jueves, 29 de marzo de 2018

Una isla para siempre (primera entrega)

Proemio
Sabrán perdonarme el tiempo, y quienes concedan a leerme, esta insistencia de publicar mis relatos por entregas. Sin editor, sin plata y con puro empeño o necedad, me aventuro en estos tiempos desafortunados para Venezuela, donde se ofrece una joya con una mano y con la otra se aprieta un puñal, a cometer la impertinencia de afincarme en la silla y combinar letras con el teclado para urdir historias, cuando urgencias elementales mueven a quien esto escribe y a mis paisanos.

Muchas veces puede más la porfía que la desazón y, total, como suelen decir mis parientes más viejos: ¡pa cuatro días que vive uno! Vaya, entonces, Una isla para siempre, concebido en el desvelo, la angustia, las luchas de calle y ante las injusticias cotidianas en esta nave de locos, al garete y ensombrecida que es hoy Venezuela.




Parto, Eduardo Bárcenas.




A la memoria de Ligia Olivieri



Donde el cuco
desaparece
hay una isla

Basho




Hay una isla
 en la oscuridad y tú estarás allí
Mark Strand







Llevo tiempo aquí, en esta isla. Ya no sé si quiero volver a casa y no sé si puedo volver. De cómo llegué aquí recuerdo un antecedente en mi vida; por eso me pregunto, pese a las diferencias de las circunstancias, si aquella vez prefiguraba a ésta.
Aquella vez era un martes cerca del mediodía y yo vagaba por el centro de la ciudad, paseando el tedio y el sinsentido sin posibilidad de entrar a un bar o regalarme el cariño pagado y peregrino de una puta, cuando me encontré con Benito Briceño y José Espinoza, dos amigos que alguna vez me presentó mi primo Roberto. Son dos tipos sin profesión ni oficio determinado, pero se hacen llamar ingenieros y se dedican a contratar con instituciones del estado para cuanto ellas requieran: pueden vender desde una caja de bolígrafos hasta equipos de oficina y construir, con personal a su mando, carreteras, puentes, galpones y estadios de pueblos. Ya estaban achispados y por eso dadores de una amistad eufórica y generosa. Me invitaron a almorzar y entramos a uno de esos comederos concurridos, bulliciosos, baratos y frecuentados por toda clase de gente. Lo menos que pidieron fue comida. Las tandas de cervezas se sucedieron rápidas y sin reparos: después de quién sabe cuántas aparecieron en la mesa un plato de pepitonas picantes y unas galletas de soda. Fue lo único que comimos y mi estómago estragado y mi cerebro embotado más supieron de cervezas y cigarrillos como si no hubiese más nada en la vida que saborear.
A eso de las cinco de la tarde (supuse por el ajetreo de la ciudad) tomamos un taxi que entre colas y frecuentes mentadas de madre nos llevó a la casa de José Espinoza en un barrio inmediato al cementerio viejo de la ciudad. El anfitrión se dedicó a poner boleros en un reproductor de discos compactos, a servir taquitos de queso llanero, rebanadas de pan campesino y tragos de un ron oriental, supuestamente parecido al brandy, pero a mí me supo a cualquier lavagallos. Estábamos en el porche de la casa y nos separaba de la calle un angosto jardín de matas resecas y una verja baja de rejas oxidadas y columnas de concreto apenas frisadas. No sé a qué hora ni por qué, pero ya era de noche, se me antojó marcharme y no estaba ni borracho ni del todo sobrio, pero estaba en una especie de nube de indiferencia y lejanía en la cual ni la música ni los chistes ni las parrafadas politiqueras de José y Benito parecían provenir de un mundo cotidiano y necesario para la tranquilidad. Y aproveché que uno fue al baño y el otro a buscar más para picar y me escapé a la calle, abriendo la reja de la verja sin vueltas de llave, y caminé a capricho porque no sabía bien dónde estaba ni cómo llegar desde allí hasta mi casa, la casa de mis padres. Caminé varias cuadras, no sé cuántas, y me encontré ante la puerta principal del cementerio: no cargaba dinero ni pasaba un solo carro por esa calle y ahí me quedé, con la mirada fija en la puerta del cementerio, y supe otra vez de mí a una cuadra de mi casa, en la esquina del remate de caballos de Hugo Linares, sin saber cómo llegué hasta ahí sin caminar tan larga distancia ni montarme en vehículo alguno.
Tardé rato en saber dónde estaba. El tiempo era un fluido ligero sobre el cual yo me deslizaba. Entré al remate y le pedí a Hugo una cerveza: me voy a tomar tres cuando mucho y te las pago mañana. Sonrió con amabilidad de acreedor confiado y me la dio. Cuando iba por la segunda apareció Sonia en el umbral de una de las puertas de esa taguara.
-¿Dónde estabas? Te he buscado todo el día. ¿No te acuerdas del compromiso de hoy?
La miré como si la estuviese soñando. Me fijé en ese lunar junto al filtro; ese lunar, en el borde del labio superior, redondo y apenas abultado, lo miraba como se mira a la luna llena. Un vez más me perdí en ese cautivador lunar, centro de atracción de mi corazón sonámbulo.
-Creí que tus padres, para variar, te estaban negando. ¿Estabas dormido?
No sé qué le dije, pero me levanté, pedí otra cerveza, me la tomé en dos tragos y le dije que la amaba. Sonia es indiferente ante esas declaraciones de amor, actúa y responde, yéndose por otro lado, como aquella noche:
-Ven, mi amor. Nos están esperando.
Y nos fuimos a casa de una tía de ella a cantarle cumpleaños a una muchachita, a una prima, creo, mientras hablábamos de nuestro amor y nos besábamos. Otra vez no sabía dónde estaba ni cómo llegué a estar junto a ella, mi amor.
Te amo, le dije. La noche se convirtió en un orbe sin seguridad y sin razón de estar vivo. Después, al salir de la fiesta, pasamos largo rato encerrados en su carro, frente a mi casa, besándonos y tocándonos con la promesa de un día mejor. Le dije: sabes lo que pasa cuando a uno lo tocan demasiado y no se desahoga. Lo sé, hasta mañana, me susurró al oído. Nos besamos y volví mío, una vez más, ese lunar en su labio superior, más cerca de mi corazón que sus palabras.
Yo seguía como si estuviese soñando.
Pero esta vez, de este sin saber cómo y por qué estoy en esta isla ha pasado tiempo; ni largo ni corto, sólo ha pasado. Podría ser por la emetina: fue lo único que impidió que las amibas me destrozaran el hígado después de convertirlo en su provechosa morada. Una vecina del barrio, María la enfermera, era la encargada de inyectarme ese veneno cada dos días: deliraba, me volvía otro, pronunciaba largas parrafadas incoherentes, según me dijeron María y mi mamá. Sé que por varios minutos me ausentaba de mí y luego regresaba extenuado y sudoroso. Tal vez fue por ese ingrato remedio: la noche antes de salir de casa, Sonia pudo ofrendarme los encantos de su boca y pudo cabalgarme hasta el cansancio, hasta inundarla con un semen espeso y quemante, a pesar de mi debilidad.
En la madrugada me levanté y caminé hasta la sala y me puse a mirar por la ventana hacia el patio umbroso: un viento húmedo y frío hacía murmurar en un lenguaje universal y rara vez comprensible a las matas de los porrones y a los árboles. Me dieron ganas de fumar y sentí que ya no me repugnaría el humo del cigarrillo y así como aquella vez que después de un día de farra, lejos de mi casa, aparecí a una cuadra de ella sin aún encontrarle explicación a ese inconcebible traslado, así me encontré aquella madrugada al borde del lago, de pie a la mitad de un estrecho muelle de unos veinte metros de largo.
Una voz a mi izquierda se impuso al ruido de las aguas del lago estrellándose contra los postes del muelle:
-Llegaste a tiempo. Ya estaba por irme.
Apenas pronunció esas palabras, encendió el motor del peñero. Con un gesto de la mano me invitó a abordarlo. Era un hombre viejo, calvo, de mirada fruncida, nariz prominente y boca ancha de labios gruesos. No hablamos en todo el trayecto y al llegar a la isla me dijo, en un tono de fingida cordialidad:
-Espero que disfrutes tu estadía en esta isla. Adiós.
Me encaminé por un sendero resbaloso, cubierto de corocillo rociado. A todo lo ancho de la costa había numerosas fogatas dispersas en torno a las cuales pude notar siluetas humanas inertes y otras moviéndose con lentitud. No sabía adónde iba,  pero nada en mí contravino a mis pasos. Caminé, calculo, algo más de una hora hasta plantarme ante un edificio de cuatro pisos, de frente curvado, todo en obra gris y angostas ventanas verticales separadas entre sí unos cuatro metros. Empujé la hoja entreabierta del inmenso portón de metal: en el vestíbulo estaban tres ancianas de porte y vestimenta antigua conversando en voz baja. Me paré ante ellas y la más alta, de rostro severo y muy arrugado me dijo, mirándome a los ojos:
-Eres más joven de lo que pensábamos, pero igual eres bienvenido a La Herradura.
-¿La Herradura?- pregunté, pensando en que ese nombre me sonaba a castigo.
-Así es, La Herradura. Ese es el nombre de este edificio, por su forma- dijo otra de las ancianas, una encorvada, sin mirarme.
Y luego la otra, que daba la impresión de pasar los cien años y me hizo recordar a mi abuela paterna, me dijo, señalando la escalera que se abre paso por todo el medio del edificio:
-Tu habitación está en el cuarto piso. La séptima a la izquierda.
La más alta, la de rostro severo y muy arrugado me advirtió, cuando yo pisaba el primer peldaño:
-Después de que reposes  te diremos cuáles son tus obligaciones. Hasta luego.
Dormí muchas horas, eso creo, toda una eternidad, diría mi mamá, como si algún ser humano puede sentir o razonar ese tiempo abstracto, que es todos los tiempos y ningún tiempo. La eternidad: algo imposible de entender para el ser humano. Por lo menos sé que hay palabras sin sentido, que son sólo necesarias para no enloquecer. La eternidad es una de ellas. Creo que nada ni nadie quiere ser eterno. Yo menos.
Me levanté y bajé al vestíbulo: no había nadie. A la entrada estaban  las tres Morales, como ahora sé que así las llaman a las tres hermanas, y Tarenco, el barquero que me trajo a esta isla (si él no es maracucho,  Tarenco ha de ser un apodo). No era de día ni tampoco estaba tan oscuro como para llamarla noche: la propia penumbra.
Me acerqué a las Morales y a Tarenco. La más alta de las Morales, casi escupiéndome y empujándome me mandó al casino, en el extremo derecho  de La Herradura, en el único espacio techado de la azotea, aparte del “salón inaccesible”.
-Ahí te entenderás- me dijo.
El casino me pareció el sitio más indeseable de La Herradura: bulla en exceso, todo revuelto, el piso sembrado de colillas de cigarrillos, gargajos abundantes gruesos y sanguinolentos por todos lados, vasos y  botellas tirados en el piso. Todos gritaban, mujeres casi desnudas iban de un lado a otro y tipos  bastos y ofensivos les apretaban las nalgas o groseramente les tocaban la entrepierna; en un rincón, un tipo famélico le besaba y le mordisqueaba las tetas enormes a una muchacha pálida y drogada; pero me llamó la atención una mesa, al fondo, donde jugaban cartas. No me era un juego conocido ni quise saber cuál: apostaban fuerte, sobre todo míster Queen, un catire tosco y descomunal que mantenía abrazando por la cintura a una negra hermosísima y sensual por demás. Según supe después, ella es el amuleto de míster Queen: la llaman la Pepa de Billie Queen, porque ella le da suerte y cada vez que gana una mano le besa el ombligo siempre descubierto (siempre lleva puesta una blusa muy corta y escotada), y cuantas veces lo he visto cumplir ese ritual me lleno de envidia y deseo. Nadie sabe su nombre, sólo la llaman la Pepa y sólo sé que en La Herradura y en todo cuanto he podido conocer en la isla es la única mujer capaz de “levantar el ánimo” nada más de verla.
Aún no sé cuáles son mis obligaciones en el casino ni he tratado con nadie acuerdo de pago alguno al respecto. Supongo que como toda mi vida he sido mesonero, debo hacer lo mismo en el casino y ocasionalmente así lo he hecho: he servido tragos y pasapalos, además de ayudar un poco en la limpieza junto con las dos encargadas del mantenimiento: dos mujeres flacuchentas y desaliñadas, cuyo afán es limpiar vanamente el demencial casino, del cual salí espantado, la primera vez que estuve allí, por una puerta estrecha del fondo hacia la terraza de la azotea. Me recosté  del pretil que limitaba con la noche oscurísima de un cielo sin estrellas: me sentí en una noche cerrada en altamar. Era un mundo gélido y sin insectos nocturnos, confabulado contra la calma y la cordura. Nada daba muestras de haber  sospechas de vida más allá del pretil del cual me descubrí aferrado con toda mi fuerza, por miedo a caerme en esa oscuridad que ni en el recuerdo da tregua al asombro.
Volví a mi habitación después de subir y bajar decenas de escaleras, muchas de las cuales terminaban en recias paredes o en el principio de otra escalera ciega, pero al fin pude encontrar la habitación y echarme a dormir no sé por cuánto tiempo.

jueves, 22 de marzo de 2018

Nunca y siempre es tiempo de la poesía

A una convicción que me hizo suya en mi adolescencia y a la lectura de los discursos de algunos escritores al momento de recibir el Premio Nobel de Literatura, se deben estas líneas que corren a partir de un título paradójico. Se trata, si acaso es necesario denominarlo, de un ejercicio en el que tomo prestadas las palabras de indudables poetas de nuestro tiempo o, visto de otro modo, con legítimo derecho de lector las hago mías y procuro conjugarlas con palabras menos afortunadas: las que, para bien o para mal, me han asistido.
Primero, éstas de Derek Walcott: “La Historia es una olvidada noche de insomnio. La Historia y el temor primigenio son siempre nuestro origen, porque el destino de la poesía es enamorarse del mundo, a pesar de la Historia”[1].
¿Cómo no sentir ante ellas (las palabras de Walcott) el drama y la contradicción que todo aquel que emprende la aventura poética adopta como conclusión inevitable, impregnada de toda la fuerza de su veracidad? Bastaría con apenas asomarse a la vida de Francois Villon, tan sólo leer algunos pasajes de Una temporada en el infierno o simplemente recordar el Cántico espiritual de San Juan de la Cruz. ¿Y olvidaríamos a Georg Trakl y a Apollinaire, ambos marcados por el desenfreno bélico de sus días? ¿No fue ese el dolor individual e histórico de César Vallejo? ¿Acaso no supo Whitman de esos desencuentros de historia y poesía, aunque quiso aunarlas? ¿No fue ese el abismo por el que se precipitó la cordura de Hölderlin? Pero de poco servirán las enumeraciones, aunque digan mucho. Tal vez sea suficiente opinar sobre nuestra época, en la que, por cierto, el azote de la economía y el culto al progreso infinito tornan más comprometida la situación de la poesía y de sus aislados amanuenses.
La sucesión de conquistas de la inteligencia y de ruinas espirituales, debidas a la alianza entre la técnica y la política, pretenden no dejar espacio para todo aquello que no sea la fascinación por los artilugios relucientes y de pronta obsolescencia. No pocas veces la vida misma parece ínfima, mercancía de poco valor, ante el pujo humano por alcanzar fronteras y rebasarlas, sin descanso, sin límites y con insaciable afán. ¿Cómo pretender que la poesía sea un bien o una aspiración común si ya el asombro (o la capacidad de asombrarnos) se reduce al incesante interés por las maravillas de la técnica y los privilegios que otorga el poder en sus diversas pero unidimensionales formas? Por eso, no era para extrañarnos cuando apareció un escribiente de los poderes económicos y militares dominantes declarando el fin de la Historia; sí, esa misma Historia que Walcott sintió inevitable y pese a la cual la poesía se enamora del mundo. Hoy, el optimismo de aquel escribiente ni siquiera resulta risible; cuando mucho, sólo debería provocar un rictus condescendiente. En su momento, se sumaron en apresurada alharaca, como siempre, los infaltables epígonos de todo el mundo, permanentes ansiosos para adherirse a una tendencia de moda.
En 1990, dijo Octavio Paz ante la Academia Sueca: “La historia es imprevisible porque su agente, el hombre, es la indeterminación en persona”. Pero ya sabemos que el mundo no escucha a los poetas. De todos modos, ¿de dónde salieron tanto barullo triunfalista y tantas fanfarrias por el fin de la Historia? Obviamente de quienes quieren llevar el mundo a su antojo; ya no sólo la economía, sino las ideas, los pensamientos, los sentimientos y las conciencias. Y aún me consuela presumir que no lo lograrán. No será fácil mientras en cualquier parte de este planeta enloquecido arda la llama de la poesía, así como en la ficción de Bradbury (Fahrenheit 451) los libros, todos proscritos, sobreviven en la memoria de algunos seres humanos. Ese es un legado y más que eso: es una condición indestructible. Así lo dijo Faulkner y lo repitió García Márquez, ambos, también, ante la Academia Sueca.
El capitalismo reinante y el socialismo anunciado por algunos, con mucha insistencia hoy desde América Latina, son sistemas totalitarios porque, en esencia, no aceptan la libertad o autonomía del individuo, por más que éste demuestre su voluntad y capacidad para colaborar y asimilarse a la experiencia de proyectos colectivos. Los dos sistemas procuran, aunque lo disfracen sus proclamas y sus constituciones, que ningún hijo de vecino sea quien quiere ser ni haga carne y espíritu lo que Tales de Mileto, primero, y después Jesús de Nazareth, predicaron: “No hagas a otro lo que no quieres que a ti te hagan”. Sin esa tensión necesaria y predestinada entre el individuo y las masas uniformes el mundo de seguro sería un Paraíso; claro, sería el reino de los bostezos que, por abundantes, no competirían entre sí. En cambio, la poesía, cuyo tiempo nunca y siempre es, florece y se desparrama en la diversidad, en las contradicciones y en las oposiciones, y se asoma en todo horizonte que amenace con desaparecerla de la faz de la Tierra.
Para Saint John Perse “el poeta existía en el hombre de las cavernas y también existirá en el hombre de las edades atómicas; pues es parte irreductible de lo humano”. Mientras tanto no faltarán paredes ni páginas, incluidas las de internet, en las que el espíritu pueda expresarse: eso sí, el espíritu, no quienes pretenden sustituirlo con la hipócrita intención de disensos benevolentes, hoy proliferantes en todas las sociedades. No podemos negarnos a reconocer la abundancia de los que queriendo dar certidumbres sólo consiguen agrandar los desconciertos. ¿Cómo pueden los atesoradores de poder (y adoradores del poder) tropezar, sin molestias ni dudas, cuando no las esquivan, con frases lacerantes como éstas: “El poeta puede decir que el hombre comienza hoy; el político puede decir, y de hecho dice, que el hombre ha estado y siempre estará cautivo en la trampa de su cimiento moral; una estructura que no es congénita sino implantada por una infección secular lenta. Esta verdad, escondida tras las actitudes poco asequibles de la sabiduría política, sugiere como primera conclusión, que el poeta sólo puede hablar en tiempo de anarquía. La resistencia es una certeza moral, no una poética. El verdadero poeta nunca usa palabras para castigar a alguien. Su juicio pertenece a un orden creativo; no está formulado como una escritura profética”. (Quasimodo)
De ninguna manera se trata de propiciar o ejercer la rebeldía, más bien en el mundo hay demasiados rebeldes: algunos armados; otros disfrazados con el atuendo de cantantes estrafalarios; otros despotricando de sus rivales políticos… La lista es larga y no vale la pena ni viene el caso seguir nombrándolos. El asunto es sencillo, aunque por ello no deja de ser inquietante y profundo: los poetas, escriban o no, tienen que seguir siendo poetas, sean cuales fueren las convulsiones históricas que les toque vivir. Un buen ejemplo de esa “resistencia” de la poesía, de los poetas, es la Danza de la muerte castellana y también las Coplas de Mingo Revulgo y las Coplas del Provincial, y podrían darse más ejemplos. En todo caso, el poeta no puede (y me atrevo a decir que tampoco debería pretenderlo) vivir al margen de la Historia; de hecho, muchas veces su alimento, su único alimento, es la Historia y de nada valen los esfuerzos desmedidos de algunos por sólo labrar poesía de puro presente. Sería necesario despojarla de su intenso humanismo, de su mirada agradecida, de sus palabras y gestos  celebrantes para no afirmar junto con Neruda: “Sólo por ese camino inalienable de ser hombres comunes llegaremos a restituirle a la poesía el anchuroso espacio que le van recortando en cada época, que le vamos recortando en cada época nosotros mismos”.
En nuestros días, la advertencia de Neruda se ha hecho imposición, entre otras y muchísimas razones, porque la novela como género más dúctil y conveniente para el mercado deja a la poesía aún más rezagada, arrumada entre los trastos que el progreso y la globalización arrojan al basurero. Si la poesía en la palabra escrita logra abrirse paso en la ficción de las novelas, no hay duda de que lo consigue a duras penas y con escasas posibilidades de conquistar a la mayoría de los compradores de libros, aun cuando algunos cálculos y cifras permitan alentar cualquier esperanza al respecto. Sólo cuando la novela rebasa el límite de su función recreativa y supera la tentación de tratar sólo temas de moda o que por su naturaleza llaman fácilmente la atención del gran público, su código apuntará a otras realidades oportunamente obviadas (por los medios de comunicación, los políticos y los intelectuales) o simplemente reprimidas por el común de los mortales. Pero la trampa está armada y no es fácil caer en cuenta de ello, sobre todo si arrecia entre quienes escriben el regusto por la notoriedad y los aplausos. El éxito literario también tiene sus fórmulas, con o sin clichés.
La poesía que aquí se procura destacar, sea cual fuere el género literario en que aparezca, es aquella que, según Burckhardt, “aporta más que la historia al conocimiento de lo que es la humanidad”. Y a ella, insiste, la historia tiene que agradecerle “el conocimiento de lo que es la humanidad en general” y “los ricos elementos que le da para comprender las épocas y las naciones”[2]. No me refiero, y salgo al paso a la confusión, al abuso contemporáneo de la “novela histórica”, subgénero que en muchos casos ha servido para tergiversar la historia o para ofrecer una visión parcializada de alguna época y otras veces para infamar o exaltar a algún personaje o alguna clase social o algún grupo político. La poesía, en todo caso, ve lo imperecedero en medio de la Historia, por decirlo de alguna manera. En algunos casos, tal vez más de lo que comúnmente se piensa, adquiere su compromiso histórico para luchar solitaria y desoída contra los desastres que suelen acaecer durante y después del apogeo de la literatura propagandística que anuncia regímenes mesiánicos, los defiende (a cambio de dinero, cargos y privilegios) cuando se instauran y con ellos muere y queda en la historia como un sabor amargo en el paladar. Me aventuro a asegurar que la poesía, cuando lo es de verdad, es inevitablemente disidente: no se enamora del éxito o triunfo de cualquier índole; no se regodea en el fracaso, aunque lo padezca; por más que se intente, no está hecha para ser recibida con aplausos en los palacios de gobierno; menos todavía debe condenarse a su forma épica, ya superada y sustituida por la novela. Por algo Saint John Perse afirmó para siempre: “Y ya es bastante, para el poeta, ser la mala conciencia de su tiempo”.
A la interpretación interesada o errónea de palabras como ésas se debe la confusión entre responsabilidad, o compromiso, y militancia. Así sea muy elaborada y llamativa, no puede ser la poesía vocera de partidos ni de gobierno alguno: semejante creencia sólo es posible en sociedades adoctrinadas y fanáticas. Es de por sí la poesía voz discorde, incluso respuesta artificiosa o rayana al panfleto cuando toda forma de opresión y de fuerzas uniformadoras pretenden anular las contradicciones ínsitas del ser humano. Es inmedible el espacio y permanente el tiempo de la poesía; es incesante su combate contra las tendencias avasallantes que procuran neutralizarla, abierta o subrepticiamente. Se baña en las aguas de la Historia, toca el fondo de sus cauces y cuando sale a tomar aire sus bocas disconformes dejan el legado, su único propósito y su razón de ser. Si alguien desinteresado escucha sus palabras y se detiene y se estremece, luego las lleva consigo y las repite y las acaricia en su memoria, y corren por sus venas como su propia sangre; puede decirse, entonces, que la poesía ha “hecho su trabajo”, ha cumplido en las honduras renegadas del ser humano. Ese alguien, ese individuo, sabrá que “la Historia es una olvidada noche de insomnio” y difícilmente se comprometerá con redentores urgentes, y de asistir al mercado de los credos y las salvaciones, podrá sonreír con la benevolencia de un moribundo satisfecho.
Nunca serán suficientes la arrogancia del olvido, ni los brazos armados de los dogmas, ni las incesantes seducciones de la técnica, ni las profusas parrafadas de la demagogia para sacar a la poesía del corazón del ser humano y condenarla a los arrabales de la Historia, porque aun en las peores pesadillas de ésta, encontrará voces doctas o ignorantes para advertir de su presencia en todos los tiempos y presentarse con el ropaje que encuentre en la soledad y el silencio de quienes lleguen a dar con ella, al margen de las fraseologías dominantes y el ciego progreso.



[1] Esta y las siguientes citas de escritores y poetas que han recibido el Premio Nobel de Literatura las he tomado de: Discursos Premio Nobel, Colección Los conjurados, Volumen 1, Común Presencia Editores, Bogotá, 2003.
[2] Jacob Burckhardt, Reflexiones sobre la historia universal, Fondo de Cultura Económica, Colección Popular, p. 116.

jueves, 22 de febrero de 2018

Nueva y necesaria defensa de la poesía


El sentido poético

Aún prevalece la creencia de que la poesía es el arte de escribir versos. A ello contribuye, en buena parte, la usual arrogancia de quienes se dan a la tarea de escribirlos. Consideran de su exclusivo patrimonio la “república de la poesía”. El vulgo, por lo demás, le guarda reverencia al que, con o sin rima, florea sus palabras; y a los que escriben adrede arrítmica y herméticamente, muy a su pesar, también los considera poetas.
Lo cierto es que la poesía queda limitada a la palabra, sobre toda a la impresa. Como sólo en las palabras vive la poesía, entonces se impone un dogma: no hay poesía sin libros.
De vez en cuando se habla de actitudes poéticas. Es el caso de algunos bohemios, gente desprendida, poco afecta a los bienes materiales y, supuestamente, menos agobiada por los prejuicios comunes. “Fulano es poeta porque bebe y conversa hasta el amanecer y duerme donde lo agarre el sueño”.
Creo que la poesía, para bien de algunos descaminados, muchas veces se presenta en los poemas. ¿Quién se atreve a negar su presencia en la portentosa voz de Walt Whitman, en la travesía infernal de Arthur Rimbaud, en la vieja sabiduría del Tao Te King, en las sentidas coplas de Jorge Manrique, en las conversaciones de Hölderlin con los dioses? Pero me parece que la poesía es más que una de las artes y es más que palabras, aunque a veces sólo ellas la reivindican.
Lautreamont afirmó para siempre que la poesía debe ser hecha por todos. Y vale agregar: si no hecha por todos, al menos vivida por muchos. Creo en una fuerza, don o privilegio del ser humano, y como me veo forzado a darle un nombre, lo llamaré “sentido poético”. No es un concepto, no es un fenómeno constatable en un laboratorio, no es una deducción después de largos análisis, no es una cualidad  física ni un punto determinado del cuerpo humano, no es algo explicable ni que requiere convertirse en materia de estudio. Pese a nuestro empeño en parcelar el conocimiento y ponderar el que se basa en el método científico, el sentido poético es la principal forma de conocimiento; aún más, es el saber los saberes.
Nadie en este mundo, sea cual fuere su profesión u oficio, dará pasos ciertos si el sentido poético no lo acompaña. Sin él, la humanidad puede concebir maravillosas obras, pero ellas jamás exhalarán ese aliento que hace enmudecer con reverencia. El sentido poético es la única genialidad común en nuestra especie. Quien, de pronto, se halla invadido de sentido poético, comprende y reconoce su justo lugar en el mundo y no contraviene los misteriosos designios del Ser; sabe sin elucubraciones, habla sin pretensiones de imponer criterios, actúa sin querer dominar, toca sin querer conquistar.
Sin sentido poético, las ciencias, la tecnología, la política, las religiones, las artes, los oficios, todo el mundo humano se restringe a meras fórmulas, a inflexiones de la pura apariencia. Sin sentido poético, la realidad humana es apenas la deplorable sucesión de luchas por tener, destruir y avasallar. Por eso, en estos días de exaltadas confusiones y alteraciones, de renovadas ansias de encontrar un destino seguro (¿acaso el destino puede y debe ser seguro?), ahora, cuando todas las formas de política, convivencia y conocimiento son esencialmente cuestionables y marginalmente cuestionadas, el hallazgo del preterido sentido poético es, tal vez, la única manera de conjugar nuestros aciertos  y nuestros desatinos. Recobrar el sentido poético no sería, me atrevo a opinar, alcanzar la esperada redención, porque no estamos ni al principio ni al final de la Historia. Vivimos un episodio de ella, tan estremecedor como cualquier otro, pero una vez más estamos en el punto de sentirnos humanos a cabalidad, para saber, con cordial certidumbre, que somos más de lo que creemos y menos de lo que pensamos.


De la poesía como contraste

Por más que algunos apologistas del capitalismo, a los que se ha convenido en llamárseles futurólogos, celebren el fin de la masificación y el comienzo de una época de extraordinaria diversidad, basada en los últimos prodigios de la tecnología, hay quienes seguimos viendo en el mundo esa uniformidad que tanto alarmó a Stefan Zweig. No dudo que hoy, más que nunca, el ser humano dispone de una inmensa variedad de artificios que consagran su condición de "animal racional”.
Depende como se vea. Nuestra capacidad inventiva sirve, generalmente, al afán de poder y lucro, al mero placer de la rivalidad. ¿No está  visto que la misma ciencia, negando sus fronteras, se empeña en dominar la naturaleza, dando por sentado que su manipulador está  al margen de ella? Hay, visto así, monotonía de las intenciones humanas, cualesquiera sean sus métodos y sus formas.
Es en este punto donde creo que la poesía puede cumplir una función, inusitada en la Historia. Le corresponde a la poesía ser contraste, porque en su terreno se descubre que el éxito y el fracaso son antípodas de una misma trampa; le corresponde ser contraste por lo que diga y por lo que calle, por el reconocimiento, sin disfraces, de nuestras limitaciones. En toda esta novela a trancos, a la poesía le corresponde ser la mala conciencia de la época. Después de todo, el mundo no está  esperando que los poetas salgan al foro entre luces de colores.
Si antes el mapa estaba dividido en dos bloques y “las mejores inteligencias” se ubicaban de uno u otro lado para defender el suyo y despotricar del otro, ahora no existe o anda cesante el espantajo del comunismo. Quizás ha ganado el buen discernimiento para quienes perciben la falsedad de los dilemas. Y allí aparece nuevamente la poesía (o el sentido poético) en plena disposición para quienes estamos hartos de iglesias e ideologías.
¿No parece obvio que el libre mercado y la libre competencia entre los individuos y entre las naciones (o corporaciones) se consolidan como justificación de peores avasallamientos y expoliaciones? Al menos yo no estoy convencido de las bondades de la sociedad actual: pienso y siento que le falta espíritu, alma y corazón. Insisto en la modesta y acallada combatividad de la poesía, en el sereno y sosegado saber que no es la desesperación por conocer o poseer información.
Es tarea ardua, sin prescripciones ni fórmulas, pero al poeta, no su disfraz o estereotipo (y puede trajearse como mejor le parezca), ha de ser el protagonista del contraste. No para envanecerse o arrogarse privilegios; de esa manera sólo sirve a la causa de su propio ego. Es otra su tarea: tal vez novísima y necesaria. No será dando golpes de martillo o de sable, ni resguardando los bienes de la cultura en una isla lejana, como quiso alguna vez Valéry.
No se trata, según veo, de un cambio de escenario o de una convulsión estética; me refiero a un sustento menos ampuloso y elaborado. Comenzaría, por ejemplo, con un verso Goethe: “para asombrarme existo”;  o con una declaración del mismo Goethe: “lo más alto a que puede llegar el hombre es el asombro”; o con este verso de Pavese: “ estoy vivo y he sorprendido en el alba a las estrellas”; o con el sabor de la existencia en la comisura de los labios.
En una sociedad que presume de amplitud y diversidad de pensamiento, pero que a simple vista muestra su uniformidad de conductas y pareceres, sólo la poesía puede devolvernos el asombroso milagro de la cotidianidad y librarnos de esa insensibilidad triunfante que todo lo encuentra evidente, comprensible por sí mismo.
Con el asombro como aliento y el vivir como propósito fundamental, el poeta (no su parodia) se halla casi obligado a buscar puesto en la sociedad. Si ha de escribir, que sea como Don Quijote le dijo al Caballero del Verde Gabán: “la pluma es lengua del alma; cuales fueran los conceptos que en ella se engendraren, tales serán sus escritos”.


¿Predicción o esperanza?
Tarde o temprano en este nuevo siglo y también nuevo milenio (si nos atenemos a cuentas cristianas), la poesía arrasará  sus imposturas y acabará  con las fatigadas jerigonzas del siglo XX: se burlará de las falsas otredades, de las hipócritas disidencias, de los innecesarios hermetismos. Sin abandonar su indispensable femineidad, volverá a ser viril; dejará  los amaneramientos de muchos de sus renombrados ejecutores.
Sin dejar de ser universal, recobrará  su frescura aldeana; esa frescura que los llamados poetas le han quitado de tanto adentrarse en las más variadas pretensiones supuestamente trascendentales.
Si no llega a ser canto para todos, tampoco será  susurro de engreídos, de quienes creen tener la llave de todas las puertas.
A fuerza de desengaños y caídas recobrará la irreverencia y la mordacidad que le dio Villon; la sacralidad que le otorgaron Dante, Keats, Wordsworth, Coleridge y Hölderlin; la rebeldía de Rimbaud, procurará  las ambiciosas comuniones que cantó Whitman, la desazón de Jorge Guillén, la modesta ironía de Antonio Machado, el dolor inexpresado de Vallejo y, sobre todo, recibirá  el aliento de quienes por hurgar en todos los tiempos le cambien el rostro o, mejor dicho, le den un rostro, porque últimamente suele llevar máscara.
Más que ninguna otra época, la nuestra necesita que se le arranque el sueño a golpes de martillo, y eso sólo podrá  cumplirlo la poesía. Necesita  más que palabras, más que premios, más que pellizcos a las apariencias. La poesía reventará seguridades, explotará comodidades, desmembrará  cadáveres, le quitará  aire al que le falte aire y tierra al que le falte tierra, sin ser beligerante ni valerse de la violencia. La verdadera crisis (que no es la de las columnas de números ni la de los más diversos gráficos) se extremará, porque nada muere sin evitar la agonía donde se luce la muerte danzando.
De tanta virtualidad y realidades superpuestas ya somos sordos, ciegos, mudos y nuestra piel es como un cuero al sol. Llevamos y repartimos palabras; pero rara vez damos a luz alguna como el sol al despuntar o ponerse, o como el disparo acertado de un arquero.
La poesía ha perdido pasión, cierta rabia y cierta inocencia que nuestros ojos han cambiado por palabras y consignas aturdidoras. Saldrá  la poesía a quitarnos las lagañas de civilización ruidosa. De alguna manera ya ha comenzado a decirnos que los ídolos nos han dejado sin dioses y la banalidad ha terminado por tragarse lo sagrado.

Antes de declinar y conjugar todas nuestras sinrazones, la poesía volverá  a ser invitada a la mesa donde se celebra la existencia y porque en alguna esquina comenzará  la procesión.

miércoles, 14 de febrero de 2018

Acerca de la tolerancia en la política


I
Sin ánimo ni credenciales de filólogo, considero conveniente echarle un vistazo a las distintas acepciones del verbo tolerar. Dice el Diccionario de la Real Academia: 1 Sufrir, llevar con paciencia. 2 Permitir algo que no se tiene por lícito, sin aprobarlo expresamente. 3 Resistir, soportar, especialmente un alimento, o una medicina. 4 Respetar las ideas, creencias o prácticas de los demás cuando son diferentes o contrarias a las propias.
También vale la pena tener en cuenta lo que de tolerar registra la Enciclopedia del idioma de Martín Alonso, que “explica el significado y evolución de cada palabra y cada acepción por siglos, con la autoridad de más de mil quinientos autores medievales, renacentistas, modernos y contemporáneos”: 1 s. XVI al XX. Sufrir, llevar con paciencia. Góngora: Obr., III-236. 2 s. XVIII al XX. Disimular algunas cosas que no son lícitas, sin consentirlas expresamente. Fdez. Moratín: Obr., IV-255. 3 s. XIX y XX Soportar, llevar, aguantar. Unamuno: Ensayos, 1942 ( y siguen las referencias a otros autores).
Vistas esas acepciones, cabe preguntar: ¿cómo nosotros entendemos la tolerancia o qué creemos que es la tolerancia? A excepción de la tercera del Diccionario de la Real Academia, todas las demás son el tema de estas líneas y se impone desgranarlas en relación con la vida política venezolana, para mantenernos en fronteras más modestas y reflexionar sobre una realidad, si bien no conocida del todo, al menos más familiar.

II

Si la tolerancia es sufrir, llevar con paciencia, sin duda que en Venezuela hay bastante dicho y por decir. Salvo algunos períodos de bonanza locuaz, nos hemos acostumbrado a soportar los gobiernos, los partidos, el dictador o la clase dirigente. Si no me equivoco, las dos primera décadas de la democracia puntofijista venezolana fueron, en esta acepción, intolerables sólo para una minoría. Pero de pronto, como caen las estructuras de bases débiles, en las décadas siguientes se hizo intolerable para la mayoría porque una minoría se hizo intolerante en cuanto a aceptar que la democracia es para todos y no sólo para ella, privilegiada y única beneficiaria de sus libertades y su laxitud. Por más acomodos, reacomodos y golpes de pecho, el mal llegó y se hizo poco o no se hizo nada para acabarlo. Se acentuaron las desigualdades de toda índole, que era una forma de intolerancia de quienes ejercían el poder: desantedieron reclamos, peticiones y protestas, en nombre de una democracia sólo de vitrina, de pura exhibición y apariencia. Al consolidarse los “cogollos” y dejar que la democracia se limitara al sufragio, con su muy cuestionable limitación de apartar los cargos de elección para quienes conformaban esos “cogollos”, poco quedaba por defender o empeñarse en mantener, al menos para la mayoría que sufría o llevaba con paciencia un sistema político cada vez más injusto y negado a los cambios institucionales y a la ampliación de las oportunidades para los ciudadanos.
¿Y ahora qué? Los revolucionarios bolivarianos, a pesar de sus prédicas a favor de la participación, no han tardado en repetir  la elección a dedo de sus candidatos en franca contradicción con lo que esperan las bases de sus partidos. No son pocas las entidades federales donde la militancia bolivariana siente el peso de una minoría intolerante, guiada por las más cuestionables conveniencias. Además, la revolución bolivariana ya no la toleran muchos venezolanos (en el sentido de sufrir, llevar con paciencia): una buena parte se le opone abiertamente y otra considera (los ni ni) que no ha hecho buen gobierno, pero tampoco quiere nada con la Coordinadora Democrática, también minada por la intolerancia.
Pero, a mi juicio, la peor muestra de intolerancia de la revolución bolivariana (algunos juzgarán que son otras y más evidentes) es la que han padecido y padecen muchos ciudadanos que habiendo cumplido los requisitos legales y económicos para ser beneficiarios de los planes de vivienda instrumentados por una institución del Estado, cuando les toca recibir su vivienda se encuentran con que no le ha sido asignada por la única razón de haber firmado para la revocación del mandato del Presidente. Alguien, me adelanto, me dirá que los planes de vivienda de la Cuarta República privilegiaban a los militantes del partido de gobierno o que si alguien no está de acuerdo con el gobierno bolivariano por qué espera ser beneficiado por él. Entonces, respondo, como ya lo he hecho en varias ocasiones, por qué la revolución bolivariana repite uno de los malos ejemplos de sus predecesores en el poder y por qué contradice de manera tan reprochable el artículo 82 de su propia Constitución, el cual dice en su segundo párrafo, para no citarlo todo: “El Estado dará prioridad a las familias y garantizará los medios para que éstas y especialmente las de escasos recursos, puedan acceder a las políticas sociales y al crédito para la construcción, adquisición o ampliación de viviendas”.

La revolución bolivariana será “bonita”, según la define su líder, pero también en este punto es intolerante y ha obligado a mucha gente a practicar la tolerancia, como sufrir o llevar con paciencia, aunque a algunos los ha desmadrado su ambiciosa impaciencia.

III

Dice la segunda acepción del DRAE: “Permitir algo que no se tiene por lícito, sin aprobarlo expresamente”.
Como me sobran los ejemplos, voy a prescindir de ellos. En Venezuela los tenemos, más que petróleo, para regalar. Una secular tradición de ese azote llamado corrupción administrativa, sumada a la muy venezolana costumbre de hacernos los pendejos, da para escribir una enciclopedia venezolana de esta forma de tolerancia.
Permitir lo que no se tiene por lícito, sin aprobarlo expresamente, nos ha convertido en una sociedad de cómplices, aunque es justo reconocer que a veces se trata de una complicidad forzada. En todo caso, ni la actual república ni las precedentes se salvan de esta tolerancia que saquea y ha saqueado el erario, y ha convertido la justicia en una señora que hace mucho botó la balanza y anda con la mano extendida y una venda transparente cubriéndole los ojos. Permitir lo ilícito, o al menos lo inconveniente para la mayoría, primero quebrantó la misión fundamental de nuestras instituciones y, al paso de los años, de tanto dejarse correr la arruga, terminó por provocarle la degeneración que hoy ostentan. Cuando cualquier venezolano declaraba alegremente que “a mí que me pongan donde haiga” o “bien pendejo es el que llega al gobierno y no sale lleno”, definía nuestro carácter político y decretaba la principal tara de nuestra institucionalidad. De hecho, en Venezuela ha sido y es imposible gobernar sin permitir que algunos o muchos copartidarios se dediquen al “guiso”, al cobro de comisiones o a la trácala. Y quien quiera mantenerse en el poder, según hasta ahora se ha urdido nuestra historia, debe tolerar a sus corruptos o a corruptos de anteriores administraciones si las conveniencias (las suyas o las de su minoría) se lo imponen.
De nada han valido ni valen las denuncias de la gente honrada o perjudicada por las trampas; tal es así, que en varias décadas de aprovechamiento ilícito de los dineros públicos, sólo se recuerda a un solo preso por ese delito. No podemos decir, entonces, que no somos un país de gente tolerante, porque ya vimos que si de sufrir o llevar con paciencia gobiernos o de permitir actos ilícitos se trata, aquí no ha cambiado nada y la misma realidad se encarga de demostrar que somos duchos en ambas formas de tolerancia. Pero podremos superar el marasmo de esas tolerancias pasivas o, si se quiere, negativas, para llegar a la tolerancia que estos tiempos nos exigen.
Quizás ya no es tiempo de poner la otra mejilla, ni mucho menos de dejar que otros hagan y deshagan, según hacia donde sople la brisa.

IV
Al llegar a la tercera acepción de tolerar según el DRAE, chocamos de lleno con todas las contradicciones, discusiones y puntos de vistas o propósitos irreconciliables de la humanidad. Quedarnos dentro de las fronteras venezolanas es imposible: la tan aplaudida, publicitada y muy real globalización exige considerar nuestras disputas internas como parte de un escenario (en sentido literal) mucho mayor.
Así como al principio advertí mi falta de ánimo y de credenciales de filólogo, ahora me toca hacerlo con cualquier intento de pasar por especialista en materia tan difundida como la globalización, porque, de hecho, no soy especialista en nada. Más bien pretendo compartir preguntas que no me abandonan y opiniones al respecto que me parecen dignas de ser traídas a colación. Algunos autores venezolanos (conste que no por nacionalismo intelectual) me auxilian; los cito y los comento a continuación.
Si se pretende darle valor universal a la tolerancia en el mundo globalizado, es obvio que sus alcances y su práctica no presenten excepciones. Cabe tener presente  las siguientes palabras de Antonio Pasquali*, que caracterizan acertadamente la globalización vigente: “Una globalización espuria y compulsiva despachada por natural, piloteada por oligarquías ahora todopoderosas y con poder militar de disuasión; un lecho de Procuste en el que todos los valores deben alinearse al valor dinero. Para legitimarse, le faltaría cumplir cuando menos con un principio y un sentimiento, ambos kantianos y esenciales, que ella viola sitemáticamente: el principio de comunidad o reciprocidad, esto es, la posibilidad abierta de todo paciente a convertirse en agente (de pensado en pensante, de comprador en vendedor, de mudo perceptor en comunicante emisor); el sentimiento de respeto sincero a normas del coexistir éticamente justas. En realidad de verdad, nada de lo añadido por el hombre a la naturaleza, ni siquiera las prodigiosas comunicaciones actuales, puede aspirar en esta fase de la evolución de la especie, y con pleno derecho, al atributo de ‘globalizador’; muchísimo menos la economía de mercado, terreno más propicio al ejercicio del homo homini lupus que del ama a tu prójimo como a ti mismo”.
Aunque las palabras de Pasquali no necesitan explicación alguna, de ellas puede deducirse una intolerancia globalizada, más que una globalización en términos de igualdad en todos sus aspectos, pues es evidente que no respeta las diferencias ni las disidencias. La opinión de un supuesto demócrata venezolano* refuerza, desde su punto de vista y con intereses distintos, esta apreciación: “Gústenos o no, y a mucha gente no le gusta, existe una superpotencia que tiene, de acuerdo con sus propias circunstancias, distintos niveles de tolerancia con la disidencia mundial sobre su rol dentro del concierto mundial de las naciones”. Es decir, the big stick juzga y es tolerante de acuerdo con sus intereses, que casi nunca son los de otros, y puede permitirse, como es bien sabido, su alianza con una dictadura que le es leal y  su rechazo a una democracia que cometa el error de contradecir sus políticas.
No habrá demorado el lector en preguntarse por qué esta modesta reflexión sobre la tolerancia desembocó en señalamientos a la globalización y opiniones opuestas a ella, tal y como se está llevando a cabo. En Americanismo y democracia*, de Enzo Del Bufalo, podemos encontrar una respuesta: “la extensión de la democracia representativa en el ámbito nacional no sólo no impide, sino que favorece la segmentación aristocrática de la Comunidad Internacional. Los nuevos foros de decisión de la Comunidad Internacional están restringidos a los líderes del polo corporativo global –como es el caso del Grupo de los Siete que configura la máxima instancia del poder ejecutivo mundial en la cual el presidente de los Estados Unidos tiene poderes dictatoriales-, o son instituciones que tienen representantes de todo el mundo, aunque el poder de decisión efectivo está en manos de los miembros del polo corporativo”. Y más adelante: “Las ventajas que el nuevo orden ofrece son sin duda una mejora frente a la barbarie despótica arcaica, pero no hay que olvidar que todo poder despótico eficaz satisface necesidades reales y en esta satisfacción está su base de sustentación principal. Los derechos humanos no pueden hacernos perder de vista que quien los defiende, aplicando una doble medida, es un nuevo poder despótico que se denomina Comunidad Internacional. Vale la pena recordar aquí que la caracterización clásica de poder despótico es la de ser legibus absoluto; es decir, absuelto, no vinculado por las leyes que garantiza, es un poder externo al sistema que funda”.
Entonces, a los ciudadanos comunes y corrientes, creyentes en los derechos humanos y deseosos de su instauración definitiva en el mundo, que discurren sobre la tolerancia y con mucho esfuerzo tratan de realizarla, los acogota una máxima popular: “Si no nos agarra el chingo, nos agarra el sin nariz”. Y sabiduría popular aparte, pueden padecer un enorme dilema al que los llevan los avatares políticos; o sea, o son víctimas de la intolerancia local o de la intolerancia internacional señalada por Pasquali y Del Bufalo, y muchísimos otros pensadores. Realizar la tolerancia en sentido activo o positivo, la tolerancia como respeto y consideración de opiniones y prácticas diferentes o contrarias a las propias, implica un desafío mucho mayor y alude a una trascendencia que rebasa los límites de todo individuo y de toda nación. Además, es urgente superar los clichés sobre la tolerancia, tan fácilmente atribuida a todo el que se declare demócrata: no sólo los dictadores, los fundamentalistas y los intransigentes de toda calaña son intolerantes.

V
Ser tolerante, que es un ejercicio de libertad y para la libertad, supone la enseñanza y práctica de ella. En su famoso discurso Sobre la servidumbre voluntaria (hacia 1548), afirma La Boétie que “bien advirtió el Gran Turco que pueden más los libros y la instrucción que cualquier otra cosa para fomentar entre los hombres el sentido de reconocerse y el odio a la tiranía”. Claro, habría que discernir cuáles serían esos libros y cuál esa instrucción o suplirlos, en esa frase, por la libre discusión de las ideas porque corremos el riesgo de padecer algún adoctrinamiento (ya sea por la propaganda o por la letra con sangre entra) y de confundir homogeneización de pareceres con acuerdos a pesar de las diferencias. No es nada fácil el ejercicio de la tolerancia y sí muy peligroso reducirla a valor universal sobre los supuestos de las bondades de la democracia sin desenmarañar la trama de argumentos y conceptos que la envuelven en la actualidad, porque “en las democracias con capitalismo de Estado, la arena pública ha sido ampliada y enriquecida por la larga y enconada lucha popular. A la vez, la concentración del poder privado ha procurado restringirla. Estos conflictos constituyen una buena parte de la historia moderna. La manera más eficaz de restringir la democracia es transferir la toma de decisiones, de la arena pública, a instituciones que no responden ante nadie: reyes, príncipes, castas sacerdotales, juntas militares, dictaduras partidistas o las modernas sociedades anónimas” (Noam Chomsky, El arma decisiva, rebelión.org / chomsky.htm, 18 de junio de 2001). De manera que dar por sentado que la democracia es el “ambiente” idóneo para la tolerancia puede ser una ligereza si no se toca el fondo y no se lleva a cabo una especie de radiografía de la democracia o de las democracias vigentes.
Si ya no es tiempo de poner la otra mejilla, ni mucho menos de dejar que otros hagan y deshagan, según hacia donde vaya el viento, ¿quiénes persistirán en la intransigencia?, ¿no hay manera pacífica de superar las diferencias y las divergencias? Referendos y otras consultas populares lucen poca cosa, pese a ser productos de grandes esfuerzos, cuando se descubre que en la maraña de “nuestras democracias” hay demasiados diablos detrás de las cortinas y que no parece suficiente con sólo declarar respeto por las ideas, creencias o prácticas ajenas cuando son diferentes o contrarias a las propias.
 






 



* Del futuro. Hechos, reflexiones, estrategias, Monte Ávila Editores Latinoamericana, Caracas, 2002.
* Alberto Quirós Corradi, “Cuatro píldoras de un mismo frasco”, El Nacional, 10 de febrero de 2002.
* Monte Ávila Editores Latinoamericana, Caracas, 2002.

martes, 30 de enero de 2018

Notas desde el barranco (VI)

13
A veces, cuando se me hace indispensable el más concentrado perfume de la realidad de la calle, la misma que pateo todos los días, me voy a cierta taguara donde confluyen toda clase de amigos y conocidos (mecánicos, albañiles, rebuscadores, profesores, entrenadores de diferentes disciplinas deportivas, mesoneros, jubilados de toda calaña, incluso médicos y policías y malandros y caleteros y verduleros y carniceros y vendedores de cuanta cosa hay en este mundo y más): estar ahí me devuelve a un origen y a un sentido de lo que en este país ha robado la demagogia redentora desde hace varias décadas, pero agravada por  quienes se permiten hablar en nombre de todos y a la larga, o más bien a la corta, son aprovechadores de un capricho del destino.
Allí estuve el viernes pasado: unos tomaban ron, otros cervezas, otros güisqui, otros ginebra y entre lo que tomábamos y hablábamos se dio lo que sin mezquindad podría llamarse una asamblea popular, y allí, al comienzo de la noche y al principio de la borrachera, fluyeron en contra del gobierno las críticas razonadas, lo argumentos especificados, los ejemplos comprobables, la relación de padecimientos verificados y verificables y, sobre todo, se habló de la necesidad, urgente e inaplazable, de encontrarnos y avanzar como país, sin saber, la verdad, cómo hacerlo pero con el ansia de hacerlo.
Y creo que esa es la Venezuela que debería ser, la que nace en las verdaderas intenciones y esperanzas de la gente, y no en aquella que quiere imponerse con recetas ajenas o de aplicadores de cartillas de libros mal digeridos y de ideologías, además de prestadas, pero, sobre todo,  por el desaforado interés de delirantes sátrapas en nuestra riqueza petrolera.
Brindo ahora por eso, porque, antes y después de todo, como dijo Rimbaud: la vida está en otra parte.
Pero aquí mismo, diría yo.



14
En medio de o inmersos en este desastre de país, de esta república agonizante, hay quienes todavía sólo ven el mundo desde su ego o con su ego, presumiendo de discordantes o intelectuales. Y basta que se les haga alguna crítica o se dé una opinión que no es la suya para que se enconchen o se abriguen con otros eguísimos como ellos y, por supuesto, descalifiquen o renieguen del que no es de su combo.
 Hay demasiadas estrellas en tan poco cielo.

15
En el mundo, la confrontación izquierda-derecha es un anacronismo y una farsa. La realidad es que vivimos en un mundo de aprovechados y aprovechadores, y que sean capitalistas o socialistas da lo mismo. En el poder, socialistas y capitalistas sobreviven por lo peor de la condición humana.
El drama de nuestros días y sus complejidades ya no es político y mucho menos ideológico: simplemente es ético.

16
Cada día es más difícil soportar la destrucción perversa y planificada de este país por una minoría engolosinada con el poder y con los dólares que ha acumulado con descarada inmoralidad.
Imposible no sentirse uno agobiado y como paralizado (estas palabras, por cierto, en estas circunstancias, se las he leído a la poeta Yadira Pérez y a la escritora Ana Teresa Torres).
Hoy, de regreso a mi casa, en uno de los pocos autobuses que aún cumple su ruta (cobrando más de lo establecido, a lo bravo venezolano), en una de sus tantas paradas donde la gente se empuja y casi se golpea por montarse o bajarse, resultó atropellado un escolar sordomudo por uno de los ya consagrados abusadores en la vía pública, un motorizado que buscaba pasar a toda velocidad entre el pequeño espacio que había entre el autobús y la acera. Afortunadamente, ese niño que andaba solo (le calculé unos nueve años de edad) no sufrió mayores daños, al menos en el momento y espero que sin consecuencias.

Cuando me bajé del autobús en el terminal de pasajeros, a empellones, por supuesto, lloré de tristeza y de arrechera: me dolió ese niño, como me duele este país, un país "des-gobernado" con las más nefandas intenciones para que la mayoría de su pueblo sea una masa agresiva, desalmada, pícara, rapaz e ignorante.

jueves, 25 de enero de 2018

Notas desde el barranco (V)

11
Hace mucho tiempo, en una conversación de bar, tuve la ocurrencia de decir que el chavismo es una religión: los laicos rieron y los devotos se pusieron muy serios. No pretendo que esa afirmación sea tomada como una súbita genialidad y mucho menos como una observación original. En Venezuela, la conversión de la política en religión o de la religión en política (según como quiera llamársele) no es hecho nuevo: a vuelo de pájaro sería suficiente recordar al respecto algunas páginas de Briceño Iragorry en Mensaje sin destino; El culto a Bolívar, de Germán Carrera Damas; Pensar a Venezuela, de José Balza; insistentes declaraciones de la escritora Ana Teresa Torres; y aunque en todos esos casos se trate de Bolívar el ser providencial o el Dios Bolívar, me interesa que se tenga en cuenta esa mixtura política religiosa en el pueblo venezolano, cuya eclosión más evidente es el culto religioso del “redentor” Chávez (al principio inconsciente, espontáneo, y luego deliberado y manipulado).
Y en el principio fue el Libertador, el Padre de la Patria:
Al destruir el país que existía, la guerra se lleva también el eje más coherente de la sociedad. Dios ha sido asesinado.
Gradualmente, quien lo ha exterminado comenzará a ocupar su lugar; de forma especial, en los extremos de la nueva sociedad: los fundadores, conductores, y la eterna población ignorante.[1]
Y no por analogía sino por perfecta concordancia con el mito cristiano, Hugo Chávez, que siempre evocó y no se cansó de repetir la palabra fundadora y reveladora del Dios-Libertador (aunque fueron muchas la contradicciones del proceder de Chávez con esa palabra y muchas y convenientes las omisiones de ideas del Libertador en sus discursos), se hizo, por empeño de él mismo y porque un pueblo lo ansiaba sin saberlo, el hijo encarnado del Dios, el redentor, y de quien se ha dicho y se sigue diciendo, como alguna vez se dijo de otro Dios, Stalin: “Eres el único que te preocupas por los pobres y proteges a los oprimidos”.
Entonces, el templo en la montaña, el cadáver embalsamado, el padrenuestro a él dedicado, no son en sí un monumento y actos políticos, son un templo y actos de fe y devoción religiosa. Y recordemos a Jacques Ellul:
El culto de la personalidad conduce en realidad a la divinización del dictador. El dictador es el ser supremo, correspondiente al Dios Persona del cristianismo. Es mucho más que un jefe carismático. Por supuesto, el dictador también lo es. (…) una vez en el poder, la adoración colectiva lo deifica porque posee no sólo los dones sino la totalidad del poder.[2]



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12
el legado religioso del cristianismo ha sido asumido por las grandes corrientes políticas y por la Política.[3]
Nada más cierto hoy en Venezuela. En la política venezolana, desde la llegada del Mesías, no hay ciudadanos: sólo hay justos y pecadores, fieles y herejes, buenos y malos. Pero la iglesia del socialismo bolivariano del siglo XXI no nació de pronto: sólo demuestra una religiosidad adormecida o dispersa en infinidad de cultos e iglesias que no han dejado de proliferar y crecer.
El nazismo no sólo fue algo del pasado alemán. Forma parte de nosotros y de este siglo. Está ahí, aquí, en todas partes. El nazismo en tanto expresión histórica, es decir, Hitler y el movimiento nazi, fue tan sólo un primer ejercicio de dominación total. Pero no ha sido el único: fue el primero y fracasó. Mas el ser humano es tesonero y cree en el progreso. Ahí está el Gulag, del que podrán decirse muchas cosas, pero no que es un fracaso. La dominación ideológica total ha prendido en el cuerpo social. La civilización puede sentirse orgullosa. A partir de Occidente, pero ahora sin límites mundiales, esta civilización, a fuerza de abstracciones, ha creado la obra maestra: la ideología totalitaria.[4]
Y juntemos estas palabras de Nuño a esta sola frase de Jacques Ellul:
En Occidente, la fe política ha ocupado y ha asumido los rasgos de la fe cristiana.[5]
Muy bien sabía lo que hacía el presidente Chávez cuando comenzaba sus multitudinarios actos políticos, en campaña electoral o con cualquier otro motivo, entonando el Himno Nacional a manera de oración o mantra: se desplegaban las energías, las fuerzas necesarias para embelesar a la multitud, para llevarla al paroxismo de la fe política.




[1] José Balza, Pensar a Venezuela, Bid&Co Editor, Caracas, p. 25.
[2] Jacques Ellul, Los nuevos poseídos, Monte Ávila Editores, Caracas, 1978, p. 248.
[3] Jacques Ellul, Op. cit., p.241.
[4] Juan Nuño, De un nazismo a otro, en La escuela de la sospecha. Nuevos ensayos polémicos. Monte Ávila Editores, Caracas, 1990.
[5] Op. cit.

Horror por el tiempo: Juan Gabriel y María Zambrano

  Mario Amengual De inmediato, lo sé, el título que encabeza esta página apresurará juicios negativos o un rápido e indiscutible rechazo: ...