jueves, 22 de febrero de 2018

Nueva y necesaria defensa de la poesía


El sentido poético

Aún prevalece la creencia de que la poesía es el arte de escribir versos. A ello contribuye, en buena parte, la usual arrogancia de quienes se dan a la tarea de escribirlos. Consideran de su exclusivo patrimonio la “república de la poesía”. El vulgo, por lo demás, le guarda reverencia al que, con o sin rima, florea sus palabras; y a los que escriben adrede arrítmica y herméticamente, muy a su pesar, también los considera poetas.
Lo cierto es que la poesía queda limitada a la palabra, sobre toda a la impresa. Como sólo en las palabras vive la poesía, entonces se impone un dogma: no hay poesía sin libros.
De vez en cuando se habla de actitudes poéticas. Es el caso de algunos bohemios, gente desprendida, poco afecta a los bienes materiales y, supuestamente, menos agobiada por los prejuicios comunes. “Fulano es poeta porque bebe y conversa hasta el amanecer y duerme donde lo agarre el sueño”.
Creo que la poesía, para bien de algunos descaminados, muchas veces se presenta en los poemas. ¿Quién se atreve a negar su presencia en la portentosa voz de Walt Whitman, en la travesía infernal de Arthur Rimbaud, en la vieja sabiduría del Tao Te King, en las sentidas coplas de Jorge Manrique, en las conversaciones de Hölderlin con los dioses? Pero me parece que la poesía es más que una de las artes y es más que palabras, aunque a veces sólo ellas la reivindican.
Lautreamont afirmó para siempre que la poesía debe ser hecha por todos. Y vale agregar: si no hecha por todos, al menos vivida por muchos. Creo en una fuerza, don o privilegio del ser humano, y como me veo forzado a darle un nombre, lo llamaré “sentido poético”. No es un concepto, no es un fenómeno constatable en un laboratorio, no es una deducción después de largos análisis, no es una cualidad  física ni un punto determinado del cuerpo humano, no es algo explicable ni que requiere convertirse en materia de estudio. Pese a nuestro empeño en parcelar el conocimiento y ponderar el que se basa en el método científico, el sentido poético es la principal forma de conocimiento; aún más, es el saber los saberes.
Nadie en este mundo, sea cual fuere su profesión u oficio, dará pasos ciertos si el sentido poético no lo acompaña. Sin él, la humanidad puede concebir maravillosas obras, pero ellas jamás exhalarán ese aliento que hace enmudecer con reverencia. El sentido poético es la única genialidad común en nuestra especie. Quien, de pronto, se halla invadido de sentido poético, comprende y reconoce su justo lugar en el mundo y no contraviene los misteriosos designios del Ser; sabe sin elucubraciones, habla sin pretensiones de imponer criterios, actúa sin querer dominar, toca sin querer conquistar.
Sin sentido poético, las ciencias, la tecnología, la política, las religiones, las artes, los oficios, todo el mundo humano se restringe a meras fórmulas, a inflexiones de la pura apariencia. Sin sentido poético, la realidad humana es apenas la deplorable sucesión de luchas por tener, destruir y avasallar. Por eso, en estos días de exaltadas confusiones y alteraciones, de renovadas ansias de encontrar un destino seguro (¿acaso el destino puede y debe ser seguro?), ahora, cuando todas las formas de política, convivencia y conocimiento son esencialmente cuestionables y marginalmente cuestionadas, el hallazgo del preterido sentido poético es, tal vez, la única manera de conjugar nuestros aciertos  y nuestros desatinos. Recobrar el sentido poético no sería, me atrevo a opinar, alcanzar la esperada redención, porque no estamos ni al principio ni al final de la Historia. Vivimos un episodio de ella, tan estremecedor como cualquier otro, pero una vez más estamos en el punto de sentirnos humanos a cabalidad, para saber, con cordial certidumbre, que somos más de lo que creemos y menos de lo que pensamos.


De la poesía como contraste

Por más que algunos apologistas del capitalismo, a los que se ha convenido en llamárseles futurólogos, celebren el fin de la masificación y el comienzo de una época de extraordinaria diversidad, basada en los últimos prodigios de la tecnología, hay quienes seguimos viendo en el mundo esa uniformidad que tanto alarmó a Stefan Zweig. No dudo que hoy, más que nunca, el ser humano dispone de una inmensa variedad de artificios que consagran su condición de "animal racional”.
Depende como se vea. Nuestra capacidad inventiva sirve, generalmente, al afán de poder y lucro, al mero placer de la rivalidad. ¿No está  visto que la misma ciencia, negando sus fronteras, se empeña en dominar la naturaleza, dando por sentado que su manipulador está  al margen de ella? Hay, visto así, monotonía de las intenciones humanas, cualesquiera sean sus métodos y sus formas.
Es en este punto donde creo que la poesía puede cumplir una función, inusitada en la Historia. Le corresponde a la poesía ser contraste, porque en su terreno se descubre que el éxito y el fracaso son antípodas de una misma trampa; le corresponde ser contraste por lo que diga y por lo que calle, por el reconocimiento, sin disfraces, de nuestras limitaciones. En toda esta novela a trancos, a la poesía le corresponde ser la mala conciencia de la época. Después de todo, el mundo no está  esperando que los poetas salgan al foro entre luces de colores.
Si antes el mapa estaba dividido en dos bloques y “las mejores inteligencias” se ubicaban de uno u otro lado para defender el suyo y despotricar del otro, ahora no existe o anda cesante el espantajo del comunismo. Quizás ha ganado el buen discernimiento para quienes perciben la falsedad de los dilemas. Y allí aparece nuevamente la poesía (o el sentido poético) en plena disposición para quienes estamos hartos de iglesias e ideologías.
¿No parece obvio que el libre mercado y la libre competencia entre los individuos y entre las naciones (o corporaciones) se consolidan como justificación de peores avasallamientos y expoliaciones? Al menos yo no estoy convencido de las bondades de la sociedad actual: pienso y siento que le falta espíritu, alma y corazón. Insisto en la modesta y acallada combatividad de la poesía, en el sereno y sosegado saber que no es la desesperación por conocer o poseer información.
Es tarea ardua, sin prescripciones ni fórmulas, pero al poeta, no su disfraz o estereotipo (y puede trajearse como mejor le parezca), ha de ser el protagonista del contraste. No para envanecerse o arrogarse privilegios; de esa manera sólo sirve a la causa de su propio ego. Es otra su tarea: tal vez novísima y necesaria. No será dando golpes de martillo o de sable, ni resguardando los bienes de la cultura en una isla lejana, como quiso alguna vez Valéry.
No se trata, según veo, de un cambio de escenario o de una convulsión estética; me refiero a un sustento menos ampuloso y elaborado. Comenzaría, por ejemplo, con un verso Goethe: “para asombrarme existo”;  o con una declaración del mismo Goethe: “lo más alto a que puede llegar el hombre es el asombro”; o con este verso de Pavese: “ estoy vivo y he sorprendido en el alba a las estrellas”; o con el sabor de la existencia en la comisura de los labios.
En una sociedad que presume de amplitud y diversidad de pensamiento, pero que a simple vista muestra su uniformidad de conductas y pareceres, sólo la poesía puede devolvernos el asombroso milagro de la cotidianidad y librarnos de esa insensibilidad triunfante que todo lo encuentra evidente, comprensible por sí mismo.
Con el asombro como aliento y el vivir como propósito fundamental, el poeta (no su parodia) se halla casi obligado a buscar puesto en la sociedad. Si ha de escribir, que sea como Don Quijote le dijo al Caballero del Verde Gabán: “la pluma es lengua del alma; cuales fueran los conceptos que en ella se engendraren, tales serán sus escritos”.


¿Predicción o esperanza?
Tarde o temprano en este nuevo siglo y también nuevo milenio (si nos atenemos a cuentas cristianas), la poesía arrasará  sus imposturas y acabará  con las fatigadas jerigonzas del siglo XX: se burlará de las falsas otredades, de las hipócritas disidencias, de los innecesarios hermetismos. Sin abandonar su indispensable femineidad, volverá a ser viril; dejará  los amaneramientos de muchos de sus renombrados ejecutores.
Sin dejar de ser universal, recobrará  su frescura aldeana; esa frescura que los llamados poetas le han quitado de tanto adentrarse en las más variadas pretensiones supuestamente trascendentales.
Si no llega a ser canto para todos, tampoco será  susurro de engreídos, de quienes creen tener la llave de todas las puertas.
A fuerza de desengaños y caídas recobrará la irreverencia y la mordacidad que le dio Villon; la sacralidad que le otorgaron Dante, Keats, Wordsworth, Coleridge y Hölderlin; la rebeldía de Rimbaud, procurará  las ambiciosas comuniones que cantó Whitman, la desazón de Jorge Guillén, la modesta ironía de Antonio Machado, el dolor inexpresado de Vallejo y, sobre todo, recibirá  el aliento de quienes por hurgar en todos los tiempos le cambien el rostro o, mejor dicho, le den un rostro, porque últimamente suele llevar máscara.
Más que ninguna otra época, la nuestra necesita que se le arranque el sueño a golpes de martillo, y eso sólo podrá  cumplirlo la poesía. Necesita  más que palabras, más que premios, más que pellizcos a las apariencias. La poesía reventará seguridades, explotará comodidades, desmembrará  cadáveres, le quitará  aire al que le falte aire y tierra al que le falte tierra, sin ser beligerante ni valerse de la violencia. La verdadera crisis (que no es la de las columnas de números ni la de los más diversos gráficos) se extremará, porque nada muere sin evitar la agonía donde se luce la muerte danzando.
De tanta virtualidad y realidades superpuestas ya somos sordos, ciegos, mudos y nuestra piel es como un cuero al sol. Llevamos y repartimos palabras; pero rara vez damos a luz alguna como el sol al despuntar o ponerse, o como el disparo acertado de un arquero.
La poesía ha perdido pasión, cierta rabia y cierta inocencia que nuestros ojos han cambiado por palabras y consignas aturdidoras. Saldrá  la poesía a quitarnos las lagañas de civilización ruidosa. De alguna manera ya ha comenzado a decirnos que los ídolos nos han dejado sin dioses y la banalidad ha terminado por tragarse lo sagrado.

Antes de declinar y conjugar todas nuestras sinrazones, la poesía volverá  a ser invitada a la mesa donde se celebra la existencia y porque en alguna esquina comenzará  la procesión.

miércoles, 14 de febrero de 2018

Acerca de la tolerancia en la política


I
Sin ánimo ni credenciales de filólogo, considero conveniente echarle un vistazo a las distintas acepciones del verbo tolerar. Dice el Diccionario de la Real Academia: 1 Sufrir, llevar con paciencia. 2 Permitir algo que no se tiene por lícito, sin aprobarlo expresamente. 3 Resistir, soportar, especialmente un alimento, o una medicina. 4 Respetar las ideas, creencias o prácticas de los demás cuando son diferentes o contrarias a las propias.
También vale la pena tener en cuenta lo que de tolerar registra la Enciclopedia del idioma de Martín Alonso, que “explica el significado y evolución de cada palabra y cada acepción por siglos, con la autoridad de más de mil quinientos autores medievales, renacentistas, modernos y contemporáneos”: 1 s. XVI al XX. Sufrir, llevar con paciencia. Góngora: Obr., III-236. 2 s. XVIII al XX. Disimular algunas cosas que no son lícitas, sin consentirlas expresamente. Fdez. Moratín: Obr., IV-255. 3 s. XIX y XX Soportar, llevar, aguantar. Unamuno: Ensayos, 1942 ( y siguen las referencias a otros autores).
Vistas esas acepciones, cabe preguntar: ¿cómo nosotros entendemos la tolerancia o qué creemos que es la tolerancia? A excepción de la tercera del Diccionario de la Real Academia, todas las demás son el tema de estas líneas y se impone desgranarlas en relación con la vida política venezolana, para mantenernos en fronteras más modestas y reflexionar sobre una realidad, si bien no conocida del todo, al menos más familiar.

II

Si la tolerancia es sufrir, llevar con paciencia, sin duda que en Venezuela hay bastante dicho y por decir. Salvo algunos períodos de bonanza locuaz, nos hemos acostumbrado a soportar los gobiernos, los partidos, el dictador o la clase dirigente. Si no me equivoco, las dos primera décadas de la democracia puntofijista venezolana fueron, en esta acepción, intolerables sólo para una minoría. Pero de pronto, como caen las estructuras de bases débiles, en las décadas siguientes se hizo intolerable para la mayoría porque una minoría se hizo intolerante en cuanto a aceptar que la democracia es para todos y no sólo para ella, privilegiada y única beneficiaria de sus libertades y su laxitud. Por más acomodos, reacomodos y golpes de pecho, el mal llegó y se hizo poco o no se hizo nada para acabarlo. Se acentuaron las desigualdades de toda índole, que era una forma de intolerancia de quienes ejercían el poder: desantedieron reclamos, peticiones y protestas, en nombre de una democracia sólo de vitrina, de pura exhibición y apariencia. Al consolidarse los “cogollos” y dejar que la democracia se limitara al sufragio, con su muy cuestionable limitación de apartar los cargos de elección para quienes conformaban esos “cogollos”, poco quedaba por defender o empeñarse en mantener, al menos para la mayoría que sufría o llevaba con paciencia un sistema político cada vez más injusto y negado a los cambios institucionales y a la ampliación de las oportunidades para los ciudadanos.
¿Y ahora qué? Los revolucionarios bolivarianos, a pesar de sus prédicas a favor de la participación, no han tardado en repetir  la elección a dedo de sus candidatos en franca contradicción con lo que esperan las bases de sus partidos. No son pocas las entidades federales donde la militancia bolivariana siente el peso de una minoría intolerante, guiada por las más cuestionables conveniencias. Además, la revolución bolivariana ya no la toleran muchos venezolanos (en el sentido de sufrir, llevar con paciencia): una buena parte se le opone abiertamente y otra considera (los ni ni) que no ha hecho buen gobierno, pero tampoco quiere nada con la Coordinadora Democrática, también minada por la intolerancia.
Pero, a mi juicio, la peor muestra de intolerancia de la revolución bolivariana (algunos juzgarán que son otras y más evidentes) es la que han padecido y padecen muchos ciudadanos que habiendo cumplido los requisitos legales y económicos para ser beneficiarios de los planes de vivienda instrumentados por una institución del Estado, cuando les toca recibir su vivienda se encuentran con que no le ha sido asignada por la única razón de haber firmado para la revocación del mandato del Presidente. Alguien, me adelanto, me dirá que los planes de vivienda de la Cuarta República privilegiaban a los militantes del partido de gobierno o que si alguien no está de acuerdo con el gobierno bolivariano por qué espera ser beneficiado por él. Entonces, respondo, como ya lo he hecho en varias ocasiones, por qué la revolución bolivariana repite uno de los malos ejemplos de sus predecesores en el poder y por qué contradice de manera tan reprochable el artículo 82 de su propia Constitución, el cual dice en su segundo párrafo, para no citarlo todo: “El Estado dará prioridad a las familias y garantizará los medios para que éstas y especialmente las de escasos recursos, puedan acceder a las políticas sociales y al crédito para la construcción, adquisición o ampliación de viviendas”.

La revolución bolivariana será “bonita”, según la define su líder, pero también en este punto es intolerante y ha obligado a mucha gente a practicar la tolerancia, como sufrir o llevar con paciencia, aunque a algunos los ha desmadrado su ambiciosa impaciencia.

III

Dice la segunda acepción del DRAE: “Permitir algo que no se tiene por lícito, sin aprobarlo expresamente”.
Como me sobran los ejemplos, voy a prescindir de ellos. En Venezuela los tenemos, más que petróleo, para regalar. Una secular tradición de ese azote llamado corrupción administrativa, sumada a la muy venezolana costumbre de hacernos los pendejos, da para escribir una enciclopedia venezolana de esta forma de tolerancia.
Permitir lo que no se tiene por lícito, sin aprobarlo expresamente, nos ha convertido en una sociedad de cómplices, aunque es justo reconocer que a veces se trata de una complicidad forzada. En todo caso, ni la actual república ni las precedentes se salvan de esta tolerancia que saquea y ha saqueado el erario, y ha convertido la justicia en una señora que hace mucho botó la balanza y anda con la mano extendida y una venda transparente cubriéndole los ojos. Permitir lo ilícito, o al menos lo inconveniente para la mayoría, primero quebrantó la misión fundamental de nuestras instituciones y, al paso de los años, de tanto dejarse correr la arruga, terminó por provocarle la degeneración que hoy ostentan. Cuando cualquier venezolano declaraba alegremente que “a mí que me pongan donde haiga” o “bien pendejo es el que llega al gobierno y no sale lleno”, definía nuestro carácter político y decretaba la principal tara de nuestra institucionalidad. De hecho, en Venezuela ha sido y es imposible gobernar sin permitir que algunos o muchos copartidarios se dediquen al “guiso”, al cobro de comisiones o a la trácala. Y quien quiera mantenerse en el poder, según hasta ahora se ha urdido nuestra historia, debe tolerar a sus corruptos o a corruptos de anteriores administraciones si las conveniencias (las suyas o las de su minoría) se lo imponen.
De nada han valido ni valen las denuncias de la gente honrada o perjudicada por las trampas; tal es así, que en varias décadas de aprovechamiento ilícito de los dineros públicos, sólo se recuerda a un solo preso por ese delito. No podemos decir, entonces, que no somos un país de gente tolerante, porque ya vimos que si de sufrir o llevar con paciencia gobiernos o de permitir actos ilícitos se trata, aquí no ha cambiado nada y la misma realidad se encarga de demostrar que somos duchos en ambas formas de tolerancia. Pero podremos superar el marasmo de esas tolerancias pasivas o, si se quiere, negativas, para llegar a la tolerancia que estos tiempos nos exigen.
Quizás ya no es tiempo de poner la otra mejilla, ni mucho menos de dejar que otros hagan y deshagan, según hacia donde sople la brisa.

IV
Al llegar a la tercera acepción de tolerar según el DRAE, chocamos de lleno con todas las contradicciones, discusiones y puntos de vistas o propósitos irreconciliables de la humanidad. Quedarnos dentro de las fronteras venezolanas es imposible: la tan aplaudida, publicitada y muy real globalización exige considerar nuestras disputas internas como parte de un escenario (en sentido literal) mucho mayor.
Así como al principio advertí mi falta de ánimo y de credenciales de filólogo, ahora me toca hacerlo con cualquier intento de pasar por especialista en materia tan difundida como la globalización, porque, de hecho, no soy especialista en nada. Más bien pretendo compartir preguntas que no me abandonan y opiniones al respecto que me parecen dignas de ser traídas a colación. Algunos autores venezolanos (conste que no por nacionalismo intelectual) me auxilian; los cito y los comento a continuación.
Si se pretende darle valor universal a la tolerancia en el mundo globalizado, es obvio que sus alcances y su práctica no presenten excepciones. Cabe tener presente  las siguientes palabras de Antonio Pasquali*, que caracterizan acertadamente la globalización vigente: “Una globalización espuria y compulsiva despachada por natural, piloteada por oligarquías ahora todopoderosas y con poder militar de disuasión; un lecho de Procuste en el que todos los valores deben alinearse al valor dinero. Para legitimarse, le faltaría cumplir cuando menos con un principio y un sentimiento, ambos kantianos y esenciales, que ella viola sitemáticamente: el principio de comunidad o reciprocidad, esto es, la posibilidad abierta de todo paciente a convertirse en agente (de pensado en pensante, de comprador en vendedor, de mudo perceptor en comunicante emisor); el sentimiento de respeto sincero a normas del coexistir éticamente justas. En realidad de verdad, nada de lo añadido por el hombre a la naturaleza, ni siquiera las prodigiosas comunicaciones actuales, puede aspirar en esta fase de la evolución de la especie, y con pleno derecho, al atributo de ‘globalizador’; muchísimo menos la economía de mercado, terreno más propicio al ejercicio del homo homini lupus que del ama a tu prójimo como a ti mismo”.
Aunque las palabras de Pasquali no necesitan explicación alguna, de ellas puede deducirse una intolerancia globalizada, más que una globalización en términos de igualdad en todos sus aspectos, pues es evidente que no respeta las diferencias ni las disidencias. La opinión de un supuesto demócrata venezolano* refuerza, desde su punto de vista y con intereses distintos, esta apreciación: “Gústenos o no, y a mucha gente no le gusta, existe una superpotencia que tiene, de acuerdo con sus propias circunstancias, distintos niveles de tolerancia con la disidencia mundial sobre su rol dentro del concierto mundial de las naciones”. Es decir, the big stick juzga y es tolerante de acuerdo con sus intereses, que casi nunca son los de otros, y puede permitirse, como es bien sabido, su alianza con una dictadura que le es leal y  su rechazo a una democracia que cometa el error de contradecir sus políticas.
No habrá demorado el lector en preguntarse por qué esta modesta reflexión sobre la tolerancia desembocó en señalamientos a la globalización y opiniones opuestas a ella, tal y como se está llevando a cabo. En Americanismo y democracia*, de Enzo Del Bufalo, podemos encontrar una respuesta: “la extensión de la democracia representativa en el ámbito nacional no sólo no impide, sino que favorece la segmentación aristocrática de la Comunidad Internacional. Los nuevos foros de decisión de la Comunidad Internacional están restringidos a los líderes del polo corporativo global –como es el caso del Grupo de los Siete que configura la máxima instancia del poder ejecutivo mundial en la cual el presidente de los Estados Unidos tiene poderes dictatoriales-, o son instituciones que tienen representantes de todo el mundo, aunque el poder de decisión efectivo está en manos de los miembros del polo corporativo”. Y más adelante: “Las ventajas que el nuevo orden ofrece son sin duda una mejora frente a la barbarie despótica arcaica, pero no hay que olvidar que todo poder despótico eficaz satisface necesidades reales y en esta satisfacción está su base de sustentación principal. Los derechos humanos no pueden hacernos perder de vista que quien los defiende, aplicando una doble medida, es un nuevo poder despótico que se denomina Comunidad Internacional. Vale la pena recordar aquí que la caracterización clásica de poder despótico es la de ser legibus absoluto; es decir, absuelto, no vinculado por las leyes que garantiza, es un poder externo al sistema que funda”.
Entonces, a los ciudadanos comunes y corrientes, creyentes en los derechos humanos y deseosos de su instauración definitiva en el mundo, que discurren sobre la tolerancia y con mucho esfuerzo tratan de realizarla, los acogota una máxima popular: “Si no nos agarra el chingo, nos agarra el sin nariz”. Y sabiduría popular aparte, pueden padecer un enorme dilema al que los llevan los avatares políticos; o sea, o son víctimas de la intolerancia local o de la intolerancia internacional señalada por Pasquali y Del Bufalo, y muchísimos otros pensadores. Realizar la tolerancia en sentido activo o positivo, la tolerancia como respeto y consideración de opiniones y prácticas diferentes o contrarias a las propias, implica un desafío mucho mayor y alude a una trascendencia que rebasa los límites de todo individuo y de toda nación. Además, es urgente superar los clichés sobre la tolerancia, tan fácilmente atribuida a todo el que se declare demócrata: no sólo los dictadores, los fundamentalistas y los intransigentes de toda calaña son intolerantes.

V
Ser tolerante, que es un ejercicio de libertad y para la libertad, supone la enseñanza y práctica de ella. En su famoso discurso Sobre la servidumbre voluntaria (hacia 1548), afirma La Boétie que “bien advirtió el Gran Turco que pueden más los libros y la instrucción que cualquier otra cosa para fomentar entre los hombres el sentido de reconocerse y el odio a la tiranía”. Claro, habría que discernir cuáles serían esos libros y cuál esa instrucción o suplirlos, en esa frase, por la libre discusión de las ideas porque corremos el riesgo de padecer algún adoctrinamiento (ya sea por la propaganda o por la letra con sangre entra) y de confundir homogeneización de pareceres con acuerdos a pesar de las diferencias. No es nada fácil el ejercicio de la tolerancia y sí muy peligroso reducirla a valor universal sobre los supuestos de las bondades de la democracia sin desenmarañar la trama de argumentos y conceptos que la envuelven en la actualidad, porque “en las democracias con capitalismo de Estado, la arena pública ha sido ampliada y enriquecida por la larga y enconada lucha popular. A la vez, la concentración del poder privado ha procurado restringirla. Estos conflictos constituyen una buena parte de la historia moderna. La manera más eficaz de restringir la democracia es transferir la toma de decisiones, de la arena pública, a instituciones que no responden ante nadie: reyes, príncipes, castas sacerdotales, juntas militares, dictaduras partidistas o las modernas sociedades anónimas” (Noam Chomsky, El arma decisiva, rebelión.org / chomsky.htm, 18 de junio de 2001). De manera que dar por sentado que la democracia es el “ambiente” idóneo para la tolerancia puede ser una ligereza si no se toca el fondo y no se lleva a cabo una especie de radiografía de la democracia o de las democracias vigentes.
Si ya no es tiempo de poner la otra mejilla, ni mucho menos de dejar que otros hagan y deshagan, según hacia donde vaya el viento, ¿quiénes persistirán en la intransigencia?, ¿no hay manera pacífica de superar las diferencias y las divergencias? Referendos y otras consultas populares lucen poca cosa, pese a ser productos de grandes esfuerzos, cuando se descubre que en la maraña de “nuestras democracias” hay demasiados diablos detrás de las cortinas y que no parece suficiente con sólo declarar respeto por las ideas, creencias o prácticas ajenas cuando son diferentes o contrarias a las propias.
 






 



* Del futuro. Hechos, reflexiones, estrategias, Monte Ávila Editores Latinoamericana, Caracas, 2002.
* Alberto Quirós Corradi, “Cuatro píldoras de un mismo frasco”, El Nacional, 10 de febrero de 2002.
* Monte Ávila Editores Latinoamericana, Caracas, 2002.

martes, 30 de enero de 2018

Notas desde el barranco (VI)

13
A veces, cuando se me hace indispensable el más concentrado perfume de la realidad de la calle, la misma que pateo todos los días, me voy a cierta taguara donde confluyen toda clase de amigos y conocidos (mecánicos, albañiles, rebuscadores, profesores, entrenadores de diferentes disciplinas deportivas, mesoneros, jubilados de toda calaña, incluso médicos y policías y malandros y caleteros y verduleros y carniceros y vendedores de cuanta cosa hay en este mundo y más): estar ahí me devuelve a un origen y a un sentido de lo que en este país ha robado la demagogia redentora desde hace varias décadas, pero agravada por  quienes se permiten hablar en nombre de todos y a la larga, o más bien a la corta, son aprovechadores de un capricho del destino.
Allí estuve el viernes pasado: unos tomaban ron, otros cervezas, otros güisqui, otros ginebra y entre lo que tomábamos y hablábamos se dio lo que sin mezquindad podría llamarse una asamblea popular, y allí, al comienzo de la noche y al principio de la borrachera, fluyeron en contra del gobierno las críticas razonadas, lo argumentos especificados, los ejemplos comprobables, la relación de padecimientos verificados y verificables y, sobre todo, se habló de la necesidad, urgente e inaplazable, de encontrarnos y avanzar como país, sin saber, la verdad, cómo hacerlo pero con el ansia de hacerlo.
Y creo que esa es la Venezuela que debería ser, la que nace en las verdaderas intenciones y esperanzas de la gente, y no en aquella que quiere imponerse con recetas ajenas o de aplicadores de cartillas de libros mal digeridos y de ideologías, además de prestadas, pero, sobre todo,  por el desaforado interés de delirantes sátrapas en nuestra riqueza petrolera.
Brindo ahora por eso, porque, antes y después de todo, como dijo Rimbaud: la vida está en otra parte.
Pero aquí mismo, diría yo.



14
En medio de o inmersos en este desastre de país, de esta república agonizante, hay quienes todavía sólo ven el mundo desde su ego o con su ego, presumiendo de discordantes o intelectuales. Y basta que se les haga alguna crítica o se dé una opinión que no es la suya para que se enconchen o se abriguen con otros eguísimos como ellos y, por supuesto, descalifiquen o renieguen del que no es de su combo.
 Hay demasiadas estrellas en tan poco cielo.

15
En el mundo, la confrontación izquierda-derecha es un anacronismo y una farsa. La realidad es que vivimos en un mundo de aprovechados y aprovechadores, y que sean capitalistas o socialistas da lo mismo. En el poder, socialistas y capitalistas sobreviven por lo peor de la condición humana.
El drama de nuestros días y sus complejidades ya no es político y mucho menos ideológico: simplemente es ético.

16
Cada día es más difícil soportar la destrucción perversa y planificada de este país por una minoría engolosinada con el poder y con los dólares que ha acumulado con descarada inmoralidad.
Imposible no sentirse uno agobiado y como paralizado (estas palabras, por cierto, en estas circunstancias, se las he leído a la poeta Yadira Pérez y a la escritora Ana Teresa Torres).
Hoy, de regreso a mi casa, en uno de los pocos autobuses que aún cumple su ruta (cobrando más de lo establecido, a lo bravo venezolano), en una de sus tantas paradas donde la gente se empuja y casi se golpea por montarse o bajarse, resultó atropellado un escolar sordomudo por uno de los ya consagrados abusadores en la vía pública, un motorizado que buscaba pasar a toda velocidad entre el pequeño espacio que había entre el autobús y la acera. Afortunadamente, ese niño que andaba solo (le calculé unos nueve años de edad) no sufrió mayores daños, al menos en el momento y espero que sin consecuencias.

Cuando me bajé del autobús en el terminal de pasajeros, a empellones, por supuesto, lloré de tristeza y de arrechera: me dolió ese niño, como me duele este país, un país "des-gobernado" con las más nefandas intenciones para que la mayoría de su pueblo sea una masa agresiva, desalmada, pícara, rapaz e ignorante.

jueves, 25 de enero de 2018

Notas desde el barranco (V)

11
Hace mucho tiempo, en una conversación de bar, tuve la ocurrencia de decir que el chavismo es una religión: los laicos rieron y los devotos se pusieron muy serios. No pretendo que esa afirmación sea tomada como una súbita genialidad y mucho menos como una observación original. En Venezuela, la conversión de la política en religión o de la religión en política (según como quiera llamársele) no es hecho nuevo: a vuelo de pájaro sería suficiente recordar al respecto algunas páginas de Briceño Iragorry en Mensaje sin destino; El culto a Bolívar, de Germán Carrera Damas; Pensar a Venezuela, de José Balza; insistentes declaraciones de la escritora Ana Teresa Torres; y aunque en todos esos casos se trate de Bolívar el ser providencial o el Dios Bolívar, me interesa que se tenga en cuenta esa mixtura política religiosa en el pueblo venezolano, cuya eclosión más evidente es el culto religioso del “redentor” Chávez (al principio inconsciente, espontáneo, y luego deliberado y manipulado).
Y en el principio fue el Libertador, el Padre de la Patria:
Al destruir el país que existía, la guerra se lleva también el eje más coherente de la sociedad. Dios ha sido asesinado.
Gradualmente, quien lo ha exterminado comenzará a ocupar su lugar; de forma especial, en los extremos de la nueva sociedad: los fundadores, conductores, y la eterna población ignorante.[1]
Y no por analogía sino por perfecta concordancia con el mito cristiano, Hugo Chávez, que siempre evocó y no se cansó de repetir la palabra fundadora y reveladora del Dios-Libertador (aunque fueron muchas la contradicciones del proceder de Chávez con esa palabra y muchas y convenientes las omisiones de ideas del Libertador en sus discursos), se hizo, por empeño de él mismo y porque un pueblo lo ansiaba sin saberlo, el hijo encarnado del Dios, el redentor, y de quien se ha dicho y se sigue diciendo, como alguna vez se dijo de otro Dios, Stalin: “Eres el único que te preocupas por los pobres y proteges a los oprimidos”.
Entonces, el templo en la montaña, el cadáver embalsamado, el padrenuestro a él dedicado, no son en sí un monumento y actos políticos, son un templo y actos de fe y devoción religiosa. Y recordemos a Jacques Ellul:
El culto de la personalidad conduce en realidad a la divinización del dictador. El dictador es el ser supremo, correspondiente al Dios Persona del cristianismo. Es mucho más que un jefe carismático. Por supuesto, el dictador también lo es. (…) una vez en el poder, la adoración colectiva lo deifica porque posee no sólo los dones sino la totalidad del poder.[2]



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12
el legado religioso del cristianismo ha sido asumido por las grandes corrientes políticas y por la Política.[3]
Nada más cierto hoy en Venezuela. En la política venezolana, desde la llegada del Mesías, no hay ciudadanos: sólo hay justos y pecadores, fieles y herejes, buenos y malos. Pero la iglesia del socialismo bolivariano del siglo XXI no nació de pronto: sólo demuestra una religiosidad adormecida o dispersa en infinidad de cultos e iglesias que no han dejado de proliferar y crecer.
El nazismo no sólo fue algo del pasado alemán. Forma parte de nosotros y de este siglo. Está ahí, aquí, en todas partes. El nazismo en tanto expresión histórica, es decir, Hitler y el movimiento nazi, fue tan sólo un primer ejercicio de dominación total. Pero no ha sido el único: fue el primero y fracasó. Mas el ser humano es tesonero y cree en el progreso. Ahí está el Gulag, del que podrán decirse muchas cosas, pero no que es un fracaso. La dominación ideológica total ha prendido en el cuerpo social. La civilización puede sentirse orgullosa. A partir de Occidente, pero ahora sin límites mundiales, esta civilización, a fuerza de abstracciones, ha creado la obra maestra: la ideología totalitaria.[4]
Y juntemos estas palabras de Nuño a esta sola frase de Jacques Ellul:
En Occidente, la fe política ha ocupado y ha asumido los rasgos de la fe cristiana.[5]
Muy bien sabía lo que hacía el presidente Chávez cuando comenzaba sus multitudinarios actos políticos, en campaña electoral o con cualquier otro motivo, entonando el Himno Nacional a manera de oración o mantra: se desplegaban las energías, las fuerzas necesarias para embelesar a la multitud, para llevarla al paroxismo de la fe política.




[1] José Balza, Pensar a Venezuela, Bid&Co Editor, Caracas, p. 25.
[2] Jacques Ellul, Los nuevos poseídos, Monte Ávila Editores, Caracas, 1978, p. 248.
[3] Jacques Ellul, Op. cit., p.241.
[4] Juan Nuño, De un nazismo a otro, en La escuela de la sospecha. Nuevos ensayos polémicos. Monte Ávila Editores, Caracas, 1990.
[5] Op. cit.

martes, 23 de enero de 2018

Notas desde el barranco (IV)



9
A mi modo de ver, una de las peores fallas de la oposición ha sido y sigue siendo el no enfocar las críticas al gobierno a partir del lenguaje de sus ahora muchos voceros. Y esto lo digo pensando en esta muy citada frase de Karl Kraus refiriéndose a los nazis: "Es en sus palabras y no en sus actos donde yo detecto el espectro de la época".
Recién, el gobierno la ha "puesto bombita" al crear una comisión de agitación, propaganda y comunicación. Bastaría con preguntarle a Ernesto Villegas o a Darío Vivas, por ejemplo, qué significa "agitación" o agitación para qué y por qué en la Venezuela actual; ¿no se supone que el gobierno promueve la paz y la convivencia tranquila? ¿Por qué el gobierno tiene que agitar y qué es lo que va a agitar?
He aquí dos acepciones del verbo agitar según el DRAE:
tr. Inquietar, turbar, mover violentamente el ánimo. U.t.c. prnl;
tr. Provocar la inquietud política o social.
Como puede verse, agitar no tiene, precisamente, connotaciones positivas.
De aquí en adelante puede armarse todo un discurso que cuestione y revele las verdaderas intenciones del gobierno y de los principales voceros del PSUV. Pero la oposición, lamentablemente, suele morder los anzuelos o pisar las conchas de mango, antes de Chávez, y ahora de Maduro y su camarilla, y se enredan en discusiones tontas, a veces legalistas, y muchas otras en innecesarios dimes y diretes.


10
A finales de 2009 el economista venezolano Armando Córdova, previa consulta por teléfono, me hizo llegar en borrador un texto suyo titulado Socialismo para el siglo XXI. Sus padecimientos físicos impidieron que pudiésemos comunicarnos con frecuencia y menos reunirnos en su casa, como habíamos previsto, para que una vez ampliado y revisado ese texto, yo le prestara mi ayuda en la corrección de estilo. Murió en octubre de 2011, sin que llegásemos a pasar de la etapa inicial de ese trabajo, del cual hoy me permito citar algunos fragmentos, porque, pese a estar inconcluso, nos ayuda a entender sin mayores complicaciones el “sistema político que hoy impera en Venezuela”.
Comienza Armando Córdova con lo que él considera una pregunta clave:
¿Tiene sentido pasar, sin mayores explicaciones, por encima de la historia que vivieron la teoría y la praxis del socialismo “realmente inventado” durante el siglo XX, y recomenzar desde cero una nueva experiencia del género en el siglo actual, sin un previo esfuerzo por dilucidar las razones de fondo de sus esfuerzos por construirlo en el siglo pasado?
En procura de evitar los mismos errores y de “comprender los factores que expliquen esa frustrante historia”, afirma:
Para ganar el derecho a que la consigna “socialismo para el siglo XXI” pudiera ser aceptada como un planteamiento serio y responsable, sus defensores están obligados a dar una respuesta cabal de las razones de dicho descalabro. En caso contrario, se estaría, como en efecto estamos, frente a un uso superficial, irresponsable y aventurero del objetivo socialista como destino de la sociedad, sin haber penetrado todavía en la real comprensión de su significado concreto y de sus posibilidades reales de construcción y operación.
Más adelante aclara que el alcance de su escrito no va más allá de expresar su opinión sobre lo que considera los principales errores cometidos en el proceso de construcción de una nueva sociedad y “que no deberían cometerse en ninguna experiencia futura, postcapitalista”.  Para ello apela al planteamiento testimonial de Alexander Grilckov[1], convencido de la teoría marxista, y algunos señalamientos de Lelio Basso[2]. De aquél baste citar aquí que según su criterio “la primera falla teórica, generadora de muchas políticas erróneas de la dirigencia inicial de la URSS, fue la de considerar la conquista del poder político en 1917 como la revolución en sí misma”, sin tomar en cuenta la desorganización y heterogeneidad de esa sociedad, ni la crítica que Marx había hecho de ella. De Basso, también refiriéndose a la URSS, basten estas líneas entre las que cita Córdova:
se imponía un sistema político y económico que, independientemente de sus logros materiales, suprimía el desarrollo del espíritu socialista, frenando la emancipación de los trabajadores y la creación de una nueva sociedad.
En otras palabras, se negaba a la clase trabajadora su condición de sujeto dirigente de ese proceso revolucionario, con lo cual se impedía el desarrollo de una conciencia crítica colectiva que debía haber sido el principal instrumento para la búsqueda de soluciones concretas
Luego, siguiendo el hilo de Córdova, “en el plano teórico el primer planteamiento generador de confusión fue la afirmación del carácter científico de la teoría socialista”. Esta afirmación, según Córdova, tuvo originalmente un sentido distinto al que le asignaron (incluso en el actual debate venezolano) algunos militantes marxistas, “olvidando que con ese calificativo sólo se intentaba distinguir la teoría socialista marxista de las concepciones idealistas de los llamados socialistas utópicos”.
Si en este punto el lector se está preguntando hacia dónde va esta nota, que no parezca una reseña de lo que escribió Armando Córdova, tiene, en parte, razón; pero este corto camino de pinceladas teóricas nos lleva a donde quiero llegar.
Lo que Marx defendió como científico fue el producto de sus investigaciones acerca del modo de producción que le tocó vivir en la Europa de su tiempo y que lo llevaron a concluir que las contradicciones del capitalismo conducían, indefectiblemente, a su progresiva decadencia y a provocar un proceso revolucionario que culminaría con un orden económico, sociopolítico y cultural diferente, basado en la propiedad colectiva de los medios de producción, bajo la dirección política y económica de los trabajadores, aunque no consideró tampoco, como por los demás ha demostrado la historia, que dicha socialización sea una condición postcapitalista madura e irreversible.
Pero esa conclusión científica general no significa que exista una ciencia del socialismo, “porque no pueden conocerse ex ante las leyes de funcionamiento de algo que no ha sido observado empíricamente. (…) Fue esa la razón de que, como ha sido reiteradamente señalado, Marx se mofaba de quienes se ocupaban de aquellas especulaciones acerca del futuro”.
Y ahora llegamos a lo que sin duda nos va a parecer más evidente en Venezuela:
la confusión entre la propiedad colectiva y la propiedad estatal de los medios de producción que se instaló a la postre en la Unión Soviética significó, en la práctica, la concentración de esos medios de producción en poder de la pequeña élite dirigente que manejaba el aparato estatal; la cual terminaría por ser dominada por un alto dirigente autocrático
Ya no era, como en otros países socialistas al sol de hoy, la esperada dictadura del proletariado o la clase obrera en la dirección del Estado y de la economía, sino “una descomunal y costosa burocracia con sus clásicas características de ineficiencia operativa y auge de la corrupción administrativa”. De manera que con las diferencias del color local venezolano transitamos por ese mismo despeñadero, a la manera de un emirato que derrocha millones de dólares en propaganda y hasta para consagrar reputaciones dudosas e inventar héroes y mártires.




[1] De Grlickov cita algunos párrafos del artículo “Las primeras sociedades socialistas”, 1985, fecha en que éste era miembro de la Liga de los Comunistas de Yugoeslavia.
[2] Sin referencia alguna.

viernes, 19 de enero de 2018

Notas desde el barranco (III)

6
Al poder, sea  de reyes, reyezuelos o revolucionarios no les faltan bufones o sapos. Sapos y bufones les sobran al poder de ahora.
Una hojilla, la tenemos; unos bobos o bobertos, los tenemos; y triste, muy triste, jóvenes que le ponen una k a su conducta arrogante y procaz: sirven para los mismos fines o para un solo fin.
Todo para el mismo propósito: las nalgas al descubierto y el corazón por un precio: minutos de televisión. Pero eso no le da nada al pueblo: el pueblo cuando es pueblo no habla como ellos; nunca con ese lenguaje contaminado por esa minoría dominante, fanatizada, supuestamente culta. ¿A quién se le ocurre que el pueblo habla como ellos, inficionados y contaminados por el lenguaje de los revolucionarios de universidades?
Eso lo lograron, convertirlo en masa y con un discurso de masa, una pronta respuesta, una realidad…mental. Lo enfermaron, le quitaron su espontaneidad, le dieron un discurso, una fraseología y, así, lo mataron como pueblo: lo convirtieron en masa, en algo que antes no era, ni quería serlo.
¿Cómo se recupera?
Quizás con hambre y necesidad, y, sobre todo, desilusión.

7
Cuando afloran los eufemismos, los discursos encubridores y las consignas repetidas como mantras, no tardan en llegar el olor a pólvora, la segregación y la censura. Son inseparables.
Y así comienzan las argucias de los legistas, las clasificaciones que, por ejemplo, establecen categorías del maltrato, la tortura y la represión: se agranda la distancia entre los “buenos” y los “malos”. Y no resulta difícil adivinar quiénes son los unos y quiénes los otros. Entonces el Estado se torna Iglesia, con sus inquisidores, sus Savonarola leales y de buena fe: el crimen abunda como justificación y Purgatorio.

8
El término contradicción (y, por supuesto, su plural) se aviene muy bien con los revolucionarios de izquierda: con la excusa de que la revolución es un proceso o es permanente, sirve para justificar sujeciones, represiones, desfalcos, censuras, latrocinios, asesinatos… lo que sea necesario justificar para seguir en el poder. Lo único condenable es el pasado y el presente de los adversarios políticos; pero el de ellos, los revolucionarios, forma parte de una secuencia de meros altibajos que cristalizará, sin duda de manera gloriosa, en un mañana que quién sabe cuándo se vivirá.

Un cabal revolucionario de izquierda dice con muchísima propiedad: “las contradicciones son inherentes al proceso revolucionario, entonces se profundizan y se superan, y devendrán otras contradicciones y se profundizarán o se agudizarán y se superarán”. Ahora, ¿la ineptitud en el ejercicio del gobierno y el empeño de amoldar la realidad a un esquema o a los patrones de una ideología serán algunas de esas contradicciones? 

Horror por el tiempo: Juan Gabriel y María Zambrano

  Mario Amengual De inmediato, lo sé, el título que encabeza esta página apresurará juicios negativos o un rápido e indiscutible rechazo: ...