martes, 2 de julio de 2019

Goces y privilegios del lector


Mario Amengual


Sobre el gusto literario

 Padecen muchos lectores y críticos profesionales de estricta parcialidad por un escritor o una escuela literaria. Quienes, por ejemplo, son devotos de Valéry, renuncian a la vigorosa voz de Whitman. Los predicadores de la poética de Pound suelen sufrir la misma ceguedad, aun cuando el mismo Pound escribió A pact. En América del Sur los seguidores de Neruda rara vez congenian con los de Vallejo, y viceversa: cada quien pondera a “su poeta” sin reparar en las virtudes del otro. Parece que el afán de formar bandos predomina sobre el gusto por la literatura.
La vida (no pretendo dar una definición) es fiesta de la diversidad; la literatura, una de sus formas, no es menos diversa. Paso por alto la pluralidad de lenguas en que está escrita; pienso en las diferentes voces del Espíritu (Valéry), en los muchos temas que son uno, en la búsqueda de un estilo impecable y en “las travesuras tipográficas”. La literatura, lenguaje del orbe, es también un orbe. Limitarse a una de sus tendencias no difiere del fanatismo religioso o del nacionalismo. Creo que las metáforas de Eliot y los Pensamientos de D. H. Lawrence pueden convivir sin disputa en nuestro gusto. Así como la admiración del Génesis no debería excluir la del Tao Te Ching.
Recientemente al azar me llevó a la relectura alternada de páginas de Borges y de Henry Miller. Los laberintos, las espadas, los tigres, las notas eruditas, los juegos con el tiempo, y el asco por el modo de vida estadounidense, los cuchitriles de las prostitutas de París, el mar de los griegos, los cantos de Katsimbalis, la prosa colmada de rabia y prédica, así lo sentí, no me parecieron distantes entre sí. Vidas y literaturas tan disímiles, en una tarde de julio, derivaron en coincidencias. Ambos, fieles lectores de Whitman, celebran la amistad, el placer de conversar, el amor y sus noches, el don inefable y las novelas de Conrad; ambos profesan su amor por los libros, y su repulsión por la guerra, su enemistad con la barbarie tecnocrática. Cada uno a su manera y valiéndose de recursos muy distintos, ciertamente, pero ¿debemos aspirar a una tediosa uniformidad? ¿Acaso vivir no es compartir una historia, una tradición y estar bajo el mismo cielo? Los hechos esenciales de la vida humana son los mismos en cualquier parte: cambian el escenario y, no siempre, la época. Sólo el temor y no sé cuántos prejuicios convierten a los seres humanos en ejecutores de la locura ajena y no en seres leales a su condición, que, a veces, dejan de sentir en las palabras.
No me anima el prurito de encontrar afinidad. Apenas pretendo decir que el lector puede encontrar ese otro rostro suyo, esa insinuación del “perfume de la realidad”, en las páginas de cualquier escritor auténtico (valga el epíteto en estos tiempos de tanta impostura y tanta palabrería), aunque los separen el mar de muchos nombres, las distintas y en ocasiones antagónicas costumbres, las traiciones de los traductores y la inagotable anécdota.
Alguien alegará, sin demora, que el ciego de la calle Maipú era un “reaccionario” que solía hacer travesuras pesadas (descreer de la democracia, subestimar a los negros o exaltar a la pérfida Albión), mientras Henry Miller se opuso con odio al imperialismo de los Estados Unidos e incansablemente invocó el nacimiento de una humanidad distinta. Peca, me atrevo a decirlo, de ligereza en su juicio, tal como un reconocido poeta venezolano, del cual estimo algunos poemas, que se negaba a leer a Whitman porque éste, en su desaforada visión democrática, defendió la anexión de Texas al territorio estadounidense. Es caso frecuente: cierta crítica esquemática y árida, atenta únicamente a las desigualdades sociales, quiere empañar los ojos de aquellos que jamás han visto en su propio corazón.
Corren días en que llueve al revés: primero se analiza y después se busca sentir. Quizás el propósito de la literatura sea más humilde:

Que cada palabra lleve lo que dice
que sea como el temblor que la sostiene.



El crítico y el ilustre desconocido


Creo en el misterioso desconocido. Un día encontrará un libro en un anaquel y lo hojeará distraído: de pronto ciertas palabras ordenadas de cierto modo harán estallar en su interior un polvorín
                          Aldo Pellegrini

Hay un tipo de crítico empeñado en agrandar el abismo entre los libros y los posibles lectores. Es partidario de la disección: desmembra textos, los traduce a sus esquemas, elabora gráficos que emulan los organigramas de complejas burocracias.
Este crítico, rara vez modesto, desde la cátedra pide a sus alumnos que olviden vivencias y sentimientos. Es un fanático del análisis y un condenado a redactar extensas notas a pie de página. Para él, el gallo del coronel Aureliano Buendía puede ser un mero símbolo de la “revolución postergada”. Deduce que la rosa de un poema representa a una burguesía decadente o la imagen baladí de un capricho esteticista. No admite la existencia del simple y vulgar lector. Insiste en predicar el estudio de las obras como quien pone una muestra de sangre bajo el microscopio.
Suele este crítico ir de un lado a otro con alegatos científicos y doctas interpretaciones. Pero, muchas veces, sin reparar en contradicciones, acostumbra arrimarse a la sombra del Estado (de cualquier Estado); practica la discriminación de quien no se aviene con sus fórmulas, desdeña a los descaminados que leen con agudeza vital y prefieren los manantiales y no manuales para entendidos.
Este crítico siempre paga su peaje a la moda. Le desespera que a la crítica literaria le cueste desprenderse “de supersticiones, abominables esoterismos e impresiones subjetivas”, según él define todo lo que no entra en su angosta visión. Él, el crítico verdadero que va más allá, goza del dominio de la jerga que lo enorgullece de pertenecer a un gremio de selectos miembros. Lejos está el vulgo que ignora las claves de la crítica.
El ilustre desconocido, aunque haya tolerado una escuela de Letras, no descome lo que lee a su interlocutor; sabe que las tertulias literarias han degenerado en torneos de monólogos y pocas veces son conversaciones animadas para intercambiar sentires e ideas. El ilustre desconocido sabe que hoy el diálogo es un hecho extraordinario.
El ilustre desconocido, como Cortázar, puede conciliar la lectura de Mallarmé con un programa boxístico; quizás lea a Proust con el mismo entusiasmo que lee a Benedetti. Para él, el gusto literario no tiene caprichosas limitaciones.
El ilustre desconocido no tiene por qué ser un lastimoso individuo, desgarbado, pálido y ratón de biblioteca. Puede no pertenecer, por negarse a encarnar rigurosos estereotipos, a una clase de gente que presume de artistas. Su mayor aspiración, por lo general, consiste en encontrar esas palabras que le revelen algo de su rostro escondido o de aquella realidad que los sueños le insinúan.
No es sólo lector de literatura. Su silenciosa curiosidad puede fijarse en tesis de ecología, manifiestos políticos, informes de mortalidad infantil por hambre, biografías de poetas o científicos o deportistas… Su sabiduría, fundada en el sentido común que exige la hostilidad cotidiana, le dice que la poesía es más que un género literario, es más que un asunto de palabras y cacería de conceptos.
Para el ilustre desconocido las palabras son como las percepciones: lo devuelven a un día, cercano o remoto, en que presintió el sentido de su existencia o pueden convertirse en llama contra una sociedad avezada al flagelo y la demencia.
El ilustre desconocido no vive por la ficción de la flaca inmortalidad dorada y negra que en seno maternal torna la muerte. Ni fanático ni redentor, abre un libro en algún lugar del mundo e inicia la aventura de un hombre o muchos hombres que son todos los hombres y no pretende descifrar lo indescifrable; apenas conversa con otros seres humanos a través de unas páginas debidas a la pasión, a la rabia, a la desilusión, a la injusticia, a la belleza, a nuestra ignorancia esencial, nunca a la intención de convertir la vida y esas mismas páginas en un difícil e infecundo crucigrama.


sábado, 29 de junio de 2019

Desde la otra orilla (IV), acecha Sael Ibáñez



Desde la otra orilla acecha Sael Ibáñez, conocido en la difusa literatura venezolana como narrador: cuentos suyos aparecen en antologías nacionales de ese género; en varias, si no me equivoco. Lo canónico no es mi afán ni mi interés.
 Quiero hablar del Sael Ibáñez que avizoro desde la otra orilla, la que poco se ve entre la humareda de los pactos, los oprobios y las revueltas de la política y las danzas egotistas de lo que en estas tierras suele llamarse cultura.
Veo a Sael Ibáñez en la otra orilla: buscando la palabra, el sustantivo, el adjetivo, el tono de su voz preciso, justo, acorde con lo que siente y piensa. Sael Ibáñez, como artesano solitario de la palabra, escribe, borra, tacha, reescribe, se arrepiente, vuelve sobre lo escrito, lo deja y vuelve con la misma devoción, se devuelve, porque devoción es su oficio como escritor, al cual se ha consagrado y no ha dejado que ninguna mezquindad mundana lo vitupere ni lo mancille. Se siente escritor y poeta, y lo es.
Y desde la otra orilla, la que a rasgos breves he venido reseñando, por solo mostrar el lado oculto de un país saqueado, pero en el que la ceguera es la mayor virtud intelectual, me permito mostrar algunos rasgos de su ABC de la intuición, publicado por Ediciones Aparte, 2007.
Para escribir necesité
Siempre
Vivir artísticamente.

Vivir artísticamente
no es
azuzar la voluntad.
Vivir artísticamente requiere
estímulo de estímulos, no ley
ni despliegue de ideas

precisa
sonoridad de sonoridades
hacia donde confluyen todas las artes

implica
aprender, también desaprender
capacidad de sedimentar el olvido

vivi artísticamente genera
suspensión, sorpresas
disposición de mantenerse en ellas

Para escribir necesité
siempre
vivir artísticamente.

Me permití citar ese poema completo porque Sael se define o se presenta como es y como ha sido, tal cual: la metáfora o el sentido poético son él y lo escrito en esos versos o como se quiera llamarlos.
Los invito a leer el ABC de la intuición, y digan lo que quieran pero no podrán negar que
Ya está dicho
una devoción ignorante
vulgariza lo espiritual
anula el encanto
vuelve bastarda
 la memoria del sentimiento.



Y ahí está Sael Ibáñez, desde la otra orilla, siempre desembocando en la literatura, siempre escribiendo y reescribiendo como un artesano solitario y devoto de la palabra.




jueves, 20 de junio de 2019

La derrota de Darwin

                                                                                Mario Amengual


  Hace más de dos décadas trabajé con reconocidos científicos sociales en una desaparecida comisión presidencial. Mi presencia en ese selecto grupo era tan extraña como cuando, aún estudiante de Letras, formé parte de la selección de fútbol de la Universidad Central de Venezuela. No es difícil imaginar que en aquella comisión estaba destinado a tareas subalternas, por más que buena parte de sus publicaciones dependieran de mi afán de corregirlas y mejorarlas. ¿Cómo podía un lector de Villon y Conrad, que ocasionalmente publicaba poemas y artículos en revistas y periódicos, dar opiniones pertinentes donde se planteaban “reformas sustanciales para el país”? Aparte de eso, no ocultaba la inconveniente costumbre de ejercer la discrepancia en cuanto al lenguaje estereotipado y altisonante de la generalidad de la prosa y oratoria política, económica y sociológica que allí se practicaba.
  La relación de este episodio autobiográfico viene al caso para resaltar prejuicios e hipocresías que poca gente quiere ver. Y no sé hasta qué punto los mismos artistas se complacen en ser vistos como especie rara, como personas dignas de ser premiadas y condecoradas, pero sin ninguna importancia, salvo para ornar conversas, en la formación intelectual y espiritual de los seres humanos. Tampoco deja de ser contradictorio que sean los científicos sociales, en su mayoría, quienes más subestiman el sentido poético, por ejemplo, y quienes más se vuelven contra las artes cuando se trata de encontrar el perfil de la sociedad. En un mundo gobernado por la economía (o más bien, por teorías económicas) y los políticos como acólitos, ya no sorprende que las artes visuales estén incorporadas al mercado y los escritores propendan a la diplomacia. Sin embargo, a un ciudadano del Tercer Mundo, de un país devastado por los políticos y sometido a rígidos y foráneos esquemas de dominación, se le ocurre no demostrar, porque las demostraciones pertenecen a la ciencia, sino afirmar que la poesía o el sentido poético, como saber y sentir plenos, es también conocimiento. No pretendo emparejar realidades en apariencia tan disímiles como el Cántico Espiritual de San Juan de la Cruz y las cada vez más precisas observaciones del telescopio espacial Hubble; lo digo porque nuestra época, fascinada por sus maravillas técnicas, día a día confirma su quiebra espiritual.



  Los síntomas de un divorcio
 
  No es mi propósito historiar la escisión que hoy padecemos y menos aún buscar su origen y registrar sus etapas minuciosamente. Cuando mucho quiero compartir inquietudes y comentar opiniones que me ha deparado la lectura.
  Nada menos que Charles Darwin demostró las consecuencias y la tragedia humana de tener un intelecto alienado, puramente científico. Escribió en su autobiografía que hasta los trece años gozó intensamente de la música, la poesía y la pintura; pero después, durante muchos años, perdió el gusto totalmente por estos intereses: “Mi cerebro parece haberse convertido en una especie de máquina de deducir leyes generales a partir de grandes conjuntos de hechos... La pérdida de estos gustos es una pérdida de la felicidad, y posiblemente puede ser dañosa para el intelecto, y más probablemente para la moral, pues debilita la parte emocional de nuestra naturaleza”. (Erich Fromm, Tener o ser)
  Y añade Erich Fromm: el proceso que Darwin describe aquí ha continuado desde su época a un ritmo rápido; la separación de la razón y los sentimientos es casi completa. A tal punto, podemos decir, se ha dado esa separación que se han difundido expresiones como “sensibilidad social” o “procesos de sensibilización”, las cuales vienen a ratificar nuestro vacío y a suplirlo por discursos al estilo de lo designado popularmente como “hablar de la boca para afuera”. Nos quedamos en las palabras para, apenas, esbozar lo ya perdido en el corazón; por eso, si en el Plan de Estudios de una carrera científica o técnica se incluyen charlas de literatura o cualquiera de las artes, son vistas con desdén, cuando no con burla. Es de esperarse: ¿quién en el curso de nuestros estudios o en nuestra vida familiar nos insinúa que Correspondencias de Baudelaire puede revelarnos otra manera de ver y comprender? ¿Son sólo producto del esoterismo los Versos dorados de Nerval y no, por ejemplo, la apuntación de realidades que la ciencia ahora comienza a reconocer?
  Sin embargo, lo que Darwin confesó como su propia tragedia y es síntoma general en nuestra época, ha encontrado un ligero contrapeso cuando gran parte de los principales investigadores en la mayoría de las ciencias más revolucionarias y exigentes (por ejemplo, la física teórica) se hayan sentido profundamente preocupados por las cuestiones filosóficas y espirituales. Me refiero a hombres como A. Einstein, N. Bohr, L. Szillard, W. Heisenberg y E. Schröndiger. Y a esta lista de Erich Fromm, cabe agregar científicos, aunque con perspectivas muy diferentes entre sí, como Fritjof Capra y Stephen Hawking.
  Lo demás es un vacío escandaloso y una continua presunción. Y si acaso esto parece exagerado, hurguemos un poco en nuestras escuelas y universidades.



 
Ya Rimbaud lo había dicho

  En pleno “estupor positivista” Rimbaud avizora que el fervor por la ciencia crecerá. “Nada de vanidad, adelante la ciencia” grita el Eclesiastés moderno, es decir, todo el mundo. ¡Ah!, la ciencia no va bastante rápido para nosotros. Desde entonces esa velocidad y esa desazón han aumentado; pocos se permiten la duda: la mayoría o padece o se mantiene boquiabierta por los prodigios de la técnica, insaciable hermana de la ciencia. Ya al principio de este siglo va quedando un solo credo, el delirio tecnocrático: el espíritu se alivia con sucedáneos religiosos y la perenne invitación al placer.
  Tal vez hoy sea plenamente cierta la afirmación de un médico que cita Kandinsky en  De lo espiritual en el arte: “He efectuado la autopsia de muchos cadáveres, no he encontrado nunca un alma”.
¿No es por el interés o la ganancia que se emprenden la mayoría de las causas en este mundo, sean buenas o malas? Abundan las iglesias, las sectas, los credos redentores; pero el espíritu brilla por su ausencia: en vez del asombro (principio de toda filosofía, según Sócrates; y podríamos añadir que de toda ciencia, religión y arte) encontramos autosuficiencia, manipulación y jerarquías arbitrarias. La economía es el gran ídolo y nada parecida a indispensable colaboradora para una sociedad que aspira a la sensatez y al equilibrio. La política ocupa la atención de temerosos ciudadanos carentes de todo sentido de comunidad, excepto si sus intereses muy personales son vulnerados. Nunca antes había sido el ego indiscutible protagonista de la cotidianidad humana y nunca antes había sido tan exaltado, gracias a los omnipresentes medios de comunicación, y nunca antes había sido la inanidad tan buena materia prima para cualquier negocio. Reconozcámoslo, así de simple: es éste el mundo que nos merecemos. ¿Acaso hemos procurado realizar cambios más allá de nuestras convulsas y festivas apariencias? Alguna vez escuché a unos jóvenes escritores asegurar que a la gente de letras, en cualquier lugar del planeta, le cuesta tragar su resentimiento por la actual preponderancia de gente del espectáculo y deportistas. De tal modo, en general, se comportan algunas inteligencias: en sus escritos, las palabras espíritu, alma y corazón sólo refieren a un diccionario de arcaísmos.
  Nos encontramos con un síntoma evidente de nuestros días; escasamente comentado en las revistas humanísticas: la casi total rendición de los artistas a las fuerzas del poder comunicacional globalizado y uniformante. Las escasas y benevolentes campañas que pregonan la diversidad de razas y culturas, apenas respiran entre los arrolladores artificios de la publicidad, la televisión, la cinematografía y las disposiciones políticas de los poderes angloamericanos y angloamericanizados. Para tales poderes, con su ciencia y su técnica desaforadas, cualquier disidencia intelectual, cualquier empuje del corazón, es sólo un graznido salvaje sobre los tejados del mundo.
  El mundo estridente que nos ha tocado, la época de la humanidad superinformada pero exangüe, tal vez necesite poetas que no jueguen a su exclusividad, a su reclamado endiosamiento y menos aún que tengan fe en el veneno. Por los momentos las artes ostentan (quisiera estar equivocado), al menos en sus representaciones más conocidas y apreciadas, una sumisión al parecer general y poca fuerza de rebelión e ironía. No es casual que muchos museos y librerías ofrecen aires de supermercado.






El poder del conocimiento

  El conocimiento es poder, ése es el lema imperante. Los héroes fabricados en Hollywood y de los dibujos animados lo repiten como una consigna del Gran Hermano. No es raro ver a un niño que, mientras tira golpes y patadas, grita a todo gañote: el conocimiento es poder. Y cuando llega a la adultez (o así lo suponemos) la misma frase, como insertada por un programador de computadoras, lo acompaña toda su vida: en su trabajo, en su familia y en sus diversiones. Aquí, por supuesto, el conocimiento es el científico, el dominio de la técnica; pero demos por sentado que ese conocimiento científico y técnico al cual aludimos es el que se halla sometido a las manipulaciones para alcanzar y mantener el poder. Sería necio pensar que la ciencia y la técnica, por sí mismas, son dañinas; si no fuese por ambas estaríamos sometidos al exclusivo dominio de la Inquisición y las supersticiones.
  Cuando enfrentamos la ciencia y la técnica como si fuesen enemigas implacables, me estoy refiriendo a la nefasta escisión en el alma humana que señaló Bertrand Russell: la ciencia ha sustituido cada vez más el conocimiento-poder al conocimiento-amor; y a medida que se completa esa sustitución, la ciencia tiende a hacerse más y más sádica. Y también estoy pensando en otro señalamiento del mismo Russell: Tan pronto como se comprueba el fracaso de la ciencia considerada como metafísica, el poder que la ciencia confiere como técnica se obtiene a algo análogo a la adoración de Satanás, o sea, por renuncia al amor. De esa manera, ya no es el conocimiento por la verdad, ni siquiera por la veracidad, es el conocimiento de quienes no quieren experimentar el silencio ni quieren arrostrar la condición humana con sus glorias y sus bajezas, con sus prodigios y sus limitaciones. En este punto toca hablar de poetas, amantes o místicos o, sencillamente, del ser humano cabal.
  ¿Estaremos acariciando un ideal? No creo. No fue un ideal (tal vez un personaje legendario) quien dijo:
  Hay algo inherente y natural,
  que existió antes del cielo y de la tierra.
  Inmóvil e insondable,
  permanece solo y jamás se modifica;
  lo llena todo y nunca se extingue;
  lo podemos considerar Madre del Universo.
  No conozco su nombre;
  pero me veo forzado a darle un nombre:
  lo llamo Tao, el trascendente.

Sé, con la misma fuerza de una corazonada, que estamos lejos del asombro, de ese asombro para el cual Goethe dijo que vivía. Escribo asombro pensando en el ruiseñor de Keats, en el largo aliento de Whitman, en la Noche estrellada de Van Gogh, en los Himnos de Hölderlin, en el Otro poema de los dones de Borges; pienso en ese asombro que fue materia esencial de la escritura de Rilke; escribo asombro y recuerdo unos versos de Pavese: Estoy vivo/ y he sorprendido en el alba las estrellas; escribo asombro y me veo a mí mismo, como de diez años, sentado en el malecón de Ocumare de la Costa, asustado y llorando por el azul y la inmensidad del mar.
  Estamos lejos del asombro, y es poco decir. Sólo nos causa singular estimación lo que ideamos y producimos. Arrobados por la incesante invención y perfeccionamiento de artificios, no reparamos en cuanto late en nosotros y a nuestro alrededor; menos aún sentimos el silencio de los espacios infinitos que aterrorizaban a Pascal. Aquí tomo prestada una anotación del poeta Rafael Cadenas: No hago diferencia entre vida, realidad, misterio, ser, alma, poesía. Son palabras que designan lo indesignable. Pero a casi nadie le interesa lo indesignable; queremos seguridades, definiciones, conceptos, explicaciones. Cualquier hijo de vecino las exige. No importa si es académico, tecnócrata, policía, deportista o carnicero. El sentido religioso se cumple con la misa dominical, la realidad nos la cuentan la televisión y los periódicos, el misterio queda para brujas y gurúes, el ser es tema de filósofos anacrónicos, el alma es algo que irá a alguna parte cuando muramos, la vida es una especie de carrera contra reloj y la poesía es obsesión de gente descaminada, cuando no retórica sensiblera. Así llegamos al siglo XXI, orgullosos, sin saberlo, de esas y muchas otras carencias.
  Afortunadamente, el mundo no parece encaminado, de buenas a primeras, hacia la sociedad científica y superplanificada que describió Huxley en Un mundo feliz. Aún quedan bastantes contrastes, subversiones, contradicciones, desigualdades y, sobre todo, pese al afán uniformante de los tecnócratas, nos quedan la playa armoricana, la cueva de Montesinos, el dominio perdido del Gran Meaulness, la isla de Morel...
  Nuestra época ha seguido la derrota de Darwin, derrota en una doble acepción: como camino y como vencimiento. No quiero decir que con Darwin haya comenzado este ya largo dilema; supongo que se trata de fuerzas muy activas: se atraen y se rechazan en nuestra alma desde nuestro origen. Apenas me atrevo a señalar una paradoja obliterada: que haya sido Darwin, influyente y emblemático científico del mundo occidental, cuya obra originó tantas polémicas y tantas discusiones, quien haya confesado tan demoledora pérdida de gusto y sensibilidad. A diferencia de él, la casi totalidad de los seres humanos de nuestros días ni siquiera sospecha ese menoscabo en sus corazones. Darwin, al menos, pudo darse cuenta y eso abrió otro camino, otra derrota.
  Soy incapaz de predecir los traspiés o aciertos de la humanidad –ni siquiera para los próximos días. Al respecto, no soy pesimista ni propicio esperanzas. Mi actitud es la de quien se halla inerme ante un ejército invasor. Ésta es la época que me ha tocado vivir, no sé si mejor o peor que otras.
  Me emociona hondamente (valga el lugar común) que hace unos 2200 años Eratóstenes, con una vara y su minuciosa observación, dedujo, casi con exactitud, la circunferencia de la Tierra; que Aristarco de Samos, por la misma época, sostenía que la Tierra  orbitaba el Sol como los otros planetas y que las estrellas están a una enorme distancia de nosotros. Me emociona saber que Hipatia, nacida en el año 370 en Alejandría, fue matemática, astrónoma, física y jefa de la escuela neoplatónica de filosofía y me indigna saber que las hordas del arzobispo Cirilo la desollaron viva con conchas marinas y sus restos fueron quemados, sus obras destruidas y su nombre olvidado. Admiro la fundamental aventura científica de Galileo, que contribuyó, definitivamente, a desmontar el aparataje mezquino y fanático de la Iglesia Católica. Me cuesta comprender y me cautiva el complejísimo microcosmos de las partículas elementales y me agrada saber que unas de esas partículas elementales, los quarks, de las cuales se componen los neutrones y los protones, deben su nombre a una enigmática frase de James Joyce: “Tres quarks para Muster Mark”. Durante muchos años me ha acompañado la fascinación por las investigaciones de astrónomos y astrofísicos y su empeño en conocer el pensamiento de Dios.
  Doy por verdad que la ciencia está circunscrita a los límites del pensamiento; jamás podrá arrogarse su anhelada verdad de las verdades. La tarea por realizar consiste en devolverle a la ciencia su auténtica jurisdicción y mantenerla ajena a nefastos fines de control, manipulación y destrucción. Nos corresponde, como en tantas otras circunstancias de la vida, equilibrar las tensiones entre el conocimiento científico y el saber poético. Así como necesitamos saber que vivimos en un planeta ubicado en una especie de suburbio de la Vía Láctea, con igual primacía requerimos el incomparable goce y saber de modestas palabras como las que siguen:
    Y es de tan alta excelencia
  aqueste sumo saber
  que no hay facultad ni ciencia
  que le puedan emprender;
  quien se supiere vencer
  con un no saber sabiendo
  irá siempre trascendiendo.
    Y si lo queréis oír,    
  consiste esta suma ciencia
  en un subido sentir
  de la divinal esencia;
  es obra de su clemencia
  hacer quedar no entendiendo,
  toda ciencia trascendiendo.
   

   

miércoles, 17 de abril de 2019

Los ríos contenidos

(Relato inspirado en Hojas de hierba, escrito hace una década, y que ahora publico en la celebración de los 200 años del nacimiento de Whitman)


A Mery Sananes


Un joven de veinte años, en conflicto con la realidad acordada y consigo mismo, y bajo el influjo de la breve y temprana rebeldía de Rimbaud, tomó un autobús en el terminal de autobuses para ser otro en algún lugar del oriente venezolano. Llevaba en su morral dos franelas, dos pantalones y, gracias a un arranque providencial, Hojas de Hierba en la reconocida traducción de Francisco Alexander.
Conjeturó que conseguiría empleo en un restaurante, que viviría en una pensión de mala muerte y que amaría a una muchacha discreta, ajena a las imposturas feministas de sus condiscípulas. Su falta de apego a los escasos vínculos de dos años de vida universitaria en Caracas, le ahorraba la añoranza de alguien; aunque años después confesaría que una decepción amorosa, “no muy honda”, apuró su huida.
Quizás su inapetencia lo hizo parecer un pasajero extraño; los otros se hartaron en los humildes comederos donde se detuvo el autobús. Sólo el atardecer sobre la laguna de Unare lo sacó de su letargo acosado por la incertidumbre de los días venideros. Olvidó, por un rato, su incipiente errancia y el asedio asfixiante de su desarraigo. Pero el mundo no dejaba de ser distinto para sus sentidos: no estaban acomodados a las certezas comunes; no estaban del todo limitados por las convenciones perceptivas de su crianza. Él, así me lo han hecho entender reflexiones consecuentes, no era un ser distinto; apenas se le asomaba el renegado privilegio, dada su renuencia a conformarse con un “punto de vista”, de arrastrar la vida sin explicaciones. Era como alguien que recibe azarosamente un tesoro sin siquiera conocer el valor del dinero. Algo, íntimo e indescifrable, le decía que necesitaba una especie de fuerza heroica que defendiera su escasa cordura.
La rareza de las cosas le provocaba pánico y un estremecimiento recorría su espalda, como si un animal viscoso le saltara nerviosamente de la nuca a la cintura. Su vida se le figuraba la nostalgia de un desterrado atravesando un vasto desierto. El tiempo, en aquellos momentos en que el mundo rebosaba sus sentidos, desolaba el espectáculo de las horas consagradas a la empresa indetenible del progreso, que mueve a las dóciles siluetas de las ciudades.
Muchas veces intentó verbalizar el estado de su alma. Acumuló una selección de “intentos” en los que expresaba burdamente su descontento, como si tallara la forma de seres desconocidos en materia quebradiza. Cansado de no poder constatar en una página lo que había sentido, decidió volverse un místico en estado salvaje, sin dar oportunidad al trabajo de los años en el espíritu. Por eso atravesó pueblos que nunca antes había visitado y que años después conocería lo suficiente como para dedicarse al comercio fugazmente en ellos, lo cual le dejó más sinsabores que las ganancias anheladas.
La noche, iniciándose a su paso por Guanta, le devolvió unos versos de Clemens Brentano:

Yo quisiera extinguirme
como el canto del cisne moribundo
si aquella estrella que he mirado
no es ya la mensajera de la calma.

En el poco cielo que le permitía la ventanilla buscó las constelaciones fáciles de reconocer, aun para su ignorancia de la astronomía elemental, y se preguntó si de verdad el orden de las estrellas y los planetas había influido a la hora de su nacimiento. De ser cierto, ¿por qué le había tocado el destino de no comprender lo que asaltaba a su corazón?
En la oscuridad que el autobús transitaba velozmente, el tiempo dejó de ser sucesión, dejó de ser el río de Heráclito y la noche fue otro tiempo, sin relojes y sin urgencias, fue sueño ilógico y su cuerpo tembló de miedo, allí, entre tanta gente deseosa de llegar a alguna parte; el tiempo no era tiempo, aunque un velocímetro y un reloj pudiesen dar cálculos exactos, el tiempo era la noche rebasando el entendimiento de un joven solitario que no sabía qué hacer.
Sin pensarlo, se apeó en la entrada de Cumaná. Las calles brumosas estaban solas. Enrumbó sus pasos hacia donde creía que se hallaba el centro. De vez en cuando pasaban carros por puestos con uno o dos pasajeros, pero no quiso montarse en ninguno. Dos borrachos acostados en la acera discutían sin coherencia, “parecen políticos venezolanos”, pensó, y apenas pudo reírse de esa fácil comparación. Crecía en él la inquietud por no saber adónde iba, aunque seguía caminando como si estuviese familiarizando con esas calles que reflejaban su estado de ánimo.
Llegó a la orilla del río Manzanares: “exaltado por una pegajosa canción… de esas que se esmeran en hermosear ciudades intolerables”.
Mirando el agua oscura, bordeada por un paseo inmundo, lo sorprendió un muchacho, como de su misma edad, preguntándole: “¿qué buscas?”. Sin demora, soltó la retahíla de su insignificante aventura. El muchacho, a todas luces conmovido, le consiguió una habitación en un hotel barato, que parecía a punto de desplomarse, no sin antes citarlo para la mañana siguiente con el propósito de conseguirle trabajo en el almacén de su mejor amigo.
Apenas pudo dormir en el camastro chirriante y polvoriento; el ventilador pendiente del techo resultó una amenaza mortal mientras estuviese encendido. Sólo a ratos se adormitaba, pero un sueño se le presentó, breve y turbador: nadie lo veía ni lo sentía, sus palabras no se escuchaban aunque casi las gritaba a gente conocida que lo rodeaba, sus manos penetraban toda materia: era una sombra, era un muerto. Y despertó ahogado y le fue imposible volver a dormir. Esperó el amanecer anunciado por gallos distantes y los pájaros; esperó que el trópico ardiese afuera, en la calle de la necesidad y el ajetreo. Salió furtivamente, después de cumplir con su cuerpo en el baño destartalado y mohoso, jurando no regresar más nunca a “ese hotel de mierda”.
En una plaza cuyo nombre no se ocupó en averiguar, inútilmente estuvo esperando hasta el mediodía a su reciente amigo, creyendo verlo en cada peatón parecido. Le dolió no volver a verlo, pero se consoló pensando que en la vida hay tanta gente que vemos una sola vez.
Buscó el mar. Preguntando en cada esquina dio con el balneario orillado de taguaras llenas de moscas y bebedores escandalosos. Se acostó a la sombra de una uva de playa y contempló el mar y el cielo de azules diversos, a ratos interrumpido por los excitantes atributos de algunas bañistas.
La noche lo sorprendió adormitado, inmóvil como un tronco arrojado a la playa por el oleaje. Estaba solo, oyó ladridos de perros a lo lejos. La melancolía comenzaba a sitiarlo. Tuvo ganas de extraviarse en una multitud, de ser ceniza en el viento tibio de una gran ciudad. Pero el cansancio aplacó la desazón y cayó rendido de sueño hasta la madrugada.
Despertó asustado, estaba rodeado de cangrejos ariscos que al menor movimiento suyo se escondían en la arena. Las luces de un barco avanzaban hacia el este por el negro horizonte marino. Imágenes de sus muchos fracasos en su poca vida le impedían pensar sin angustia; los cangrejos reiniciaban su acoso cuando lo percibían inmóvil; el cansancio de su cuerpo luchaba contra las arremetidas de su desconcierto y de sus dudas. Al fin el sueño volvió a dominarlo, aunque la desazón insistía.
La mañana le deparó el goce de una soledad luminosa frente al mar sereno. Los alcatraces reanudaban su elegante pesca  y sus poses altaneras sobre las olas tenues. La fiesta de los colores del amanecer disipó su azoramiento nocturno y sintió un entusiasmo afín al del amante correspondido.
Al mediodía, otra vez el balneario colmado de bañistas, mientras tomaba una cerveza expuesto al sol con los pantalones arremangados hasta las rodillas, le provocó bañarse. Al principio no le agradaron el agua ni las algas que se enredaban en sus pies; luego se sintió a gusto y cantó un viejo bolero aprendido en la infancia y sintió que era magnífico, realmente extraordinario estar bajo el sol y nadar en el mar.
“¿Por qué nadie se da cuenta?, ¿por qué esta repentina sensación como de inmortalidad que me realza y vuelve más potentes mis sentidos?
¿Es esto a lo que se ha cantado y jamás puede expresarse?”.
Cuando regresó a la arena en busca de su morral y un lugar para cambiarse, la gente lo miró como si fuese un demonio que alteraba su tranquilidad y sus buenas conciencias. Era fácil advertir su descamino para esos turistas que convierten el ocio en un deber y una competencia ruidosa y un concurso de exhibición. Él, a su vez, reafirmó su indiferencia por la uniformidad de juicios y costumbres que torna escandalosa cualquier ligera falta a las apariencias.
Al sacar del morral el viejo jeans desteñido, éste trajo consigo sus despegadas Hojas de Hierba. Se vistió rápido detrás de una camioneta abandonada en el estacionamiento del balneario. Después ocupó una mesa en la taguara más cercana, sin reparar en el gentío y la música estridente, acompañado de una cerveza bien fría. Le contentó la suerte de releer a su viejo amigo. “¿Por qué te había olvidado en un viejo anaquel y ahora te recupero sin proponérmelo?”
Ahora encontraba el retrato de sí mismo, su propia voz cantando los largos versos del multiforme yo de Long Island.
 Hay algo en mí –no sé qué sea– pero sé que está en mí.
Crispado y sudoroso –sereno y frío se hace luego mi cuerpo,
duermo –duermo.
No lo conozco –no tiene nombre– lo expresa
una palabra que aún no ha sido pronunciada,
que no está en ningún diccionario, en ningún idioma,
en ningún símbolo.

Esas palabras, ahora suyas, le recordaron la pérdida en cada uno de nosotros de ese raro entusiasmo y de la sosegada atención en cada cosa de este mundo por más vil e insignificante que sea. Sólo el verbo gratuito podía devolverle la cordial relación con la realidad, con lo que creía el humilde propósito de la poesía y no ese afanoso universo de artificios verbales que consagran la ilusión de un arte concebido para el regodeo de personas engreídas.
 Quien toca este libro, toca un hombre
(¿Es de noche?, ¿estamos aquí juntos los dos solos?)
¿Soy yo a quien tienes y quien te tiene?
De estas páginas salto a tus brazos –me llama la muerte.

Comprendió (aparte de que la lectura de un libro depende también de los años del lector) muchos de sus juveniles actos inconformistas, comprendió su renuencia a encerrarse en aulas y, de algún modo, la causa de sus pésimas calificaciones en materias disecadas para rellenar de papel y frágiles certezas la inteligencia humana.

Cuando escuché al sabio astrónomo,
Cuando las demostraciones y números fueron puestos
en columnas ante mis ojos,
Cuando me fueron mostrados las cartas celestes y diagramas,
para que los sumara, dividiera y midiera,
Cuando escuchaba al sabio astrónomo dar su aplaudida
lección en el aula,
Qué pronto –inexplicablemente– me sentí fatigado
y enfermo,
Hasta que levantándome y deslizándome afuera, salí
a vagar solo,
En la  mística atmósfera nocturna y, de cuando en cuando,
Alzaba mi vista a las estrellas en perfecto silencio.

El prefería escaparse del liceo para vagar por los suburbios con sus compañeros. Otras veces se iba solo a un parque y se acostaba en la hierba a mirar el movimiento de las nubes, jugando con espesas bocanadas de humo; no le provocaba estar con nadie, pero no se sentía ni triste ni solitario. Fue en esa época cuando comenzó a darse cuenta de algunas absurdidades: la rutina; su educación prescrita en la mancillada Constitución. La realidad convenida se le hizo una farsa, cuyos actores se toman tan en serio su papel que cada uno de sus actos les parecen salvadores de un mundo siempre al garete.


¿Nunca has tenido una hora,
Un súbito destello divino, que ha precipitado y hecho
estallar todas estas burbujas, modas, riqueza?
¿Estos ansiosos proyectos comerciales –estos libros,
política, arte, amores?
Una hora de total aniquilamiento?

Supo, pasando de una página a otra sin ningún orden, que estaba leyendo en sí mismo; aceptó el abrazo intemporal del viejo poeta que se despedía anunciando al gran individuo, fluido como la Naturaleza, casto, afectuoso, compasivo, armado de todas las armas: iniciaba el reencuentro con ese otro que a veces se le insinuaba en sueños. Él también lanzó su graznido salvaje sobre los tejados del mundo, porque el don, el regalo inexplicable de estar aquí es demasiado breve para concedérselo al impostor que pugna por dominarnos. Recordó que una vez en un carro por puesto lo visitó el asombro al ver a una mujer amamantando a su hijo. Whitman, en uno de esos poemas que suelen juzgarse menores en su obra, le confirmó ese esplendor de lo trivial.

Veo al niño que duerme en el regazo de su madre,
La madre y el niño duermen –los observo largo tiempo
en silencio.

Aquel cuya vida es andar hacia sí mismo puede expresar (o no expresarlo, si no lo seduce el arte o lo ignora) la multiplicidad, la variedad del orbe. Él ha reído en un bar con los marineros de países remotos, él ama a una mujer única que es todas las mujeres, él es el delator y el delatado en un deshonroso proceso, él fue el nómada que erraba por inmensas llanuras inhóspitas, él es el hombre que riega las matas de su jardín… Su contemplación es la misma que la del joven enredado en sus incertidumbres y a quien el azar o una gracia del destino lo llevó a leer una página decisiva en su vida.

Me siento a contemplar todos los dolores del mundo,
y toda la opresión y toda la vergüenza,
Oigo los sollozos convulsivos, secretos, de los jóvenes
en conflicto consigo mismos, arrepentidos de sus actos,
Veo en el arroyo a la madre ultrajada por sus hijos,
que muere abandonada, extenuada, desesperada,
Veo a la mujer ultrajada por su marido, veo al seductor
infame de las jóvenes,
Observo el encono de los celos y del amor desdeñado
que intenta ocultarse, veo estos espectáculos sobre
la tierra,
Veo los efectos de las batallas, de la peste, de la tiranía,
veo a los mártires y prisioneros,
Observo el hambre en el mar y a los marineros echando
suertes para ver cuál habrá de morir para
salvar la vida a los otros,
Observo las humillaciones y degradaciones impuestas
por los orgullosos a los pobres, a los negros;
Todas estas cosas, todas las vilezas y agonías sin fin
me siento a contemplar,
A ver, a oír, y permanezco mudo. 

Y regresó a la ciudad de la que había huido. Supo, desde aquella tarde diálogo con el poeta que declaró su vanidad y su trascendencia, que para los ojos del amante de este milagro que somos y que nos empeñamos en destruir no hay símbolos privilegiados ni paraísos perdidos; sólo el ser humano que endiosa el cálculo y olvida el corazón del mundo convierte el vivir en una sucesión de días mustios. Quizás este joven llegue a decir su gran rechazo y su íntima devoción. Si no lo hace, el Universo no se alterará por ello; quizás contribuya con un verso o viva en silencio su desarmonía. Su vida será un desatino perenne y una pasión sin valor en el negocio de las ideas. Por ahora está aquí, en esta Caracas de ríos ultrajados y derechos perdidos, caminando con sus devociones, sus temores y sus demonios, sabiéndose mortal y eterno a manos llenas.


Horror por el tiempo: Juan Gabriel y María Zambrano

  Mario Amengual De inmediato, lo sé, el título que encabeza esta página apresurará juicios negativos o un rápido e indiscutible rechazo: ...