jueves, 12 de abril de 2018

Una isla para siempre (quinta entrega)




Volví aterrado a mi habitación.
Me tocó regresar por una carretera de tierra, larga, de muchas curvas, flanqueada por un lado, a mi derecha, por árboles de hojas de verde pálido y ramas y troncos retorcidos y brillantes, como si una luz sin origen los alumbrara sólo a ellos. Sentí mareo y ganas de vomitar, pero en ningún momento me detuve; después me sobrevino una inmensa y despiadada nostalgia de no sé qué… tal vez de algo olvidado o de un tiempo intuido o nunca realizado. Todo pasado se me hizo espejismo, hechos improbables o sólo imaginados; igual daba un sueño o un coito con Sonia o una conversación con mi mamá o una pelea en el patio de la escuela primaria: todo momento y toda vivencia se hicieron vapor intangible, aire de imaginación y sueño y soledad. Nada era real ni comprobable: todo podía ser tan falso como verdadero o sólo materia de los sueños. Nada se podía constatar. Recuerdos, sueños y fantasías conforman, desde entonces, una sola masa, una especie de nebulosa en mi cabeza y cualquiera puede ser tan real como ficticio.
Y la nostalgia seguía envolviéndome, como si todo lo cierto de mi vida, como el amor de Sonia, se disolvía en las aguas que circundan la isla, esta isla que no termino de entender. (¿Estaré todavía en mi cama, en la casa de mis padres? ¿Me dieron alguna droga, o es la emetina, que ha roto mi conciencia?, me preguntaba.)
Si nada parecía cierto (o no vivido, o dudosamente vivido, o soñado), si la realidad era un mosaico de episodios en un juego de espejos, al punto de convertirlos en irreales, ¿no estaba soñando o imaginando que había salido de mi casa y me hallaba atrapado en una isla de caminos cambiantes?
Esa pregunta me empujó al casino por desesperación de hablar con alguien, para arrancármela de la cabeza con las garras de la distracción. Y ahí estaba Defresne, sentado al final de la barra, muy cerca de la mesa de Billie Queen: vestía un traje azul oscuro y una camisa beis, sin corbata; ahora tenía el cabello muy negro, como plumaje de tordito, todo peinado hacia atrás, y la barba también muy negra y recortada; su rostro lucía la frescura, se me ocurrió, como la de los muertos después de que alcanzan la paz y los arreglan. Bebía el aguardiente ese, que aún no sé qué es, y fumaba un cigarrillo marrón, largo y delgado, como esos que en una época fumaba mi papá por moda y por dárselas de galán, imitando a un policía de una serie de televisión. Me ofreció un trago. No quise. Le conté lo que me pasó en la carretera, lo que sentí y sigo sintiendo, ahora menoscabado.
-Aún no determino si eres muy inocente o un soberano pendejo, pero no te molestes por eso- me puso la mano en el hombro para evitar que me levantara-. Y a decir verdad, no estoy aquí para explicaciones. Ya llegará el momento en que entiendas que al llegar aquí todo pasado es como una película, casi siempre mala, y digo casi siempre sin conocer la primera excepción, para no parecer dogmático. Estás, como yo, como todos aquí, confinado en esta isla, por más que intentes volver a tu casa. No pierdas el tiempo en eso.
Fíjate, ahí tienes a la gorda Nubia, que seguramente está brava contigo porque fuiste solo al centro de la isla con una segunda intención. Ahora ella sabe que amas y añoras a otra mujer…
-Defresne, eso no me parece. Lo de ella es pura lujuria.
-Sí, es cierto, pero a cambio de esa lujuria ella quiere amor. No sabe expresarse de otra manera, aparte de una ternura insinuante.
-Vamos por partes, Defresne. ¿Confinados en esta isla? ¿Eso dijo?
-Sí, así es, muchacho. Pero olvídate de eso… por ahora. Busca a la gorda Nubia y entrégate a su lujuria. No imaginas cuántos quieren estar en tu lugar.
El pavor, en mí, comenzaba a darle paso a la rabia y a la desesperación, porque cada vez me resultaba más complicado este mundo, la isla, La Herradura y no pude evitar decirle a Defresne:
-No sé si usted es un loco de remate o simplemente se burla de mí.
El buen ánimo de Defresne era inquebrantable, de seguro ayudado por el aguardiente sin nombre; ya llevaba media botella.
--Ser tan joven como tú y estar aquí no es para nada un privilegio. Yo no sé desde cuándo estoy aquí y no quiero saberlo. Total, ser profesor de literatura jubilado y escritor de dudosos méritos entre una minoría de sobradas arrogancias en un país saqueado por los políticos de izquierda y de derecha, y marchitándome en bares y tascas de Sabana Grande no era mejor que esto. Por eso no me amargo… ¿y tú?
-Quise estudiar una carrera corta en un tecnológico y, de hecho, la comencé: administración de personal, pero apenas llegué al segundo semestre y por flojera mía y necesidades de la casa, terminé de mesonero en un restaurante de comida italiana y después en una tasca y no me iba mal. Pero, dígame, ¿qué cosas escribía o escribe usted?
-¿Cosas?- sonrió con burla, supuse que por mi ignorancia y llamarles cosas a sus escritos-. Un poco de todo, pero cosas- recalcó esta palabra- que, salvo dos o tres conocidos y yo, más nadie leía. Es la verdad. Y no llegué a creerme el genio incomprendido, pero sí estaba seguro, y lo sigo estando, de que esas cosas poseen cierto valor literario. Ahora no me importa.
-No sé cómo haré, señor Defresne, pero intentaré volver a casa.
-No lo dudo, porque el amor te ata, porque sólo concibes el amor como una atadura. ¿No has pensado que al pasar el tiempo ella…
-Sonia- interrumpí.
- … ella, Sonia, no sienta lo mismo que tú, no se sienta atada a ti, como tú, atado a ella?
-Es posible, pero la última vez que creo haberla visto apenas quiso hablarme.
-¿Que crees haberla visto? Oye, no te me pongas misterioso, pero déjalo así. No me expliques nada, si acaso puedes explicarlo- se empinó un buen trago, encendió un cigarrillo y no dejaba de verme con un asombro risueño.


Le conté cómo conocí a Sonia y la promesa que me hice una tarde, cuando la vi pasar por  mi casa con una falda muy corta, para gracia y privilegio de mis ojos, el poder contemplar sus hermosas piernas: algún día y muchos más- me dije- estaré entre esas piernas. Y así fue y quizás sea con esas piernas, además del lunar junto al filtro, que me ata su amor. Defresne me escuchaba con verdadera atención, paciencia y compasión; hizo un gesto cortés para callarme y después de un breve silencio recitó un poema, o parte de un poema, como me dijo después, cuando le pedí que lo repitiera para yo memorizarlo:

Ni en el llegar, ni en el hallazgo
tiene el amor su cima:
es en la resistencia a separarse
en donde se le siente,
desnudo, altísimo, temblando.
Y la separación no es el momento
cuando brazos, o voces,
se despiden con señas materiales:
es de antes, de después.
Si se estrechan las manos, si se abraza,
nunca es para apartarse,
es porque el alma ciegamente siente
que la forma posible de estar juntos
es una despedida larga, clara.
Y que lo más seguro es el adiós.

-¿Es suyo?
-No. ¡Qué más quisiera yo! Es de un poeta español. Pedro Salinas.

Y se fue con los ojos vidriosos y a mí me dejó con el sentimiento de la  verdad y la belleza en las palabras.

lunes, 9 de abril de 2018

Una isla para siempre (cuarta entrega)

La noche de las luciérnagas (concedo en llamarla así, aunque comparto con Defresne la indiferencia entre día y noche en esta isla o, más bien, la falta de día), hubo dos momentos que no reseñé antes por destacar el discurso de Defresne y mi experiencia ante la aparición de las luciérnagas, si acaso eso eran.
Al rato de sentarnos a la mesa la gorda Nubia y yo, pasaron hacia el fondo del patio, a la última mesa de nuestra fila, míster Queen mal encarado y a paso rápido, seguido, con pasos de lentitud calculada, por La Pepa, sobrada en belleza y sensualidad: llevaba puesto un vestido púrpura muy escotado y corto que permitía la tortura de dejar ver casi por completo sus senos ostentosos y firmes, buena parte de sus muslos gruesos y sólidos, sus pantorrillas de curva y proporción desquiciadora y esas rodillas morenas como dos soles de su inquietante cosmogonía. Al pasar junto a nosotros la entreví, con la cabeza gacha, y me regaló una amplia sonrisa de gruesos labios rojos y lengua perturbadora, apenas asomada entre dientes parejos y blanquísimos; y también me brindó una mirada de ojazos café deslumbrantes. La gorda Nubia se dio cuenta y me pellizcó con rabia la barriga, no sé si por celos o por llamarme a la discreción y me dijo al oído:
-Por eso estás aquí.
Cuando la Señora se puso de pie para ordenar la aparición de las luciérnagas, su rostro era muy joven y de serena hermosura: ella, a mi parecer, cumplía con un absurdo protocolo para revelarnos su belleza, el de su rostro enmarcado en su cabello perfectamente recortado. Y esa honda impresión ha de haberse delatado en mi rostro, porque cuando estábamos en la cama y supe otra vez de mí, la gorda Nubia me refirió con pocas precisiones parte de la historia de la Señora, a quien ahora juzgo de belleza melancólica. Es una historia similar a la de mi mamá, pero en otro mundo. El Señor, pariente del padre de ella, la sedujo con algún encanto mágico, según una versión, y, según otra, la trajo a su reino a la fuerza y sin importarle las consecuencias, valiéndose de su poder y de su riqueza. Y por ese poder y esa riqueza, el padre de la hija encantada o raptada, terminó aceptando como yerno al esposo indeseado. Por eso creo que ella no es una mujer severa, como todos dicen, sino resignada y entonces su juventud y su belleza suelen opacarse con la amargura.
Y vuelvo a pensar en esa afirmación de la gorda Nubia: por eso estás aquí; como si fuese una condena, como si ella supiera la razón de mi permanencia aquí y yo aún sin saber cómo ni por qué, tomado por ella, dejándome llevar por las insinuaciones o meras maldades provocadoras de la Pepa y el cada vez más apocado, menos persistente, recuerdo de Sonia, desvaneciéndose como la neblina cuando el sol arrecia y el viento se la lleva.



                                        Eduardo Bárcenas, Vitrina.



Me acuciaba el empeño de conocer el centro de la isla. La gorda Nubia no quiso acompañarme.
-Eres terco. Allí no tienes nada que buscar. Allí será como estar en la ciudad de donde vienes. Ni más ni menos. Ve tú, ya que no puedo impedírtelo, y ve con cuidado y te deseo suerte.
(Por cierto, no dejo de llamarla la gorda Nubia o sólo gorda en la intimidad, porque a ella le agrada. Para ella, la gordura y sus dotes amatorias, de las cuales se enorgullece, son una misma virtud: sin una no poseería las otras. Así lo cree.)
Pensé en Defresne. Ir al centro de la isla con él podría resultar un paseo de inusitadas perspectivas, tratándose de un hombre de opiniones propias y de sinceridad incondicional. Llegar a la puerta de su habitación se me hizo complicado: volví a verme en una sucesión de escaleras ciegas, terminadas en paredes sin abertura alguna; pero al fin llegué, cuando casi me daba por vencido, sin que de nada sirvieran las indicaciones de la gorda Nubia. Toqué varias veces, con suavidad y sin apuro, sin recibir respuesta y cuando daba la vuelta para marcharme, asomó la cabeza por la puerta entreabierta: la barba más larga y desordenada, unas ojeras pronunciadas y la tez amarillenta le daban una apariencia cadavérica; de la habitación provenía la mezcla de un intenso olor a humo de cigarrillo y de algo rancio o comenzando a descomponerse. No me dejó hablarle (su aliento era peor del que lleva días de borrachera continua y sin enjuagarse la boca).
-Estoy indispuesto. Cuando me sienta mejor te busco- y trancó la puerta.
Después supe que Defresne rara vez sale de la habitación. Al parecer, se la pasa encerrado: leyendo, escribiendo, fumando y tomando ese aguardiente desconocido y dador de pronta embriaguez.
Salí solo. Al cruzar el portón de La Herradura pude oír las risas burlonas de las Morales y una de ellas, la mayor, dijo:
-Déjenlo retorcerse en su orgullo. Ya está aquí, aunque no quiera, y lo que más le gusta ya lo tiene.
Crucé la avenida asfaltada y con rayas blancas recién pintadas, descendí por una escalera flanqueada de arbustos acechantes y luego bordeé un pequeño lago de forma irregular, pero que a mí se me hizo de forma de una cabeza de toro, sobre el cual inclinaban sus profusas ramas esos árboles de troncos y ramas de intenso negror, hojas amarillentas y frutos dorados. Después descendí por otras escaleras oblicuas que tal vez pretendían desorientarme y zigzagueando o en recta dirección avancé temeroso de mis dudas y de cuanto pudiera encontrarme, a sabiendas del miedo que procuraban inspirarme la oscuridad azulada, la diversidad de senderos, el aire de ráfagas de frígida humedad y la vegetación abundante, rara y por momentos antropomórfica como la de los temores nocturnos infantiles.
Me vino a la cabeza la deseosa seguridad de que si no vacilaba en mi andar, si no dejaba distraer mi propósito, llegaría a la cálida y lisa piel de Sonia, y ya no sería necesaria ninguna excusa para fijarle a mi vida un destino junto a ella. Bajo el influjo de ese engaño, urdido en aires de esperanza y probabilidad, llegué al centro de la isla, un centro sin claridad y correspondiente a lo que me había advertido la gorda Nubia.
Una larga descripción de cuanto vi sería innecesaria, porque ya no se trataba de las repugnantes o deplorables apariencias, sino de cómo comencé a verlas de otra manera. Podría resumirlo así: ese mundo abyecto siempre me había rodeado, vivía en él, pero lo distinto era mi percepción y su incidencia en mi mundo interior.
Siete niños mugrientos, descalzos, los pies heridos y llagados, apenas vestidos con inmundos pantalones cortos, me rodearon con las manos extendidas; reían embobados y balbuceando monosílabos incomprensibles; sin brillo infantil en sus ojos, sin trazas de inocencia, quizás ya indiferentes ante el dolor y la violencia y la sangre derramada en peleas insensatas, adictos a la piedra maldita, la piedra de la locura, la piedra de la degradación. Me libré de ellos, aunque me siguieron un buen trecho: ni siquiera tenían fuerza para someterme; ya sus cuerpos eran unas débiles piltrafas. Y son los únicos niños que he visto en esta isla y esa única vez.
Seguía confiado (o engañado) en encontrar a Sonia y caminé muchas cuadras, siempre hacia el norte (así lo creía). Sospeché que alguien me seguía, como tantas otras veces cuando ando solo, pero ahora era una mirada penetrante, omnipresente, ineludible, y la sentí con  mayor agudeza en los momentos en que la idea de abandonar la isla me poseía. Tropecé una y otra vez con hombres y mujeres de rostros borrosos, de miradas hundidas y extraviadas. Quise entrar al único negocio que lucía menos desagradable, donde un grupo de hombres callados en torno a una mesa oblonga tomaban algo, quizás el extraño aguardiente cristalino. No me dejó entrar un portero descomunal, rechazándome como si yo fuese un pedigüeño. No dijo nada: con un gesto de la mano me imponía seguir mi camino y, luego, cuando insistí en entrar, me empujó y trastabillé de espaldas varios metros. Quedé desorientado y ya no sabía si avanzaba hacia el norte, hacia el muelle donde  desembarqué traído por Tarenco, o si sólo caminaba hacia cualquier parte como un extranjero borracho y perdido en una gran ciudad.
Vi mucha gente, apretujada, cruzando un angosto puente de piedra sobre un río apenas visible al fondo de un abismo, pero se escuchaba el ruido trepidante de sus aguas turbulentas. Eran tantos cruzando el puente hacia el Valle de las Culebras, que algunos eran empujados al abismo y helaba la sangre el oír sus alargados gritos de dolor y espanto. Y al estar más cerca de ese perturbador tumulto pude notar que a todos les faltaba una extremidad: eran más los mancos que los de una sola pierna y éstos con palos o tubos como bastones, resultaban la mayoría de los empujados al abismo. Me aparté de allí, decidido a volver a La Herradura, a la melosa compañía de la gorda Nubia y atizado por conversar con Defresne: me urgían algunas explicaciones y hasta ese momento suponía que en toda la isla más nadie estaba dispuesto a dármelas.
Faltando poco para llegar a La Herradura, pues ya la divisaba entre el ramaje de frondosos árboles oscuros de un parque, se me acercó, saliendo de una casa baja y sin ventanas, un muchacho de mi barrio a quien no veía desde hacía muchos años y, aparte de que lo llamaban Morocho, más nada sabía de él.
-¿Dónde puedo encontrar a Rider Zavale?- me preguntó.
No esperó mi respuesta, mi no desconcertado. Salió corriendo tras cinco caballos que pasaron galopando por la avenida hacia un promontorio de tierra pelada con una cruz azulenca de madera en lo más alto.

jueves, 5 de abril de 2018

Una isla para siempre (tercera entrega)

                                 Máscaras de trapo, Eduardo Bárcenas


Estaba tejiendo, sentada en una butaca junto a la ventana de mi cuarto. El tejido era apenas un disco dorado del tamaño de un plato de postre. Me acerqué a ella y le pedí la bendición; me la dio en un susurro. Me senté en una esquina de la cama y conversamos. Me refirió, sin culparme,  que mi ausencia había agravado en mi papá su adicción al alcohol y a los juegos de azar. Sin quejarse, sin soltar una lágrima, detalló los padecimientos de la pobreza empeorada por la exclusiva dependencia de la pensión del seguro social de mi papá. En eso, él entró al cuarto y salió como un ventarrón rezongando lo que, para variar, aludía su rechazo a Sonia.
Él nunca ha querido a Sonia y con o sin tragos encima me lo ha dicho en mi cara. No acepta y me recrimina como una extrema carencia de carácter que yo ame a una mujer con un hijo de una relación anterior y además lo trate como si fuese hijo mío. Si por él fuera, yo debería comportarme como los leones, que matan a la cría de otro macho para quedarse con la hembra y engendrar la suya. Además, no se cansa de repetir que Sonia tiene una cara de puta que no se la quita nadie, como si la cara de puta fuese un impedimento y no un aliciente para amar a una mujer. Si no me equivoco y mi ignorancia no es tan grande, muchas guerras, reinos y hazañas se han debido a hermosas mujeres con caras de puta.
Supongo que su amargura se alimenta con los comentarios, calumnias y chismes  de quienes, como él, pasan el día en la taguara de Gilberto bebiendo, jugando dominó, especulando sobre los números por salir en las loterías y pendientes de la vida ajena, porque, al contrario de lo que suele pensarse, son esos viejos jubilados, no las mujeres, los peores intrigantes, cizañeros y expertos en mancillar cualquier reputación.
Mi mamá no contradice sus aguijonazos porque Sonia le parece un poco alocada, pero buena y jovial. Mi mamá sí sabe de resignación: dio un paso en la vida o el destino la forzó a darlo, y ella no supo o no quiso cambiarlo. A los dieciséis años, mi papá de cuarenta y uno, la conoció, para decirlo como se estila en la Biblia. En un caserío como Vigirima a qué podía aspirar una muchacha seducida por un hombre mañoso que supo atraerla con regalos y un día, alebrestada con ron, en el claro de un recodo del río supo de un hombre sobre ella, la hija del herrero Tomás y la señora América, ama de casa rural. Como en viejos tiempos, mi papá, un hombre de ciudad, la hizo suya más por fuerza y astucia que con amor: un rapto, una violación convalidada por unos padres pobres que sufrían para mantener a nueve hijos y vieron en mi papá un alivio para ellos y una mejor vida para su hija, sobre todo porque para entonces mi papá, empleado en un ministerio, podía darse ciertos gustos como el tener una casa en Vigirima para pasar los fines de semana, en principio con sus compañeros de parranda y después, ya poseída la ninfa del río, sólo con ella y para complacerlo en todos sus antojos y necedades.
Aunque contestaba todas mis preguntas y me daba noticias sobre el día a día de la casa, la noté esquiva, tal vez resentida por haberme ido como lo hice, y entonces preferí salir a la calle. Saliendo de casa me encontré con Sonia; estaba desaliñada, sin nada del frugal maquillaje que suele destacar la finura de sus rasgos y llevaba puesto un vestido ancho y disparejo. Me vio con desencanto y tristeza, y siguió su camino por una calle que ya no era la de la casa de mis padres.






 De momento no sabía si la gorda Nubia, desnuda, con medio cuerpo suyo sobre mí, me estaba insuflando aliento o besándome. Me incitó a levantarme, aunque algo de mí ya lo estaba.
-Vamos al patio. Hoy es noche de luciérnagas.
-¿Y eso qué tiene de especial? Aquí siempre es de noche- le dije, mientras seguía sin saber cómo ni cuando llegamos a estar en mi cama.
-Vamos a vestirnos y ya verás- y poniéndose de pie con una agilidad contradictoria con su corpulencia, agregó con burla: Tú y tus preguntas todo el tiempo. Más pareces policía que mesonero.
Me dio risa su observación y no pude evitar responderle con la máxima de un colega:
-Los mesoneros de tanto oír conversaciones ajenas en las barras y en las mesas, terminamos siendo curiosos y entrépitos.
Entre carcajadas, se dio vuelta, se inclinó sobre mí y me regaló larga y lujuriosamente su lengua en mi boca.
No puedo pasar por alto que la gorda Nubia, con todo y sus kilos, es de un cuerpo proporcionado, de carnes firmes; sus senos, como globos inflados, de pezones muy pequeños, pueden prescindir de sostenes; y algo, curioso en demasía: en cada nalga luce un hoyuelo, como los de algunas personas en las mejillas, que le dan a su abultado culo la apariencia de una grandiosa sonrisa vertical.
Como un celaje bajamos al patio, tomados de la mano: la gorda Nubia cubrió su desnudez sólo con un vestido muy suelto de muchos colores, con preponderancia del carmesí; yo me vi con una franela y un pantalón grises, ambos de algodón, y descalzo. Nos sentamos en una mesa de cuatro puestos (uno ya lo ocupaba un tipo de poblada barba entrecana, cabellera igual y despeinada, lentes muy gruesos, un traje azul marino y camisa blanca), junto a un árbol de tronco y ramas de negror intenso, hojas amarillentas y frutos dorados del tamaño de mamones o jobos, no comestibles según me advirtió la gorda Nubia. Llegué a contar catorce mesas colocadas entre dos hileras de lámparas de querosén sobre estacas de bambú de más de dos metros de alto; en el centro, en un sillón de madera muy labrada con escenas de guerra, estaba la Señora. Los pocos que hablaban, se atrevían en voz muy baja; supuse que esperábamos a alguien, quizás al Señor.
-Él es Roberto Defresne, escritor y poeta- dijo la gorda Nubia, refiriéndose al tipo de nuestra mesa.
Defresne, como le gusta que lo llamen, sólo por el apellido, sonrió con una mueca entre displicente y melancólica. De una botella de vidrio ambarina, cilíndrica y de pico corto, la gorda Nubia sirvió en tres copas pequeñas una bebida cristalina, ardiente y para mí desconocida. Recordando el reciente reproche de la gorda Nubia y acostumbrado a no hacer preguntas, me limité a saborear ese aguardiente y a disfrutar sus efectos inmediatos. Lo mismo ha de haberle pasado a Defresne: se acomodó en la silla en una postura relajada y se soltó a hablar. Aunque yo sólo quería ver las luciérnagas, le presté atención a todo cuanto dijo: sus impresiones, sospechas, dudas y opiniones respecto a la isla y a La Herradura eran idénticas a las mías, pero mejor expresadas y con reiteradas acotaciones de petulancia cultivada.
Desde entonces lo escucho con respeto y paciencia. No se abstiene de decir lo que piensa y posee una manera muy suya de expresarlo; supongo que por eso es un escritor exitoso, según me han dicho, y de lo cual parece ufanarse. De esa primera vez, mientras esperábamos a las luciérnagas y la gorda Nubia sonreía toda nerviosa, alternando su mirada de súbdita asustada y arrumacos conmigo, me asedian estas palabras suyas:
-¿Noche de luciérnagas? ¿Acaso no estamos aquí, casi, en una noche perenne? La mayor claridad en esta isla es, cuando mucho, como la primera hora del amanecer o del anochecer. ¿Y no serán  esas luciérnagas, si aparecen, el espectáculo de un ingenioso artilugio lumínico para distraernos, para mantenernos alelados? Aquí todo me parece falso o, por lo menos, concebido para un propósito inconfesable para nosotros, los residentes de La Herradura. Desde que llegué oigo historias sobre el asedio de los ruines y nos advierten casi a diario que no nos acerquemos al voladero de los ruines. Ciertamente hay un voladero, un acantilado, del cual nos separa una altísima reja de barrotes de hierro muy altos y que terminan en puntas muy afiladas, pero ese voladero es el extremo sur de la isla y por lo poco que he podido indagar, ahí resulta imposible que viva alguien, a menos que sean hombres pájaros como aves marinas o murciélagos. A mi entender, los ruines no son otra cosa que un montón de gente hambrienta y sin techo, como en cualquier parte del mundo, y viven en una isla muy pequeña no muy lejos de esta donde estamos. Y para completar la escenografía de la intimidación, en buena parte imaginaria, corre el cuento de los tres leones, dos hembras y un macho, temibles custodios y protectores que, hasta donde yo sé, nadie ha visto, pero dicen que pueden entrar a este patio cuando se les antoje…
Aunque no alzó la voz más allá de nuestra mesa y esa parecía ser su intención, todos los presentes lo escucharon: se notaba en las caras el temor provocado por sus imprudentes preguntas y afirmaciones. La gorda Nubia se mantenía deshecha en sonrisas y gestos nerviosos, con aires de estupidez congénita. La Señora se puso de pie (todos dimos por seguro una reprensión a Defresne) y alzando la mano izquierda a la altura del pecho dio inicio a la aparición de las luciérnagas. De oeste a este avanzaban sobre el voladero de los ruines como bandadas de pájaros fugitivos y luminosos. Yo sentí que no estaba sentado contemplándolas, sino que me había elevado decenas de metros sobre el patio y tenía ante mí una constelación rauda, cientos de pequeños soles muy juntos: me sentía a una distancia exacta para que su luz no me encandilara ni su calor me abrasara.

No sé si alguien más tuvo una percepción igual o similar. No lo he preguntado ni lo preguntaré. Sólo sé que volví a mi habitación con la gorda Nubia (al parecer me desmayé y ella me llevó a rastras): otra vez estábamos desnudos en la cama, abrazados, como si ya estuviese establecida, sin previo acuerdo, nuestra convivencia.

lunes, 2 de abril de 2018

Una isla para siempre (segunda entrega)


Volví a la terraza de la azotea, pero en esa oportunidad sin pasar por el casino. Fue por otra puerta, grande, de dos hojas, de madera tallada con la representación de leones y toros enfurecidos y hombres temerosos.  Caminé hasta el pretil colindante con la oscuridad cerrada. Una cabeza de león rugiendo, tallada en piedra, corona el centro de la terraza. Estuve detallándola por un rato: me inspiró miedo y me aparté de ella. Entonces apareció  la Señora, como la llaman todos aquí. No me pareció hermosa, pero sí muy atractiva: algo en ella seduce y encanta, pero infunde un respeto temible.
-El frente de La Herradura, la curva, da hacia el norte. Sus brazos apuntan hacia el sur. Y hacia el sur está el voladero donde deambulan los ruines, esos que algunas veces intentan entrar aquí y arrasarnos, pero nunca lo lograrán. Por esos los tres leones, dos hembras y un macho, fuertes y fieros, custodian nuestro límite con el voladero. Los tres leones, de vez en cuando, eso es impredecible, entran al patio central de La Herradura saltando la cerca que nos protege. No sé cómo, pero lo hacen. Rondan cuanto se les antoje por allí –señaló hacia el centro oscuro de La Herradura-, incluso se pasean por el pasillo externo de la planta baja y así como vienen, vuelven a su territorio, cuya extensión nadie conoce.
Me extendió la mano izquierda y la tomé con mi derecha. Caminamos muy juntos hasta el extremo del brazo este de La Herradura, después de atravesar un umbral insospechado en el rectángulo de la terraza.
-Se supone que del este siempre viene la luz- dijo, señalando con la derecha hacia esa dirección. Aún seguíamos tomados de las manos. Muchas preguntas me asediaban, pero no me atrevía a pronunciarlas: me sentía lleno de miedo y devoción por ella. Su rostro cobrizo, delineado en medio de su largo cabello negro y lacio, sólo pude mirarlo por segundos.
-Cándida Hesperia puede alumbrarte si sabes cómo ganarte su afecto. Ella nunca te buscará. De ti depende encontrarla- me soltó la mano y se fue.
Regresé al centro de la terraza. Pude ver algunas luces vertiginosas en  el voladero. Seguí hasta el casino y me planté junto a la Pepa, casi rozando su brazo. Míster Queen me miró de mala gana y me pidió un trago del aguardiente raro. Se lo serví con estudiada cortesía y me planté de nuevo junto a la Pepa. Ella volteó a mirarme y me sonrió y con los labios me hizo un gesto de sensualidad cómplice y más atrás, sin mediar palabras, el puño enorme de míster Queen se estrelló justo debajo de mi oreja derecha y caí de largo a largo en el piso inmundo.
Desperté en el regazo de la gorda Nubia. Me besaba la frente y me  acariciaba la cabeza. Cuando abrí los ojos me besó en los labios. Me consentía. Nubia es dulce, simpática e inagotable. Es la única persona en esta isla con alma de gente. No se altera ni se ofende por tonterías. Da lo que es a corazón abierto.
-No repitas esa estupidez. Míster Queen es un enfermo celoso. La Pepa es su diosa… ¿y cómo te atreves a estar junto a ella con tu virilidad alborotada?- eso me dijo la gorda Nubia después de besarme una y otra vez en la frente.
Estábamos en un pasillo de La Herradura, apenas alumbrados por las quietas llamas de unos velones negros, como los hay a mitad de pared sobre angostas repisas, en todo el interior de La Herradura. La miré con cariño y agradecimiento. Me levantó y nos fuimos al Paseo de las Escaleras. Ella seguía besándome en el cuello y me susurraba palabras amorosas al oído. Bajábamos y bajábamos por escalones de mármol, de blanco y negro intercalados, como si el mundo fuera nuevo y lo descubríamos con nuestros limitados sentidos. A uno y otro lado se oían gritos de gente, no sé si eufórica o torturada o desesperada, pero tomado de la mano con ella era como avanzar en un prado benévolo y generoso con la alegría de vivir. Seguimos con pasos firmes bajando esas amplias escaleras  y, al fondo, en un aire apenumbrado, como un recuerdo lejano, había huellas exactas de grandes seres sobre la tierra seca y, a los lados, lápidas irregulares en granito y mármol, se extendían como monumentos a ídolos inmemoriales: eran, quizás, tumbas sin nombres, sin dedicatorias de sus dolientes. Me sentí en un mundo donde nunca quise estar, mientras  la gorda Nubia me besaba el cuello con fruición y como único destino.
Más allá de mi pobre vista, bajo una oscuridad indecisa, se abrían campos en formas irregulares, pero delimitados en perfección geométrica, y ya no podía más ante tan calculadas maneras de ver el mundo y pensé: este es el único mundo en el cual  ya sólo sé estar y ver, sin afirmar nada ni rebotar preguntas. Sólo sé de la heteróclita hermosura de ese recorrido y de esas impresiones sugestivas a cada paso. Y así anduve con el cariño de la gorda Nubia y los ojos más abiertos que nunca ante la realidad de esos momentos raros.
-Aquí estamos, en el punto de partida- dijo ella.
Y los ciento cuarenta y siete escalones que descendí complacido con la gorda Nubia fueron un episodio repetido una y otra vez. Aún no comprendo por qué al caminar  unos doscientos metros de vuelta, estamos en el punto de partida sin subir ni un metro. Pero aquí, en esta isla, todo es así. Las preguntas sobran y las respuestas faltan. No hay respuestas para las preguntas.
Creo que la gorda Nubia está enamorada de mí, pero yo sólo tengo cuerpo y pensamientos para Sonia. La Pepa de Billie Queen me alborota la virilidad, pero eso no es amor. Es la pura lujuria, el deseo que su ser de ricura alebresta. Ni siquiera sé cómo llamar a Sonia: decirle que no me olvide, que estoy en este mundo amándola; pero no sé cómo volver a sus brazos, a su lunar subyugante, a su boca posesiva… a eso tan suyo, cálido y absorbente. Quiero tenerla a mi lado, ratificarle mi amor y mi deseo; al menos espero que nuestros anhelos coincidan en el espacio que nos separa, en el amor cuyas barreras casi nadie conoce.



 Alguna vez me elevé sobre el mar abierto y pude divisar, desde lo alto, archipiélagos, penínsulas y bahías escondidas. Recorrí con pasos ligerísimos campos que se extendían a lo largo y ancho, conforme yo avanzaba; pero eso fue en otro tiempo, cuando aún me complacía en jugar bajo la lluvia, revolcarme en los barriales y algunas tardes inspiraban la certeza de ser interminables.
También fue el tiempo en que mi tía Ada, la hermana menor de mi mamá, me llevó a un río. Llegamos después de un largo  y alegre recorrido en un viejo autobús lleno de gente de todas las edades. Ella  y yo nos separamos  de los demás pasajeros y caminamos río arriba, hasta un pozo llano. En una de las piedras que lo circundaban, la más plana, estaba sentada una señora que nos recibió con mucha cordialidad y cariño. Mi tía me mandó a bañarme en el pozo, mientras ella conversaba con Julia (jamás olvidaré su nombre), y en cierto momento advertí que mi tía Ada sollozaba abrazando a Julia. Meses después, no muchos, mi tía Ada murió, apenas cumplidos treinta años. Siempre supe, sin que nadie me lo dijera o en aquel momento escuchara alguna palabra, que aquella conversación entre ellas era una despedida para siempre.
Así hay un tiempo para cada uno de nosotros. Así somos, pero llegan los días de las exigencias, las obligaciones y de eso abarcado con un término genérico: la rutina. Y nada de eso sería de lamentar, si no fuese porque nos lleva a otro extremo, olvidando aquello, lo otro, lo de ese otro tiempo: nos quedamos en el extremo árido.
Algo de eso perdido, difuminado en la cotidianidad, he reconocido en esta isla, aunque no siempre en circunstancias agradables: han sido embates contra un sólido muro de miseria humana. Aquí también me he elevado, en las únicas horas claras en mi cabeza, aunque de cielo nublado: en el apogeo de la elevación comprendí que el disfrute de la altura, el goce de mirar cuanto podía, lo es todo y no importa si alguien más sabe de esa íntima y modesta satisfacción. Por eso, mi permanencia en esta isla no me ha resultado tan pesarosa, aunque el trato de las Morales, el golpe que me propinó míster Queen y el temor a un ataque de los ruines parecieran suficientes para sentirme espantado. Y no puedo negar que el cariño espontáneo e incondicional de la gorda Nubia y la arrobadora hermosura y sensualidad de la Pepa han despertado y elevado mi gratitud.
Ya en ese punto de compensación, me arriesgué a salir solo de La Herradura.  La calle de enfrente no era la misma de otras veces; al menos yo no la recordaba así. Esta no estaba asfaltada y no tenía acera a uno y otro lado. El cruce más cercano estaba a una cuadra a la izquierda y frente a La Herradura no había un parque con árboles y arbustos frondosos, sino un zanjón en cuyo fondo estaba empozada un agua verdosa. Bajo una luz indecisa de amanecer o atardecer caminé hasta el cruce de la izquierda, donde comenzaba una larga calle también sin asfaltar y sin aceras: a la izquierda una fila  de bloques de catorce pisos, de dos cuerpos unidos por una escalera central. De cada uno de los apartamentos de esos tantos  bloques salía una música distinta a todo volumen; en las plantas bajas y en los estacionamientos quién sabe cuánta gente hablaba o gritaba o cantaba o silbaba.  De pronto se oían objetos de vidrio, seguramente botellas de aguardiente o cerveza, estrellarse contra paredes o el piso; se oían disparos, pitas e insultos, pero no tuve miedo: algo me aseguraba que con sólo seguir mi camino y no acercarme a los edificios no correría peligro.
Sólo sé que iba hacia el norte de la isla, de acuerdo con lo que me había indicado la Señora sobre la posición de La Herradura y según le había escuchado en el casino a unos de sus disparatados huéspedes.  Al final de esa prolongada calle, donde también terminaba la hilera de bloques, al otro lado de una avenida en la que aquélla desembocaba, pude ver, entre altos árboles de follaje oscuro, un edificio de dos plantas abarcando toda una cuadra. En sus ventanales se alternaban resplandores. Al principio me pareció un museo; luego, un palacio de gobierno. No quise, no tuve valor para cruzar la avenida y allegarme hasta alguno de sus pórticos; además, al llegar a ese punto algo negado a mi vista me sujetaba con fuerza el tobillo derecho... una cuerda, una liana, un tentáculo.

Y volví a La Herradura en menos tiempo del que tardé fuera de ella.

jueves, 29 de marzo de 2018

Una isla para siempre (primera entrega)

Proemio
Sabrán perdonarme el tiempo, y quienes concedan a leerme, esta insistencia de publicar mis relatos por entregas. Sin editor, sin plata y con puro empeño o necedad, me aventuro en estos tiempos desafortunados para Venezuela, donde se ofrece una joya con una mano y con la otra se aprieta un puñal, a cometer la impertinencia de afincarme en la silla y combinar letras con el teclado para urdir historias, cuando urgencias elementales mueven a quien esto escribe y a mis paisanos.

Muchas veces puede más la porfía que la desazón y, total, como suelen decir mis parientes más viejos: ¡pa cuatro días que vive uno! Vaya, entonces, Una isla para siempre, concebido en el desvelo, la angustia, las luchas de calle y ante las injusticias cotidianas en esta nave de locos, al garete y ensombrecida que es hoy Venezuela.




Parto, Eduardo Bárcenas.




A la memoria de Ligia Olivieri



Donde el cuco
desaparece
hay una isla

Basho




Hay una isla
 en la oscuridad y tú estarás allí
Mark Strand







Llevo tiempo aquí, en esta isla. Ya no sé si quiero volver a casa y no sé si puedo volver. De cómo llegué aquí recuerdo un antecedente en mi vida; por eso me pregunto, pese a las diferencias de las circunstancias, si aquella vez prefiguraba a ésta.
Aquella vez era un martes cerca del mediodía y yo vagaba por el centro de la ciudad, paseando el tedio y el sinsentido sin posibilidad de entrar a un bar o regalarme el cariño pagado y peregrino de una puta, cuando me encontré con Benito Briceño y José Espinoza, dos amigos que alguna vez me presentó mi primo Roberto. Son dos tipos sin profesión ni oficio determinado, pero se hacen llamar ingenieros y se dedican a contratar con instituciones del estado para cuanto ellas requieran: pueden vender desde una caja de bolígrafos hasta equipos de oficina y construir, con personal a su mando, carreteras, puentes, galpones y estadios de pueblos. Ya estaban achispados y por eso dadores de una amistad eufórica y generosa. Me invitaron a almorzar y entramos a uno de esos comederos concurridos, bulliciosos, baratos y frecuentados por toda clase de gente. Lo menos que pidieron fue comida. Las tandas de cervezas se sucedieron rápidas y sin reparos: después de quién sabe cuántas aparecieron en la mesa un plato de pepitonas picantes y unas galletas de soda. Fue lo único que comimos y mi estómago estragado y mi cerebro embotado más supieron de cervezas y cigarrillos como si no hubiese más nada en la vida que saborear.
A eso de las cinco de la tarde (supuse por el ajetreo de la ciudad) tomamos un taxi que entre colas y frecuentes mentadas de madre nos llevó a la casa de José Espinoza en un barrio inmediato al cementerio viejo de la ciudad. El anfitrión se dedicó a poner boleros en un reproductor de discos compactos, a servir taquitos de queso llanero, rebanadas de pan campesino y tragos de un ron oriental, supuestamente parecido al brandy, pero a mí me supo a cualquier lavagallos. Estábamos en el porche de la casa y nos separaba de la calle un angosto jardín de matas resecas y una verja baja de rejas oxidadas y columnas de concreto apenas frisadas. No sé a qué hora ni por qué, pero ya era de noche, se me antojó marcharme y no estaba ni borracho ni del todo sobrio, pero estaba en una especie de nube de indiferencia y lejanía en la cual ni la música ni los chistes ni las parrafadas politiqueras de José y Benito parecían provenir de un mundo cotidiano y necesario para la tranquilidad. Y aproveché que uno fue al baño y el otro a buscar más para picar y me escapé a la calle, abriendo la reja de la verja sin vueltas de llave, y caminé a capricho porque no sabía bien dónde estaba ni cómo llegar desde allí hasta mi casa, la casa de mis padres. Caminé varias cuadras, no sé cuántas, y me encontré ante la puerta principal del cementerio: no cargaba dinero ni pasaba un solo carro por esa calle y ahí me quedé, con la mirada fija en la puerta del cementerio, y supe otra vez de mí a una cuadra de mi casa, en la esquina del remate de caballos de Hugo Linares, sin saber cómo llegué hasta ahí sin caminar tan larga distancia ni montarme en vehículo alguno.
Tardé rato en saber dónde estaba. El tiempo era un fluido ligero sobre el cual yo me deslizaba. Entré al remate y le pedí a Hugo una cerveza: me voy a tomar tres cuando mucho y te las pago mañana. Sonrió con amabilidad de acreedor confiado y me la dio. Cuando iba por la segunda apareció Sonia en el umbral de una de las puertas de esa taguara.
-¿Dónde estabas? Te he buscado todo el día. ¿No te acuerdas del compromiso de hoy?
La miré como si la estuviese soñando. Me fijé en ese lunar junto al filtro; ese lunar, en el borde del labio superior, redondo y apenas abultado, lo miraba como se mira a la luna llena. Un vez más me perdí en ese cautivador lunar, centro de atracción de mi corazón sonámbulo.
-Creí que tus padres, para variar, te estaban negando. ¿Estabas dormido?
No sé qué le dije, pero me levanté, pedí otra cerveza, me la tomé en dos tragos y le dije que la amaba. Sonia es indiferente ante esas declaraciones de amor, actúa y responde, yéndose por otro lado, como aquella noche:
-Ven, mi amor. Nos están esperando.
Y nos fuimos a casa de una tía de ella a cantarle cumpleaños a una muchachita, a una prima, creo, mientras hablábamos de nuestro amor y nos besábamos. Otra vez no sabía dónde estaba ni cómo llegué a estar junto a ella, mi amor.
Te amo, le dije. La noche se convirtió en un orbe sin seguridad y sin razón de estar vivo. Después, al salir de la fiesta, pasamos largo rato encerrados en su carro, frente a mi casa, besándonos y tocándonos con la promesa de un día mejor. Le dije: sabes lo que pasa cuando a uno lo tocan demasiado y no se desahoga. Lo sé, hasta mañana, me susurró al oído. Nos besamos y volví mío, una vez más, ese lunar en su labio superior, más cerca de mi corazón que sus palabras.
Yo seguía como si estuviese soñando.
Pero esta vez, de este sin saber cómo y por qué estoy en esta isla ha pasado tiempo; ni largo ni corto, sólo ha pasado. Podría ser por la emetina: fue lo único que impidió que las amibas me destrozaran el hígado después de convertirlo en su provechosa morada. Una vecina del barrio, María la enfermera, era la encargada de inyectarme ese veneno cada dos días: deliraba, me volvía otro, pronunciaba largas parrafadas incoherentes, según me dijeron María y mi mamá. Sé que por varios minutos me ausentaba de mí y luego regresaba extenuado y sudoroso. Tal vez fue por ese ingrato remedio: la noche antes de salir de casa, Sonia pudo ofrendarme los encantos de su boca y pudo cabalgarme hasta el cansancio, hasta inundarla con un semen espeso y quemante, a pesar de mi debilidad.
En la madrugada me levanté y caminé hasta la sala y me puse a mirar por la ventana hacia el patio umbroso: un viento húmedo y frío hacía murmurar en un lenguaje universal y rara vez comprensible a las matas de los porrones y a los árboles. Me dieron ganas de fumar y sentí que ya no me repugnaría el humo del cigarrillo y así como aquella vez que después de un día de farra, lejos de mi casa, aparecí a una cuadra de ella sin aún encontrarle explicación a ese inconcebible traslado, así me encontré aquella madrugada al borde del lago, de pie a la mitad de un estrecho muelle de unos veinte metros de largo.
Una voz a mi izquierda se impuso al ruido de las aguas del lago estrellándose contra los postes del muelle:
-Llegaste a tiempo. Ya estaba por irme.
Apenas pronunció esas palabras, encendió el motor del peñero. Con un gesto de la mano me invitó a abordarlo. Era un hombre viejo, calvo, de mirada fruncida, nariz prominente y boca ancha de labios gruesos. No hablamos en todo el trayecto y al llegar a la isla me dijo, en un tono de fingida cordialidad:
-Espero que disfrutes tu estadía en esta isla. Adiós.
Me encaminé por un sendero resbaloso, cubierto de corocillo rociado. A todo lo ancho de la costa había numerosas fogatas dispersas en torno a las cuales pude notar siluetas humanas inertes y otras moviéndose con lentitud. No sabía adónde iba,  pero nada en mí contravino a mis pasos. Caminé, calculo, algo más de una hora hasta plantarme ante un edificio de cuatro pisos, de frente curvado, todo en obra gris y angostas ventanas verticales separadas entre sí unos cuatro metros. Empujé la hoja entreabierta del inmenso portón de metal: en el vestíbulo estaban tres ancianas de porte y vestimenta antigua conversando en voz baja. Me paré ante ellas y la más alta, de rostro severo y muy arrugado me dijo, mirándome a los ojos:
-Eres más joven de lo que pensábamos, pero igual eres bienvenido a La Herradura.
-¿La Herradura?- pregunté, pensando en que ese nombre me sonaba a castigo.
-Así es, La Herradura. Ese es el nombre de este edificio, por su forma- dijo otra de las ancianas, una encorvada, sin mirarme.
Y luego la otra, que daba la impresión de pasar los cien años y me hizo recordar a mi abuela paterna, me dijo, señalando la escalera que se abre paso por todo el medio del edificio:
-Tu habitación está en el cuarto piso. La séptima a la izquierda.
La más alta, la de rostro severo y muy arrugado me advirtió, cuando yo pisaba el primer peldaño:
-Después de que reposes  te diremos cuáles son tus obligaciones. Hasta luego.
Dormí muchas horas, eso creo, toda una eternidad, diría mi mamá, como si algún ser humano puede sentir o razonar ese tiempo abstracto, que es todos los tiempos y ningún tiempo. La eternidad: algo imposible de entender para el ser humano. Por lo menos sé que hay palabras sin sentido, que son sólo necesarias para no enloquecer. La eternidad es una de ellas. Creo que nada ni nadie quiere ser eterno. Yo menos.
Me levanté y bajé al vestíbulo: no había nadie. A la entrada estaban  las tres Morales, como ahora sé que así las llaman a las tres hermanas, y Tarenco, el barquero que me trajo a esta isla (si él no es maracucho,  Tarenco ha de ser un apodo). No era de día ni tampoco estaba tan oscuro como para llamarla noche: la propia penumbra.
Me acerqué a las Morales y a Tarenco. La más alta de las Morales, casi escupiéndome y empujándome me mandó al casino, en el extremo derecho  de La Herradura, en el único espacio techado de la azotea, aparte del “salón inaccesible”.
-Ahí te entenderás- me dijo.
El casino me pareció el sitio más indeseable de La Herradura: bulla en exceso, todo revuelto, el piso sembrado de colillas de cigarrillos, gargajos abundantes gruesos y sanguinolentos por todos lados, vasos y  botellas tirados en el piso. Todos gritaban, mujeres casi desnudas iban de un lado a otro y tipos  bastos y ofensivos les apretaban las nalgas o groseramente les tocaban la entrepierna; en un rincón, un tipo famélico le besaba y le mordisqueaba las tetas enormes a una muchacha pálida y drogada; pero me llamó la atención una mesa, al fondo, donde jugaban cartas. No me era un juego conocido ni quise saber cuál: apostaban fuerte, sobre todo míster Queen, un catire tosco y descomunal que mantenía abrazando por la cintura a una negra hermosísima y sensual por demás. Según supe después, ella es el amuleto de míster Queen: la llaman la Pepa de Billie Queen, porque ella le da suerte y cada vez que gana una mano le besa el ombligo siempre descubierto (siempre lleva puesta una blusa muy corta y escotada), y cuantas veces lo he visto cumplir ese ritual me lleno de envidia y deseo. Nadie sabe su nombre, sólo la llaman la Pepa y sólo sé que en La Herradura y en todo cuanto he podido conocer en la isla es la única mujer capaz de “levantar el ánimo” nada más de verla.
Aún no sé cuáles son mis obligaciones en el casino ni he tratado con nadie acuerdo de pago alguno al respecto. Supongo que como toda mi vida he sido mesonero, debo hacer lo mismo en el casino y ocasionalmente así lo he hecho: he servido tragos y pasapalos, además de ayudar un poco en la limpieza junto con las dos encargadas del mantenimiento: dos mujeres flacuchentas y desaliñadas, cuyo afán es limpiar vanamente el demencial casino, del cual salí espantado, la primera vez que estuve allí, por una puerta estrecha del fondo hacia la terraza de la azotea. Me recosté  del pretil que limitaba con la noche oscurísima de un cielo sin estrellas: me sentí en una noche cerrada en altamar. Era un mundo gélido y sin insectos nocturnos, confabulado contra la calma y la cordura. Nada daba muestras de haber  sospechas de vida más allá del pretil del cual me descubrí aferrado con toda mi fuerza, por miedo a caerme en esa oscuridad que ni en el recuerdo da tregua al asombro.
Volví a mi habitación después de subir y bajar decenas de escaleras, muchas de las cuales terminaban en recias paredes o en el principio de otra escalera ciega, pero al fin pude encontrar la habitación y echarme a dormir no sé por cuánto tiempo.

jueves, 22 de marzo de 2018

Nunca y siempre es tiempo de la poesía

A una convicción que me hizo suya en mi adolescencia y a la lectura de los discursos de algunos escritores al momento de recibir el Premio Nobel de Literatura, se deben estas líneas que corren a partir de un título paradójico. Se trata, si acaso es necesario denominarlo, de un ejercicio en el que tomo prestadas las palabras de indudables poetas de nuestro tiempo o, visto de otro modo, con legítimo derecho de lector las hago mías y procuro conjugarlas con palabras menos afortunadas: las que, para bien o para mal, me han asistido.
Primero, éstas de Derek Walcott: “La Historia es una olvidada noche de insomnio. La Historia y el temor primigenio son siempre nuestro origen, porque el destino de la poesía es enamorarse del mundo, a pesar de la Historia”[1].
¿Cómo no sentir ante ellas (las palabras de Walcott) el drama y la contradicción que todo aquel que emprende la aventura poética adopta como conclusión inevitable, impregnada de toda la fuerza de su veracidad? Bastaría con apenas asomarse a la vida de Francois Villon, tan sólo leer algunos pasajes de Una temporada en el infierno o simplemente recordar el Cántico espiritual de San Juan de la Cruz. ¿Y olvidaríamos a Georg Trakl y a Apollinaire, ambos marcados por el desenfreno bélico de sus días? ¿No fue ese el dolor individual e histórico de César Vallejo? ¿Acaso no supo Whitman de esos desencuentros de historia y poesía, aunque quiso aunarlas? ¿No fue ese el abismo por el que se precipitó la cordura de Hölderlin? Pero de poco servirán las enumeraciones, aunque digan mucho. Tal vez sea suficiente opinar sobre nuestra época, en la que, por cierto, el azote de la economía y el culto al progreso infinito tornan más comprometida la situación de la poesía y de sus aislados amanuenses.
La sucesión de conquistas de la inteligencia y de ruinas espirituales, debidas a la alianza entre la técnica y la política, pretenden no dejar espacio para todo aquello que no sea la fascinación por los artilugios relucientes y de pronta obsolescencia. No pocas veces la vida misma parece ínfima, mercancía de poco valor, ante el pujo humano por alcanzar fronteras y rebasarlas, sin descanso, sin límites y con insaciable afán. ¿Cómo pretender que la poesía sea un bien o una aspiración común si ya el asombro (o la capacidad de asombrarnos) se reduce al incesante interés por las maravillas de la técnica y los privilegios que otorga el poder en sus diversas pero unidimensionales formas? Por eso, no era para extrañarnos cuando apareció un escribiente de los poderes económicos y militares dominantes declarando el fin de la Historia; sí, esa misma Historia que Walcott sintió inevitable y pese a la cual la poesía se enamora del mundo. Hoy, el optimismo de aquel escribiente ni siquiera resulta risible; cuando mucho, sólo debería provocar un rictus condescendiente. En su momento, se sumaron en apresurada alharaca, como siempre, los infaltables epígonos de todo el mundo, permanentes ansiosos para adherirse a una tendencia de moda.
En 1990, dijo Octavio Paz ante la Academia Sueca: “La historia es imprevisible porque su agente, el hombre, es la indeterminación en persona”. Pero ya sabemos que el mundo no escucha a los poetas. De todos modos, ¿de dónde salieron tanto barullo triunfalista y tantas fanfarrias por el fin de la Historia? Obviamente de quienes quieren llevar el mundo a su antojo; ya no sólo la economía, sino las ideas, los pensamientos, los sentimientos y las conciencias. Y aún me consuela presumir que no lo lograrán. No será fácil mientras en cualquier parte de este planeta enloquecido arda la llama de la poesía, así como en la ficción de Bradbury (Fahrenheit 451) los libros, todos proscritos, sobreviven en la memoria de algunos seres humanos. Ese es un legado y más que eso: es una condición indestructible. Así lo dijo Faulkner y lo repitió García Márquez, ambos, también, ante la Academia Sueca.
El capitalismo reinante y el socialismo anunciado por algunos, con mucha insistencia hoy desde América Latina, son sistemas totalitarios porque, en esencia, no aceptan la libertad o autonomía del individuo, por más que éste demuestre su voluntad y capacidad para colaborar y asimilarse a la experiencia de proyectos colectivos. Los dos sistemas procuran, aunque lo disfracen sus proclamas y sus constituciones, que ningún hijo de vecino sea quien quiere ser ni haga carne y espíritu lo que Tales de Mileto, primero, y después Jesús de Nazareth, predicaron: “No hagas a otro lo que no quieres que a ti te hagan”. Sin esa tensión necesaria y predestinada entre el individuo y las masas uniformes el mundo de seguro sería un Paraíso; claro, sería el reino de los bostezos que, por abundantes, no competirían entre sí. En cambio, la poesía, cuyo tiempo nunca y siempre es, florece y se desparrama en la diversidad, en las contradicciones y en las oposiciones, y se asoma en todo horizonte que amenace con desaparecerla de la faz de la Tierra.
Para Saint John Perse “el poeta existía en el hombre de las cavernas y también existirá en el hombre de las edades atómicas; pues es parte irreductible de lo humano”. Mientras tanto no faltarán paredes ni páginas, incluidas las de internet, en las que el espíritu pueda expresarse: eso sí, el espíritu, no quienes pretenden sustituirlo con la hipócrita intención de disensos benevolentes, hoy proliferantes en todas las sociedades. No podemos negarnos a reconocer la abundancia de los que queriendo dar certidumbres sólo consiguen agrandar los desconciertos. ¿Cómo pueden los atesoradores de poder (y adoradores del poder) tropezar, sin molestias ni dudas, cuando no las esquivan, con frases lacerantes como éstas: “El poeta puede decir que el hombre comienza hoy; el político puede decir, y de hecho dice, que el hombre ha estado y siempre estará cautivo en la trampa de su cimiento moral; una estructura que no es congénita sino implantada por una infección secular lenta. Esta verdad, escondida tras las actitudes poco asequibles de la sabiduría política, sugiere como primera conclusión, que el poeta sólo puede hablar en tiempo de anarquía. La resistencia es una certeza moral, no una poética. El verdadero poeta nunca usa palabras para castigar a alguien. Su juicio pertenece a un orden creativo; no está formulado como una escritura profética”. (Quasimodo)
De ninguna manera se trata de propiciar o ejercer la rebeldía, más bien en el mundo hay demasiados rebeldes: algunos armados; otros disfrazados con el atuendo de cantantes estrafalarios; otros despotricando de sus rivales políticos… La lista es larga y no vale la pena ni viene el caso seguir nombrándolos. El asunto es sencillo, aunque por ello no deja de ser inquietante y profundo: los poetas, escriban o no, tienen que seguir siendo poetas, sean cuales fueren las convulsiones históricas que les toque vivir. Un buen ejemplo de esa “resistencia” de la poesía, de los poetas, es la Danza de la muerte castellana y también las Coplas de Mingo Revulgo y las Coplas del Provincial, y podrían darse más ejemplos. En todo caso, el poeta no puede (y me atrevo a decir que tampoco debería pretenderlo) vivir al margen de la Historia; de hecho, muchas veces su alimento, su único alimento, es la Historia y de nada valen los esfuerzos desmedidos de algunos por sólo labrar poesía de puro presente. Sería necesario despojarla de su intenso humanismo, de su mirada agradecida, de sus palabras y gestos  celebrantes para no afirmar junto con Neruda: “Sólo por ese camino inalienable de ser hombres comunes llegaremos a restituirle a la poesía el anchuroso espacio que le van recortando en cada época, que le vamos recortando en cada época nosotros mismos”.
En nuestros días, la advertencia de Neruda se ha hecho imposición, entre otras y muchísimas razones, porque la novela como género más dúctil y conveniente para el mercado deja a la poesía aún más rezagada, arrumada entre los trastos que el progreso y la globalización arrojan al basurero. Si la poesía en la palabra escrita logra abrirse paso en la ficción de las novelas, no hay duda de que lo consigue a duras penas y con escasas posibilidades de conquistar a la mayoría de los compradores de libros, aun cuando algunos cálculos y cifras permitan alentar cualquier esperanza al respecto. Sólo cuando la novela rebasa el límite de su función recreativa y supera la tentación de tratar sólo temas de moda o que por su naturaleza llaman fácilmente la atención del gran público, su código apuntará a otras realidades oportunamente obviadas (por los medios de comunicación, los políticos y los intelectuales) o simplemente reprimidas por el común de los mortales. Pero la trampa está armada y no es fácil caer en cuenta de ello, sobre todo si arrecia entre quienes escriben el regusto por la notoriedad y los aplausos. El éxito literario también tiene sus fórmulas, con o sin clichés.
La poesía que aquí se procura destacar, sea cual fuere el género literario en que aparezca, es aquella que, según Burckhardt, “aporta más que la historia al conocimiento de lo que es la humanidad”. Y a ella, insiste, la historia tiene que agradecerle “el conocimiento de lo que es la humanidad en general” y “los ricos elementos que le da para comprender las épocas y las naciones”[2]. No me refiero, y salgo al paso a la confusión, al abuso contemporáneo de la “novela histórica”, subgénero que en muchos casos ha servido para tergiversar la historia o para ofrecer una visión parcializada de alguna época y otras veces para infamar o exaltar a algún personaje o alguna clase social o algún grupo político. La poesía, en todo caso, ve lo imperecedero en medio de la Historia, por decirlo de alguna manera. En algunos casos, tal vez más de lo que comúnmente se piensa, adquiere su compromiso histórico para luchar solitaria y desoída contra los desastres que suelen acaecer durante y después del apogeo de la literatura propagandística que anuncia regímenes mesiánicos, los defiende (a cambio de dinero, cargos y privilegios) cuando se instauran y con ellos muere y queda en la historia como un sabor amargo en el paladar. Me aventuro a asegurar que la poesía, cuando lo es de verdad, es inevitablemente disidente: no se enamora del éxito o triunfo de cualquier índole; no se regodea en el fracaso, aunque lo padezca; por más que se intente, no está hecha para ser recibida con aplausos en los palacios de gobierno; menos todavía debe condenarse a su forma épica, ya superada y sustituida por la novela. Por algo Saint John Perse afirmó para siempre: “Y ya es bastante, para el poeta, ser la mala conciencia de su tiempo”.
A la interpretación interesada o errónea de palabras como ésas se debe la confusión entre responsabilidad, o compromiso, y militancia. Así sea muy elaborada y llamativa, no puede ser la poesía vocera de partidos ni de gobierno alguno: semejante creencia sólo es posible en sociedades adoctrinadas y fanáticas. Es de por sí la poesía voz discorde, incluso respuesta artificiosa o rayana al panfleto cuando toda forma de opresión y de fuerzas uniformadoras pretenden anular las contradicciones ínsitas del ser humano. Es inmedible el espacio y permanente el tiempo de la poesía; es incesante su combate contra las tendencias avasallantes que procuran neutralizarla, abierta o subrepticiamente. Se baña en las aguas de la Historia, toca el fondo de sus cauces y cuando sale a tomar aire sus bocas disconformes dejan el legado, su único propósito y su razón de ser. Si alguien desinteresado escucha sus palabras y se detiene y se estremece, luego las lleva consigo y las repite y las acaricia en su memoria, y corren por sus venas como su propia sangre; puede decirse, entonces, que la poesía ha “hecho su trabajo”, ha cumplido en las honduras renegadas del ser humano. Ese alguien, ese individuo, sabrá que “la Historia es una olvidada noche de insomnio” y difícilmente se comprometerá con redentores urgentes, y de asistir al mercado de los credos y las salvaciones, podrá sonreír con la benevolencia de un moribundo satisfecho.
Nunca serán suficientes la arrogancia del olvido, ni los brazos armados de los dogmas, ni las incesantes seducciones de la técnica, ni las profusas parrafadas de la demagogia para sacar a la poesía del corazón del ser humano y condenarla a los arrabales de la Historia, porque aun en las peores pesadillas de ésta, encontrará voces doctas o ignorantes para advertir de su presencia en todos los tiempos y presentarse con el ropaje que encuentre en la soledad y el silencio de quienes lleguen a dar con ella, al margen de las fraseologías dominantes y el ciego progreso.



[1] Esta y las siguientes citas de escritores y poetas que han recibido el Premio Nobel de Literatura las he tomado de: Discursos Premio Nobel, Colección Los conjurados, Volumen 1, Común Presencia Editores, Bogotá, 2003.
[2] Jacob Burckhardt, Reflexiones sobre la historia universal, Fondo de Cultura Económica, Colección Popular, p. 116.

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