miércoles, 6 de marzo de 2019

El juicio de los días

 

Francisco Ricci, Auto de fe, 1683 


Declaración preliminar


Quería ser del azul de los cerros azules, pero me fue dado mirarlos desde la sombra de un flamboyán, huyendo de la cegadora luz vespertina de Maracay.
Encontré mi voz en algunas voces del pasado y sintiéndome un recién llegado a este mundo.
Preferí el hablar de las plazas y los mercados, la risa que no se niega y el chiste al vuelo y aunque solía sentirme recién salido de un lago oscuro de algas prensiles, me entregué a las paradojas de la calle, me dediqué a comprender los argumentos viscerales de quienes viven el día a día con un sabor alegre y constante.
Se me tiene por más vulgar que entendido, distante de ilustraciones.
Nadie me pidió verbos ásperos y directos, pero me comprometí con la honradez de mis palabras y decidí evitar constelaciones de poéticas al gusto de mi tiempo.
Si me faltó tacto, no me faltó fuerza y también estuve dispuesto a perder mi vida por delicadeza.
¿Acaso no es delicadeza privarse de los más vistosos afanes de mi época?
De un lado  a otro, errabundo, sólo he buscado respuestas en mis ojos o en los atardeceres y no me niego a lo inentendible.
¿Me pueden  incluir en un mapa y fijarme en sus patrones?
.

No me cierren las puertas, no digan que yo no estuve porque no me vieron o no quisieron verme, pretextando distracciones.
Sólo priva una descortés hipocresía de engreídos y exangües anotadores.
No me pinten el cuento del “ángulo complejo de la poesía”: la muerte, la vida, el viento que no reclama y devuelve a puertos de dudas las inconformidades que creemos generosas.
No vengan a presentarme discordancias sobrevoladas o rebeldías maceradas en disidencias verbales.
Ya pueden esclarecer sus incapacidades y sus sentimientos entibiados: la verdadera inobediencia nunca será negocio.

La inobediencia es una convicción, no es puro grito,
mata el sueño y se anuda en el pecho,
y suele preferir el silencio cauto
cuando muchos alzan la voz.
La inobediencia es una ola subiendo por la garganta
y mueve a callar cuando sólo se oyen consignas
y argumenta cuando la mayoría se muestra conforme.









En el estrado
 I
Después de todo, algún día, se aprende a cabecear las paredes y algo se prevé en los despertares repentinos: así se descubre la única causa perdida y comienza a enamorarnos el apartamiento.
Una y otra noche se siente el brotar de las respuestas fallidas, necesitadas, no urdidas para la ganancia o la conquista. Cada palabra se vuelve un nicho de desconsideradas progresiones y el mundo te reclama para las precisiones acordadas.
Sé que también quieres la resistencia de las certezas.
Así es cuando se necesitan las garantías de los cadáveres y las excusas aliviadoras.










 II
          Prefieres las atenuaciones y la vivacidad de las ferias.
Eso siempre resulta mejor, pero hay otras fiestas que ninguna fanfarria anuncia; fiestas que incitan a desconocer banderas, parcialidades convenientes y oportunidades redituables.
Al menos supón que sólo aprendiste glosas residuales, que cada lección que recibiste te conducía a una afirmación programada y cualquier contertulio sólo sería un espejo cómplice.
Aunque no lo sepas, siempre contaron con tu anuencia y no fue necesario el guardián omnipresente.
Tus palabras no te pertenecen.
Tus convicciones son un préstamo con altísimos intereses.









 III
Ya no me ajustan los cercos versados. Más vale el propósito de la palabra en decir y desdecir.
Quizás sea más hermoso resguardar ruinas, pero no a costa  de nuestra complicidad.
No es lo mismo tener presente las voces del pasado que seguir cavando las fosas de cadáveres insepultos.
Ser testigo de vista no es suficiente: toca desempeñar la palabra, no esperar nada a cambio, apostar sin ambiciones.
¿Podremos recuperar el desprendimiento?, ¿podremos librarnos de favor con favor se paga?
Ya pagamos bastante
y las ganancias nunca alcanzan:
 hemos visto uno y otro horizonte,
hemos burlado los límites,
hemos prodigado respuestas
y aún estamos aterrados.
Aún somos esclavos que maldecimos la vida.











 IV
Recibimos sin pedir, somos premiados sin transacción alguna, pero olvidamos que toda redención es invento nuestro.
Nos dedicamos a tasar.
Ahora todo pertenece a los porcentajes.
Convertimos el vivir en administrar y someter.
Somos huéspedes de ambiciones desbocadas.
¿Nos harán reventar los cálculos o explotarán en nuestras manos sus resultados?






 V
         No saber del privilegio.
No apreciar el don.
Ignorar el milagro, fascinados como estamos con nuestros prodigios.
No es carne ni espíritu la palabra: cuando mucho, argumento o escudo o instrumento de embeleso.
Ni oración ni asombro ni reencuentro, todo ello es nada ante la oferta y la demanda, ante las arengas prometedoras.
Hicimos mercado de nuestra casa, negocio de los elementos y por mantener o acrecentar montos se dejan correr advertencias y alarmas.
Como huérfanos resentidos sólo creemos en la conquista y la dominación.
         






 VI
         ¿A quién le importa el cuello de la retórica
o la mano alzada contra los cisnes?
Ni siquiera la verdad dicha oblicuamente:
eres número y perfil de cliente.
Si vales la inversión y sumas porcentaje a la estadística,
eres gente.
Pero tú apruebas sin protesto esa condición,
te pliegas a la barra festiva sin alejarte de las orillas familiares.
Te horroriza desentonar:
prefieres los sucedáneos del vértigo
y darte a la feligresía poseída y poseedora.








 VII
 ¿Quién quiere alejarse de los linderos de la indiferencia y andar por sus propios callejones del distanciamiento?
Aterra estar despierto en un mundo de sonámbulos.
Las palabras se vuelven clavos calientes en las sienes, se descubre la falsedad  de los postulados y del derecho. Se vaga por las calles y ya sólo se ven las evidencias de las derrotas colectivas, se aguza el sondar toda fraseología y toda benevolencia: la veracidad fustiga día y noche, se vuelve obsesión de hambriento y en la intimidad de las contrariedades afloran las palabras punzantes.
El desentono lacera, pero regala otros orgullos.






 VIII

         A la larga, no hay disidencia.
Desenfado pueril y redituable para unos,
y ceguedad homicida para otros:
así pagamos tributo a la historia.
Perdimos las bocas dicientes y las manos hacedoras sin el látigo de las retribuciones.
Nada es sagrado y los altares quedaron para los fanáticos o para los pecadores disculpados por la única ley inviolable: cada quien tiene su precio, en el cielo y en la tierra.





 IX
           La paz es un privilegio escaso.
¿Sabe de paz quien lucha por mantenerse o alcanzar el vértice de cualquier pirámide?
¿Sabe de paz quien fue condenado a las sobras de los inversores o de los redentores de oficio?
Tal vez en un tiempo bastaban las preocupaciones propias, pero llegó el día en que la avaricia se elevó a potencias mayores y los descalabros se hicieron rutinarios.
¿Acaso no hubo un día en que la piedad prefirió para siempre las mitras y los palacios?
¿Qué podíamos esperar después, que no fueran las remuneraciones a toda costa y en toda ocasión?








 Afuera
 X
El día comienza con la algarabía de los pericos y las guacharacas,
una garúa intermitente apenas hace temblar las hojas de las matas
y el sol se resiste a azotar la ciudad.
De alguna casa vecina llega el olor del café recién colado
y el de las arepas montadas.
De este día sólo tengo sus horas:
nada parecido a una ganancia o a una acción redituable.





 XI
El neto sobrevivir y los rebusques de la miseria son nuestras ciudades: agencias de loterías, remates de caballos, casas de empeño, buhoneros de todo, pedigüeños y ladrones de todas las edades, la picardía como arte, la trácala como oficio, militantes y crédulos exaltados, la política corroyendo los menguados espíritus, las ganas de salir de abajo como voluntad, la fe vulgarizada en baratijas y libros de tramposo sincretismo, la esperanza como única fe, el dinero como único acicate, las leyes ornamentales...
Y a pesar de todo eso, sobre nosotros se levanta el celebrado orden de las naciones prósperas.





 XII
         Ya no será suficiente con huir a una playa solitaria,
con bajar por mis íntimos precipicios,
con quedarme pasmado en el horror:
allí, en el silencio
donde no me reconocería en el eco de los otros
ni donde otros se calmarían
o se inquietarían con mis palabras.

Soy de la calle y las miserias que veo en la calle y me afligen son también las mías, también me pertenecen las modestas alegrías de quienes malviven en los arrabales de sus espíritus y aunque descreo de las iglesias, mi corazón reza con sus angustias en los templos y en los altares oscuros.





 XIII
           De los tormentos de las grandes ciudades, de los miedos de los ciudadanos, de las calles que exponen nuestras infidelidades, de los ritmos que en las noches vuelven a los cuerpos más cuerpos, de cada hora burocrática y de los sudores y de los fluidos orgiásticos dejados en las sábanas de habitaciones donde se revelaba eso innominado en cuerpos sabedores y en corazones estremecidos juntos.
De todo ello están hechos mi carne y mi espíritu, a ello pertenezco y de ello me separo y a ello vuelvo por gravitaciones incomprensibles.
Por eso puedo hablar con doctitud de traiciones y puedo dar detalles de la letra violada; puedo alzar la mano derecha y declarar con burla y amargura.





 XIV

         Olvidaron su fuente, aunque imploran y Dios es palabra común en sus labios.
Los mandamientos se derriten en sus manos codiciosas, miran para calcular los porcentajes en la burbuja de las valías y saben de sus ojos cuando les arde una duda,  pronto acallada con alguna conformidad.
¿Qué me piden entonces?,
¿cómo puedo andar por ahí con el corazón en la mano?,
¿cómo puedo llevarme bien con tanto parecer uniformado?
Ni siquiera sé si llevar la contraria es una apuesta valedera.



 XV

          Ni viga ni paja.
Darle crédito a los ojos, dejarlos fieles a su condición.
En ellos y ante ellos
el espejo que se reconoce
y no guarda argumentos.
Se elevarán alegatos,
se fijarán distancias para ceñirlos
cuando se quiera negarles su primacía,
su callada lógica,
su benevolencia sin precio,
aunque los tasadores quieran justificar
el darle cifras a su existencia.
A sus detractores el número los apremia,
si se trata de repudiar cuyos saberes no alcanzan.
Si los ojos saben,
a su modo,
las razones desfallecen.






 XVI
          Este sol alumbrando hasta las vísceras, destellando en los envoltorios de chucherías tirados en la calle, en los pedazos de vidrio de botellas rotas por pendencieros trasnochados, en las hojas secas que el viento levanta con nubes de polvo.
El viento me azota la cara, refrena mis pasos; entorno los ojos, encandilado; saludo a uno y otro como si los viera en un sueño, pero no me detengo a conversar con nadie.
Me llama el cielo,
todo azul,
deslumbrante,
sin una nube.
Quiero caminar no sé hasta dónde.
Viendo,
sin ánimo de considerar nada.
Sólo para andar sin propósito estoy vivo.







 XVII
        Un solo cuerpo de marrón negruzco corriendo entre pendientes cubiertas de monte y entre ranchos improvisados por la miseria y el desorden.
Ese cuerpo oscuro creciendo con la lluvia sobre los cerros con nombres de antiguos temores y supersticiones.
Pasa el río o es una sola agua moviéndose, ahora apresurada por la lluvia; es un estruendo que arrastra troncos secos, hojas, animales ahogados, piedras...
El río sin emociones, que la prensa juzgará furioso, recuperando su cauce, demostrando su fuerza sinuosa, pasando o siendo el mismo para los ojos que lo contemplan bajo la lluvia y para quedarse en la memoria.






 XVIII
          En la madrugada de los grillos insistentes, de gritos de borrachera y canciones a todo volumen, de carros estruendosos que le niegan tranquilidad a la noche, veo en la oscuridad las sombras que me persiguen: salen del sueño impresionante y lejano o sólo surgen del pensamiento desvelado.
Los árboles de la avenida insinúan un diálogo,
el brillo de los ojos de los gatos espanta todo razonamiento,
las hojas caen con un paso seco de sugerencias intraducibles
y por el silencio que nunca llega a ser completo
hay palabras que se vuelven navajas afiladas.







 Vivir sentenciado


 XIX
Acostumbrado a los encontronazos con las diversas seducciones del velo de este tiempo, se llega al coraje de actuar en el perenne escenario de cada día y se acreditan algunas luchas con el sabor anticipado de la derrota o, cuando mucho, del triunfo menor.
Ya no hay blasfemia, cada desencanto es un baño de agua fría soportable y en el contraste entre las necesidades y los ardides se llega a comprender la traición.
Si las lealtades tienen su precio, ¿cómo pedir querencias rebeldes a los cálculos?
Si se tiranizan los sentimientos, con mayor razón las entregas; pero el olor a mortecina perdura junto con los ideales y las buenas intenciones.




 XX
 Ni cáliz ni cruz ni sudario.
Uno es el templo, el rito y la oración.
Olvidado de los apuros diurnos, algo invade las difíciles precisiones del sueño; ya no es el sosiego forma mortal de la complacencia ni es deseable la tregua en el corazón cercado.
Darse no es acto de compromisos ni reseñas.
Salir no es perderse para una causa difundida ni prepararse para una lucha interesada.
El incesante historial de matanzas es suficiente para renunciar a cualquier credo: somos relatores de un desangramiento inmemorial, pero insistimos en ser cruzados que perdimos la fe en las palabras.







 XXI
 Buscan la eternidad con palabras estudiadas.
¿Cuál eternidad?
De eso quiero librarme;
de ese miedo de faraones a no ser nada,
a rechazar el destino de ser polvo.
Bello el embuste y el ardid piadoso.
El miedo ignora la fugacidad y la política rechaza su condición efímera; de todas maneras se cumple el fin de los fuegos artificiales.
Sabiendo de esas porfías de la desesperación,  nada cuesta rendir tributo a la justicia: aunque sus predicadores se adueñan de los titulares para, a fin de cuentas, sólo cumplir con sus predecibles antojos.




 XXII
 Salir a la calle sin juicios y sin credo,
ni de causa alguna.
Asedian los pregoneros del Juicio Final,
los dadores de redención,
los manipuladores de ritos de razas esclavizadas,
los matadores de dioses,
los beneficiarios de la desesperación ajena,
los traductores a páginas llamativas
el oscuro saber de otros tiempos,
los que fingen poseer facultades
que en antes enaltecieron
el riesgo y los dones del espíritu...
Tocan a las puertas de las casas
y conquistan la necesidad de fe,
los asediadores,
los convertidores del alma en mercancía,
ni mejores ni peores que los redentores armados,
que los saqueadores de las palabras
con sus leyes y sus programas,
que los artífices de las finanzas,
que los hacedores de baratijas
y los ricos esclavos de la vida consumida.
No eres tan grande siglo veintiuno,
aún eres capítulo de una impostura milenaria.






 XXIII
 No necesito de adivinos para ver mis próximos años, para verme en las contingencias y turbulencias del mundo, casi todas previstas por los titulares de hoy, ayer y anteayer.
Lo que sea mañana se prevé en las fraseologías enfrentadas y ninguna asoma que sean la materia y el espíritu su asunto, ni siquiera pueden calmar el hambre y los dolores de hoy, nada que supere el zumbido de las balas y las explosiones de las bombas.

Somos consecuentes con el horror.






 XXIV
 Valdrá la pena decir y hacer aunque muramos a los pies de la indiferencia.
Habrá que seguir, cada día con su noche,
en las borracheras y en los desvelos de reflexiones prolongadas,
cercado por las banalidades exaltadas,
por la estridente oscuridad,
por los incesantes rituales crematísticos,
por la extinción de la palabra desinteresada...
Sí, seguir con empeño de perfección, como si todo valiera la pena.






 XXV
         Sobrevivirán las incomprensiones, relegadas por los cálculos y las militancias.
Nadie querrá oír declaraciones de contraste.
¿También serán sedantes o placebos las diversas literaturas, las hirientes filosofías y volveremos a la clandestinidad predicha?
Habrá memoria y espíritu en poca gente; habrá guerras más devastadoras en las fronteras de la necedad y el juicio; habrá quienes vuelvan al verbo y a la fe sin imperativos.

Algunos días parecerá que la sangre abonará los campos y una madrugada con el sol castigando los cielos indefensos, será vano el arrepentimiento en la memoria de la especie.





 XXVI
 ¿Quién apuesta a las agonías disimuladas?,
¿quién expondrá sus huesos a la iconoclastia,
pese al agotamiento de las oraciones y las consignas?,
¿quién desafiará a los espejos
y renunciará a las creencias en los advenimientos venturosos?,
¿quién ventilará sus pobrezas con la franqueza de un desahuciado?,
¿quién preguntará para no conformarse con las respuestas estipuladas?,
¿quién estará dispuesto a recibir portazos en la cara a cambio de nada?






XXVII
Apenas comienzan los artificios asoladores, justo cuando se creían convenidas las reparticiones desiguales, excusadas por declaraciones y tratados.
La simplificación de los mapas parecía un triunfo de la razón, de la benevolencia de los conquistadores, pero tanto empuje y tantos triunfos celebrados no pasaron de ser argumentos de sofistas.
Estamos en un principio retocado, vociferando derechos en los arrabales de la Historia, entre columnas de humos y resplandores de explosiones, abonando con sangre las tierras minadas y agujereadas, ¿dónde caben, entonces, tantas arrogancias y a quién se consagran tantos himnos libertarios?
¿Nos confiaremos al curso de una flecha lanzada en un arrebato de fe o veremos tras los muros roídos y mohosos de las convicciones inalteradas?









Además

XXVIII
Si alguna vez éramos o parecíamos una tribu marginada o desoída, buscadores del verbo puntual, de la palabra como el hierro candente en el hielo de las convicciones, ya no es así.
Algunos, los que no se dejaron seducir por las banderas y las fanfarrias, que se negaron a entregarse para trocar por complacencias sus renuncias, son esos algunos agotándose en la locura,
o pudriéndose vivos en los bares
o sobreviviendo entre los escombros de sus historias personales
o tragando grueso por las exigencias de la recia religión del tener.

Ya parece poco o nada la literatura,
 la desdeñada de palabras tocantes,
 la de los estremecimientos reveladores,
la de la pluma que es lengua del alma.
¿Se perdió un camino?,
¿se cerró alguna puerta?
Las prostitutas coquetean en las aceras y siempre alguien pagará por sus atributos exagerados





XXIX

 Palabra angelada,
aunque te aplanen en los rituales mercantiles,
aunque se hundan tus piedras miliares,
aunque tu servidumbre se prolongue,
aunque sólo te midan para persuadir,
a ti confiaré mi testimonio,
mi declaración sentida,
y por ti y por tus esplendores solitarios
esta y otras voces coincidentes
a un lado de la común desmemoria,
cada cierto tiempo vencida.




martes, 26 de febrero de 2019

La lógica del hambre

No será hoy, no será mañana y, tal vez, tampoco pasado mañana. Entonces, ¿para cuándo? Y, entonces, la impaciencia, la desesperación y se van soltando los frenos de la sensatez. El ritmo de la alta política (también de las bajezas políticas) es muy distinto al de las necesidades inmediatas. Más claro aún: el hambre y la muerte no esperan. Si se entiende esto, a pesar de y con toda la racionalidad, no es difícil aceptar por qué el necesitado, el hambriento y el enfermo claman y les cuesta pensar y su espera es un suplicio como el de Tántalo: el mito es la vida cotidiana, es la realidad de muchos.
El tirano sabe muy bien que ese suplicio no puede prolongarse y a eso apuesta; su carta es que los Tántalo terminen doblegándose y rindiéndose a la opresión. Y quienes procuran moverse en lo razonable, en la cordura y con calma para no fracasar, no tienen otro enemigo peor que el tiempo del que padece, porque el estómago y la enfermedad no dejan resistir por mucho tiempo.
Así estamos hoy en Venezuela, desde hace varios años. La tristeza en los rostros que se ven en las calles, con toda la esperanza del vamos bien hasta convertido en canción, marchan con el segundero y con el ansia de ver llegada la hora decisiva, la hora de las horas  y los días se vuelvan respiración contenta y pausada como si se hubiese dado una epifanía.

La lógica del hambre no es la lógica de la historia, por más que ésta se haya urdido por el hambre, madre antigua y atroz de la incestuosa guerra, como declara el poema de Borges. Y quizás, por eso mismo, no sean pocos los que prefieren la guerra y digan, como en la ranchera, si me han de matar mañana que me maten de una vez. Esa es para muchos la encrucijada venezolana, aunque cueste reconocerlo como argumento político: si no lo es, está en la base y es raíz de nuestra situación como pueblo.
El ¿para cuándo? es acicate y tormento: un péndulo entre la absolución y el cadalso. Y, sin embargo, debe privar la racionalidad, urge el imperativo de lo razonable, la decisión tomada a pulso para evitar ríos de sangre que ya son arroyuelos.

Y entre palabras, aciertos, atrocidades, polémicas, denuestos, oraciones, principios y la fe, sigue allí, alzándose como una ola en un mar picado, la lógica del hambre.

miércoles, 6 de febrero de 2019

Conversación en el Ministerio

Nota: este diálogo imaginario, hasta ahora inédito, lo escribí entre 1994 y 1995.

El director de "Proyectos Especiales" del Ministerio X, irrumpe, ajeno a toda cortesía, en una estrecha oficina donde un joven de apariencia informal fuma y mira por la ventana.
El director: Hernández, una vez más me veo obligado a reprocharle sus desatinos. Ha vuelto usted a incurrir en la desfachatez de alterar mi artículo de prensa.
Hernández: Si mal no recuerdo, a petición suya, aunque no es parte de mis funciones en este ministerio, hago la revisión de estilo de sus escritos.
El director: Usted lo ha dicho: revisión de estilo... y no la irreverencia de tergiversar mis ideas. Usted sabe que yo soy un hombre de cierto prestigio en el mundo político, por eso no puedo permitirme errores o frases inconvenientes.
Hernández: Sin embargo, cuando sus artículos de prensa son celebrados no tiene usted la gentileza de reconocer mis esfuerzos.
El director: Creo que ese reconocimiento queda sobreentendido. Pero en las dos últimas semanas ha hecho desastres...
Hernández: Creí que yo los evitaba.
El director: No se haga el irónico. ¿Cómo se le ocurre escribir sus delirios en vez de mis planteamientos, los cuales, por lo demás, apuntan al entendimiento nacional?
Usted, usted Hernández, ha conseguido que sea mal visto en las altas esferas políticas, por culpa de sus desmanes y, debo admitirlo, por haber confiado ciegamente en usted, pues permití que mi artículo fuera enviado sin yo revisarlo antes.
Donde decía "el país se ha enrumbado equívocamente hacia una zona entrópica, y allí nos ha conllevado, principalmente, un liderazgo político que no ha concientizado los cambios que nos reclaman los actuales momentos", usted ha puesto: "Es de lamentar que el país está  comenzando a experimentar el desorden. Parece obvio que una de sus principales causas, por no decir la única, es la tozudez de una clase política renuente a los cambios que exige la hora presente".
Hernández: Tiene usted razón; es muy poco lo que hice para favorecerlo. Pero, si me permite, no era mucho lo que podía lograr con tan poca materia prima...
El director: ¿Se atreve usted a menospreciar mis ideas?, ¿quiere decir que no valen nada?, ¿echa por tierra mi conocimiento de la realidad nacional?
Me parece que está  llegando demasiado lejos, amigo Hernández.
Hernández: Fíjese bien, el hecho de que usted publique semanalmente en un "prestigioso periódico" no quiere decir que usted (y le juro que no quiero ser grosero) sea un hombre de ideas. Por lo demás, durante un buen tiempo yo cometí semejante falta.
Una idea no es un atado de palabras que se lanzan sobre un papel; tampoco es un retazo de la fraseología de moda. Quienes presumen de intelectuales suponen que basta entremezclar los destellos de la ideología triunfante o, por lo menos, que  gana la aprobación de quienes se creen rectores del mundo, para tomarlos como suyos y ser sus abanderados. Entonces, a esos llamados intelectuales uno los ve en la persuasiva tribuna de los medios de comunicación profiriendo sus más caras palabras; todas ellas, por lo general, desalmadas.
Señor director, si algo le falta a este mundo son pensadores, gente de sentido poético... Si lo vemos bien, el mundo está  harto de planificadores; al menos tal como hasta ahora se les ha concebido.
El director (entre curioso e iracundo): ¿Quiere decir que tanto los políticos como muchísimas personas que se han dedicado al análisis de los problemas que confronta la sociedad venezolana contemporánea están equivocados?
Hernández (después de acomodarse en la silla y apagar el cigarrillo en un cenicero repleto de colillas): Si no me atrevo a decir que están equivocados, ello se debe a que procuro no arrogarme el privilegio de poseer la verdad y a la convicción de que es muy difícil salir de la neblina del desconcierto. Además, soy de los que aún creen en las virtudes del diálogo; oyendo se aprende, aunque inevitablemente deban oírse montones de paja. Pero me ha hecho usted una pregunta y considero importante respondérsela, aun sabiendo que mi respuesta puede parecerle vaga y, sobre todo, desagradable.
El planificador y el político suelen estar deformados por la convicción en su omnipotencia y en sus capacidades redentoras. Ambos consideran el conocimiento materia sustentada por el caudal de información que somos capaces de adquirir, a costa de hallarse lo más lejos posible de la sabiduría, del sentir. Los poetas lo han dicho: usted puede describir una flor, detallar las partes que la integran, pero si ella no ha tocado su corazón sólo será  un objeto para llevar al mercado y dar o recibir dinero por sus preciadas características, tal como está  sucediendo con casi todo aquello que se llama arte.
Quiero decirle que a veces me faltan palabras... o, más bien, me sobran.
El director. Hernández, padece usted la irremediable manía de llevar cualquier conversación al terreno de lo "poético". Entiéndalo de una vez para siempre: deje la poesía para sus ratos de ocio y para las reuniones en las que buscamos olvidar la opresión de la realidad político-social.
Un político no puede andar por allí soñando con flores o pensando en la hermosura de senderos verdes; un político es un hombre que busca soluciones a los problemas que agobian al pueblo, y para ello debe hacerse acompañar de planificadores que manejan toda clase de información actual.
Como usted comprenderá, un político es un hombre de acción que no puede dejarse rebasar por la dinámica de la sociedad. Un político que se precie de ser tal, debe procurar señalarle el camino a su pueblo, porque el pueblo es la única razón de sus sacrificios y sólo a él debe lealtad.
Hernández (aplaudiendo suavemente): Muy buenas sus palabras para una agenda o un calendario, pero ni usted mismo cree en ellas. No es su boca la que habla, son sólo frases del recetario político al cual sí le guarda lealtad.
Señor director, dice usted realidad como si se refiriera a las reglas del béisbol o a los favoritos en una carrera de caballos. Usted pertenece al mundo de las manipulaciones, donde la palabra es apenas un elemento de persuasión. Por eso allí prospera una jerga cada vez más incomprensible, en constante fuga de la sencillez, para encubrir la falta de espíritu de sus pregoneros. Si los de su mundo repararan, al menos por segundos, en la riqueza de cada palabra y en el vacío que cada una de ellas lleva, probablemente les horrorizaría malgastarlas en sus contrahechos discursos.
El lenguaje es un arma de doble filo. Con él puede celebrarse el milagro de la existencia; gracias al lenguaje un hombre puede insinuarle a muchos los matices, las sutilezas y las sombras y epifanías de sus propios corazones. Pero el lenguaje puede ser el peor instrumento para contribuir a la confusión, para llevar a todo un país, al mundo, por el despeñadero del fanatismo. Con el lenguaje puede fingirse sabiduría, puede conquistarse el poder, puede simularse el amor; con el lenguaje, las más mezquinas formas de gobierno y opresión económica celebran hoy el fin de la historia y declaran el advenimiento del reino de la abundancia, cuando muy bien sabemos que se trata de una mentira que beneficia a unos pocos.
¿Acaso debo repetírselo? Pues bien, lo haré‚. El mundo necesita artistas, pero artistas del vivir (no hacedores de obras). A ellos todos los instrumentos de la moderna tecnología le prestarían un gran servicio; a ellos, la ciencia (originalmente emparentada con la poesía) los conduciría al asombroso conocimiento de la exacta correspondencia entre los mundos infinitamente pequeños y la indescriptible inmensidad del orbe; ellos encontrarían en un verso la sabiduría que hoy se considera despreciable frase de holgazanes.
Señor director, eso que usted llama realidad comienza donde terminan las ilusiones superpuestas que nosotros prodigamos y que consideramos la verdad de nuestra existencia.
El director (aplaudiendo con fuerza y sonriendo con malicia): ¡Bravo!,¡bravo! Definitivamente, su "reino no es de este mundo”.
No pretendo ofenderlo, pero tiene usted derecho a concebir sus fantasías como mejor le parezca. Además, tengo la impresión de que usted se ha entregado en exceso a cierta literatura idealista, cuyas raíces apenas se mantienen en el aire. En mi época de estudiante a quienes divagaban como usted lo hace, los llamábamos etéreos.
Hernández: En su época de estudiante se deliraba con el socialismo; y que yo sepa, no había mucha terredad en las esperanzas revolucionarias de su generación.
El director: Pero eso no me ha impedido reconocer mis errores y ahora darme cuenta de que las actuales circunstancias requieren de gente con los pies bien puestos sobre la tierra. Gente, entre las que me incluyo, que ha comprendido el auténtico significado de la democracia pluralista, el papel fundamental de la libre empresa y la activa participación de la  sociedad civil en los asuntos del Estado. Y ésas son tareas en las cuales sólo personas abiertas a los vertiginosos cambios del mundo moderno pueden participar, aportando sus ideas y llevando a cabo los estudios necesarios para realizarlas.
Hernández, si usted se considera un hombre de letras, entonces siéntese en su escritorio o a las sombras de un  árbol y cante a la noche o a los elementos, o dedíquese a hilvanar aventuras de héroes; retírese a los placenteros aposentos del arte y deje los asuntos de gobierno a quienes sí saben moverse en los laberintos de la política y la organización social.
No se preocupe, en una sociedad justa y democrática, los poetas o artistas o como quiera llamarlos, tendrán su lugar apropiado.
Hernández: Cuanto le he dicho ha sido con el objeto de aminorar nuestras disensiones, pero ya veo que eso es imposible. Sin embargo me atrevo a darle algunas opiniones más, puesto que antes le dije que de toda conversación se aprende... si sabemos oír.
El director: Digamos  que no estoy muy interesado en estar de acuerdo con usted; pero veamos, me queda un poco de tiempo para disfrutar de su atropellada utopía.
Hernández: Bien, no aspiro que los poetas o artistas suplanten a los políticos en las diligencias del Estado, lo cual no excluye que algunos de ellos posean aptitudes para realizarlas. Pero ha olvidado usted la preponderancia de esa especie de sabihondos de nuestros días formados para el liderazgo político y empresarial: los tecnócratas. Y sé que usted no sólo los aplaude, sino que es uno de ellos. Razón suficiente para que le sea imposible avizorar sus limitaciones.
Por otra parte, me parece odiosa la idea de asignarle a cada quien un papel en la sociedad. Es decir, tengo la impresión de que usted, sin darse cuenta, confía en la llegada del Gran Hermano; entonces él se encargará  de entregarle su libreto a cada quien, a nosotros, los simples mortales.
Está  bien que el campesino vaya al campo, el oficinista a su oficina y el técnico a su máquina, siempre y cuando prevalezca el sentimiento de no aplastar a los demás. Y quién va a organizar una sociedad semejante: ¿acaso un selecto grupo de presuntuosos que ignoran todo asunto del corazón? ¿Los va a extraer usted de las filas de una sociedad cuyo principal sustento es la diosa economía? ¿Los va a buscar en la sociedad que limita las relaciones entre los hombres a la competencia insana, disfrazada de deseo de superación social?
Un hombre puede llegar muy lejos en el camino que se ha trazado, pero siempre será  un mutilado espiritual si ignora los dones de la contemplación, el ocio beatífico y no cae en cuenta de que el dinero es una abstracción y no una medida de dignidad o instrumento para imponer arbitrariedad a otros.
Yo no le hablo de una sociedad de puros artistas, no me crea tan necio.  He procurado decirle que sin sentido poético ningún hombre, sea cual fuere su profesión u oficio, nunca verá  más allá  del horizonte de su nariz. Su realidad será  estrecha, cuando no la imposición de viejos prejuicios y escrúpulos. Concebir  el mundo como un escenario para regodearse en sus creencias, en sus ilusiones cada vez más complejas. Así, los más honrados de nosotros predican la igualdad de clase, la caridad o la ecología con todas su derivaciones.
Señor director, eso que llamamos nuestro mundo es la plenitud del mercado: todo está  en venta y todo marcha bien, pero todo marcha sin alma.
El director: ¿Nadie le ha dicho que usted sería un buen pastor de iglesia? Llevaría a los feligreses por el camino de sus ensoñaciones con tanta facilidad, que terminarían por olvidar su nombre y su origen. Los ahogaría en un mar de mundos imaginarios que ni siquiera sabrían, al terminar su sermón, por qué fueron a escucharlo.
Créame Hernández, poco se puede hacer con palabras en este mundo.
Hernández: Y menos cuando esas palabras están divorciadas de las acciones.
El director: Suele usted interrumpirme para acotar sus pésimas humoradas. Pero no caeré en su trampa. Ahora debo retirarme; el ministro me espera. Nos entrevistaremos con el Presidente. Hasta luego. ¡Ah!, se me olvidaba. Por los momentos conservará  su empleo; claro está, si hace bien su trabajo. ¿Cómo? Es muy sencillo: no insertando sus desvaríos en mis escritos.
De todos modos, tal vez volvamos a conversar; aunque espero que el motivo no sea el repetir mis reclamos.

Hernández: Hasta luego, y salgo detrás de usted. La calle me espera. Allá  afuera hay muchos secretos que reverenciar. Por hoy le he dispensado bastante de mi tiempo al Estado.

martes, 8 de enero de 2019

Notas desde el barranco (VIII)


  Casa por cárcel en la Venezuela revolucionaria

De la serie Salidas de emergencia, Laura Díaz Millán


Sin haber cometido ningún delito, por el solo hecho de ser ciudadanos (si acaso algo de ciudadanía nos queda) de un país saqueado y secuestrado por una minoría desquiciada, no somos pocos los que hoy tenemos la casa por cárcel. Puede parecer exagerada esa afirmación, pero los testimonios al respecto abundan y no, precisamente, por la inseguridad en las calles (que la hay y mucha), sino por los bolsillos arruinados y las cuentas bancarias pulverizadas, y además, para el padecimiento de muchos, el pésimo y apenas existente servicio de transporte público.
Y cuando se habla de libertad o libertades en relación con la economía se piensa en grandes inversiones, grandes empresas, seguridad jurídica y libre competencia, pero poco o nunca se piensa en el individuo o en los individuos: nada más y nada menos que los sujetos beneficiarios de la prosperidad económica de un país, al menos en un verdadero propósito (no mera declaración ni ideal siempre postergado) en un mundo más justo y equitativo. La libertad económica en esos sencillos y elementales términos bien puede ir de consuno con la libertad de pensamiento y por eso los socialistas, más que los capitalistas, se encargan de empobrecer al pueblo para mantenerlo sometido: así de simple es el caso venezolano. El socialismo a la cubana, impuesto en Venezuela, no requiere mayores indagaciones para saber que una minoría más militar que cívica vive por y entre privilegios, muy por encima de una mayoría depauperada y cada vez más dependiente de las migajas que, entre discursos patrioteros y de altisonante y falaz justicia, con burla solapada le arroja la banda enquistada en el poder. Una frase común y lapidaria lo resume: el socialismo es para los pendejos.
Ningún consuelo religioso ni trascendental es suficiente para atenuar los sinsabores de la pobreza y de su inseparable hermana, el hambre. Por eso, no pocas veces el siglo XX y el que ahora corre llevan a asociarlos a una nueva Edad Media (y recuerdo las crudas descripciones de la Europa medieval de Michelet en La sorcière), sobre todo en aquellos países en que el dogma religioso o político hace de la vida un historial de padecimientos en nombre de un venturoso futuro que nunca llega… ni llegará, porque el sustento de esas demencias, de igual origen psíquico con distintos nombres, es lo irrealizable y una excusa que justifica un presente inllevable y soportado a duras penas por la pura voluntad de vivir.
Se me ocurre que toda libertad, incluida la económica, amerita una sacudida a ciertas palabras que suelen ensalzarla y acompañarla: devolverles su sentido original (algo y mucho en esos términos ha dicho Cadenas recientemente). Y en cuanto a la libertad económica, buena parte de la humanidad ha de empezar por darle franqueza a su relación con el dinero en cualquiera de sus formas. Demasiada hipocresía de justos y pecadores, por decirlo de alguna manera, contaminada de culpa y afán de poder, han hecho del dinero una especie de cosa maldita que nadie deja de amar en lo más íntimo de su ser. Por algo Bertrand Russell, que filosofaba sin andarse por las ramas, afirmó en Los caminos de la libertad, con sobrada perspicacia y sentido común: Cualquiera que observe cuántos de nuestros poetas han sido hombres de fortuna personal, se dará cuenta de cuánta capacidad poética ha quedado sin desarrollar a causa de la indigencia, puesto que sería absurdo suponer que los ricos están más dotados por la Naturaleza de capacidad poética. Bastante al respecto dijeron Cervantes y Villon, que padecieron la pobreza, y Swift que supo condolerse y abogar por quienes la padecían.

Mucho puede volar el espíritu y mucho ha alcanzado de la mano con el genio y la imaginación, pero por el paraíso celestial y por los de ahora, los muy prometidos, los terrenales, se sigue haciendo de la Historia una larga noche de insomnio (como dijo Derek Walcott) y en la nefasta realidad creada por la ficción política hamponil de Venezuela nos tienen a muchos en la casa por cárcel.

sábado, 5 de enero de 2019

Apuntes a partir de algunas ideas de D. H. Lawrence




Si lo pensamos, advertimos que nuestra vida consiste en ese logro de una relación pura entre nosotros y el universo viviente que nos rodea[1].
Son pocos los que piensan, menos los que advierten. Repetimos unas cuantas ideas desgastadas y sin aliento acerca del mundo y de nosotros mismos. Siempre tenemos a mano algo o a alguien para culparlo de nuestros males. Preferimos huir o despotricar de lo que nos asedia, antes que detenernos y reflexionar, como pedía Keats.
Nos refugiamos en un círculo de complacencia y resistente orgullo. Las cosas sólo están para ser utilizadas, nosotros vivimos para la satisfacción de alcanzar metas. Todo lo conocemos: no hay secretos ni misterio. Cargamos "verdades" disecadas y prejuicios cegadores. Somos (o no creemos) demasiado inteligentes, pero la rutina es una batalla y la vida nos parece tan aburrida que saltamos de una distracción a otra. Cercamos la atención; casi siempre nuestra risa es un quejido disfrazado; procuramos, cada vez más, no sentir nada; desoímos las voces de nuestro lado oculto.
Cualquier hijo de vecino dice: tengo una mujer, tengo hijos y buenos amigos que me quieren y yo les correspondo ese "amor" que sienten por mí. Se siente dueño de otras personas o, en el mejor de los casos, apoya su "afecto" en la afinidad de creencias y prejuicios que mitigan su desazón. Hoy resulta rarísima la relación (si así puede llamársele) nacida de algo más allá de cualquier lema o norma de cofradía: nos sostiene la complicidad. No miramos el destello que podemos provocar: nos refugiamos porque, aunque no lo aceptemos, nos rige el extravío.

Es la relación con la mujer y con mis prójimos lo que hace de mí un río de vida[2].
Sobre el lecho de un río muerto construimos el mundo del ideal económico, de la competencia mercantil, de los deseos infatigables.
Oigo a esa mujer de espíritu bélico, ponderar su autosuficiencia y su capacidad "viril" de trabajar. Dice, no sin malicia:
-Me gusta vivir sola. Puedo pasarla muy bien sin un hombre, salvo cuando mi cuerpo necesita uno de ellos para aplacar el instinto.
Oigo también a ese hombre de "ideas liberales" condenar a las mujeres:
-Son necias, nada inteligentes y se empeñan en quitarme mi libertad.
Ambos bandos, de algún modo, tienen razón. Pero... ¿por qué tantos reproches?, ¿por qué tanto afán de libertad?, ¿acaso no podemos unirnos a alguien, sin que tarde o temprano, nos volvamos un estorbo el uno para el otro?, ¿de dónde sale tanto resentimiento?
¿No estaremos confundiendo libertad con egoísmo? Roto el equilibrio entre los sexos, una fuerza destructiva nos mueve. Hemos perfeccionado la capacidad de disimular nuestras debilidades en favor del ego acorralado, urdidor de respuestas elusivas. Astutamente defendemos posiciones ganadas para esquivar lo inmediato y los verdaderos conflictos. Respondemos al llamado del alma con una declaración guerra.
Los escritos de Lawrence, igualmente cuando se refiere a otros aspectos del ser humano, apuntan hacia otra dirección.
Una mujer es una fuente viva cuyas salpicaduras caen deliciosamente a su alrededor sobre todos los que se acercan. Una mujer es una extraña y suave vibración de respuestas. O bien es una vibración disonante, chirriante y dolorosa, que avanza y lastima a todos los que se ponen a su alcance. Y el hombre, lo mismo. El hombre, ya que se mueve y tiene existencia, es una fuente de vibración vital que se estremece y fluye hacia alguien, de modo que se integra un circuito y hay una suerte de paz. O bien es una fuente de irritación, disonancia y dolor, que daña a todos los que están próximos a él [3].
Y nosotros hemos preferido ser fuentes de irritación: basta con ver un poco para darnos cuenta de ello. Pese a que poseemos todas las llaves, solemos pisotear el más mínimo brote de vida. Perdida toda capacidad de asombro, vivimos en el desencanto y sin cesar ofrendamos víctimas a los dioses de la destrucción.
Hay que cambiar el mundo. Hay que cambiar el país. Hay que cambiar la sociedad. Hay que cambiar el sistema.
Ese “hay que”, así despersonalizado, nos delata.
Políticos y sacerdotes de todas las tendencias, día tras día hablan del cambio. Frases que lo reclaman nunca faltan en las paredes de las vías públicas; abunda la bibliografía sobre el tema. Ahora bien, ¿quién anda mal?, ¿qué es lo que debemos cambiar? Lawrence, esquivando las trampas de las apariencias y rebasando un montón de teorías, nos dice:
¿Dónde radica, pues, el mal? En el sistema. Pero con esto no se dice nada. Después de todo, el sistema sólo es fruto de la psique humana, de los deseos humanos. Gritamos y culpamos a la máquina. Pero... ¿quién demonios hace la máquina, sino nosotros? Y todas las alteraciones del sistema, sólo son modificaciones en la máquina. El sistema está en nosotros, no es algo externo. Pues bien... sólo podemos culparnos a nosotros mismos y no hay nada que cambiar salvo dentro de nosotros [4].
Creo que no pocos estamos hartos de oír los monótonos discursos de los políticos y las proposiciones de los intelectuales acomodaticios. Sobran las formas de salvación, las explicaciones detalladas, los argumentos irrebatibles: nos regodeamos en el papel de víctimas. Hablamos de la pobreza, de la ambición, del poder y la explotación como si se tratara de entidades ajenas a nosotros. Lo que criticamos está  hecho a la medida de nuestro fracaso. La civilización no es más que un reflejo de la psique, la cual ha inventado los males y, a la vez, leves remedios para ellos. Se nos antoja culpar al sistema, poniéndonos, de antemano, en posición elevada. Desde allí observamos y soltamos la lengua. La consigna verdadera de un reformador al uso es: hay que cambiar todo siempre y cuando yo siga siendo el mismo, que no haya ninguna alteración en mi espíritu, que mi alma continúe atada.
Queremos imponer ideologías, queremos imponer jerarquías basadas en prejuicios de diversa índole, queremos ser sólo piezas de una maquinaria productiva, queremos ampararnos en lo que podemos controlar, queremos vencer y conquistar porque no encontramos ninguna otra razón satisfactoria para vivir. Sólo sabemos usar.
La cacería de Moby Dick no ha terminado. Con el Pequod se hundió una minoría de cazadores. Seguimos combatiendo contra el misterio que nos ha dado forma y conciencia. Nos aterra mirar y cuando la vida se asoma en una mirada o en el vuelo de un pájaro, corremos al escondite de pensamientos consoladores: hombres modernos, al fin, tenemos la televisión y los bares atestados de siluetas orgullosas de sus falaces democracias y de su progreso.
Menciono la cacería de Moby Dick, pensando en lo que Lawrence escribió sobre la gran ballena blanca que acabó con el capitán Ahab, pero no con la manía que éste padeció.
¿Qué es, pues, Moby Dick? Es el ser más profundo de la raza, es lo que atañe a la sangre, es lo más profundo de nuestra naturaleza.
Y es perseguido, perseguido, perseguido por el fanatismo maniático de nuestra conciencia mental blanca. Queremos cazarlo. Queremos subyugarlo a nuestra voluntad.[5]
Lo que atañe a la sangre no es asunto por tratar en las universidades, en los liceos, en las escuelas.
¿Y los políticos qué dicen al respecto?
Son seres exangües.
¿Y los escritores?
Casi nada. Unos están fascinados con sus juegos de palabras. Otros son pregoneros del compromiso político cuando ya se han cansado de escribir sobre fantasmas que nunca han visto.
¿Y los filósofos?
La mayoría se la pasa discutiendo sobre si Fulano o Mengano tiene razón.
¿Y los psicólogos?
Andan desenredando o enredando más pequeños dramas.
¿Y los científicos?
Casi todos esperan resolver la ecuación del universo.
Medimos, planeamos, diseccionamos: toda la vida en la palma de la mano para ser analizada, todo bajo el microscopio. Celebramos las conquistas de la técnica y por devoción al progreso nos inmolamos,  pero huimos de los sueños reveladores.
Nuestra inteligencia poco sabe del lenguaje cordial.
Para muchos, Lawrence es un crítico anticuado de la sexualidad enfermiza que sus novelas representan e ironizan.
La consagración del descaro en respuesta a la idealización del matrimonio y su apoyo en el suelo de las "buenas costumbres", fortalecen la creencia en el famoso amor libre: ídolo nuestro, es decir, gente moderna, espontánea y desinhibida. Nos basta con desnudarnos sin vergüenza para alcanzar "la revolución del cuerpo". La facilidad de cambiar de amante y la admisión de una geometría sexual, en la que los ángulos de las diversas figuras son personas de cualquier sexo, se han convertido en los emblemas de la liberación.
Lawrence previó esas consecuencias en el prefacio a una edición de 1929 de El amante de Lady Chatterley, y no precisamente en defensa del puritanismo.
En contraste con el puritanismo que dice: "­Chit!", y que produce al imbécil sexual, encontramos a la joven emancipada y avanzada, que no escucha ningún "Chit" y hace lo que le place. Lejos de temer al cuerpo y de negar su existencia, los jóvenes avanzados se van al otro extremo y lo tratan como una especie de juguete bueno para divertirse; un juguete vagamente desagradable, pero del cual puede sacarse un poco de diversión antes que nos abandone. Esas jóvenes se burlan de la importancia de la sexualidad, la tratan como un coctel y se sirven de ella para ridiculizar a sus mayores.
El salto al otro extremo  es la nueva hipocresía, para bien de los publicistas. Estamos ante una nueva parodia del amor. Juramos que el desenfado a un descaro burlón es lo que nos faltaba para "resolver los problemas de la sexualidad". Pero el deseo sigue sometiendo a los antojos de nuestro desvarío. Hemos dado a la relación entre el hombre y la mujer otros matices fundados en las imposturas de moda.
La lectura de cualquier página de Lawrence nos lleva siempre a la misma pregunta: ¿rebasaremos todos estos desatinos que conforman nuestra historia y seremos, al fin, dignos habitantes del reino de la diversidad, fieles al rumor de la sangre y vivientes agradecidos por el magno regalo inexplicable?





[1] “La moral y la novela”.
[2] “Nos necesitamos mutuamente”.
[3]  “Nos necesitamos mutuamente”.
[4] “La educación del pueblo”.
[5] Estudios sobre literatura clásica norteamericana.

Horror por el tiempo: Juan Gabriel y María Zambrano

  Mario Amengual De inmediato, lo sé, el título que encabeza esta página apresurará juicios negativos o un rápido e indiscutible rechazo: ...