viernes, 19 de enero de 2018

Notas desde el barranco (III)

6
Al poder, sea  de reyes, reyezuelos o revolucionarios no les faltan bufones o sapos. Sapos y bufones les sobran al poder de ahora.
Una hojilla, la tenemos; unos bobos o bobertos, los tenemos; y triste, muy triste, jóvenes que le ponen una k a su conducta arrogante y procaz: sirven para los mismos fines o para un solo fin.
Todo para el mismo propósito: las nalgas al descubierto y el corazón por un precio: minutos de televisión. Pero eso no le da nada al pueblo: el pueblo cuando es pueblo no habla como ellos; nunca con ese lenguaje contaminado por esa minoría dominante, fanatizada, supuestamente culta. ¿A quién se le ocurre que el pueblo habla como ellos, inficionados y contaminados por el lenguaje de los revolucionarios de universidades?
Eso lo lograron, convertirlo en masa y con un discurso de masa, una pronta respuesta, una realidad…mental. Lo enfermaron, le quitaron su espontaneidad, le dieron un discurso, una fraseología y, así, lo mataron como pueblo: lo convirtieron en masa, en algo que antes no era, ni quería serlo.
¿Cómo se recupera?
Quizás con hambre y necesidad, y, sobre todo, desilusión.

7
Cuando afloran los eufemismos, los discursos encubridores y las consignas repetidas como mantras, no tardan en llegar el olor a pólvora, la segregación y la censura. Son inseparables.
Y así comienzan las argucias de los legistas, las clasificaciones que, por ejemplo, establecen categorías del maltrato, la tortura y la represión: se agranda la distancia entre los “buenos” y los “malos”. Y no resulta difícil adivinar quiénes son los unos y quiénes los otros. Entonces el Estado se torna Iglesia, con sus inquisidores, sus Savonarola leales y de buena fe: el crimen abunda como justificación y Purgatorio.

8
El término contradicción (y, por supuesto, su plural) se aviene muy bien con los revolucionarios de izquierda: con la excusa de que la revolución es un proceso o es permanente, sirve para justificar sujeciones, represiones, desfalcos, censuras, latrocinios, asesinatos… lo que sea necesario justificar para seguir en el poder. Lo único condenable es el pasado y el presente de los adversarios políticos; pero el de ellos, los revolucionarios, forma parte de una secuencia de meros altibajos que cristalizará, sin duda de manera gloriosa, en un mañana que quién sabe cuándo se vivirá.

Un cabal revolucionario de izquierda dice con muchísima propiedad: “las contradicciones son inherentes al proceso revolucionario, entonces se profundizan y se superan, y devendrán otras contradicciones y se profundizarán o se agudizarán y se superarán”. Ahora, ¿la ineptitud en el ejercicio del gobierno y el empeño de amoldar la realidad a un esquema o a los patrones de una ideología serán algunas de esas contradicciones? 

jueves, 18 de enero de 2018

Notas desde el barranco (II)

3
No, no era sólo verbo encendido, era también verbo encendedor. Al principio funcionó muy bien ante la dejadez, la indiferencia, el antiparabolismo (valga esta expresión muy venezolana) y el ánimo de apoltronamiento de una minoría consagrada en la urnas, en las electorales y en las otras. Fue encendido y encendedor porque era necesario: el país estaba aletargado, indiferente por demás, y sólo quería (como aún lo quiere) resolver lo inmediato con o sin instituciones; simplemente sobrevivir de la mejor manera posible. Pero de discurso necesario se volvió costumbre, táctica y provecho político y personalista: se volvió receta con resultados muy buenos, electorales y de toda índole. Y por allí empezó la caída, aunque parecía ascenso: por el lenguaje.
Dejó de ser encendido y se volvió sólo encendedor: dejó de ser verbo para convertirse en adjetivos descalificadores de los otros, de los discordantes, y exaltador de los partidarios. Ya no fue más verbo: se hizo palabra mágica para producir efectos y cambiar el curso de los hechos, incluso los del pasado: ya se podía bajar la luna del cielo, aunque nunca fuese posible. Lo que viene después es el mito político, a lo que contribuyó la muerte del “comandante y presidente eterno”. Pero los mitos, como el amor, no duran con hambre (al menos eso espero) y, sobre todo, si el demiurgo no tiene sucesor que lo iguale.
En este punto estamos: el mito arrinconado en una montaña, los sucesores desatados en su verdadera textura (in)moral y atados a un guión prestado, foráneo, que no les deja ver (ni quieren ver) lo que salta a la vista.
Todo empezó con las palabras y con ellas, con otras nada mágicas, debería cambiarse el rumbo.

4
Cuando una mayoría (en principio) usó el término escuálido para referirse despectiva y sarcásticamente a una minoría (en principio), se hizo coro y cómplice de un agravio; y cuando una minoría (en principio) se refería con rabia y repulsa a una mayoría (en principio) se hizo dueña y promotora de una discriminación: y justo ahí se cayó, o caímos, en la trampa. Ya no se trataba del adversario político o ideológico (si tal hubiese sido el caso); se trataba de negar, y de haber sido posible borrar, a quien no estaba de nuestro lado, según fuese el caso.
Eso han querido y quieren los beneficiarios, los verdaderos beneficiarios, de esta gran farsa de dos décadas. Porque, ¿a quién le conviene el odio, la discriminación, la segregación? Sólo veamos en nosotros y a nuestro alrededor con cierta calma y sin apasionamiento para saber quiénes gozan de esas disyuntivas y de esos enconos. No es difícil saberlo: los que están arriba, en ese arriba que se consigue con trampas, arribismo, demencia mesiánica y, sobre todo, con mucha ambición y afán de mandonería.

5
Por las palabras comenzó la debacle. Lo demás es consecuencia.
Cuando aceptamos todos los calificativos infamantes, hemos debido pedir una “taima”, un receso; pero estábamos embriagados o de triunfo o de resentimiento o de sorpresa o de desconsuelo: estábamos desprevenidos ante la locura por venir.
Lo que viene después es sólo consecuencia: politiqueros, narcotraficantes, militares, contrabandistas, policías, sicarios, herederos reales como en las monarquías, nepotismo, jueces, cómplices, fiscales, chantajistas; todo es un mismo juego que comenzó con campañas electorales, dádivas, drogas, militancia, espectáculo, elecciones; todo es un mismo juego, pero, insisto, empezó por las palabras: las palabras que ofenden y descalifican.
Las armas y las cadenas de radio y televisión comportan el mismo objetivo: adocenamiento, vulgaridad exaltada, señalamiento de culpables ajenos a la causa: endiosamiento de un vivo y de un muerto, después, para encubrir las trapacerías de un orden sin concierto, pero con mucho acierto para medrar y dominar.


Notas desde el barranco (I)




Estas notas no pretenden esclarecer lo que ya muchos sabemos aquí y en buena parte del mundo, son solo opiniones que he venido asentando en un cuaderno desde 2014 y han servido para conversaciones con mis alumnos de la Facultad de Agronomía de la Universidad Central de Venezuela. Las iré publicando en este espacio en el mismo orden en que las escribí.
1

El perenne monólogo de más de una década y luego la prédica de un coro destemplado contra el capitalismo salvaje han terminado por convertir a casi todos los venezolanos en capitalistas salvajes: manera muy venezolana o muy socialista bolivariana de cosechar lo que se reniega y se combate. Al menos en ello, justo es reconocerlo, se ha conseguido aplicar el rasero y alcanzar la total igualación.
Aquí, en plena concordancia cívico militar y desde ministros hasta rebuscadores y buhoneros, pasando por descontentos de la clase media, todo se contrabandea, se “bachaquea”  y se revende, y todo muy lejos del abstracto precio justo.
Aquí, en este barranco que hoy es Venezuela, todas las teorías de la oferta y la demanda y las “leyes” del libre mercado quedaron pulverizadas en lo que podría sospecharse como parte de un guión perverso para que unos pocos aseguren su hegemonía en este correlato caribeño.
Cualquiera de esas ficciones macabras producidas en serie y hasta el cansancio en Hollywood se queda corta en comparación con lo que aquí, hoy, han conseguido los en antes encapuchados y filósofos de cafetín, siguiendo  las minuciosas instrucciones de un viejo caballo.
¡Hasta la victoria siempre!... ¿la victoria de quién?

2
Casi dos siglos de fantasías igualitarias, muy bien razonadas y argumentadas, se han convertido en tierra venezolana en el empeño de repetir  las pesadillas de otras tierras y de otros tiempos y de otras existentes (o persistentes). Algo que nadie ha sabido sustentar más allá de eufóricas declaraciones que lograron exaltar a la masa venezolana, eso que entre ribetes de ninguna gloria alcanzada llaman socialismo del siglo XXI, entremezclado con un bolivarianismo caprichoso y manipulado, sólo ha logrado constatar viejas sospechas y predicciones: “sistema (centralismo comunista) dictatorial, autoritario y doctrinario que parte del principio de que el individuo está subordinado por naturaleza a la colectividad; únicamente de ella le viene su derecho y su vida; el ciudadano pertenece al Estado como el hijo a la familia, está en su poder y en su posesión, in manu, y le debe sumisión y obediencia en todas las cosas”.[1]  Lo que podría completarse, para no dejar dudas respecto a los dominadores de hoy en Venezuela, con una declaración de Engels que permite colegir que no se refiere sólo a orden y disciplina social: “¿Vieron ustedes jamás una revolución? Una revolución, señores, es sin duda la cosa más autoritaria que exista”.[2]
Por eso, no cuesta nada afirmar que no estamos en este barranco por el mero capricho de unos pocos descocados, sino por la `puesta en práctica de un proyecto enfermizo con todas las intenciones de aplastarnos como individuos: para ellos los festines gracias al petróleo y para nosotros las sobras, las colas, la impaciencia, el desencanto, la emigración y, en el mejor de los casos, la resistencia.

Mario Amengual




[1] Proudhon, citado por Martin Buber en Caminos de Utopía, Breviarios, Fondo de Cultura Económica, México, 1955.
[2] Ibídem.

domingo, 14 de enero de 2018

El pueblo



Juan Nuño


¿Qué sería de políticos, oradores y demás charlatanes sin la recurrente palabreja «pueblo»? Es curioso que, de quien dícese que tiene nada menos que la voz de Dios, todos se permitan hablar en su nombre, como si fuera mudo.
Pueblo es recurso teratológico antiquísimo, tan útil que, de los romanos a nuestros días, sigue proporcionando beneficios a todo el que lo usa. Pero si el endriago se remonta cuando menos a Cicerón (Salus populi suprema lex est) fue en la atosigante Revolución Francesa donde, gracias a la nefasta combinación de Rousseau y el abate Sieyès, adoptó la forma decididamente ectopágica que aún nos abruma. Llámese «pueblo» o «nación», es el recurso final con que se acogotan todas las cacareadas  libertades individuales. Por algo la harto publicitada Declaración Universal de los Derechos del Hombre y del Ciudadano encerraba un par de artículos insidiosos, el 3 y el 6, de efectos totalmente nugatorios. Pedía el 3 que el origen de todo el poder residiera en la nación, agregando que ningún grupo o individuo podía tener ni asomo de autoridad superior: forma inapelable de acabar para siempre con los supuestos derechos de los individuos. La que manda es la nación, es decir, el pueblo, es decir, el colectivo, es decir, algo monstruosamente informe y jamás especificado: una quimera repantigada en la sombra de toda Constitución. Mientras que, por su parte, el artículo 6 rezaba aquello, tan bonito como vacío, de que «la ley es la expresión de la voluntad general». Como se puede ver, para eso sirven las revoluciones: en lugar del poder absoluto de una persona (monarca), aparece una misteriosa entidad irracional (volonté générale), no menos aplastante e incontrovertible. Al menos con el Rey, sé quién me está oprimiendo; con la democracia, siempre es un algo, indefinido. A partir de ahí, Robespierre y sus amigotes pudieron dedicarse a hacer funcionar la guillotina con toda legalidad, en nombre del pueblo, de la nación y la voluntad general. Debe ser muy diferente que no le corten a uno el cuello por orden de una persona, con cara y nombre, sino por mandatode un concepto.
Más tarde, Disraeli, Lincoln y todos los Próceres americanos de todas las independencias habidas y por haber, no hicieron sino repetir el invento: de, por y para el pueblo, que suena tan bien, aunque en verdad jamás se sepa a qué o a quién se están refiriendo. Prueba de su vigorosa vitalidad es que en sucesos recientes ha vuelto a reaparecer, agresivo y triunfante: se habla del despertar de los pueblos en 1989, tal y como hacia 1830, con dieciocho años de adelanto profético, Ludwig Boerne hablara de una Voelkerfruehling, una romántica «primavera de los pueblos», es decir, otra escabechina más de la que de vez en cuanto es incapaz de privarse la humanidad. La verdad es que, en tanto expediente social resulta de lo más socorrido: todo se hace en su nombre, nadie se atrevería a ir en contra suya, entre otras cosas, porque orgullosamente se proclama de labios para afuera que todos somos pueblo, aunque cada uno en su interior confíe en realidad en que pueblo, pueblo, lo que se dice pueblo, municipal y espeso, sólo lo son los otros. Los angloparlantes aún lo tienen peor, o será que de veras son más democráticos, pues para ellos toda la gente es people, mientras que en otras lenguas, un poco más sutiles, menos bárbaras y simplificadas, suelen hacerse distinciones. Al punto de darnos el lujo, en español, de emplear además un sabroso despectivo, el «populacho», y de llamar «populistas» a ciertos profesionales de las promesas hechas en representación de tan monstruosa entidad.
Sería injusto olvidar que, por encima de todos, está el pueblo elegido, cuya sola mención pone a dudar de la eficacia igualadora del método simplista que inventara Juan Jacobo a orillas del Lemán, mientras se desnudaba para escándalo de las damiselas ginebrinas. Schopenhauer, como buen alemán, lo veía de otra manera: «como los gustos difieren, decididamente no son mi pueblo elegido. Son el pueblo elegido de su Dios y éste queda que ni pintiparado para semejante pueblo». Parece un poco exagerado porque más bien entran ganas de pensar al ver cómo les ha ido en la historia que con un Dios así no necesitan más enemigos. Por aquello de que a veces los extremos se tocan, tampoco a los nazis se les caía de la boca lo de «pueblo» (Volk) para todo, desde un periódico hasta un repugnante automóvil.
Habría que pedir menos pueblo y más respetos individuales, que en definitiva, comocasi siempre, quien tenía razón era Oscar Wilde: «La única posible sociedad es uno mismo».


Tomado de “La escuela de la sospecha. Nuevos ensayos polémicos”, Monte Ávila, 1990.

Poetas del spray





Si sólo se oye el escándalo perenne de los medios de comunicación, si los intelectuales susurran desavenencias estimadas en el espectro de lo conveniente, si la política y la economía nos gobiernan, el orden establecido, aunque se le llame democracia, propicia la ocultación de la veracidad. Las palabras, medidas y sopesadas para no estremecer la frágil estructura vigente, son cristales opacos que no reflejan ni laceran sino adornan las ventanas de una casa cerrada, cuyos habitantes la consideran todo su universo. Por eso sus oposiciones apenas llegan a someras discordias entre cómplices que aspiran a regirla. Mientras tanto, el pensar (o lo que pretende suplirlo) se vuelve oficio de portavoces de la manera común de vivir: su finalidad es aplacar cualquier discrepancia y realizar la ansiada uniformidad de pareceres para perpetuar su dominio y acallar el corazón.
  Las posibilidades de expresar inconformidad o, al menos, una opinión distinta, están sometidas por muy bien disimuladas formas de la censura, pese a la más promocionada que cierta libertad de expresión, o la temerosa autocensura. No hace mucho, por ejemplo, el empeño en borrar toda frase adversa a la dilecta amiga del Presidente, denota, sin excusas, la insinceridad de “nuestros fundamentos democráticos”. Del mismo modo, los frecuentes alborotos por los continuos robos al erario, con sus dimes y diretes y sus diatribas, contribuyen a dar la idea de que la dialéctica es algarabía de gallera y tema de libros ilegibles.
  Al paso que vamos, sin subestimar algunos logros electorales y cierta agitación de la opinión pública, todo parece indicar que sólo las especies de literatura marginal hablarán de lo que rehuyen los voceros de la mentalidad complaciente. Por ahora, las paredes de la ciudad, a veces, nos devuelven el rigor de la protesta sentida y la esperanza de que la poesía puede ser hecha por todos o leída por muchos.
  No puedo negarme a la impresión de que algunos de los llamados poetas, intelectuales, escritores y “gente de la cultura”, antes de arriesgar una declaración comprometedora, prefieren acudir a los festines oficiales para celebrar la muerte de la duda, el olvido de la crítica y la consolidación de la “inteligencia reticente”; y otros de su misma especie ahora practican la oposición implacable, la que nunca antes ejercieron para no arruinar sus conveniencias. Una minoría silenciada, por el contrario, comienza a perfilarse en el estrecho círculo de su disidencia: el rechazo de todo cuanto consagra la barbarie común es considerado acto de locura. La poesía del verbo polémico suele ser rechazada por falta de lirismo, porque lirismo ya significa rebuscamiento, embalsamamiento o maquillaje de cadáveres.
  Aparte de unos pocos libros (cada día más caros) que intentan recordarnos nuestro lugar en el orden cósmico, nos quedan las iluminaciones, las ironías, la mordacidad y, a veces, le mot juste (que tanto desvela a escribidores de publicaciones especializadas) que nos depara la literatura callejera y nada pretensiosa de las pintas. Pero, como en todo arte, en el de las pintas abundan la mediocridad y sus vanidosos ejecutores. Desde el chamo cuyas máximas aspiraciones se resuelven con un carro último modelo y “vacilarse” bien el inglés para escribir “las propias” declaraciones de amor (I love you my sweet doll), hasta el engreído que (años atrás) quiso hacer de sus grillos obras de arte y propuso un monótono Museo de la Cola, pasando por las invariables consignas de la ultraizquierda y de la ultraderecha, y las declaraciones de bondad y grandeza de todos los partidos políticos, conforman la nulidad y desperdicio de espacio y pintura. Menos mal en este arte callejero algo queda que no es a cuenta perdida.
  Hace unos años, en una pared de la biblioteca de la Facultad de Ingeniería de la Universidad Central de Venezuela, de lado afuera, alguien escribió:

Cuando tengo el spray en mi mano,
me siento un poeta. Tiemblo al pensar
que una regla de cálculo
lo pueda desplazar.

  Sólo así se justifica que se rayen las paredes del recinto universitario y del mundo entero. De ninguna manera se atenta contra el ornato público. Esa revelación da un golpe, aunque leve y desdeñado, a nuestra organización social, a la mercantilización de la vida y puede provocar la reflexión del distraído transeúnte. Su mérito es conducirnos al espacio que nos niegan los medios de comunicación y ocasionalmente nos ofrecen las artes.
  Las pintas van camino de convertirse en una de las pocas formas de expresión reacia a la censura. No será extraño, de seguir como vamos, que la verdad esté en las paredes y no en boca de artistas, políticos, periodistas o intelectuales. Con esto no me propongo hacer una apología de las pintas, pero sí reconocerles sus virtudes contestatarias, humorísticas y algunas veces poéticas.
  La pinta del poeta-ingeniero (o poeta-ingeniera) es, en Venezuela, que yo sepa, una de las pocas frases dedicadas a cuestionar la hegemonía del número, el delirio de la todopoderosa técnica, la indiferencia por el sentir. Sin embargo, la regla de cálculo, los propósitos de quien la usa sin tomar en cuenta su alma, se han impuesto, se han arrogado el derecho a decretar lo válido. ¿Llegará el mundo todo a ser una pesadilla planificada, apenas combatida con ataques terroristas? Por más que se opongan las fuerzas dominantes, siempre quedarán quienes no se dejen convencer por el bombardeo de la propaganda política; quienes vean una trampa cuando se habla de libertad de criterio, organización y precios; quienes, desoídos y segregados, crean en un vivir desprejuiciado, sin idolatrar el poder y prefieran palabras callejeras como éstas:

Si dejas que piensen por ti,
regala tus hijos.
 
  Ignoro las intenciones de quien las escribió en una pared inmediata a una estación del Metro de Caracas, pero me parece verdad indiscutible, sobre todo en estos tiempos de globalización unidimensional, supuesto libre mercado o nuevos intentos por realizar la fe de Marx. Si tomamos esas palabras en un sentido justo  y real (¿será posible?), sin  que priven prejuicios, tal vez encontremos en ellas, por ejemplo, una mayor amplitud democrática, muy distinta a la de aquellos que predican libertades y castigan la disidencia con bombas e invasiones. Si algo podemos confirmar ahora es que en punto a libertades hay una sola opción y quien no la escoge queda fuera.
  Alguien,  pese al escepticismo endémico, mantiene la fe en la redención definitiva. Probablemente no pertenece a ninguna de las sectas mesiánicas cuyos exaltados profetas nos sermonean en las plazas, en los bulevares, en los carros por puesto y suelen perturbar la múrida paz dominical. Su inspiración divina proclama la llegada del Señor, el advenimiento del Reino de los Cielos, pero él no será condescendiente ni moderado. No debemos esperar la ponderada tolerancia cristiana, no esperemos demasiada indulgencia porque

Cristo viene y viene arrecho.
¡Aprieten ese culito!

  Otro, en cambio, rechaza el mesianismo y publica su herejía frente a una iglesia de adinerados feligreses. Su exclamación recuerda la osadía del filósofo que quiso crear su propio dios y declaró la muerte del otro, el de la mayoría; para ello necesitó páginas y más páginas de lírica amargura. Nuestro hereje anónimo demuele con breve mordacidad:

Dios es el camino...¡písalo!
 
Para quienes no somos cazadores de respuestas, algunas pintas resultan las mejores expresiones para enfrentar la confusión general. Al aumentar nuestro desconcierto, lanzándonos una pregunta hermética, nos obligan a pensar repetidamente en ellas y darle cuerda a las interpretaciones.

¿Qué pasará después de este escándalo?

  Podemos pensar que se refiere a uno de los tantos líos que, por cierto, terminan con el silencio encubridor de cómplices y culpables o alude a algún conflicto entre una pareja belicosa. Podríamos agotar la agudeza interpretativa, pero nos será difícil hallar esclarecimiento convincente. De esa incertidumbre nos salva, en otros casos, la confirmación de una verdad general:

Pienso, luego me joden.

  Ciertos “panas”, en vista del rechazo y persecución que padecen, pregonan las virtudes de su vicio predilecto:

¡Qué bueno es tener monte!

  Quizás los inspire su afinidad con Aldous Huxley, Henri Michaux, Allen Ginsberg  o William Burroughs y no el mero hecho de entregarse a lo prohibido, ni creerse los propios tipos. Véase el lado benigno del asunto y se comprenderá mejor su conversión en negocio sucio. No abogo por lo proscrito, sencillamente: un cuchillo es un instrumento inocente hasta que alguien, con saña, se lo clava a otra persona.
  No soy partidario de venganzas y humillaciones: hay formas más delicadas de combatir valores humanos cuestionables, pero no todo el mundo las comparte. Vaya usted a saber las razones de quien escribió, mucho antes de que el autor de Las lanzas coloradas falleciera:

Uslar Pietri al Panteón...¡ya!

  También la más famosa institución gastronómica venezolana y su respectiva predilección edípica ha recibido sus descargas.

Las hallacas de mi mamá son una mierda.

  Muchos años de desaciertos, trampas, latrocinio, impunidad e inútiles discusiones han provocado en el pueblo venezolano tal desaliento que cualquier análisis queda superado por esta confesión callejera:

Este país me fastidia.

  Podría alegarse que sólo refleja el más puro pesimismo latinoamericano, sin espacio para reformas y cambios; pero tanto luchar contra el viento queda demostrado con el inobjetable testimonio de los hechos. El país no fastidia por aburrido, pues bastante movido ha estado en los últimos años, fastidia como una espina en la planta del pie o una costilla fracturada. Lo han hecho fastidioso los protagonistas de una reiterada historia de demencia e insaciables ganas de poder. Y por eso alguien se rebela contra el más severo principio de toda política:
                                                El fin no justifica los muertos
  El malestar no es sólo político y el matrimonio tampoco podía quedar fuera del desencanto; nada se salva cuando las estructuras del mundo se oxidan y sufren los rigores del abuso y la inflexibilidad. Y, así, en una pared de San Cristóbal, ciudad de gente muy conservadora y católica, leí una de las afirmaciones más ácidas que yo pueda recordar:
Si quieres olvidar una mujer,
cásate con ella.

  Al poeta-ingeniero (o la poeta-ingeniera), cuyas palabras preservó una fotografía, el spray lo acercaba (o lo acerca) a la poesía; hay quienes la alcanzan por la música o los colores o la arcilla o el silencio. Es esa gente que espera y presiente un comercio distinto con el mundo y sus congéneres. A lo mejor nunca conseguirán la fama porque desesperan por su propia vida y no les preocupa ningún tipo de notoriedad. Están aquí y reniegan de las imposturas y modas avasallantes; saben de lo poco que significan los méritos cuando la vida está supeditada a la economía y a la política. Saben, también, que si el poder, sea cual fuere, es el máximo propósito de la existencia, entonces estamos representando un drama mal escrito. Su única alternativa: la vida apartada.
  Ignoro si las artes terminarán convirtiéndose en insulsas damas, sacrificadas por el bozal de pan, por amor al mármol y el coqueteo con el cientificismo. Cuando menos espero que las paredes sigan hablando (las necedades son inevitables) y alguien siga preguntándose:
¿Vamos o nos llevan?
   

lunes, 8 de enero de 2018

Tres poemas de La voz recuperada, de Mario Amengual


Barrio La Democracia

En este barrio nacimos y nos criamos,
aquí una y otra vez peleamos y nos contentamos,
aquí escuchamos por primera vez a las chicharras pidiendo la lluvia,
aquí conocimos el tiempo del mango y el de la iguana,
aquí cortejamos la obsesión del gol,
por aquí pasaban los anunciadores del fin del mundo,
por aquí pasaba el vendedor de perolones que cantaba rancheras y boleros
y también pasaba el vagabundo que conocía a la bruja de púrpura.

En este barrio se nos dio la amistad,
el sabor del guarapo y del sancocho,
la breve alegría del año nuevo y la mesa modesta y generosa de Navidad.
Aquí descubrimos la gracia del amor correspondido
y lo que parece el dolor definitivo del despecho.
Por este barrio sabemos del sereno encanto
de la conversación sencilla y el cuento aliñado.
En una esquina de este barrio soñamos aventuras en cerros azules
y en ríos que cruzan soledosos sembradíos.

En este barrio de casa verdes, amarillas, rosadas y azules con techos de cinc,
recibimos el don de no sentirnos más de lo que somos.
Como un amor perdurable,
como la primera mujer que tocamos y sentimos,
este barrio siempre está en nosotros
y algo de nosotros siempre está en este barrio.
Aquí supimos sin palabras de por medio
que también nuestra poca vida puede ser el milagro y la eternidad.





Días de adolescencia

Llevado a los extremos de una sensualidad ansiosa,
por hastío de la agonía cotidiana,
me iba a una calle donde unos senos pujantes,
apenas contenidos por un viejo sostén rosado,
hacían temblar mis manos y daban elocuencia a mi desvarío.
Casi siempre debía dar varias vueltas a la manzana,
hasta que se desocupara.
A cada paso otras, que no me importaban,
insistían ponderando sus dones.
Y si aparecía,
si otro no se la llevaba toda la noche,
yo me desesperaba en sus brazos
como si fuese la primera vez,
como si se hubiese hecho posible
mi favorita de una revista pornográfica
para regalarme el necesitado olvido de mí mismo.





Desde las noches...

Desde las noches de pánico de mi infancia has estado siguiéndome.
Te asomas a la ventana de mi cuarto, tocas suavemente mi hombro.
Te he visto danzar en las calles de la ciudad,
he visto cómo sosegabas el rostro de un mendigo atropellado
y cómo evitaste a un recién nacido los seguros rigores de su porvenir
en una casa donde las mujeres esperaban el dinero de hombres deseosos.
Si miro por mucho tiempo mis manos, preveo tu ritual convirtiéndolas en las tuyas.
Y salí a buscarte una noche por un potrero, creyéndote ajena a mí
y creyendo que podía retarte y supe, agotado y de cara al cielo, de tu serena dignidad,
y supe que te anunciabas con señales muy íntimas a la hora por ti fijada.

Has cerrado en mi cara puertas de habitaciones donde otros te esperaban,
entraste a mis sueños para anunciarme el adiós agradecido y gentil de mi padre.
Después viniste con las lluvias de agosto y eras tú el rostro envejecido de mi madre,
ahondando su decepción, gritando con su voz, secando su cuerpo que te clamaba.
Te sentía llegar cada noche como el aleteo de un pájaro inmenso
y en el trastornado dormitar hundías tu boca en mi estómago.
Tu precisa reciedumbre me obligó a llamarte,
a pedirte que te hicieras visible.
Imaginé un diálogo contigo que terminaba al amanecer, cuando tú,
respondiendo a mis súplicas cerrabas los ojos de ella.

Muchas veces te he visto y te he soñado,
y me has hecho contar muchas horas de espera.
Ya te veo caminar hacia mí por un callejón que aún no conozco.



miércoles, 20 de diciembre de 2017

Cuatro niños mirando el arco iris



En un tiempo, cuando la fe comenzó a agonizar, reinó el “ver para creer”; ya sólo impera el “ver para tener” (o para desear o envidiar, cuando el tener es imposible). La sociedad visiva que muchos predijeron es la realidad de hoy. Falta tiempo para que los ojos se harten de datos, imágenes, realidades virtuales, símbolos, aventuras violentas, comics escatológicos, paisajes extraterrestres, bondadosos seguimientos de la vida animal, celebraciones anticipadas de las maravillas de la robótica, minuciosas reseñas de las deidades de Hollywood… Hay para todos los gustos, edades, ansiedades, pretensiones y ambiciones. Hay un principio de principios: la información es poder.
Nunca antes los ojos tuvieron tanto en qué fijarse, tanto en qué pasar las horas y tanto para llenar cualquier vacío. No hay treguas para el silencio ni el dulce hacer nada. Quien pierde el tiempo, no sólo deja de ganar dinero: es sospechosamente inactivo, improductivo y poco importante. Hay mucho por ver, mucho por conocer, mucho por obtener, como para detenerse en aquello (lo que sea) que no tenga finalidad o guarde un propósito. Nuestra obligación, según el decir popular, es “estar en algo”: atributo imprescindible para “ser alguien”. Confesar la debilidad de no mostrar interés por participar en la incesante competencia de sobresalir, así sea con las armas, significa apartarse de los mandamientos de la tribu, del credo global. O somos clientes o “somos nadie”. Tal vez podemos prescindir de virtudes e ideas propias (de esas necias antiguallas), pero no puede faltarnos el estar informados y el afán de lucir informados. Nadie puede cometer la indelicadeza de desaprovechar cuanto hay en el mercado para nuestros sentidos. Acaso queda la alternativa del error (o el fracaso) o, simplemente, algo (digamos que no sabemos qué) que reclama su lugar, su ser parte de nosotros.
Mejor no abundar en lo que sobra; mejor seguir la razón que me animó desde el principio. Me hago partidario de no seguir la trayectoria de negaciones entrelazadas.
Viene al caso lo que me refirió un hombre de unos cuarenta años, con quien conversé durante horas en la barra de una tasca, hasta que ambos, borrachos, encontramos más agrado en el silencio.
Dijo (y trataré de ser fiel a su confesión) que una vez, cansado de su familia y su trabajo (mejor decir, su vida), manejó su carro hasta la playa de un pueblo cercano a la ciudad donde vivía, aunque de buenas a primeras no tenía intención de dirigirse allí; pero, después de dos cervezas que tomó dando vueltas por los suburbios, le pareció el mejor lugar para aplacar su obstinación. Rodó casi dos horas, mientras procuraba encontrar la mejor manera de cambiar su cotidianidad, cada vez más intolerable, sobre todo cuando comenzó a agravarse su situación económica. Nunca, aseguró por si acaso, había tanteado la posibilidad de acudir a un psiquiatra o encontrar alivio en cualquiera de las religiones o en grupos de meditación o llamados talleres de superación personal. Insistió en que no se sentía dado a compartir su miseria con varios desconocidos, bajo la supervisión de alguien que cobrara para encaminarlo hacia la felicidad durante veinte o treinta horas: desconfiaba de esos ejercicios de bondad tan deliberados, por parecerle hipócritas.
Aceptemos que mi fugaz amigo (sólo departimos en aquella ocasión) no es agua tan mansa par las corrientes de la época y sigamos con él aquel sábado de preguntas, cervezas y ansiada soledad.
Siguiendo su relato, imaginémoslo solitario en el malecón alborotado, de vez en cuando metiendo ojo a alguna muchacha en bikini, con su lata de cerveza en una mano y un cigarrillo en otra, su mirada tratando de fijarse en el mar y sus pensamientos inquietos. El alcohol ya ha entrado en su sangre y comienza a sentirse “prendido”, pero no eufórico; más bien tranquilo, dispuesto a compartir una mesa con alguien y entablar una conversa pausada, y no como las que ya le hastían con sus colegas y vecinos, cargadas de ánimo competitivo y muy elaborados prejuicios.
En verdad, no halla qué hacer; después de todo, no le resulta fácil conseguir la tranquilidad, ni siquiera ese estado de indiferencia que procura, incluso, la ebriedad más ligera. Pero no está dispuesto a sofocarse y comienza a caminar entre los bañistas, y se deja llevar por la curiosidad de oír sus alegres conversaciones y sus juegos. Pone cuidado a los pregones de los vendedores de cuanta cosa hay, que recorren una y otra vez la playa. Lamenta no haber llevado traje de baño o, por lo menos, unos pantalones cortos. Toma una y otra cerveza, y cuando se cansa de deambular por la playa, decide sentarse en el tinglado de un quiosco donde venden cerveza y comida. No hay mucha tranquilidad allí: los jugadores de caballos gritan de rabia o alegría, según el mandato de la suerte; entre una carrera y otra, el dueño del negocio satisface su pésimo gusto musical a todo volumen; los niños de una mesa vecina molestan con sus malacrianzas y sus antojos. Mi amigo, a pesar de tan impropio ambiente para quien busca sosiego, decide dejarse llevar por las circunstancias y se acomoda en su silla. De vez en cuando mira el mar y deja que algunas fantasías personales se explayen.
Comienza a lloviznar, aunque el cielo está parcialmente nublado. Algunos bañistas recogen sus cosas y se retiran; la mayoría prefiere seguir disfrutando del mar que comienza a picarse. Mi amigo comienza a molestarse porque más gente se suma a los jugadores de caballos; en particular, unos adolescentes borrachos que se esmeran en hacer notoria su vulgaridad. Paga lo que debe, al tiempo que recuerda un pequeño restaurante ubicado en una de las zonas menos concurrida del pueblo. Da por seguro que allí reencontrará la tranquilidad.
En el restaurante, para su sorpresa, queda una sola mesa desocupada; una de las tres colocadas en la acera. Pide una cerveza y algo de comer. Se resigna a soportar el gentío y el bullicio, y la ligera llovizna de la que no alcanza a protegerlo la sombrilla de la mesa. Al menos le contenta el haberse librado, por unas horas, de responsabilidades y obligaciones. Y cuando su fuga comenzaba a formar parte del tedio que contaminaba cuanto tuviese que ver con su vida, sucedió lo que impulsaba sus palabras la única vez que hemos conversado.
Cuatro niños se sentaron muy cerca de mí, en el borde de la acera. Una niña, la mayor de todos, como de ocho años; otra niña y un varón, ambos como de cinco o seis años; y otro varón mucho más pequeño, pero que ya sabía hablar. Estaban chupando naranjas y hablando de cualquier cosa. No sé… o lo que hablan los niños, de los héroes de la televisión, de lo que tienen o de otros niños. Entonces, cuando yo terminaba de comer, uno de ellos, creo que la niña mayor, gritó: ¡Miren, miren… el arco iris! El más pequeño repitió esas palabras y se puso de pie y lo señalaba. Los otros también se pararon y en silencio se quedaron mirando lo que en ese momento comprendí que era un gran espectáculo. El arco iris.
También, como los cuatro niños, me olvidé del gentío y de la bulla que hacían; me olvidé de la salsa que sonaba a todo volumen en una emisora mal sintonizada; me olvidé de las cervezas que había bebido y de lo que hacía o no hacía en ese pueblo. Seguí la mirada de los niños y también miré el arco iris, creo que con respeto y en una forma que no recuerdo haberlo mirado antes. Era el arco iris, mi amigo, una maravilla pasajera, una maravilla que como otras, supongo, mi apuro y mis ocupaciones no me permiten mirar…

Primer comentario
Durante varios meses resistí la tentación de convertir esta anécdota en un cuento, cargándola de matices literarios (aparte de los que ya tiene) hasta donde mis capacidades intelectuales me lo permitieran; pero he preferido limitarme a mostrarla con las impresiones y elucubraciones que derivan de ella. Al poco tiempo de escribirla en mi cuaderno de notas vino a mi memoria, imprecisa aunque cabalmente asociada, una observación de Krishnamurti:

Salimos a pasear el domingo, observáis los árboles y decís: “¡Que hermoso es!”, pero de regreso a la vida rutinaria, encajonados en caso o departamentos, perdéis todo nexo con la naturaleza. Esto se evidencia con la inclinación que existe a visitar museos en donde pasaréis toda una mañana para contemplar las pinturas, la abstracción de lo que es. Inmensa importancia han adquirido los cuadros, las estatuas y los conciertos, a costa de no mirar el árbol, no escuchar el pájaro, no detenerse ante la luz maravillosa que juega con las nubes.

Sin embargo, mi amigo fugaz, el del arco iris, no había olvidado tan pronto su contemplación (término que me permito agregar a su confidencia) y, más bien, parecía marcado por ella. No sé si de una manera positiva o, por el contrario, se volvió contra él y sus principios y sus creencias (a lo que suele llamarse educación) como sucedió con algunos personajes del existencialismo. Tal vez quedó en él como un interesante tema de conversación para sus borracheras, y su vida, en todo punto, quedó igual, inalterada; tal vez las paredes de su burbuja personal siguen tan firmes como antes. De algo sí estoy seguro: mi amigo fugaz, el del arco iris, lleva una herida en lo hondo de sí mismo y en las regiones oscuras de sus sueños perturbados. Y esa herida puede ser principio de una muerte callada, que trabaja a espaldas de sus aspiraciones superficiales y sus necesidades más inmediatas. Cuanto diga de aquí en adelante pertenece al totalmente lícito terreno de mis propias conjeturas. Sólo sé que a veces algo nos toca, algo que es todo y es nada, y el mundo, como en las antiguas epifanías registradas por las más diversas literaturas religiosas, vuelve a ser sagrado, aunque nunca haya dejado de serlo.

Segundo comentario
Al asimilar la experiencia contemplativa de mi amigo fugaz, el del arco iris, a algunas referencias religiosas, no he querido exaltarla más de la cuenta, pero sí he presentido una clara relación con éstas. También procuro indicar que tales experiencias, aunque hayan caído en un lamentable desprestigio, por obra y gracia de charlatanes y manipuladores, representan una legítima forma de “conocimiento”. Y no hablo de ese conocimiento que adorna currículos ni da valor en el mercado de trabajo; me refiero a ése que una civilización como la nuestra, tan ufana de su progreso y sus logros tecnológicos, se ha vuelto incapaz de alcanzar.
Y justamente cuando trataba de redactar estas breves consideraciones, di con unas frases de Bertrand Russell, resaltadas por mí en un libro (Ciencia y religión) que recién recuperaba:

El aliento, la calma y la profundidad pueden tener su fuente en esta emoción, en la que, por el momento, todo deseo centrado en sí mismo está muerto, y la mente llega a ser un espejo de la vastedad del universo. Los que han tenido esta experiencia y creen que está vinculada inevitablemente con aserciones sobre la naturaleza del universo naturalmente se aferran a estas aserciones. Yo creo que las aserciones son inesenciales y que no hay razón para creerlas verdaderas. No puedo admitir ningún método para llegar a la verdad, excepto el de la ciencia, pero en el reino de las emociones no niego el valor de experiencias que han dado nacimiento a la religión. En virtud de su asociación con creencias falsas, han producido tanto mal como bien; libres de esta asociación puede esperarse que solamente quede el bien.

No es casual que Russell, en textos posteriores, lamentara y predijera desalmadas manipulaciones científicas y reconociera que “la ciencia no reemplaza a la virtud; para una buena vida es tan necesario el corazón como la cabeza”,

¿Qué nos queda?
¿Dónde conseguir amparo, en medio de esta feria de esoterismo vulgarizado y utilizado para fines personales; en medio de este constante clímax tecnológico; en medio de este utilitarismo y de estas cenizas del corazón que es nuestra civilización?
Tal vez sólo se trate de no conseguir amparo ni de pactar con las fuerzas desbocadas que rigen la sociedad: hay demasiados sueños que insinúan distintas realidades. Sólo hemos escogido la ilusión más placentera, pero la que, de por sí, excluye cualquier aliento del espíritu.
Alguna vez Borges dijo que la única realidad es el individuo. Y quizás sea así, en la medida que quienes hemos buscado la sombra y el resplandor en la poesía, en páginas olvidadas, en relatos orales de otros tiempos, en los menospreciados dones de nuestras soledades, encontraremos la faz preterida de nuestro ser en el mirar aún preservado de cuatro niños que contemplan el arco iris.


Mario Amengual, febrero de 2005


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