerla con la asistencia de un psicólogo por meses. Para ella fue devastador y sé que aún no ha superado ese dolor, esa impresión funesta, esa amargura, pero ahora, menos que nunca, puedo hacer algo por ella. No puedo llevarla al cine o de paseo para distraerla, ni siquiera puedo hablar con ella por teléfono u otro medio. Eso me atormenta y también me quita el sueño –se llevó las manos a la cara, pero no pudo evitar que unas lágrimas apuradas se le escaparan, ni siquiera el intento de enjugarlas. Manuel Jordán le vio un grueso nudo en el cuello y pudo escuchar, conmovido, unos rápidos sollozos apenas sofrenados; entonces le palmeó la cabeza y poniéndose de pie le dijo con afecto:
-Ya vengo, voy a buscarte un café. No te vayas.
Recordar el pesar de su hija por la amiga muerta no era, probablemente, lo que le dolía hasta sacarle lágrimas: ese pesar estaba para siempre en el corazón de Angélica y ningún esfuerzo de su padre, de padre protector, como lo había sido con poca constancia, podía apartarlo; más le dolía a Luis Eugenio, aún sollozando en la Plaza de los Caídos, era que su propio padecer mantuvo en el olvido, hasta ese momento, el pesar de su hija: se veía como un egoísta por cuyas inconsecuencias como esposo había perdido toda posibilidad de abrazar a Angélica y consolarla o simplemente regalarle unos momentos de modesta felicidad; estaba en otra ciudad, lejos de ella, quizás odiado por ella, y el mundo se le hizo una boca desaforada que lo iba sorbiendo poco a poco, para que el sufrimiento fuera proporcional en intensidad a la culpa.
El doctor Jordán regresó con un café marrón grande y una botellita de agua; una junto al otro los puso en el banco, al alcance de Luis Eugenio que, agradecido, le correspondió con una sonrisa tristona. Mientras Luis Eugenio, callado y con la mirada perdida, alternaba el café y el agua, el doctor Jordán fumaba concentrado en las ramas de los árboles y las curvadas hojas de las palmas cola de pescado mecidas por la brisa.
-Discúlpeme, doctor- al fin sintió que no se le quebraría la voz -, no era mi intención…
-No hay razón para disculparte- Manuel Jordán recordó a sus hijos, quizás porque la reciente confesión de Luis Eugenio los unía en el amor paternal: aunque por diferentes razones era igual la pena de estar lejos de ellos.
-Volviendo a Isnardo Salas- ya serena la voz y en tono más informativo y confidencial-, sé que hizo mucha plata y tengo entendido que con una empresa de construcción y otra de importación de alimentos. Hoy, ni siquiera ante usted, que es de mi confianza y nada tiene que ver con ese personaje, me atrevo a conjeturar cómo ni dónde comenzó la bonanza de Salas, en cuál punto de su carrera política, en cuál de los cargos que ocupó, estaba el origen de su riqueza. Eso es lo que sé y no quiero saber nada más, ni tampoco tengo manera de saberlo, pero nunca creí ni creo ni creeré que mató a su familia y se suicidó por una crisis emocional o un enloquecimiento repentino.
-No es improbable, pero lo que me hace sospechar que la causa sea otra es lo que a ti te está pasando por tu pregunta en esa reunión con tus colegas- Manuel Jordán aprovechó que encendía un cigarrillo para sopesar sus próximas palabras; Luis Eugenio lo miraba, en tensa expectación-. Lo que no me cuadra es que tú dices no saber más nada al respecto, ni indagaste más, que sólo bastó esa pregunta para que comenzara tu calvario. Insisto, eres periodista, eres inteligente y no careces de perspicacia, entonces ¿no pensaste o trataste de averiguar si esa locura repentina- enfatizó con sorna estas palabras- guardaba conexión con otro hecho o con otros hechos? A veces, cuando pienso en tu situación, me parece imposible que no haya nada más: que el hombre se volvió loco y que tú con tu pregunta pusiste en entredicho o irrespetaste la memoria de un connotado líder político del partido de gobierno. No, no me parece.
Luis Eugenio se vio ante un abismo de desconfianza, recibiendo sin rodeos una artera acusación de mentiroso; tuvo ganas de pararse y mandar al carajo al doctor Jordán, a ese viejo puntilloso y desconfiado que con pocas palabras cuestionaba toda su vida, todo su padecimiento; pero también entendió que no estaba en condiciones de aislarse más y, además, para cualquier otra persona que no fuese su agudo interlocutor, su historia pasaría por la de un loco de atar. ¿Qué pensaría, por ejemplo, Humberto Moreno o alguno de los amigos de éste? Debía reconocer la abundancia de vacíos en su historia y no poca gente la juzgaría increíble. Esos razonamientos súbitos lo aquietaron.
-Sólo he supuesto que Isnardo Salas… por cierto, ignoro por qué no se lanzó a la reelección ni aspiró a otro cargo de elección, gobernador o diputado a la Asamblea Nacional, no sé si no quiso o en el partido le cerraron el paso… Decía que supongo que en los cargos que ocupó se hizo de muy buenas comisiones, sin necesidad de robar- lo invadió un entusiasmo brusco y aunque no agregaba nada revelador, lo creía muy importante-. Eso de la mordida, como la llaman los mejicanos, y por eso no es nada raro que sus empresas eran una constructora, para licitar con ventaja en obras públicas, muchas veces pagadas y sin concluirlas, y la otra, una importadora de alimentos, uno de los negocios más lucrativos de este país que no produce nada o muy poco. Entonces, cuando parecía haberse dado al bajo perfil y dedicarse a disfrutar y aumentar su riqueza- chocó el puño de la mano derecha contra la palma de la izquierda-, ¡pum!, la desgracia.
Manuel Jordán lo estuvo mirando más atento que nunca hasta el momento en que, adiestrado por la rutina, sacó el celular de un bolsillo del pantalón, vio la hora y esforzándose en conjugar la voz y el semblante en ánimo conciliatorio, le extendió la mano y Luis Eugenio se la estrechó con visible agradecimiento.
-Ya sabremos, joven Manzo, qué pasó, si pasó algo que encubre esa monstruosidad… o tal vez nunca lo sepamos, pero ahora lo más importante es qué piensas hacer con tu vida. Ahora el dinero rinde cada vez menos y tú sin trabajo ni ingreso alguno, según tengo entendido.
-Tiene razón, eso es lo más importante, pero como le dije antes, horas, días, semanas, meses son nada o lo mismo para mí y puedo llamarme como quiera y ser otro… aún no lo sé- bajó la cabeza y alzó la mano derecha en señal de despedida.
Manuel Jordán caminó contra la brisa y entre hojas cayendo de los árboles hacia su panadería favorita, para un día más cumplir puntualmente el ritual del almuerzo con su esposa en el aire de soledad compartida y de añoranza de sus hijos.






Permaneció en la plaza una hora más, casi paralizado, en un estado similar al que quedamos después de una pesadilla en la cual luchamos para zafarnos de una presencia fuerte e invisible; ni siquiera notó que en el banco donde estaba el sol le daba de lleno. Pudo haber llegado un malandro y atracarlo, sin ofrecer resistencia o, peor aún, sin haberse dado cuenta: algo en él habían removido ciertas palabras del doctor Jordán, y ese algo pujaba por salir a flote en el pozo de una sustancia más densa y pesada que el olvido. ¿Sería ese algo una suma de detalles, de actos en apariencia insignificantes, cuya importancia él se negaba a reconocer, o había subestimado algunos elementos consustanciales a su condena? Ese relámpago de una ardorosa sospecha lo impulsó hasta el carro, estacionado a cuadra y media de la plaza, y sin prisa, pero con determinación, manejó por las vías que lo conducirían a la avenida principal del norte, como si tuviera intenciones de ascender por las montañas superpuestas que anteceden a la costa.
Esta vez fue más allá que las dos veces anteriores, en sus primeros días en San José de Tucupío, antes de mudarse a casa de Mercedes Concepción; sólo había llegado hasta una zona de centros comerciales y restaurantes caros. Siguió, aprovechando el poco tráfico, hasta donde se alternaban quintas y casas modestas y edificios de cuatro pisos, y, entre éstos, canchas de usos múltiples y campos de fútbol y béisbol. De éstos, le atrajo uno circundado por una caminería a cuyos lados abundaban bancos de metal con respaldar, casi todos a las sombras de ficus, veras y jabillos. Consiguió donde estacionar el carro, a cuatro pasos de un banco desocupado y sombreado. Se dejó caer en el banco y se dedicó a observar el entorno: se sintió tranquilo, entregado al puro gusto de ver, y le dio contentura y a la vez una envidia placentera los niños, de ocho a diez años, que a las órdenes de un entrenador panzudo y gritón llevaban la pelota cuanto más rápido podían desde la media cancha hasta el borde del área grande para patear al arco. Quiso ser alguno de esos padres que aupaban a sus hijos y aplaudían emocionados cuando lograban meter gol. Recordó cuando llevaba a sus hijas a clases de natación, en unas de sus pocas veces de padre constante, y ese solo recuerdo con inevitables lágrimas lo puso de nuevo ante sí mismo, ante lo que en la mañana despuntó cuando estaba en la plaza.
Sin dejar de ver con entusiasmo a los pequeños futbolistas, atravesado por el recuerdo de sus hijas nadando en el soleado rectángulo azulado de la piscina, respiró profundo y se propuso darle una secuencia ininterrumpida a sus cavilaciones:
Nunca se dijo en el caso de Isnardo Salas que fue un crimen pasional, como el de esos hombres que arrebatados por los celos matan también a sus hijos; el móvil sigue siendo un misterio para mí; ¿por qué mi pregunta desencadenó una serie de hechos que me han traído a esto que soy ahora?; después de esa pregunta, a los días, busqué en internet, por varios navegadores, solo en mi apartamento, alguna información más sobre Salas, y siempre me topé con alabanzas de su carrera política y lo único relacionado con su crimen fueron notas sobre sus exequias y cualquier otra referencia terminaba en servidor no encontrado; ni siquiera en mi casa hablé más de ese asunto; cuando me llevaron a la comisaría por primera vez, de distintas formas y con todo tipo de rodeos me instaban a declarar qué quería decir o qué insinuaba con mi pregunta impertinente, como la llama el doctor Jordán, y siempre afirmé lo mismo: pura curiosidad y nada de mala intención. La última vez que me interrogaron, unos tipos de civil en el sótano de un edificio al que me llevaron acostado boca abajo en el piso de una camioneta blanca y sin placas, mi respuesta fue la misma y luego me impusieron las condiciones que a mi pesar y con miedo hoy cumplo. Cuando me correspondía publicar un reportaje en El Zamorano, acorde con mis obligaciones, el jefe de información se me adelantó con una nota pequeña en la página de sucesos y lo que había escrito, apenas una parte y con pinzas para no herir susceptibilidades, fue borrado. Después sólo he tocado el tema con el doctor Jordán y gracias a él, a su carácter inquisitivo, se me ocurre que mis pocas incursiones en internet para averiguar algo más sobre Salas precipitaron mi condena… condena, porque esto es una condena. No creo que Emilia, por su afán de separarse de mí y correr a los brazos del secretario de gobierno, tenga que ver con esto, aunque nunca se sabe. O estoy totalmente equivocado y ella sí está detrás de todo esto, pero lo hizo para protegerse ella y proteger a nuestras hijas. ¿Acaso no he sido demasiado pasivo y cobarde y acepté esta condena sin oponerme a ella, sin pelear con quienes me la impusieron?, y no sé quiénes son porque, aparte de dos policías en el primer interrogatorio, nunca vi el rostro de ninguno y de haber podido no lo hubiera hecho. No puedo negarlo: he sido sumiso y he aceptado sin resistencia… pero ¿a quién podía recurrir a sabiendas de que estaba y sigo estando en un cerco de silencio, subrepticia represión y estricta vigilancia?, ¿acaso existo con mi nombre, mi crianza, mi historia personal, mi familia, mis afectos? ¿Todavía existo? Los únicos que podrían dar fe de ello, mis padres, murieron hace años y mi único hermano renegó de este país para siempre e hizo su vida en México y no supe más de él. Ni siquiera sé si vive.
Acompañado por la amable imagen de los niños pateando el balón y las eufóricas celebraciones de ellos y sus padres cuando metían gol, arrancó el carro y probó por otras calles que antes no había transitado. Cinco cuadras más adelante se adentró en una calle angosta entre dos hileras de edificios de cuatro pisos, a cuyos lados y frentes  numerosos kioscos de periódicos, ventas de loterías y diversos comederos, la mayoría de perros calientes y hamburguesas, le daban el tráfago y el aire de vitalidad de los barrios populosos. Al final de esa calle agitada por los muchos viandantes y gente de todas las edades en motos y bicicletas, se vio forzado a doblar a la izquierda, hacia una calle en ligera pendiente que terminaba entre dos recios y frondosos samanes que hacían las veces de pórtico a una avenida ancha, de dos canales en los dos sentidos: a ambos lados de esa avenida nueva, evidente por el asfalto todavía de negro intenso y el rayado blanco con poco sucio y sin desgaste, había montones de escombros separados con cálculo, altas paredes derribadas y chatarra oxidada y retorcida, quizás de grandes tanques de productos químicos corrosivos, vigas doble T, láminas de fórmica partidas o resquebrajadas; a la izquierda, en el lado opuesto por donde iba Luis Eugenio, un inmenso edificio rectangular de una planta, quizás de dos cuadras, según su cálculo poco confiable, del que sólo quedaban el techo de platabanda y cientos de columnas, y esa avenida desembocaba en una igual de ancha que sí le era conocida: en sus primeros días en San José de Tucupío la había frecuentado por una panadería bien surtida y cuyo café marrón espumoso resultó un placentero descubrimiento para su paladar extraviado y ansioso.
Ya en parte conocida de la ciudad, supo por dónde dirigirse hasta su casa, la de Mercedes Concepción, la de él, la de brazos acogedores. Comenzaba a oscurecer cuando cruzó el jardín de la entrada, subió la escalera con pisadas lentas, procurando no hacer ruido en los delatores peldaños de metal, para cumplir con lo que llevaba en mente sin ser escuchado, aunque difícilmente a Mercedes Concepción le pasaba inadvertido quien entrara a su casa. Con el mismo sigilo con que abrió la puerta del patio delantero lo hizo con la de acceso a la segunda planta, girando despacio la llave en la cerradura, sosteniendo con firmeza la puerta y empujándola a pulso para abrirla y después cerrarla. En dos pasos largos estaba ante la puerta de la primera habitación de la izquierda: acercó el oído a la puerta, giró el picaporte, tocó tres veces, espaciadas y apenas audibles, con los nudillos: nada, ni un respiro del otro lado; repitió el acecho en las otras dos habitaciones supuestamente ocupadas: nada, ningún ruido, ninguna muestra de vida humana. Si alguien las ocupaba: ¿a qué hora estaban allí?, ¿a qué se dedicaban?, ¿nunca usaban el baño? Definitivamente no había indicio alguno de que hubiera otros inquilinos y por eso decidió bajar y preguntarle a Mercedes Concepción por cuál razón lo engañaba si, total, esa era su casa y a él le daba igual si esas habitaciones las ocupaban gentes o sólo cucarachas.
Bajó impulsado por una curiosidad rabiosa y cuando estaba a punto de tocar a la puerta, notó que estaba entreabierta, y antes de decidir entre tocar o entrar sin hacerlo, escuchó la calmada y halagadora voz de Mercedes Concepción:
-Pase, licenciado, está en su casa.
Entró a una de esas casas de sus sueños, como aquella en la que encontró sus zapatos perdidos: esta vez la sala y el comedor apenas iluminados por dos velones blancos que flanqueaban a la Virgen de la Mercedes, en la mesita arrinconada, y una lámpara de pantalla morada junto al sofá; olía a incienso de mandarina y a flores de jazmín, de seguro recién puestas en la mesa de centro del juego de recibo. Mercedes Concepción estaba sentada en una de las butacas y a su lado, en la mecedora, una anciana muy parecida a ella, con abundante cabello todo blanco, recogido en un esmerado moño en la nuca, sostenía entre sus manos huesudas de dedos muy largos un pocillo de peltre con alguna bebida caliente. Con un gesto de la mano (una garza descendiendo sin llegar al suelo) lo invitó a sentarse; él le dio medio giro a la otra butaca para  estar de frente a las dos mujeres.
-Ella es mi hermana Lala, así la conoce todo el mundo, más que por su nombre de pila, Edilia. Ya pasa de los noventa años, pero aparte de casi ciega, que sí me consta, y sorda, según ella, porque oye cuando le conviene, está más sana que yo, que soy mucho menor que ella. De vez en cuando me la traigo a pasar unos días conmigo, porque no quiero que sus hijos la arrumen en un asilo -mientras así se la presentaba a Luis Eugenio, le acariciaba la cabeza y Lala sonreía con una viveza infantil discordante con la circunstancia.
¿Era un sueño repetido o que se realizaba?: el olor de las flores de jazmín se tornó penetrante, la luz de la lámpara iba perdiendo intensidad, las llamas de los velones blancos se agitaban por una leve brisa o un soplo imperceptible, las dos mujeres eran dos estatuas sedentes de rostros inexpresivos; él tenía en la mano izquierda, sin saber cuándo lo agarró, un vaso de vidrio, pequeño, con dos dedos de cocuy; afuera ladraban unos perros, según se le ocurrió, a una luna rojiza, ascendiendo entre los más altos edificios del este de la ciudad.
-Tómate el cocuy- ordenó la voz de Mercedes Concepción.
Se lo tomó y puso el vaso vacío en el piso, junto a la butaca en que estaba sentado. En ese momento, el rostro de Mercedes Concepción, por primera vez, no se le mostraba amable ni cordial: de esa inexpresividad de estatua sedente, se transformó en extemporáneo y falto de sentimiento; la hermana dormitaba por segundos y despertaba moviendo la cabeza como quien saliendo de una fosa busca el aire. Mercedes Concepción se inclinó hacia adelante, acercándose a Luis Eugenio, desconcertado y expectante, para hablarle en voz baja, como si no quisiera que su hermana, de cuya sordera descreía, no la oyera.
-No te mentí para engañarte y, aunque no me creas, lo hice para protegerte. Hace algún tiempo decidí no alquilar más esas habitaciones, por más falta que me hagan los reales que me entraban por ellas. Cada vez era más difícil que los inquilinos me pagaran al día lo que pedía por ellas y, para rematar, estaba ese colombiano o que decía ser colombiano, porque no hablaba como colombiano y, según mi sobrino, algo de gocho tenía, pero lo cierto es que ese hombre andaba en algo raro y aquí tenía su habitación para enconcharse, porque casi nunca dormía aquí. Más venía de día para bañarse y cambiarse la ropa -con lentitud se reclinó de lleno en el espaldar de la butaca. Luis Eugenio prefirió el silencio; las preguntas se reflejaban en su mirada.
-Si te decía desde un principio que todas las habitaciones estaban desocupadas, eso te hubiera espantado, te iba a dar mala espina. Te acepté a ti porque me diste buena impresión, aunque lucías desesperado por más que tratabas de disimularlo, se te veía la necesidad de un techo tranquilo y gente en la cual confiar, y eso es lo que tienes: techo tranquilo, a pesar de que sea lo que sea que te pasa y más pareces un fugitivo que hombre que vive en paz. Y con todo eso, no te tengo por mala persona -y añadió exclamando: ¡Vainas de puro pálpito mío!
Estas palabras en voz alta sacaron a la hermana de una de sus dormitadas: abrió los ojos, opacos y desorientados, y preguntó algo que Luis Eugenio no entendió, quizás en una lengua inventada. Mercedes Concepción se dedicó a la hermana, acariciándole la cabeza y estrechándole una mano: daban la impresión de entenderse sin hablar. Luis Eugenio se puso de pie y salió sin despedirse: dudaba entre lo imaginado y lo vivido.

Entrando al cuarto repicó el celular. Se asustó y le sobrevinieron atropelladas y diversas conjeturas, fogonazos de sospechas, alarmas de inquietudes. Sacó el teléfono del bolsillo del pantalón y atendió con un temeroso aló y de inmediato comenzó a sonar una pieza instrumental: el tema de la película El Golpe, cuando mucho quince segundos y cortaron la comunicación. Se quedó mirando el teléfono, pensando en cuánto tiempo hacía que no llamaban por ese aparato inútil para él, pero que no le convenía desecharlo; lo portaba como imposición y parte de su condena; miró ese aparato con arrechera y con un caudal de ingratitudes removiéndose en su interior cayó en cuenta de haber recibido dos mensajes de texto esa misma noche. Uno decía: no hables más de la cuenta; el otro: nunca olvides tus límites. Los borró, puso el teléfono sobre la mesa de noche, junto al reloj de espalda; de éste  comprobó  su tic tac… seguía funcionando. Se quitó los zapatos y la camisa y se dejó caer en la cama.

miércoles, 11 de octubre de 2017

El ardor de la sospecha (séptima entrega)

En esa semana de encierro de Manuel Jordán en su apartamento, Luis Eugenio pasó un par de veces en el carro por la plaza, a media mañana, sin detenerse. Pese a que ansiaba ver a su esquivo confidente, no se desesperó ni se dejó llevar por suposiciones pesimistas. La reciente conciencia de su tiempo particular le daba, sin proponérselo, una paciencia para la espera de cualquier vicisitud, esperanza o anhelo; en algún momento -se decía- aparecerá el doctor Jordán y terminaré de contarle mi historia, le confiaré la relación de mis sueños y de mis angustias o, simplemente, hablaremos de cualquier cosa que haga más llevaderos mis días.
El viernes de esa semana, a eso de las cuatro de la tarde, se dirigió a La Pradera: la calle estaba congestionada y a las afueras del negocio decenas de bebedores formaban varios grupos; consiguió puesto para estacionar media cuadra más adelante, frente a una plazoleta descuidada donde alguna vez ocupó su centro el busto de alguien, sólo quedaba el pedestal y dos cuadrados escalonados de concreto sobre los que aquél se apoyaba; de los cuatros bancos, uno a cada lado  de los cuadrados, sólo quedaban dos, usualmente ocupados por indigentes y pedigüeños; y un mamón muy alto y frondoso le daba buena sombra en toda su extensión. Al bajarse del carro vio que en  ella estaban cinco hombres, uno era un policía uniformado, y otro el hombre de la barra, el que le había brindado  los “tres pasitos”: por la presencia del policía, Luis Eugenio creyó que algo pasaba, aunque ni el tono de voz ni la expresión de aquellos hombres diera a pensar en algún problema, pero, para cerciorarse, levantó el capó del carro y fingió estar revisando el motor, buscándole alguna falla, mirando de reojo  y con el oído atento a la plazoleta.
Una bandada gárrula de loros lo distrajo de su pantomima: la miró hasta que sólo era una mancha de muchos puntos oscuros en el manto azul celeste, sin siquiera una tira de nube, y desapareció entre tres columnas de humo blanco; y luego, más alborotada y numerosa, como si huyera  aterrorizada, una bandada de golondrinas pasó en la misma dirección, hacia las tres columnas de humo blanco que a Luis Eugenio se le figuraron de un material sólido, la tierra exhalando por tres narices algo en cuyo interior no podía retener; recordó haber leído en un periódico local que en esa calle donde estaba, cuatro kilómetros más adelante, hacia el suroeste, pasando una zona de galpones abandonados, crecía como una malformación en el cuerpo zaherido  de la ciudad el barrio Los Sincruces, así bautizado por el decir popular porque, antes de establecerse allí cientos de damnificados de la capital en casas construidas con láminas de cinc y tablas desechadas, solían encontrarse cadáveres de hombres y mujeres, algunos apenas enterrados y la mayoría arrojados sobre la tierra pelada, con tiros de gracia en la nuca o el rostro desfigurado a balazos. Estuvo tentado a seguir en el carro por esa calle hasta el final, hasta ese barrio temible, quién sabe por cuál ánimo de contemplar tanta miseria humana, allí, donde los niños desde los diez años, por lo menos, andan armados y la mejor escuela es el delito.
-¿Cómo está licenciado?, ¿le pasó algo al carro?
Volteó Luis Eugenio y a su lado, en actitud cordial, estaba el hombre de la barra de La Pradera, el del tres pasitos. Antes de saludarlo, reparó en el título de licenciado y él estaba seguro de que a nadie por esos lados se lo había expuesto.
-Bien, ¿y usted?
-Bien, pero parece que su carro no.
-No, no le pasa nada. Me pareció oírle un ruido extraño en alguna parte del motor… pero no, no es nada.
-Entonces, licenciado, es mejor que se refresque- dijo el hombre y dándole una palmada en el hombro lo convidó a tomarse una cerveza en la plazoleta.
Ya el policía se había marchado. El hombre de la barra, cuyo nombre no recordaba en ese momento por más que lo intentaba, le presentó a sus tres amigos y uno de ellos sacó  una cerveza de lo que en lugares como ese suele llamarse “cava socialista”, la destapó y con un gesto de exagerada amabilidad se la dio a Luis Eugenio. Brindaron y después de empinarse la mitad de un solo trago, Luis Eugenio no pudo evitar fijarse, con expresión risueña, en la improvisada cava: una caja de cartón, en este caso de las que contienen botellas de ron, forrada por dentro con una bolsa negra de las que se usan para la basura, las botellas de cerveza acomodadas dentro y, sobre ellas, abundante hielo de panela picado. Una vez más le complació el ingenio popular al saber que la llamaban cava socialista, como se lo hizo saber el hombre de la barra, el del tres pasitos… Humberto, Humberto Moreno, le dijo, pausadamente, al ver que iba a dirigirle la palabra y enmudeció por segundos, con cara de penoso desconcierto, al momento de preguntarle por el calificativo del popular artefacto.
-Vainas que inventa la gente a costa de esa palabrita tan puteada- fue la explícita respuesta de Humberto Moreno.
Luis Eugenio trataba de seguir el hilo a la conversación de aquellos hombres que, entre carcajadas y obscenidades a todo gañote, saltaban de un tema a otro, sin concluir ninguno: béisbol, fútbol, parley, loterías, chistes, hipismo, anécdotas, bromas. Procuraba estar con su mejor disposición de ánimo y regusto por la chispa pronta para hablar y divertirse, pero terminó embotado como si estuviera en una de esas pesadillas en las que se suceden sin transición escenas entrecortadas, inconexas y enervantes, a lo cual contribuía el trasegar rápido de cervezas y unos guamazos de cocuy de una botella, sin etiqueta ni identificación alguna, que pasaba de unas manos a otras con no poca ligereza. Hacía rato que pudo sentarse a media nalga en el extremo de uno de los bancos, pero ya se disponía a marcharse, aturdido por tanta jocosidad confusa, cuando Humberto Moreno se sentó frente a él sobre una caja de cervezas vacía, ya enfrascado en una disquisición:
- … no hablamos de ella y no la llamamos por su nombre cuando es inevitable hablar de ella. Eso lo acordamos una vez, licenciado, un viernes santo -le revolvió otra vez la curiosidad de cómo sabía Humberto Moreno de su título universitario-. Estábamos aquí mismo, bebiendo y jugando dominó, Leandro, más apostador que plomero -conforme los nombraba iba señalándolos-, Felipe, mecánico mata de mango, porque su taller es el patio de su casa, Cheo que es guachimán en un depósito de víveres en el centro, y uno que ya no anda por estos lados, el gordo Pelo e Muñeca. Acordamos eso porque andaba ella por aquí haciendo de las suyas, a diestra y siniestra, y de verdad nos asustamos tanto que decidimos retarla, pero tratando de no tomarla en cuenta ni llamarla por su nombre. ¿Me entiende, licenciado?
Entre el cocuy, las cervezas, la algarabía incesante de aquellos hombres y el repentino y hermético discurso de Humberto Moreno, respondió de primera, para no complicarse:
-Claro, claro, lo entiendo.
-Le dije retarla, licenciado, pero esa no es la palabra correcta. Sería, mejor dicho, no darle tanta importancia porque trampa no podemos hacerle. Ni de vaina que ella me avisa que viene hoy, yo le diga que se venga el lunes porque quiero pasar el fin de semana con mi familia. No, tampoco es eso. Déjeme ver cómo le explico -se restregó la barbilla, chasqueó la lengua entre sus pocos dientes, le pidió a Leandro que le pasara una cerveza, se empinó un buen trago y se fijó en la cara de incipiente borrachera de Luis Eugenio.
-¿Se siente bien, licenciado?
-Sí, seguro- seguía aturdido; en la cabeza le tronaban cohetes.
-Bueno, le decía que no se trata de engañarla… a ella. Nadie puede hacerlo. Aquí, algunos de estos borrachos jodedores dicen que a veces ella les habla de noche, pero sólo para asustarlos. A mí no me ha pasado, ni espero que me pase, pero yo creo que sueñan eso y creen que les pasa de verdad. Tal vez la clave es no tenerle miedo y no llamarla por su nombre.
-Oiga, Humberto, ¿de quién me está hablando usted? -lo interrumpió; comenzaba a pensar que estaba burlándose de él hablando de quién sabe quién; por el entrecejo le avanzaba gélida, latiendo, la recia aguja de un dolor de cabeza.
-Sin que yo le diga, usted sabe de quién le estoy hablando, pero ahorita, por los tragos, se le hace difícil.
Humberto Moreno se puso de pie, le palmeó el hombro a Luis Eugenio y caminó hacia el otro lado de la calle y desapareció detrás de una hilera de cinco camiones estacionados. Sus amigos estaban ensartados en una conversación sobre la mejor forma de preparar una guarapita y a Luis Eugenio le arreciaba el dolor de cabeza por tanta gritería de todos hablando al mismo tiempo, algunos con la lengua ya estropajosa, y sin despedirse y sin ser notado se montó en el carro y se largó siguiendo al capricho el camino a casa.
Comenzaba a oscurecer cuando estacionó el carro frente a la casa de Mercedes Concepción: no supo bien cómo llegó, manejando sin inconvenientes; sólo sabía que estaba allí y ya no le dolía la cabeza, con pasos inseguros y abriendo con lentitud la reja de la entrada, entró al patio delantero: como si lo estuviera esperando, su casera le salió al paso.
-Caramba, caballero, como que estuvo buena la fiesta –le sonrió con toda la amplitud de la boca y tomándolo del brazo lo condujo hasta una de las butacas de la sala y ella se sentó en su apreciada mecedora, muy cerca de él. La penumbra de la sala, el olor de incienso de mandarina y la compañía de ella le depararon una calma gozosa; los ojos se le cerraban solos, sintió entre sus manos un pocillo tibio.
-Tómate ese tecito. Te caerá bien. Es de malojillo, oreganón y concha de mandarina.
Se lo tomó a sorbitos. Le nació decirle:
-Ya no tengo horas ni días. Cualquier hora y cualquier día me dan lo mismo.
-Para todos es igual, pero casi nadie se da cuenta de eso -la voz suave y armoniosa de ella le infundía lo que horas después definió como amor espontáneo, inmaculado (le sorprendió calificarlo con esta palabra).
-Porque no todo el mundo se siente mal o está condenado.
-¿Y quién te dice a ti que no es así?
-Uno lo ve, se da cuenta apenas habla con cualquiera.
-Te entiendo. Sé que lo dices por tu situación.
-¿A qué se refiere con mi situación, señora Mercedes?
-A por qué y cómo estás aquí. Y no te preocupes por aclararme nada -un gesto con la mano izquierda, como un pájaro descendiendo lentamente para posarse en una rama, le hizo saber a Luis Eugenio que se guardara sus preguntas sobre ese punto, y continuó: Debes arrancarte el miedo como si fuese un pellejo seco, ese miedo que quieres ocultarte a ti mismo, pero se te presenta en sueños.
-Sí, algunas veces es un tigre de bengala azul claro, azul cielo. Camina cerca de mí, casi siempre a mi izquierda. Hace tiempo que no aparece, creo que la última vez fue poco antes de salir de Ciudad Zamora.
-Ten por seguro que volverá. Ese tigre azul cielo sólo existe para ti. Por ahora, si no me equivoco, es otra cosa o una persona la que se te aparece.
-Sí, una mujer desconocida, a cada rato, en casi todos los sueños.
-No me lo estás preguntando, pero si fuera tú preferiría el tigre azul cielo que a esa mujer -esbozó una sonrisa desconcertante y se puso de pie: Te voy a traer un traguito de un cocuy bien bueno que tengo guardado por ahí. No es cualquier cocuy.
Volvió con un vaso corto en una mano y una botella, sin etiqueta, de un líquido cristalino. Le sirvió en el vaso, hasta el borde.
-Primero sorbe un poquito y lo saboreas, y después te tomas el resto, sin respirar- se rió como si jugara con él, como si esas instrucciones fueran absurdas.
Luis Eugenio le devolvió el vaso después de cumplir con lo prescrito. Ella puso la botella junto a la mecedora en la que volvió a sentarse.
-¿Cómo fue la última vez que viste al tigre azul cielo?- esas palabras estaban cargadas de fuerza y sentido; él no entendía por qué.
Ya era de noche. La oscuridad los rodeaba, salvo por un bombillo de luz pálida, en el techo, sobre la mesa del comedor, y las temblorosas llamas de dos velas blancas consagradas a la Virgen de la Mercedes. Aparte del monótono canto de los grillos afuera, en los patios, no había sonido que los interrumpiera. Luis Eugenio se sintió liviano sobre la butaca, ligeramente elevado; los ojos de Mercedes Concepción eran luces destellando sobre una tierra árida.
-La última vez que lo vi andaba cerca de mí. Resollaba con tranquilidad, me olisqueaba los pies. Me recosté de una cerca de alambre que le impedía la libertad plena. Yo vi por dónde escaparme de él, de sus ojos rayados que me asustaban. Llegaron unos perros, tres o cuatro (nunca recuerdo cuántos son los perros), muy zalameros y me pareció que con esa actitud desafiaban al tigre…
-Esa es la vaina con los perros, que muchas veces se portan como la gente y no son amigos de uno- le sirvió otro trago de cocuy-.Tómatelo con calma, respirado y saboreado, porque con lo que ya traes encima no vas a poder subir a tu cuarto- volvió a mostrarle esa sonrisa espléndida.-. ¿Y el tigre azul cielo?
-El tigre estaba tranquilo, aunque iba de un lado a otro en el espacio de una cancha de baloncesto. Yo encontré una salida para alejarme de él. Lo miré a los ojos, a través de la cerca de alambre tramado, y caminé hacia otro lado, tratando de evitar el agua corriente bajo mis pies. Mucha agua, pero no crecía. Me preocupé por el tigre. Temía que se le mojaran las patas. Y llegó ella, esa mujer que no sé quién es y cuyo rostro no puedo memorizar o es que nunca se lo veo del todo.
-Ella anda como le da la gana. Se presenta y ya. Ella es así.
Luis Eugenio se paró de un tirón, arrecho. La miró a los ojos y sin mucha fuerza en la voz y el ánimo, le dijo:
-Otra vez ella, esa ella. ¿De qué se trata todo esto?
Mercedes Concepción con un gesto lento, exacto, otra vez como un pájaro posádonse en una rama, le indicó con la mirada que volviera a sentarse.
-Nunca la mires de frente. No la tomes en cuenta.
-Pero siempre está ahí. Yo no la busco. Ella llega.
-Deseos no son obras. Te falta mucho por aprender.
-¿Y qué hago?
-Dormir y ser otro… ¿te parece?
-Ya soy otro. Si me miro en un espejo no me reconozco. Soy otro.
Mercedes Concepción le acercó la cara lo más que pudo, sin levantarse de la mecedora, y de su boca ya vieja pero aún recia y hermosa le oyó esta contradictoria afirmación:
-No eres otro. Eres tú. Y tú mismo eres el tigre azul cielo- se puso de pie y le sirvió otro trago de cocuy. - Este es el de dormir. Mientras te lo tomas piensa en tu protección. Eres un buen hombre, pero un poco pendejo.
-Me lo tomo y me voy tras un fantasma.

La noche se hizo espacio y tiempo indivisibles: era la flor entregada a la luz del día o postrada ante  la luna. Después de un abrazo y un beso de Mercedes Concepción, como lluvia después de un día caluroso, subió a su cuarto con el tigre azul cielo a cuestas.

sábado, 7 de octubre de 2017

El ardor de la sospecha (sexta entrega)

Es la misma casa, está en el mismo lugar, en lo alto de un montículo, pero ahora la sala no tiene techo y las paredes son de bloques de cemento sin frisar; sólo lo que parece ser la cocina tiene techo: oscuras, tal vez ahumadas, láminas de cinc sobre vigas delgadas; hay una mesa muy cerca de la única entrada de la casa, donde termina  la escalera de cemento rústico de cuarenta y siete escalones que comienza al borde de la carretera de tierra; sobre la mesa hay dos bolsas de papel con panes viejos, una mano de cambures ya negros y un vaso de aguardiente. Él, suponiendo que es él, no conoce a ninguno de los tres tipos que están allí, caminando de un lado a otro como actores en una desesperante escena de teatro; ahora llegan cinco mujeres en un carro, con impresionante ligereza suben por la escalera, buscan algo, ríen a carcajadas, entre ellas se dicen frases incomprensibles y se van; él piensa que también debe irse, algo puede ocurrirle, no sabe qué, pero es algo que le infunde miedo; baja a la calle de tierra y unos perros pequeñísimos, ¿tres o cinco?,  brincan en torno a él y no sabe si espantarlos o dejarlos continuar su acelerada danza; recuerda por dónde se ha enrumbado en anteriores ocasiones para llegar a la ciudad iluminada, para llegar a “su casa”, ¿cuál casa?, si ahora no la tiene ni nunca la tendrá; cuando llega a la carretera asfaltada por donde ha caminado otras veces, por esa carretera empinada, por donde creía seguro que llegaría a la ciudad iluminada, esta vez termina en un mar oscurísimo y agitado y ante él se detiene, aspirando el aire tormentoso, proveniente de muy lejos, y se acuclilla y se echa a llorar.


A doña Luisa Jiménez de Jordán (vale decir que el tratamiento de doña a ninguna preponderancia económica y social se debía, sino al respeto y de algún modo de admiración que esa mujer generosa y de trato amable y serio inspiraba a cuantos la conocían) no dejaba de sorprenderle, aunque no lo comentase, el reavivamiento del ánimo y la curiosidad alborotada de su esposo, que, después de sus horas de paseo por el vecindario o de conversación en la plaza, lo mantenían por horas sentado frente a la computadora, incluso en horas de la madrugada. En ningún momento le pareció a ella que Manuel había retomado su afán por apostar en las carreras de caballos porque sabía que la mermada cuenta bancaria y la no siempre puntual ayuda de sus hijos apenas permitían una dieta modesta y el pago de los servicios públicos; pero no pasaron muchos días para que ella  adelantara cualquier sospecha o conjetura, porque una noche, después de la cena, él, recostado en el sofá de la sala, sin ella preguntarle nada,  le dijo:
-Como caído del cielo o como si lo estuviera soñando, ha estado viniendo a la plaza un joven de apellido Manzo y se las ha arreglado para confiarme su desdicha, su historia o parte de ella, y me he puesto a atar cabos, a indagar un poco por aquí y otro por allá, pero tú sabes que mis habilidades en la computadora son limitadas y mi paciencia no es mucha para pasar horas buscando en internet detalles de esa historia, como te dije, en fragmentos, en confesiones entrecortadas.
Le pareció a doña Luisa que en la medida que su marido alargaba el relato con interpolaciones y referencias a circunstancias actuales y no pocas de muchos años atrás, aliñando y retocando detalles, desperdigando conjeturas, se perdía la esencia de lo que verdaderamente lo movía. Sin interrumpir su historia se sirvió un ron en vaso corto con dos cubos de hielo y una tirita de cáscara de limón. Tanta soledad y tanto ocio, pensaba sin dejar de prestarle atención, le alebrestan la imaginación a Manuel; pero tampoco llegaba al extremo de creer que comenzaba a esbozar mentiras. Ella agradecía a quien fuera, a ese desconocido, las confidencias, la amistad casual o tal vez predestinada,  con el poder de sacar a Manuel de ese marasmo signado por una rutina hasta entonces inalterada y apenas matizada con los sobresaltos políticos del país, cuya trama de escándalos y bochornos también los hacían rutinarios. Y por eso mismo, invitándolo a mantener su habitual prudencia y su inquebrantable desconfianza, le aconsejó que conversara sobre ese asunto con Jonás Mata, el joven abogado que se confesaba pupilo de Manuel Jordán, quien además solía apelar a la experiencia  y ponderación del viejo abogado incluso en casos ajenos a su  especialidad, pero en los que su cultivado sentido común podía encontrarle vericuetos a la supuesta aridez interpretativa de la letra de la ley y a la maraña de ignorancia y corrupción de los tribunales.
-No se me había ocurrido hablar esto con Jonás, pero, la verdad, es lo mejor que puedo hacer. Él navega en muchas aguas, más allá de cuanto puede saberse por cualquier medio, y seguramente si hay algo por aclarar o confirmar o desmentir, él lo hará, estoy seguro. Bueno, suponiendo que llegue a interesarse en esta historia y sus ocupaciones se lo permitan- sin duda estaba complacido de contar con el apoyo de su esposa.
Pero de todo cuanto hablaron aquella noche, le quedó a doña Luisa (ya le relampagueaba en la cabeza mientras conversaban), cuando trataba de dormirse sin sobresaltos y ya su marido roncaba a su lado, esa frase inicial de su relato: como caído del cielo o como si lo estuviera soñando… Sabía que en boca de él no era una ligereza, una frase hecha: significaba que su trato con Luis Eugenio Manzo respondía a razones nada superfluas y que en todo punto las apariencias sólo servían para encubrir un verdadero sentido. Sólo ante ella se atrevía a soltar una frase como esa; de él nadie podía esperarse la creencia en causas distintas a las inmediatas y comprensibles para cualquiera; pero a ella, a su compañera de más de treinta años, sí le confiaba, y no del todo, aquello reservado para sí mismo y que solía dilucidar y confirmar con ciertas lecturas ajenas al derecho y la política, aunque en ésta él pudiese ver la constatación del desarrollo de manifestaciones antiquísimas y universales. Entonces su interés en la historia de Luis Eugenio Manzo, suponía ella, era un episodio “revelador” de algo superior, de una totalidad que se vislumbraba sin que, probablemente, su protagonista ni siquiera lo sospechara. Conjeturó doña Luisa que su esposo veía en aquel joven a una especie de marioneta del destino, movido por una causalidad que ignoraba por completo.
Ahora doña Luisa estaba segura de que en los próximos días cada palabra y cada movimiento de su esposo tendrían un sentido y una motivación específicos: nada de cuanto hiciera y dijera quedaba al capricho de las circunstancias y mucho menos estaría desprovisto de intención alguna.


¿Cómo no se había dado cuenta de que en las casi tres semanas de residencia en casa de Mercedes Concepción no había visto ni oído a los otros tres inquilinos? ¿Le había mentido Mercedes Concepción y sólo él ocupaba una habitación? Era ahora, cuando caminaba una y otra vez por los pasillos de un centro comercial del norte de la ciudad, que las palabras de despedida de Mercedes Concepción de aquel sábado muy temprano le retumbaban en la cabeza: voy a estar en San Felipe hasta el lunes, así que, licenciado, cuídeme la casa porque va a estar solo. Entonces, también le había mentido el sobrino de ella. ¿Por qué le habían mentido?, ¿por vergüenza de no tener más inquilinos o por alguna razón inconfesable? ¿Se atrevería a preguntarle a Mercedes Concepción o a su sobrino si de verdad había otros inquilinos?, ¿se atrevería a desahogar esa curiosidad que podría traerle inconvenientes? ¿Le sumaría a su situación otras interrogantes, cargarla con nuevas preocupaciones?  Prefirió evadir sospechas y conjeturas mirando de un lado a otro por donde iba, tratando de no enfocarse en nada, pero un reloj esférico, sujeto al techo del pasillo por donde iba, llamó su atención, marcaba las 4 y 20, y de inmediato, a su izquierda, otro reloj, con la marca de un refresco, fijado en la pared del fondo de una estrecha arepera, marcaba las siete y cuarto: le resultó evidente que ambos relojes estaban parados; según el de su celular apenas pasaba el mediodía, lo que era notorio en ese centro comercial por el movimiento apurado de mucha gente hacia los negocios de comida rápida y otros lugares donde se acomodaba con sus viandas de comida casera. Pero a él, pensó, ¿qué podía importarle la hora?: sus días ya no tenían horas, sólo día y noche; igual daba que fuese mediodía o las cuatro o las siete, del día o de la noche porque no tenía trabajo ni compromiso ni responsabilidad alguna; cuando mucho, estar vivo en esa ciudad, dejando correr las horas, a veces pendiente de detalles insignificantes como el ruido de unas ollas en la madrugada o las volutas de humo de cigarrillo  que exhalaba el doctor Jordán siempre con fruición o las iguanas comiendo semillas de ficus en la Plaza de los Caídos o el capítulo de una telenovela o un juego de béisbol en el televisor de La Pradera. Ya no tenía horas ni días ni semanas y quizás algunos años: sobreviviendo con poco dinero, con gastos calculados con rigor mezquino; para quienes pasaban por su lado en los pasillos del centro comercial algún sentido tenían sus vidas o, al menos, se lo inventaban o creían tenerlo, pero él no podía decir lo mismo de sí: sólo en ese momento, como una intuición macerada, comprendía a cabalidad a qué lo habían condenado y sin infligirle el menor daño físico y sin sentencia alguna, y él mismo había precisado el lugar de su condena: ¿podría decir que tuvo la libertad de escogerlo?; ¿acaso sólo el azar lo había encaminado a la Plaza de los Caídos para conocer al doctor Jordán y, en consecuencia, a Mercedes Concepción?; ¿o todo cuanto le había acontecido hasta ese momento respondía a una exacta planificación “superior” (¿de quién o quiénes?) y tal vez el único espacio y momento de libertad era el de sus sueños, aunque en muchas ocasiones condicionados por la realidad común?
Esas preguntas, esas dudas y esa recién comprendida noción de su tiempo particular, mientras seguía caminando por el centro comercial, no había querido afrontarlas: estuvo dejándose llevar por el devenir como si en algún momento despertaría y estaría otra vez en Ciudad Zamora llevando su rutina de periodista, esposo y padre de dos hijas. Por segundos le pareció preferible que lo hubiesen juzgado públicamente, que lo hubiesen humillado, incluso calumniado, y arrojarlo para siempre en uno de esos infiernos terrenales que son las cárceles del país; al menos viviría en riesgo permanente, definido y visible, en disputas, en tratos infames pero convenientes y, sobre todo, habría muchos con quienes compartir su pena. En vez de eso, le dieron días vacíos, horas muertas, una soledad y una movilidad restringidas a un espacio mayor al de una cárcel, al aire libre (si es posible esa expresión), con automóvil, celular y algo de dinero, en el estricto perímetro de una ciudad y sin saber cómo ni muy claro por qué lo vigilaban.

 Una gripe pertinaz fue el mejor aliado de su propósito de no ir a la plaza por varios días; y aunque estimaba que no serían más de tres, alcanzó a una semana. Si al referirle a doña Luisa el caso de Luis Eugenio Manzo, Manuel Jordán se mostró entusiasmado y con bríos de elucidar el más mínimo detalle de esa particular historia, no dejaban de asediarlo preguntas inquietantes. En cuanto al abominable crimen y suicidio de Isnardo Salas no albergaba dudas: fue una personalidad política en Zamora y lo que hizo, o más bien deshizo, aunque fue reseñado sólo una vez con un titular amarillista en la página de sucesos de un periódico regional y en notas brevísimas en algunos diarios nacionales, se supo en todo el país y muy pronto echado al olvido; pero, aparte de lo que hasta entonces le había contado Luis Eugenio Manzo, ¿qué tenía éste que ver con el trasfondo de ese hecho para que su vida le fuera cambiada por completo?; ¿sería Luis Eugenio quien decía ser?; ¿estaba en San José de Tucupío, de verdad, a causa de una pregunta impertinente?; ¿no sería este Luis Eugenio Manzo el disfraz de un timador o de un prófugo de la justicia? Esas preguntas lo llevaron a recordar una película que recién había visto en la televisión, una de esas madrugadas de desvelo en el sofá de la sala: un joven periodista deportivo gana una pronta celebridad por el engaño de un indigente de la calle que le hace creer que es un otrora campeón de boxeo, aunque en realidad había sido un boxeador mediocre a quien el verdadero campeón lo noqueó en el segundo round la única vez que se enfrentaron; el engaño se descubre y ante la amenaza de una demanda millonaria al periódico por el hijo del verdadero campeón, muerto hacía años, el joven periodista se ve obligado a redactar un largo escrito disculpándose y reconociendo el acicate del afán de notoriedad antes que el imprescindible rigor de la investigación periodística y la constatación de la veracidad de la fuente. Por eso Manuel Jordán se preguntaba si no era él engañado también por un periodista, si acaso lo era. Además, no le cuadraba mucho la estricta vigilancia y por todos los medios a la cual decía Luis Eugenio se hallaba sometido y mucho menos al punto de enviarle mensajes de texto amenazadores al celular, tan sólo con pretender rebasar los límites de San José de Tucupío.
Todo eso, sin saber si ocupaba a cabalidad el ocio y los pensamientos de su esposo, y por eso, a espaldas de él, doña Luisa apuró la visita de Jonás Mata, invitándolo a almorzar un sábado con la excusa de su regreso al país después de mes y medio de estadía en Bogotá.
Supo doña Luisa complacer y halagar a su invitado, aquerenciando su experimentada sazón y el afecto en el asado negro, el puré de papas y zanahorias, y las tajadas de aguacate salpicadas con un aderezo de aceite de maíz con hojas de yerbabuena y culantro picadas muy menudas; para ella y su esposo llegó a ser día de gran lujo: Jonás aportó el Glenfiddich para el güisqui sour de aperitivo y el vino tinto chileno que muy bien se congraciaba con el plato principal, precedido de una crema de brócoli. Coronado el almuerzo con el pie de limón, también obra de doña Luisa, y el café colombiano de igual aporte del invitado, se mudaron a la sala los dos hombres, mientras doña Luisa procuraba un mínimo de orden en la cocina, antes de irse a su habitación, como tenía pensado, pero su esposo le pidió que los acompañara.
-Esto no es un asunto profesional entre Jonás y yo. Es más que eso y quiero que tú estés presente.
Doña Luisa se sirvió más café y ellos volvieron al güisqui, esta vez en vasos largos, con hielo y soda.
Habiéndole adelantado a Jonás Mata el encuentro y conversaciones con Luis Eugenio Manzo, cuando lo recibió en el estacionamiento para visitantes del edificio, Manuel Jordán, inclinado hacia adelante y apoyando los codos en los muslos y la manos entrecruzadas (esa postura habitual cuando se proponía hablar de algo serio), después de varios días de encierro en el apartamento, atenuando los malestares de la gripe con pastillas de acetaminofén e infusiones de malojillo y poleo, paseándose en las  madrugadas entre la sala, el comedor y la cocina  con dudas y suposiciones, se decidió a decir:
-Desde hace varios años, a pesar de la dificultades económicas y la partida de mis hijos a otros países, cuya ausencia me pega cada día de este mundo, he procurado alcanzar la tranquilidad, llevar una vida apacible, discreta y sin sobresaltos, pero parece que el destino tiene sus propios planes y no repara ni en los propósitos ni en la edad de uno. A mis setenta y dos años no aspiraba a más que una rutina inalterable y aburrida, con ocasionales momentos como éste. Disfrutar de una buena comida, un buen vino y unos traguitos de güisqui para levantar el ánimo, junto a Luisa, la compañera de toda mi vida, y la amistad y el cariño de alguien a quien aprecio como a ti, Jonás. De verdad que no he querido ni he pedido más nada. Y de pronto aparece este joven, Luis Eugenio Manzo, preguntándome por un lugar donde vivir y le digo lo primero que me viene a la cabeza y consigue una habitación en casa de Mercedes Concepción, a quien muy poco veo y trato, y así este joven entra en mi vida y me convierte en su confidente. Al principio lo tuve, por decirlo de alguna manera, como un hecho más de la calle, tomando en cuenta que a la plaza llega todo tipo de gente, cada loco, cada personaje y, por eso, y como no me pareció mala persona no le negué mi trato y permití que me echara su cuento o parte de su cuento, pero de unos días para acá me asalta el fantasma de la duda, de la desconfianza, sin que ninguna razón aparente me mueva a eso.
En lo que respecta al político Isnardo Salas, para mí, ahora, vinculado a este joven, como ya les he dicho, su horroroso proceder es un hecho público y notorio, aunque la gravedad de ese hecho haya sido despachada al basurero del olvido como tantas otras atrocidades en este país, por la frecuencia con que ocurren, y sobre todo cuando se trata de gente del gobierno o relacionada con el gobierno. Y no sé si podría decir más de ese caso porque, total, el hombre también acabó con su vida y su atrocidad fue justificada por problemas de salud física, puesto que le habían diagnosticado, al parecer, una enfermedad terminal y a consecuencia de ésta una depresión insuperable. Y así todo tiene, entre comillas –hizo el gesto típico en estos casos con ambas manos- una explicación.
Todo lo relacionado con el político Isnardo Salas puede verificarse fácilmente en la poca información que puede encontrarse en internet. Lo que me preocupa es la otra parte… pero antes sirvámonos otro trago- le extendió el vaso vacío a Jonás Mata, pero doña Luisa se adelantó y también agarró el de Jonás y se fue a la cocina a servir los güisquis.
-Doctor- aprovechó Jonás la pausa-, aunque sólo ha contado una parte, ya se me van agolpando en la cabeza unas cuantas conjeturas y sospechas, y se me van dando las vinculaciones de algunos hechos, pero prefiero darles bases ciertas, porque también se le suman algunos vagos recuerdos de cosas leídas por ahí  y de comentarios de pasillo en los tribunales.
-Por eso, Jonás, es que he querido conversar esto contigo, para contar con tu ayuda, con lo que indagues por ahí... tú sabes dónde- le sonrió con malicia cómplice-, siempre que no comprometas tu persona ni te quite tiempo, que bastante ocupado lo tienes. Uno nunca sabe.
Volvió doña Luisa con los tragos y una taza de café para ella. Disfrutó Manuel Jordán un buen sorbo de su güisqui y continuó.
-Decía que era la otra parte la que me preocupa, la que tiene que ver con Luis Eugenio Manzo o con quien dice ser Luis Eugenio Manzo. Puede ser él u otro con ese nombre. En mis limitados y torpes manejos en internet no he hallado nada que lo corrobore como, por ejemplo, una fotografía o una información en una de esas páginas que reúnen el perfil profesional y datos personales de quienes se registran en ellas. ¿Y a qué viene esa duda respecto a si es o no quien dice ser? Simple: lo he notado vacilante y su relación de los hechos que lo involucran me luce entrecortada como si tuviera vacíos que llena en el momento con cualquier ocurrencia, a menos que sea tan grande su pesar y mayor su desconfianza en otra persona que no se atreve a contarlo todo, por más que la iniciativa de conversar conmigo fue suya.
Eso, por un lado. Lo otro es que dice ser vigilado e incluso controlado por quienes no conoce, al punto de recibir mensajes en su celular con advertencias y amenazas. Bien sé que, pese al aparente y verdadero e intencionado desorden de esta sociedad, de algún modo todos somos vigilados, en mayor o menor grado, de acuerdo con nuestros compromisos políticos o económicos, y más aún si somos declarados adversarios del gobierno o, al menos, de un alto funcionario. Si hemos de creerle, si está de verdad en la situación que dice padecer por una pregunta impertinente, ¿no habrá hecho algo más que lo comprometa y lo ponga en riesgo? En fin, no sé si soy engañado por un loco o un impostor o Luis Eugenio Manzo es víctima de una condena absurda y muy particular. Y eso me ocupa los días y no precisamente por un ataque de senilidad o por falta de oficio y de mejores causas.
Manuel Jordán se quitó un peso de encima; liberado de ese peso, recostó espalda y cabeza del espaldar de la butaca, y estirando piernas y brazos a su mayor extensión, como quien se despereza, daba a entender que era todo oídos para Jonás Mata. Doña Luisa estaba en actitud de expectativa tensa. Jonás no se hizo esperar.
-Doctor- nunca lo tuteaba ni lo llamaba por su nombre, aunque contaba con suficiente aprecio y confianza para hacerlo-, no creo para nada que su preocupación e interés en este caso se deba a la senilidad o al ocio. Todo lo contrario, pero me explicaré por partes, siguiendo el hilo de sus palabras y el orden de cuanto ha dicho.
-No espero menos de ti, Jonás- comenzaba a sentirse reconfortado.
-Ya usted lo dijo, lo de Isnardo Salas fue un hecho público y notable, y si cayó en el olvido o, mejor dicho, si se le echó tierra y no se habló de ello, da mucho que pensar. Apenas usted me adelantó algunos detalles en el estacionamiento, recordé una conversación que, por casualidad, escuché en un pasillo del Palacio de Justicia. Yo estaba a un lado de la puerta del tribunal segundo mercantil revisando unos papeles personales, al tiempo que trataba de comunicarme por el celular con un cliente, y a pocos pasos de mí estaba mi amigo penalista Cristóbal Muguerza conversando con dos funcionarios de la policía científica, y vale decir que no había pasado mucho tiempo de lo de Isnardo Salas, y él dijo: definitivamente una locura lo del diputado. Ni tan locura, dijo uno de los policías, un gordo rojizo y bajito. Y el otro policía, un moreno flaco con cara de no temblarle el pulso para repartir plomo, dijo, en tono burlón, mucho prestigio, mucha plata, muchas propiedades y buenas relaciones con los chivos del partido y empresarios, para nada, de la noche a la mañana mandó todo a la mierda y con bastante sangre. Y dijo Cristóbal Muguerza: todo se queda aquí y polvo somos y en polvo nos convertiremos. Y el policía rojizo y bajito y también con cara de gatillo alegre dijo, con descarada sorna: y hay polvos de polvos. Y el policía flaco: así es, hay polvos de polvos y unos más caros que otros. Y los tres rieron a carcajadas. Es todo lo que escuché en ese momento y hasta ahora pensaba que tres seres insensibles se referían a un hecho trágico con una broma de sexo vulgar, pero me late, y ya veremos, que se estaban refiriendo a otra cosa, a asuntos raros allá en Ciudad Zamora. Porque al contarme lo del periodista se me prendieron otras luces.
De él, por cierto, me encargaré de verificar su identidad. Eso no es nada difícil, porque cuento con gente muy buena para eso y para mucho más. Si él es quien dice ser y su historia es verdadera, tengan por seguro que lo vigilan y lo asedian. Eso pasa en este país con más frecuencia de lo que uno se imagina. Y quiero, doña Luisa y usted, doctor, que no se preocupen más de la cuenta. Hable cuanto pueda, doctor, con el tal Luis Eugenio Manzo, manteniendo la distancia y aunque le parezca que está de más decírselo, no le dé los números de sus teléfonos, casa y celular, y no hable con él en otro lugar que no sea en  la plaza o  en algún sitio cercano.
-Sí, eso lo he pensado desde un principio, gracias a mi natural zamarrería.

Jonás Mata se despidió abrazando a cada uno con cariño sincero, prometiéndoles noticias prontas sobre lo encomendado. Manuel Jordán lo acompañó al estacionamiento y, aparte de un nos vemos cuando Jonás puso el carro en marcha, no cruzaron más palabras.

miércoles, 4 de octubre de 2017

El ardor de la sospecha (quinta entrega)

¿Era Emilia la que estaba a un paso detrás de él, a la izquierda? Nunca llega a saber si es Emilia o si es que él quiere que sea Emilia. Si era ella o no, lo siguió por un pasillo sombrío que termina en un espejo ovalado que ocupa toda la pared del fondo. Como otras veces, no llega al final del pasillo: teme lo que puede ver reflejado en ese espejo. Y es cuando se ve de nuevo en esa habitación, en un piso muy alto, que es dormitorio, cocina, sala y comedor a la vez; y ahí está ella (esa ella que nunca sabe quién es, pero siempre cree o quiere suponer que es Emilia), sentada en un taburete alto y hurgando en un cofre redondo, pequeño, sobre las piernas. Alguien lo llama y él se asoma a la única ventana de la habitación y ve una calle de tierra creciendo hacia la derecha, en pendiente, entre árboles pequeños y arbustos resecos. No conoce a quien lo llama, ni se le parece a ningún conocido suyo. Baja por unas escaleras estrechas y de huella corta; sale a la calle. Quien lo estaba llamando ya no está. Salen a su encuentro tres perros flacos meneando la cola. Lo rodean y rodeado por ellos se echa a andar por la calle escarpada. La mujer lo mira por la ventana, lo saluda con la mano. A un lado de la calle, unos diez metros más abajo del nivel de ésta, hay una casa de bahareque y el techo es grisáceo, de un material irreconocible; los vanos de la única puerta y las dos ventanas, sin hoja alguna, son romboides. Entra a la casa, los perros se quedan afuera; no sabe cuánto duró en ella ni qué había ni para qué entró. Ahora está afuera, junto a una altísima ceiba, al lado de la casa. Allí se queda, con la certeza de que nadie puede verlo, excepto los tres perros, echados en torno a él, formando un triángulo. Esa invisibilidad parece corroborarla una turba enardecida buscando a alguien para lincharlo. Teme que los perros lo delaten porque se han levantado y lo olisquean. ¿A quién buscaba él? ¿Para qué alguien lo llamaba? ¿Por qué entró a esa casa y salió de ella sin darse cuenta? Ha vuelto al primer piso de la otra casa, pero ya no está la mujer. Allí, sentados a una mesa oblonga, están cinco hombres comiendo de varios platos, con las manos toman los bocados, le parecen exageradamente garosos; pero al menos no le muestran ojeriza. Uno de ellos se le parece a uno de los varios policías que lo interrogaron la primera vez que cumplían con la formalidad de una citación, nada por lo cual preocuparse. Pasa a otra habitación; “su habitación”, le dice una voz. La habitación está desordenada: hay ropa tirada en el piso, no sabe si limpia o sucia; hay un colchón matrimonial sobre cuatro bloques de cemento, uno en cada esquina. Siente que lo miran, aunque está solo. Voltea hacia la puerta y, como un celaje, ve pasar a la mujer que podría ser Emilia. Se apresura a seguirla; nota que hay más hombres en torno a la mesa oblonga, tal vez once. La mujer no está por ninguna parte.
Acurrucado sobre el lado izquierdo, aún desnudo, sin siquiera arroparse con la única y casi transparente sábana que posee, abrió los ojos. Miró  hacia la mesa de noche para ver la hora en la esfera del reloj despertador: estaba como siempre, de cara a la pared con sus agujas de verde fosforescente. Serían las cuatro o cinco de la madrugada: eso lo dejaban suponer los sonidos tempraneros en la cocina de Mercedes Concepción.


Ahí estaba el doctor Manuel Felipe Jordán, en el extremo más sombreado de uno de los bancos de la Plaza de los Caídos, fumando pausadamente, con unos lentes de sol Ray Ban, una gorra de los Marlins de Florida, unos yines desteñidos, una franela tal vez algún día azul claro, mocasines negros y sin medias: una pinta extraña para quien sin vestir nunca ropa formal, le daba aires muy distintos a los pocos que  le conocía Luis Eugenio Manzo, quien apenas al verlo a casi una cuadra de distancia, apuró el paso para sentarse a su lado; lo saludó con un buen día entre jadeos.
-Viene usted con poco aire, amigo Manzo-  el tono del doctor Jordán era jocoso y amigable. A Luis Eugenio le costaba hablar.
-Así es- pudo decir al fin-, venía apurado, más el calor y súmele, como dicen por ahí, oxidado de tanto sedentarismo.
Una fila rápida y ruidosa de cinco policías motorizados, serpenteando entre los carros, le dio oportunidad a Luis Eugenio de pensar por segundos en lo próximo que le diría al doctor Jordán.
-Y para rematar, no estoy durmiendo bien, duermo poco y sueño mucho…
El doctor Jordán se sintió abismado por tan intempestiva confidencia; apenas conocía a ese hombre y le confiaba eso, que él, si acaso a su esposa se lo diría. Luis Eugenio se sintió  observado minuciosamente por el doctor Jordán a través de esos lentes oscuros que lo hacían más impenetrable y luego, dándole una suave palmada en el hombro, como si hubiera estado esperando ese momento para brindarle su confianza a aquel joven que ya en su fuero interno lo juzgaba como un solitario desesperado, le dijo, en un tono que quizás pretendía ser paternal:
-Hable, joven Manzo, diga lo que le salga, no se guarde nada. Soy todo oídos.
Con un lento gesto de la mano derecha le dio a entender que esperara, mientras buscaba por dónde empezar y mientras veía a dos iguanas que, una tras la otra, iban comiendo los pequeños frutos rojos de un frondoso ficus desperdigados en el piso a unos diez metros de ellos. El doctor Jordán parecía dispuesto a esperar cuanto quisiera Luis Eugenio para decidirse a hablar de aquello que sin duda le quitaba el sueño y en los pocos ratos en que lo conseguía tal vez lo soñaba mucho.
-Doctor, yo no estoy aquí, en San José de Tucupío, voluntariamente. No vine aquí porque quise, porque quería estar en esta ciudad con la que, a pesar de todo, me estoy encariñando. Cuando me vi obligado a salir de Ciudad Zamora, por razones que luego le contaré, lo hice porque soy un desterrado dentro del mismo país. Es cierto que yo escogí esta ciudad, pero también estoy obligado a no salir de ella- Luis Eugenio pasó una pierna sobre el banco, para quedar sentado a horcajadas sobre éste y quedar de frente al doctor Jordán, que rato antes había hecho lo mismo para poder escuchar mejor a su interlocutor-. Estoy aquí porque fue la primera ciudad que señalé en el mapa ante los que me expulsaron de Ciudad Zamora: era esto o aparecer tiroteado en cualquier barranco o basurero de Ciudad Zamora con un mosquero encima. Aquí estoy solo, sin mujer y sin mis hijas. La que era mi mujer ahora vive con otro y me han prohibido contactar a mis hijas por cualquier medio, y si llegara a hacerlo, a contravenir esa orden, ellos se enterarían y aunque buscara la manera más subrepticia de hacerlo, no me atrevo para evitar que les pase algo a ellas.
El doctor Jordán se quitó la gorra, se enjugó la frente con el envés de la mano y luego, antes de decir algo a Luis Eugenio, que calló y miraba con ojos muertos hacia el fragor de la avenida, se abanicó la cabeza sudada con la gorra; volvió a ponérsela y en voz baja y acercándole la cara a Luis Eugenio, le dijo:
-Si no estás loco y no estás inventando toda esa historia, joven Manzo, estás metido en tremendo lío. Y si es así, me pones a dudar en que yo sea tu confidente. Eso podría ponerme en aprietos, porque de algo sí estoy seguro y si lo que hasta ahora me has contado es cierto, me lo confirmaría: hoy en día, en este país, no se puede hablar muy duro y hasta las paredes tienen oídos.
-Así es, doctor, aunque parezca exagerado. Yo le puedo dar fe de ello, si no ¿cómo es que a mi celular llegan mensajes alusivos o directamente relacionados con mi situación?
El doctor Jordán encendió un cigarrillo, le dio varios jalones con fruición desesperada, seguidos de un breve acceso de tos bronca:
-Creo, Luis Eugenio, que deberías comenzar a ser más explícito. Si quieres tener mi confianza, no debes guardarte nada. ¿Estamos de acuerdo?
-Está bien, pero no es fácil para mí decirle tantas cosas a usted, a quien apenas conozco. Mi confianza en usted oscila entre una corazonada y la desesperación de un solitario.
El doctor Jordán se quedó mirándolo unos segundos, mientras asentía con la cabeza, y al botar lejos de sí la colilla humeante del cigarrillo y luego agitando la mano derecha con sólo el índice extendido, casi tocándole el pecho a Luis Eugenio, le advirtió:
-Queda de mi parte, únicamente de mi parte, decidir el momento, si así lo considero, en que deje de ser tu confidente, en el caso de que ello ponga en peligro mi seguridad o la de mi familia, pues por lo poco que hasta ahora me has dicho me permito suponer que llegaste a nadar entre peces gordos… nada inocentes.
-La verdad, doctor, no veo en qué pueda perjudicarlo saber la causa de esta mala jugada de mi destino, de este infortunio que no termino de comprender- Luis Eugenio se mostró entre alarmado y molesto, pero el doctor Jordán lo atajó en medio de esa moderada muestra de titubeante orgullo:
-Antes que nada te conviene no subestimar a nadie, incluido yo, ni los alcances y complejidades de tu situación. Aunque es poco o casi nada lo que me has dicho, mis años y mi intuición me llevan a suponer que en el ejercicio de tu profesión tocaste un punto delicado del poder, de cualquier poder, que en este país son muchos y el mismo. Es una trama complicada, más por los vínculos y perversiones que por sus intenciones, que son una sola: conservar y reafirmar ese poder- el doctor se puso de pie y con un gesto entusiasta lo invitó a seguirlo y cambió el tercio de la conversación:
-Vamos a tomarnos un café y después volvemos a lo tuyo, pero aquí en la plaza y en un banco donde sólo estemos nosotros y nadie cerca.
A Luis Eugenio le pareció exagerada e innecesaria esa advertencia, pero prefirió no decir nada al respecto y dejarse llevar, en silencio, por el momento. Le complació, aplacándole de momento algunas sospechas sobre el doctor Jordán, que en el trecho que los separaba de la panadería y luego ya sentados en una mesa de ésta, gente de distintas edades, desigual educación y diferentes oficios, según pudo notar él mismo, saludaron a su compañero con afecto y respeto, incluso con bromas ligeras, algunas rayanas a la procacidad por lo de la plaza de “las caídas”.
Ahí sentados, tomando café y compartiendo un golfeado con queso de mano, cuando el doctor Jordán se quitó la gorra y los lentes oscuros, Luis Eugenio vio de soslayo, por segundos, esa mirada de inquietante melancolía que le llamó la atención desde la primera vez que habló con el doctor Jordán, y ahora esa mirada lo llevó a recordar el pozo de las luces del río Cuniaparo, a las afueras de Ciudad Zamora: decía la gente de aquellos lados que algunas noches sobre ese pozo, de unos veinte metros de diámetro y unos dos metros de profundidad, se veían unas luces de amarillo intenso, inquietas y vertiginosas, y aunque nunca llegó a verlas porque, aunque lo hubiese creído, jamás estuvo allí de noche; pero sí podía asegurar que bañándose en ese pozo sintió varias veces algo que al principio lo asustaba y luego una breve e intensa sensación de potencia y serenidad. Debió de ser por eso que él sentía a su manera y de lo cual se le dificultaba hablar, que en los últimos años el pozo de las luces se convirtió en el predilecto lugar sagrado de santeros y de practicantes de otros cultos similares: desde entonces no faltaban en su orillas animales sacrificados, sobre todo palomas y gallos, cabos de tabacos, botellas de aguardiente vacías, restos de pólvora quemada, yerbas secas y flores marchitas. Unas palabras ininteligibles y las carcajadas contenidas del doctor Jordán lo devolvieron al murmullo, al calor y al ajetreo de la panadería. Regresaron en silencio a la plaza; el doctor Jordán lo condujo hasta el más sombreado de los bancos del vértice noroeste; se sentaron muy cerca el uno del otro para poder hablar en voz baja porque a pocos metros de ellos estaba un grupo de liceístas formando un círculo, en diferentes posturas sobre el piso, en torno a dos botellas de ron y parloteando todos al mismo tiempo.
-Habla, Luis Eugenio, di lo que tienes que contar. Los dioses y yo te escuchamos- el doctor Jordán pronunció esas palabras con serenidad, pausadamente y mostrándose dispuesto a la mayor comprensión de su parte.
-¿Los dioses? ¿Por qué los dioses, doctor? ¿Cuáles dioses?- nunca antes Luis Eugenio había oído incluir a los dioses en una conversación de calle.
-Es una manera de decirte que puedes confiar en mí, sin temores ni guardarte nada. Y dioses hay muchos en este mundo, pero están en nosotros.
-Esa última frase me parece conocida.
-Tal vez porque es una paráfrasis de una muy conocida de un poeta francés, Paul Éluard: Hay muchos mundos pero están en éste.
-Esa no la conocía, pero igual da. Voy a lo mío.
En ese momento la gritería de los estudiantes se hizo más fuerte, ensordecedora, porque una de las muchachas, ya ebria y provocadora, al ritmo de una pieza de reguetón, bailaba en el centro del círculo con tales movimientos de cadera que mucho le envidiaría cualquier anfitriona de algunos establecimientos de la vida nocturna. Pese a la bulla, Luis Eugenio prosiguió:
-Ahora no dejo de pensar en lo que significan las palabras, en lo que pesan. Ahora estoy convencido de que las palabras, de acuerdo cómo, cuándo y cómo se digan llevan consigo una carga, algo que puede resultar demoledor…
-Estáis filosófico, pero sigue- interrumpió el doctor Jordán, burlonamente.
-No voy a decirle que la mía fue una pregunta ingenua, desprovista de inocencia, pero jamás pensé que podría llevarme hasta aquí, hasta esta ciudad, hasta este momento en esta plaza, confesándome con usted- Luis Eugenio, quien hasta ahora hablaba con la cabeza gacha, volteó a mirar de frente al doctor Jordán: ¿Conoce usted el caso del Isnardo  Salas, el político zamorano que mató a su familia y después se suicidó?
-Sí, lo recuerdo. Hace año y medio de eso, si no me equivoco.
-Con una pistola con silenciador mató a tiros a la esposa y a la hija, de dieciocho años. Al hijo, de veinte, como se le encasquilló la pistola, intentó estrangularlo, pero terminó matándolo a cachazos, golpes y patadas. Después buscó un 38 que guardaba en alguna otra parte de la casa y se voló los sesos. Así reseñó, según la hipótesis forense, la prensa regional y nacional esa monstruosidad. El detalle de por qué lo hizo es lo que fue sencillamente atribuido, sin mayores explicaciones, a una crisis depresiva por problemas de salud… y así quedó, caso cerrado.
-Eso lo recuerdo muy bien y de buenas a primeras me pareció que algo se ocultaba y no se habló más de ello.
-Exacto. Así fue. Y aquí viene lo que a mí atañe. Meses después de lo que ya sabemos, estaba en una reunión informal en la sede regional del colegio de periodistas tomándome unos tragos y conversando con colegas de otros periódicos y emisoras de radio regionales. En algún momento, lo juro que no premeditado, sólo se me ocurrió, asomando otro tema de conversación y quizás, no lo niego, para tantear en busca de otras malicias o suspicacias.  Entonces, doctor, hice esta pregunta, refiriéndome a lo que de manera unánime decía la prensa: ¿y será esa la verdadera razón de lo que hizo el diputado Salas? Y esa pregunta fue como un baño de agua fría, como suele decirse: la siguieron el silencio, el hablar de otras cosas, nimiedades, y después me dejaron solo. Justo en ese momento, como si mi situación familiar no fuera suficiente por ser un desastre, comenzó a cambiar mi vida.
Después de encender un cigarrillo y un breve acceso de tos, dijo el doctor Jordán:
-Fuiste imprudente, Luis Eugenio. Entiendo tu preocupación y tu animada curiosidad, pero has debido tener en cuenta que nadie quería tocar ese punto, sobre todo en un país en el que hablar mal del gobierno o de algún funcionario del gobierno se ha vuelto, en la mayoría de los casos, un delito. Y otra cosa: estén o no en el gobierno, con los mafiosos no se juega.
-Sí, doctor- interrumpió Luis Eugenio-, es cierto, pero yo sólo estaba tratando de encontrar una explicación más convincente… veraz.
-Y escogiste el peor lugar y el peor momento. ¿O es que tú crees que muchos de esos colegas tuyos no tenían o tienen sus sospechas, como tú, de que hay algo más detrás de esos horrendos asesinatos y suicidio que una crisis depresiva o un momento de locura o como se les haya ocurrido llamarlo? Y las consecuencias de tu imprudencia eran del todo predecibles…
-Visto así, no le falta razón. A los dos días de aquello, me transfirieron a la sección de deportes del periódico, con la excusa de que allí hacía falta un periodista experimentado aunque no era esa mi especialidad y que bastaba con mi afición por el béisbol y por el fútbol. De hecho, me limitaron a reseñar los resultados del fútbol de primera división y, en particular, los partidos del equipo del estado, el Deportivo Libertador, cuyo dueño verdadero es el gobernador y no la fundación mampara Libertadores de América.
-Algo más debes de haber hecho para que terminaras aquí. Sí, estoy seguro, algo más. Esa pregunta fue el principio. Algo más debes de haber  dicho en otra parte, a otras personas. Algo indagaste y no me digas que no.
El doctor Jordán se levantó y le puso una mano en el hombro a Luis Eugenio, que cabizbajo miraba al piso como si en la dureza de éste buscara recuerdos o algún hecho procurando salir a flote por las últimas palabras de su interlocutor, y le dijo en tono adrede paternal:
-Como ya te he dicho, con la edad me he convertido en hombre de hábitos precisos. Faltan veinte para las doce y me toca comprar el pan para almorzar con mi esposa. Sigue buscando en tu memoria y no desprecies ni subestimes el más banal de los hechos, aun cuando no lo creas relacionado con lo que ahora es tu condena. Nos vemos mañana.

-Seguro, doctor, nos vemos mañana- Luis Eugenio lo vio alejarse, sintiendo cariño por aquel hombre que, a su parecer, daba muestras inequívocas de ser humano.

Horror por el tiempo: Juan Gabriel y María Zambrano

  Mario Amengual De inmediato, lo sé, el título que encabeza esta página apresurará juicios negativos o un rápido e indiscutible rechazo: ...