Mario Amengual
Hace más de dos décadas
trabajé con reconocidos científicos sociales en una desaparecida comisión
presidencial. Mi presencia en ese selecto grupo era tan extraña como cuando,
aún estudiante de Letras, formé parte de la selección de fútbol de la
Universidad Central de Venezuela. No es difícil imaginar que en aquella comisión
estaba destinado a tareas subalternas, por más que buena parte de sus
publicaciones dependieran de mi afán de corregirlas y mejorarlas. ¿Cómo podía
un lector de Villon y Conrad, que ocasionalmente publicaba poemas y artículos
en revistas y periódicos, dar opiniones pertinentes donde se planteaban
“reformas sustanciales para el país”? Aparte de eso, no ocultaba la
inconveniente costumbre de ejercer la discrepancia en cuanto al lenguaje
estereotipado y altisonante de la generalidad de la prosa y oratoria política,
económica y sociológica que allí se practicaba.
La
relación de este episodio autobiográfico viene al caso para resaltar prejuicios
e hipocresías que poca gente quiere ver. Y no sé hasta qué punto los mismos
artistas se complacen en ser vistos como especie rara, como personas dignas de
ser premiadas y condecoradas, pero sin ninguna importancia, salvo para ornar
conversas, en la formación intelectual y espiritual de los seres humanos.
Tampoco deja de ser contradictorio que sean los científicos sociales, en su
mayoría, quienes más subestiman el sentido poético, por ejemplo, y quienes más
se vuelven contra las artes cuando se trata de encontrar el perfil de la sociedad.
En un mundo gobernado por la economía (o más bien, por teorías económicas) y
los políticos como acólitos, ya no sorprende que las artes visuales estén
incorporadas al mercado y los escritores propendan a la diplomacia. Sin
embargo, a un ciudadano del Tercer Mundo, de un país devastado por los
políticos y sometido a rígidos y foráneos esquemas de dominación, se le ocurre
no demostrar, porque las demostraciones pertenecen a la ciencia, sino afirmar
que la poesía o el sentido poético, como saber y sentir plenos, es también
conocimiento. No pretendo emparejar realidades en apariencia tan disímiles como
el Cántico Espiritual de San Juan de
la Cruz y las cada vez más precisas observaciones del telescopio espacial
Hubble; lo digo porque nuestra época, fascinada por sus maravillas técnicas,
día a día confirma su quiebra espiritual.

Los
síntomas de un divorcio
No
es mi propósito historiar la escisión que hoy padecemos y menos aún buscar su
origen y registrar sus etapas minuciosamente. Cuando mucho quiero compartir
inquietudes y comentar opiniones que me ha deparado la lectura.
Nada menos que Charles Darwin demostró las
consecuencias y la tragedia humana de tener un intelecto alienado, puramente
científico. Escribió en su autobiografía que hasta los trece años gozó
intensamente de la música, la poesía y la pintura; pero después, durante muchos
años, perdió el gusto totalmente por estos intereses: “Mi cerebro parece
haberse convertido en una especie de máquina de deducir leyes generales a
partir de grandes conjuntos de hechos... La pérdida de estos gustos es una
pérdida de la felicidad, y posiblemente puede ser dañosa para el intelecto, y
más probablemente para la moral, pues debilita la parte emocional de nuestra
naturaleza”. (Erich Fromm, Tener o
ser)
Y
añade Erich Fromm: el proceso que Darwin
describe aquí ha continuado desde su época a un ritmo rápido; la separación de
la razón y los sentimientos es casi completa. A tal punto, podemos decir,
se ha dado esa separación que se han difundido expresiones como “sensibilidad
social” o “procesos de sensibilización”, las cuales vienen a ratificar nuestro
vacío y a suplirlo por discursos al estilo de lo designado popularmente como
“hablar de la boca para afuera”. Nos quedamos en las palabras para, apenas,
esbozar lo ya perdido en el corazón; por eso, si en el Plan de Estudios de una
carrera científica o técnica se incluyen charlas de literatura o cualquiera de
las artes, son vistas con desdén, cuando no con burla. Es de esperarse: ¿quién
en el curso de nuestros estudios o en nuestra vida familiar nos insinúa que Correspondencias de Baudelaire puede
revelarnos otra manera de ver y comprender? ¿Son sólo producto del esoterismo
los Versos dorados de Nerval y no,
por ejemplo, la apuntación de realidades que la ciencia ahora comienza a
reconocer?
Sin
embargo, lo que Darwin confesó como su propia tragedia y es síntoma general en
nuestra época, ha encontrado un ligero contrapeso cuando gran parte de los principales investigadores en la mayoría de las
ciencias más revolucionarias y exigentes (por ejemplo, la física teórica) se
hayan sentido profundamente preocupados por las cuestiones filosóficas y
espirituales. Me refiero a hombres como A. Einstein, N. Bohr, L. Szillard, W.
Heisenberg y E. Schröndiger. Y a esta lista de Erich Fromm, cabe agregar
científicos, aunque con perspectivas muy diferentes entre sí, como Fritjof
Capra y Stephen Hawking.
Lo
demás es un vacío escandaloso y una continua presunción. Y si acaso esto parece
exagerado, hurguemos un poco en nuestras escuelas y universidades.
Ya Rimbaud lo había dicho
En
pleno “estupor positivista” Rimbaud avizora que el fervor por la ciencia
crecerá. “Nada de vanidad, adelante la
ciencia” grita el Eclesiastés moderno, es decir, todo el mundo. ¡Ah!, la
ciencia no va bastante rápido para nosotros. Desde entonces esa velocidad y
esa desazón han aumentado; pocos se permiten la duda: la mayoría o padece o se
mantiene boquiabierta por los prodigios de la técnica, insaciable hermana de la
ciencia. Ya al principio de este siglo va quedando un solo credo, el delirio
tecnocrático: el espíritu se alivia con sucedáneos religiosos y la perenne
invitación al placer.
Tal
vez hoy sea plenamente cierta la afirmación de un médico que cita Kandinsky
en De
lo espiritual en el arte: “He efectuado la autopsia de muchos cadáveres, no
he encontrado nunca un alma”.
¿No es por el interés o la ganancia
que se emprenden la mayoría de las causas en este mundo, sean buenas o malas?
Abundan las iglesias, las sectas, los credos redentores; pero el espíritu
brilla por su ausencia: en vez del asombro (principio de toda filosofía, según
Sócrates; y podríamos añadir que de toda ciencia, religión y arte) encontramos
autosuficiencia, manipulación y jerarquías arbitrarias. La economía es el gran
ídolo y nada parecida a indispensable colaboradora para una sociedad que aspira
a la sensatez y al equilibrio. La política ocupa la atención de temerosos
ciudadanos carentes de todo sentido de comunidad, excepto si sus intereses muy
personales son vulnerados. Nunca antes había sido el ego indiscutible
protagonista de la cotidianidad humana y nunca antes había sido tan exaltado,
gracias a los omnipresentes medios de comunicación, y nunca antes había sido la
inanidad tan buena materia prima para cualquier negocio. Reconozcámoslo, así de
simple: es éste el mundo que nos merecemos. ¿Acaso hemos procurado realizar
cambios más allá de nuestras convulsas y festivas apariencias? Alguna vez
escuché a unos jóvenes escritores asegurar que a la gente de letras, en
cualquier lugar del planeta, le cuesta tragar su resentimiento por la actual
preponderancia de gente del espectáculo y deportistas. De tal modo, en general,
se comportan algunas inteligencias: en sus escritos, las palabras espíritu,
alma y corazón sólo refieren a un diccionario de arcaísmos.
Nos
encontramos con un síntoma evidente de nuestros días; escasamente comentado en
las revistas humanísticas: la casi total rendición de los artistas a las
fuerzas del poder comunicacional globalizado y uniformante. Las escasas y
benevolentes campañas que pregonan la diversidad de razas y culturas, apenas
respiran entre los arrolladores artificios de la publicidad, la televisión, la
cinematografía y las disposiciones políticas de los poderes angloamericanos y
angloamericanizados. Para tales poderes, con su ciencia y su técnica
desaforadas, cualquier disidencia intelectual, cualquier empuje del corazón, es
sólo un graznido salvaje sobre los
tejados del mundo.
El
mundo estridente que nos ha tocado, la época de la humanidad superinformada
pero exangüe, tal vez necesite poetas que no jueguen a su exclusividad, a su
reclamado endiosamiento y menos aún que tengan
fe en el veneno. Por los momentos las artes ostentan (quisiera estar
equivocado), al menos en sus representaciones más conocidas y apreciadas, una
sumisión al parecer general y poca fuerza de rebelión e ironía. No es casual
que muchos museos y librerías ofrecen aires de supermercado.
El poder del conocimiento
El
conocimiento es poder, ése es el lema imperante. Los héroes fabricados en
Hollywood y de los dibujos animados lo repiten como una consigna del Gran
Hermano. No es raro ver a un niño que, mientras tira golpes y patadas, grita a
todo gañote: el conocimiento es poder. Y cuando llega a la adultez (o así lo
suponemos) la misma frase, como insertada por un programador de computadoras,
lo acompaña toda su vida: en su trabajo, en su familia y en sus diversiones.
Aquí, por supuesto, el conocimiento es el científico, el dominio de la técnica;
pero demos por sentado que ese conocimiento científico y técnico al cual
aludimos es el que se halla sometido a las manipulaciones para alcanzar y
mantener el poder. Sería necio pensar que la ciencia y la técnica, por sí
mismas, son dañinas; si no fuese por ambas estaríamos sometidos al exclusivo dominio
de la Inquisición y las supersticiones.
Cuando
enfrentamos la ciencia y la técnica como si fuesen enemigas implacables, me
estoy refiriendo a la nefasta escisión en el alma humana que señaló Bertrand
Russell: la ciencia ha sustituido cada
vez más el conocimiento-poder al conocimiento-amor; y a medida que se completa
esa sustitución, la ciencia tiende a hacerse más y más sádica. Y también estoy pensando en otro señalamiento del mismo
Russell: Tan pronto como se comprueba el
fracaso de la ciencia considerada como metafísica, el poder que la ciencia
confiere como técnica se obtiene a algo análogo a la adoración de Satanás, o
sea, por renuncia al amor. De esa manera, ya no es el conocimiento por la
verdad, ni siquiera por la veracidad, es el conocimiento de quienes no quieren
experimentar el silencio ni quieren arrostrar la condición humana con sus
glorias y sus bajezas, con sus prodigios y sus limitaciones. En este punto toca
hablar de poetas, amantes o místicos o, sencillamente, del ser humano cabal.
¿Estaremos
acariciando un ideal? No creo. No fue un ideal (tal vez un personaje
legendario) quien dijo:
Hay algo inherente y natural,
que existió antes del cielo y de
la tierra.
Inmóvil e insondable,
permanece solo y jamás se
modifica;
lo llena todo y nunca se
extingue;
lo podemos considerar Madre del
Universo.
No conozco su nombre;
pero me veo forzado a darle un
nombre:
lo llamo Tao, el trascendente.
Sé, con la misma fuerza de una
corazonada, que estamos lejos del asombro, de ese asombro para el cual Goethe
dijo que vivía. Escribo asombro pensando en el ruiseñor de Keats, en el largo
aliento de Whitman, en la Noche
estrellada de Van Gogh, en los Himnos
de Hölderlin, en el Otro poema de los
dones de Borges; pienso en ese asombro que fue materia esencial de la
escritura de Rilke; escribo asombro y recuerdo unos versos de Pavese: Estoy vivo/ y he sorprendido en el alba las
estrellas; escribo asombro y me veo a mí mismo, como de diez años, sentado
en el malecón de Ocumare de la Costa, asustado y llorando por el azul y la
inmensidad del mar.
Estamos
lejos del asombro, y es poco decir. Sólo nos causa singular estimación lo que
ideamos y producimos. Arrobados por la incesante invención y perfeccionamiento
de artificios, no reparamos en cuanto late en nosotros y a nuestro alrededor;
menos aún sentimos el silencio de los espacios infinitos que aterrorizaban a
Pascal. Aquí tomo prestada una anotación del poeta Rafael Cadenas: No hago diferencia entre vida, realidad,
misterio, ser, alma, poesía. Son palabras que designan lo indesignable.
Pero a casi nadie le interesa lo indesignable; queremos seguridades,
definiciones, conceptos, explicaciones. Cualquier hijo de vecino las exige. No
importa si es académico, tecnócrata, policía, deportista o carnicero. El
sentido religioso se cumple con la misa dominical, la realidad nos la cuentan
la televisión y los periódicos, el misterio queda para brujas y gurúes, el ser
es tema de filósofos anacrónicos, el alma es algo que irá a alguna parte cuando
muramos, la vida es una especie de carrera contra reloj y la poesía es obsesión
de gente descaminada, cuando no retórica sensiblera. Así llegamos al siglo XXI,
orgullosos, sin saberlo, de esas y muchas otras carencias.
Afortunadamente,
el mundo no parece encaminado, de buenas a primeras, hacia la sociedad
científica y superplanificada que describió Huxley en Un mundo feliz. Aún quedan bastantes contrastes, subversiones,
contradicciones, desigualdades y, sobre todo, pese al afán uniformante de los
tecnócratas, nos quedan la playa armoricana, la cueva de Montesinos, el dominio
perdido del Gran Meaulness, la isla de Morel...
Nuestra
época ha seguido la derrota de Darwin, derrota en una doble acepción: como
camino y como vencimiento. No quiero decir que con Darwin haya comenzado este
ya largo dilema; supongo que se trata de fuerzas muy activas: se atraen y se
rechazan en nuestra alma desde nuestro origen. Apenas me atrevo a señalar una
paradoja obliterada: que haya sido Darwin, influyente y emblemático científico
del mundo occidental, cuya obra originó tantas polémicas y tantas discusiones,
quien haya confesado tan demoledora pérdida de gusto y sensibilidad. A
diferencia de él, la casi totalidad de los seres humanos de nuestros días ni
siquiera sospecha ese menoscabo en sus corazones. Darwin, al menos, pudo darse
cuenta y eso abrió otro camino, otra derrota.
Soy
incapaz de predecir los traspiés o aciertos de la humanidad –ni siquiera para
los próximos días. Al respecto, no soy pesimista ni propicio esperanzas. Mi
actitud es la de quien se halla inerme ante un ejército invasor. Ésta es la
época que me ha tocado vivir, no sé si mejor o peor que otras.
Me
emociona hondamente (valga el lugar común) que hace unos 2200 años Eratóstenes,
con una vara y su minuciosa observación, dedujo, casi con exactitud, la
circunferencia de la Tierra; que Aristarco de Samos, por la misma época,
sostenía que la Tierra orbitaba el Sol
como los otros planetas y que las estrellas están a una enorme distancia de
nosotros. Me emociona saber que Hipatia, nacida en el año 370 en Alejandría,
fue matemática, astrónoma, física y jefa de la escuela neoplatónica de
filosofía y me indigna saber que las hordas del arzobispo Cirilo la desollaron
viva con conchas marinas y sus restos fueron quemados, sus obras destruidas y
su nombre olvidado. Admiro la fundamental aventura científica de Galileo, que
contribuyó, definitivamente, a desmontar el aparataje mezquino y fanático de la
Iglesia Católica. Me cuesta comprender y me cautiva el complejísimo microcosmos
de las partículas elementales y me agrada saber que unas de esas partículas
elementales, los quarks, de las cuales se componen los neutrones y los
protones, deben su nombre a una enigmática frase de James Joyce: “Tres quarks
para Muster Mark”. Durante muchos años me ha acompañado la fascinación por las
investigaciones de astrónomos y astrofísicos y su empeño en conocer el pensamiento de Dios.
Doy
por verdad que la ciencia está circunscrita a los límites del pensamiento;
jamás podrá arrogarse su anhelada verdad de las verdades. La tarea por realizar
consiste en devolverle a la ciencia su auténtica jurisdicción y mantenerla
ajena a nefastos fines de control, manipulación y destrucción. Nos corresponde,
como en tantas otras circunstancias de la vida, equilibrar las tensiones entre el
conocimiento científico y el saber poético. Así como necesitamos saber que
vivimos en un planeta ubicado en una especie de suburbio de la Vía Láctea, con
igual primacía requerimos el incomparable goce y saber de modestas palabras
como las que siguen:
Y es de
tan alta excelencia
aqueste sumo saber
que no hay facultad ni ciencia
que le puedan emprender;
quien se supiere vencer
con un no saber sabiendo
irá siempre trascendiendo.
Y si lo queréis oír,
consiste esta suma ciencia
en un subido sentir
de la divinal esencia;
es obra de su clemencia
hacer quedar no entendiendo,
toda ciencia trascendiendo.