Un sábado, al final de la tarde, previo
acuerdo por teléfono la víspera, Jonás Mata llegaba al apartamento de Manuel
Jordán y doña Luisa con una botella de güisqui de doce años y otra de vino
blanco chileno, especial para doña Luisa porque era la única bebida alcohólica
que toleraba su paladar; y completaban el bastimento del joven abogado, merey y
maní tostados y salados, como le gustaban a sus anfitriones, a pesar de las
prevenciones del cardiólogo de ambos. Mientras servían las bebidas y acomodaban
los pasapalos en los recipientes que doña Luisa sacó de una vitrina donde
guardaba sus viejas y hermosas vajillas de porcelana, Jonás Mata, como
acostumbraba con su colega y mentor, le daba cuenta de la indetenible
corrupción y decadencia del sistema judicial del país con detalles verificados
por la rutinaria experiencia personal y agregó que, pese a todos esos flagelos
y la preponderancia de la injusticia y la venalidad de los jueces, no le iba
mal económicamente, gracias a una clientela, en su mayoría testaferros y
familiares de jerarcas del gobierno y oficiales de la Fuerza Armada, desaforada
en la adquisición de inmuebles y otras propiedades. Luego pasaron a la sala;
los esposos se sentaron muy juntos en el sofá y Jonás Mata, frente a ellos, en
una de las butacas del juego de recibo. Brindaron por el momento y Jonás Mata
fue a lo que iba:
-Créanme que este país no deja de
sorprenderme y cada día que pasa uno puede enterarse por otras personas o por
experiencia propia de hechos cada vez más escabrosos. Por usted, doctor Jordán,
por el inmenso respeto y por el inmenso aprecio que siento por usted, me atreví
a indagar en parte por mi cuenta y con mucha ayuda de Cóndor, alguien a quien
suelo contratar en casos en los que su experiencia policial lo requieren
–sorbió un poco del güisqui sour, puso el vaso en la mesa de centro y se
restregó las manos, como si amasara y sopesara las palabras necesarias-. Este
asunto de Isnardo Salas, llegado a su vida por pura casualidad con ese
periodista con el cual usted ha tenido trato, es un asunto muy delicado y por
eso, más adelante, en su momento, me veré obligado a indicarle algunas
precauciones. Trataré de ir por parte, desde un principio, para no perderme en
detalles que me distraigan de lo esencial.
“Desde sus días de estudiante de
educación media, Isnardo Salas era militante del partido Fuerza Democrática,
dedicado al trabajo de base en un suburbio bastante pobre de Ciudad Zamora y
así siguió hasta ingresar a un instituto de educación superior donde comenzó y
nunca terminó la carrera de técnico medio en administración. Era líder de la
juventud de Fuerza Democrática en todo el estado, pero tuvo olfato político: se
dio cuenta de cómo en los barrios iba creciendo el descontento y la rabia con
los sucesivos gobiernos del partido en que militaba y, al mismo tiempo, ganaba
simpatía y apoyo Poder Revolucionario; entonces renunció a uno y pasó a las
filas del otro… y esa parte de la historia del país, de unos depredadores a otros,
ya ustedes la conocen de sobra. Lo que importa es cómo Isnardo Salas, el
diputado Salas, como solían llamarlo, aunque ya no lo era, supo integrarse a su
nuevo partido y escalar posiciones en éste, y el destino, que nunca falta, lo
puso, por nexos familiares por parte de padre, en el camino de los García
Tirado, la familia más influyente en aquellos lados. Y digo en aquellos lados,
porque su poder e influencia llega a los estados vecinos.
“Salas se convirtió, entonces, con
astucia y servilismo en el pupilo y mano derecha de Simón García Tirado, primer
gobernador de Poder Revolucionario en Zamora y por dos períodos consecutivos.
Durante el primer período de García Tirado, Salas ocupó algunos cargos de
mediana importancia; para el segundo, lo nombró secretario de seguridad, lo que
fue motivo de discordias solapadas en el partido porque los más radicales no lo
miraban, y con razón, como un militante revolucionario original. Después
aspiraba a ser candidato a la gobernación, pero eso ya estaba decidido: el candidato
y sucesor en la gobernación fue un hermano de García Tirado. Salas tuvo que
conformarse a ser postulado en voto lista como diputado al Consejo Legislativo
de Zamora, porque a la Asamblea Nacional también le cerraron el paso los
camaradas radicales; alegaron que un paracaidista como él no podía llegar tan
lejos. Fue diputado regional por dos períodos seguidos y tengo entendido que no
quiso más cargos públicos y se dedicó a sus negocios, bastante prósperos por lo
demás. Palabras más, palabras menos, este era su currículo político. Ahora
vamos a lo otro.
Jonás Mata se terminó el trago,
también el doctor Jordán, y doña Luisa, muy atenta a la relación, hacía rato
que sostenía entre sus manos ansiosas la copa vacía. El doctor Jordán fue a la
cocina y sirvió otra ronda; volvió a su puesto sin decir una palabra.
Conociendo a Jonás, no dudaba de que vendrían datos insospechados.
-Ahora entramos en el terreno de
algunas informaciones verificadas por Cóndor, de deducciones y de conjeturas.
Cuando Salas era secretario de seguridad, se decomisó en la frontera occidental
de Zamora un alijo de trescientos kilos de cocaína de alta pureza. Las
estrellas, por decirlo de alguna manera, de “ese golpe al flagelo del
narcotráfico”, como lo resaltaron los titulares de la prensa, fueron un coronel
de la Guardia Nacional e Isnardo Salas, porque fue una acción combinada de esa
fuerza militar con la policía regional. Y fue Salas, más que el gobernador,
quien destacó por el hábil aprovechamiento de relaciones personales y aparecer en
el lugar indicado a la hora precisa, para llevarse el mérito civil y los
aplausos del partido y de la comunidad zamorana. El decomiso de esos
trescientos kilos de cocaína dio motivo para un acto pomposo, patriotero y de
mucho provecho para Poder Revolucionario. Teatralmente fueron incinerados y se
predijeron nuevos decomisos y con el mismo “éxito y determinación que ha
demostrado el poder revolucionario de un
pueblo libre, justo y eterno contra todas las plagas de la sociedad de
consumo”, como dijo Salas en su largo y celebrado discurso de ese día. A la par
de ese glorioso acontecimiento, Salas fue medrando con una empresa importadora
de alimentos y una compañía constructora, ambas, por supuesto, con
multimillonarios contratos con los gobiernos nacional y regional. Ya sabemos
por boca del periodista, según me ha dicho usted, doctor, de la riqueza, la
ostentación de ella y de las excentricidades de recién vestido de Salas. Pero
–miró hacia el techo como si buscara aire o algo que lo animara más que el trago
que ya había despachado y esperando un tercero-, pero… ¿qué pasó con Salas? Y
en este punto debo decir que Cóndor comenzó a titubear, a insinuarme que quería
dejar la investigación y no lo hizo de buenas a primeras porque con otros
trabajos que le he encomendado, algunos todavía sin concluir, ha ganado más
dinero que el miedo que comenzó a cercarlo en éste. Cuando desistió, cuando
todo su coraje de policía no resistió más, me pidió que por el bien mío y por
el suyo, y de todo aquel vinculado con este caso, diera la espalda y caminara
en dirección contraria – miró uno a uno a los esposos: doña Luisa apretaba la
copa con sus largos dedos blancos hasta enrojecerlos; el doctor Jordán se
restregaba la barbilla con una mano y con la otra campaneaba el vaso en el que
los cubos de hielo casi derretidos tintineaban, pero no se atrevía a hablar,
quizás pensando en que su infrecuente cordialidad lo había hecho parte de una
historia indeseable. Jonás Mata juzgó errado, a punto de arrepentimiento, el
tono y la manera que imprimía a su relato: ya no podía retroceder y debía
seguir.
-Cóndor pisó un poco más allá de su
miedo y de su olfato, y obtuvo una confidencia bajo juramento de silencio
eterno. De honor, digamos aunque cueste creerlo, entre policías. Y antes de
negarse, prefirió escucharla. Aquel acto famoso, ejemplar, patriótico,
difundido y celebrado por el gobierno encubría una burla despiadada a la verdad
y el deshonroso beneficio crematístico de alguien… de algunos. En un operativo
de incautación y traslado a un lugar seguro de esa cantidad de cocaína,
específicamente a un galpón de la Guardia Nacional para fines como ése, y luego
un nuevo traslado a un espacio abierto y distante de cualquier centro poblado
para incinerarla, según reza la nota de prensa oficial, han debido de
participar un numeroso grupo de efectivos militares y policiales, pero supongo
que al momento de hacerlo se redujo a unos pocos, los de más confianza, y ya
verán por qué. Sí, decidieron incinerarla a espacio abierto y de noche; pero a
alguien, tiempo después, uno o dos años o menos, no lo sabemos, no se sabrá
nunca, a alguien se le fue la lengua. Y entonces, con el perdón de su fe
cristiana, doña Luisa –la miró con ironía cariñosa-, se hizo un milagro: esos
trescientos kilos de cocaína que originalmente quisieron pasar, burlando
alcabalas y requisas en carreteras perdidas y solitarias, como trescientos
kilos de harina de maíz en empaques de un kilo de Maizarina, de la noche a la
mañana o de la mañana a la noche –soltó dos carcajadas sobreactuadas- se
convirtieron en harina de maíz de verdad. Eso fue lo que incineraron.
En esta pausa, doña Luisa se encargó
de los tragos; la curiosidad insatisfecha y el asombro la apuraron.
-Piquemos algo, que esto es para rato
y tomémoslo con calma- dijo ella.
-Esto, esto es un mierdero- dijo el
doctor Jordán, mirándose las manos como si con ellas sostuviera un cadáver
ensangrentado.
-Un mierdero, doctor, un mierdero de
punta a punta. Y por eso estamos obligados a mantenerlo alejado- se frotó las
manos, luego estiró el torso hacia adelante, con la cabeza erguida, y se bajó
medio vaso de güisqui-. ¿Quién hizo el milagro?, ¿quién transformó tanta
cocaína en harina de maíz? ¿Adónde fueron a parar esos trescientos kilos de
cocaína? Eso es imposible saberlo, al menos para nosotros que no nos movemos en
ese mundo.
“Ya les dije que Cóndor no quiso seguir
investigando, no quiso adentrarse más en esa maraña. Y lo veo clarito ante mí,
en mi oficina, con cara de muchacho regañado, pasándose las manos por la
cabeza, alisando más su cabello negro y lacio, restregándose la nariz y mirando
hacia todos lados, inquieto, como un perseguido. Estaba asustado y vaya que él
sabe de basura y mierderos. Cóndor ha nadado en la mierda y sabe lo que es
rematar a un moribundo con un tiro en la cabeza.
“Cóndor me dijo: ‘dejemos eso así, este
pozo es demasiado hondo y está lleno de podredumbre. En esto hay demasiado real
de por medio, hay mucho real pendiente, como un tesoro enterrado. Aquí pasó
algo que se extendió por años, por otras y muchas maneras de riqueza ilícita y
ese pendejo de periodista ni siquiera sabe lo que removió con su pregunta
estúpida, si me atengo a lo que usted me ha contado, doctor Mata’.
“Un día, como ya les dije, alguien
soltó la lengua, a alguien se le fue el yoyo, para decirlo en lenguaje de
malandros. Unos seis meses antes, más o menos, de lo que hizo y deshizo Isnardo
Salas, el coronel que lo acompañó en su gesta heroica contra el tráfico de
drogas, el coronel José Antonio Araujo, estaba en un convite en la finca de un
general, al mejor estilo de los militares: carne en vara, música llanera,
güisqui dieciocho años a raudales y putas, putas caras. El coronel recibió una
llamada a su celular y apenas la atendió se apartó del grupo, se alejó más y
más, y sólo se le veía manotear como si discutiera con alguien, dándole la
espalda a los concurrentes, tal vez para evitar que le leyeran los labios. Al
rato volvió al grupo y dijo que debía resolver un asunto y no tardaría en
volver; incluso, a su puta le acarició la cabeza y la besó de piquito como a
una noviecita, asegurándole que no tardaría. Y discúlpeme, doña Luisa, lo estoy
contando con las mismas palabras con las que se las contaron a Cóndor.
“Salió el coronel en su Tahoe, picando
cauchos… y no volvió. Menos de cuarenta
y ocho horas después lo encontraron calcinado con todo y camioneta en una
carretera de tierra, aislada, entre el caserío de Aguas Calientes y Ciudad
Zamora. La versión oficial le atribuyó ‘el horrendo crimen a paramilitares de
ultraderecha’, pero Cóndor y yo creemos que esa versión resultaba la menos
comprometedora para el gobierno y la más útil para sus fines de propaganda
revolucionaria. Como era de esperarse, el coronel o lo que de él quedaba, fue
enterrado con todos los honores. Casi seis meses después sucede la tragedia de
Isnardo Salas y aquí entramos por completo, como les dije, en el terreno de las
deducciones y las conjeturas, apenas basadas en informaciones obtenidas en las
sombras del miedo y de algo de dinero a cambio de unas pocas palabras arriesgadas.
“Cóndor está convencido de que el
coronel Araujo y Salas fueron los autores del milagro de la conversión de la
cocaína en harina de maíz y negociaron ese cargamento a espaldas de sus
verdaderos dueños y esa trampa les funcionó mientras éstos no lo sabían o
simplemente lo supieron desde un principio y dejaron correr el tiempo de cobrar
la cuenta o tomar venganza. Ellos, Salas y el coronel, no pudieron haber
realizado el milagro solos. Imposible. De modo que algún cómplice soltó la
lengua por alguna razón, menos por cargo de conciencia o conflicto moral.
“Cóndor supone que después del
asesinato del coronel, Isnardo Salas entró en crisis. No tenemos manera de
saber, ni conviene intentarlo, si recibieron advertencias o amenazas
simultáneas y pudieron comentarlo entre ellos o si primero procedieron con el
coronel y luego se dedicaron a Salas. Una cosa sí es cierta: las notas de
prensa sobre los asesinatos y el suicidio de Salas decían que cerca de seis
meses antes de su fatal determinación se le había diagnosticado una grave
enfermedad y eso le causó una crisis depresiva, y ese lapso coincide con el de
la muerte del coronel y la de Salas.
-¿No puede ser casualidad? ¿Cóndor y
tú no estarán especulando demasiado?- interrumpió el doctor Jordán.
-No, doctor, porque hay un elemento
más. Cóndor pudo enterarse de que por ahí se habla del “tesoro perdido de
Salas”, de una inmensa fortuna en dólares que nadie sabe dónde está. Y dice
Cóndor que, al parecer, a Salas querían “limpiarlo”, o sea, quitarle esa
fortuna o buena parte de ella a cambio de perdonarlo por su trampa o cobrarle
la cuenta con altos intereses, y de allí, probablemente, el que no lo
ajusticiaran de inmediato. De hecho, esa fortuna hay quienes la siguen
buscando, pero no sabemos quiénes. Del tesoro perdido de Salas suponemos que
pueden saber de su paradero dos de sus allegados y testaferros: un abogado de
la capital y un compadre. A Cóndor le dijeron que altos oficiales de la Guardia
Nacional y funcionarios del gobierno andan tras esa fortuna, quizás porque han
ido deshilvanando el complejo tejido de los negocios ilícitos de Salas, cuyas
dimensiones se pierden de vista. Lo visible, dicen, en jerga de hampones, es
para los caramelos.
-No era ningún pajarito- dijo doña
Luisa, en cuyo honrado corazón se revolvían las más encontradas incertidumbres
y el más repulsivo asombro.
-En todo caso un gavilán, doña Luisa
–Jonás Mata sintió que había perturbado más de la cuenta a tan manso espíritu-,
pero a eso estamos acostumbrados de cuantos llegan al poder en este país, de
casi todos, para no generalizar. Depredadores absolutos.
Jonás Mata empuñó una buena cantidad
de mereyes y los engulló apurados con güisqui, mientras pensaba en cómo matizar
la crudeza de lo siguiente en su informe, y ahí y en ese momento esta palabra
le pareció pedante y risible.
-Salas escogió lo mejor en medio de
esa podredumbre en la que estaba sumido…
-¿Cómo dices?, ¿por esa locura tan
abominable dices que escogió lo mejor? ¿Qué te pasa, Jonás? –el doctor Jordán,
indignado, se levantó, y dio dos vueltas en el pequeño espacio que lo separaba
de la mesa de centro y volvió a sentarse.
-Tranquilo, doctor. En medio de tanta
basura y de tanto asco se puede hablar de una especie de heroísmo trágico,
sacando la cabeza del mierdero. Con todo lo execrable e imperdonable que
ustedes, cualquier mortal y yo veamos en esto, a Salas no le quedaba otra
elección.
Con un gesto apaciguador de la mano
derecha, Jonás Mata evitó que el doctor se parara otra vez y vociferara en
nombre del honor y la decencia.
-Quédese ahí, quieto. Usted sabe que
yo lo respeto como a nadie en este mundo, pero esto que le voy a decir es la
vida, es nuestra realidad.
-Lo acepto porque creo en ti –murmuró
el doctor Jordán.
Doña Luisa parecía confundida, como si
fuese la impotente espectadora de pesadillas entrelazadas.
-Acorralado, absolutamente acorralado,
poseedor de una gran fortuna, sin siquiera poder sacar a su familia del país
con cualquier excusa, Salas pensó en lo único que lo redimiría y le daría paz.
¿Abominable lo que hizo? Sí lo es, sin duda. Y en este punto, una vez más,
estoy pensando como Cóndor y siguiendo sus deducciones y conjeturas. Si Salas
se mataba, a su mujer y a sus hijos los torturarían, los mutilarían vivos y
conscientes, y les dirían quién era él de verdad. Les harían de su vida el más
cruel y pavoroso infierno. Uno puede imaginar que aún muerto sufriría por el
dolor de su familia y por las verdades sobre él que dolorosamente conocerían.
Atormentados por las más sádicas torturas, en larga agonía y a punto de morir,
cada uno de ellos sabría la clase de persona que era Isnardo Salas, el padre
bondadoso y el marido complaciente y generoso: un político oportunista, un
tramposo, un miserable que para procurarle mejor vida material a su familia y,
por supuesto, a él mismo, se había degradado, se había hundido en el más
putrefacto pozo de la miseria humana. Y antes que eso, los mató y se mató él,
para que no hubiera sufrimiento, reproche, tacha, condena ni detestable
recuerdo en su familia. Esa es la única verdad de su decisión fatal. No hay
otra.
“Se redimió y los redimió. Y entre
cielo y tierra, ¿quién puede condenarlo? Cometió un horrible crimen ante
nuestros ojos y los de Dios, pero ¿quién dice que no hizo lo correcto, lo único
sensato que podía hacer una vez recorrido tan largo camino de la vileza?
-Mancharse las manos de sangre de
quien sea, por la razón que sea, es locura y pecado –le temblaron los labios a
doña Luisa, su rostro palideció.
-Pero no tuvo otra opción, doña Luisa.
Si eso le gana el perdón divino, no lo sé. Yo tampoco lo justifico. Hablo como
si fuera otro, hago de abogado del diablo. Desde que aceptó corromperse, la
corrupción se hizo su vida. De ahí en adelante lo que pasara lo situaba en una
encrucijada ética para la que nadie, creo yo, está preparado. Mató y se
suicidó. Averió el barco y se hundió con él.
-A todas estas, ¿cómo quedo yo?
–preguntó el doctor Jordán con inevitable y prudente egoísmo.
-¿Cómo queda usted, mi querido doctor?
-Dímelo tú, Jonás, porque ahora no sé
a qué atenerme con Luis Eugenio Manzo.
-Nada, no haga nada, pero desaparezca
de su vista a ese tonto periodista. Primero, porque puede ser un gran riesgo
seguir tratándolo y, segundo, porque creo que tiene mucho de farsante y de
irresponsable. Por más que lo niegue, él tiene que saber dónde se metió. Él no
se merece su compasión y menos su amistad.
-La verdad, Jonás, Luis Eugenio Manzo
no me parece un farsante. Ahora que has verificado su identidad, me parece que
es una víctima con la que se han ensañado. No creo que haya mentido en cuanto a
lo que sabe sobre Isnardo Salas. Sigo pensando que su único error es haber sido
imprudente.
-Está bien, doctor –se mostró
conciliador-, pero eso no invalida mi recomendación. Aléjese de él y no le diga
nada de lo que hoy hemos hablado. Sencillamente, usted no sabe nada de él, como
el primer día que lo trató. Y, sobre todo, por lo que voy a agregar. Es una
presunción de Cóndor, a la cual no le doy mucha credibilidad porque no logra
superar su divorcio traumático que prácticamente lo dejó en la calle y ello lo
obnubila por resentimiento: Cóndor presume que la ex esposa de Manzo es, de
algún modo, responsable de su exilio, digámoslo así, y del asedio que padece.
Ella, me dijo Cóndor, aprovechó todo ese lío por lo de Salas para darle a su ex
marido una estocada definitiva, amparada en el poder de su nuevo esposo. En
todo caso, sea cierta o no esa presunción de Cóndor, aléjese de ese hombre.
-Así lo haré, pero hablaré una vez más
con él, cuando aparezca, y ya me las arreglaré para quitármelo de encima.
Un prolongado silencio hizo notoria la
incipiente oscuridad, anuncio de la partida de Jonás Mata. Después de las
invariables muestras de cariño y respeto, al despedirse, entre los esposos y el
joven abogado que ocasionalmente compensaba la ausencia de los hijos distantes,
el doctor Jordán prefirió el silencio y la cerrada oscuridad de su cuarto, y
doña Luisa, agobiado su corazón noble y su ser ajeno a toda mala intención, se
dedicó a ordenar la cocina y la sala, pensando en las atrocidades que propicia
y urde la irrefrenable ambición de algunos seres humanos.
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