miércoles, 17 de abril de 2019

Los ríos contenidos

(Relato inspirado en Hojas de hierba, escrito hace una década, y que ahora publico en la celebración de los 200 años del nacimiento de Whitman)


A Mery Sananes


Un joven de veinte años, en conflicto con la realidad acordada y consigo mismo, y bajo el influjo de la breve y temprana rebeldía de Rimbaud, tomó un autobús en el terminal de autobuses para ser otro en algún lugar del oriente venezolano. Llevaba en su morral dos franelas, dos pantalones y, gracias a un arranque providencial, Hojas de Hierba en la reconocida traducción de Francisco Alexander.
Conjeturó que conseguiría empleo en un restaurante, que viviría en una pensión de mala muerte y que amaría a una muchacha discreta, ajena a las imposturas feministas de sus condiscípulas. Su falta de apego a los escasos vínculos de dos años de vida universitaria en Caracas, le ahorraba la añoranza de alguien; aunque años después confesaría que una decepción amorosa, “no muy honda”, apuró su huida.
Quizás su inapetencia lo hizo parecer un pasajero extraño; los otros se hartaron en los humildes comederos donde se detuvo el autobús. Sólo el atardecer sobre la laguna de Unare lo sacó de su letargo acosado por la incertidumbre de los días venideros. Olvidó, por un rato, su incipiente errancia y el asedio asfixiante de su desarraigo. Pero el mundo no dejaba de ser distinto para sus sentidos: no estaban acomodados a las certezas comunes; no estaban del todo limitados por las convenciones perceptivas de su crianza. Él, así me lo han hecho entender reflexiones consecuentes, no era un ser distinto; apenas se le asomaba el renegado privilegio, dada su renuencia a conformarse con un “punto de vista”, de arrastrar la vida sin explicaciones. Era como alguien que recibe azarosamente un tesoro sin siquiera conocer el valor del dinero. Algo, íntimo e indescifrable, le decía que necesitaba una especie de fuerza heroica que defendiera su escasa cordura.
La rareza de las cosas le provocaba pánico y un estremecimiento recorría su espalda, como si un animal viscoso le saltara nerviosamente de la nuca a la cintura. Su vida se le figuraba la nostalgia de un desterrado atravesando un vasto desierto. El tiempo, en aquellos momentos en que el mundo rebosaba sus sentidos, desolaba el espectáculo de las horas consagradas a la empresa indetenible del progreso, que mueve a las dóciles siluetas de las ciudades.
Muchas veces intentó verbalizar el estado de su alma. Acumuló una selección de “intentos” en los que expresaba burdamente su descontento, como si tallara la forma de seres desconocidos en materia quebradiza. Cansado de no poder constatar en una página lo que había sentido, decidió volverse un místico en estado salvaje, sin dar oportunidad al trabajo de los años en el espíritu. Por eso atravesó pueblos que nunca antes había visitado y que años después conocería lo suficiente como para dedicarse al comercio fugazmente en ellos, lo cual le dejó más sinsabores que las ganancias anheladas.
La noche, iniciándose a su paso por Guanta, le devolvió unos versos de Clemens Brentano:

Yo quisiera extinguirme
como el canto del cisne moribundo
si aquella estrella que he mirado
no es ya la mensajera de la calma.

En el poco cielo que le permitía la ventanilla buscó las constelaciones fáciles de reconocer, aun para su ignorancia de la astronomía elemental, y se preguntó si de verdad el orden de las estrellas y los planetas había influido a la hora de su nacimiento. De ser cierto, ¿por qué le había tocado el destino de no comprender lo que asaltaba a su corazón?
En la oscuridad que el autobús transitaba velozmente, el tiempo dejó de ser sucesión, dejó de ser el río de Heráclito y la noche fue otro tiempo, sin relojes y sin urgencias, fue sueño ilógico y su cuerpo tembló de miedo, allí, entre tanta gente deseosa de llegar a alguna parte; el tiempo no era tiempo, aunque un velocímetro y un reloj pudiesen dar cálculos exactos, el tiempo era la noche rebasando el entendimiento de un joven solitario que no sabía qué hacer.
Sin pensarlo, se apeó en la entrada de Cumaná. Las calles brumosas estaban solas. Enrumbó sus pasos hacia donde creía que se hallaba el centro. De vez en cuando pasaban carros por puestos con uno o dos pasajeros, pero no quiso montarse en ninguno. Dos borrachos acostados en la acera discutían sin coherencia, “parecen políticos venezolanos”, pensó, y apenas pudo reírse de esa fácil comparación. Crecía en él la inquietud por no saber adónde iba, aunque seguía caminando como si estuviese familiarizando con esas calles que reflejaban su estado de ánimo.
Llegó a la orilla del río Manzanares: “exaltado por una pegajosa canción… de esas que se esmeran en hermosear ciudades intolerables”.
Mirando el agua oscura, bordeada por un paseo inmundo, lo sorprendió un muchacho, como de su misma edad, preguntándole: “¿qué buscas?”. Sin demora, soltó la retahíla de su insignificante aventura. El muchacho, a todas luces conmovido, le consiguió una habitación en un hotel barato, que parecía a punto de desplomarse, no sin antes citarlo para la mañana siguiente con el propósito de conseguirle trabajo en el almacén de su mejor amigo.
Apenas pudo dormir en el camastro chirriante y polvoriento; el ventilador pendiente del techo resultó una amenaza mortal mientras estuviese encendido. Sólo a ratos se adormitaba, pero un sueño se le presentó, breve y turbador: nadie lo veía ni lo sentía, sus palabras no se escuchaban aunque casi las gritaba a gente conocida que lo rodeaba, sus manos penetraban toda materia: era una sombra, era un muerto. Y despertó ahogado y le fue imposible volver a dormir. Esperó el amanecer anunciado por gallos distantes y los pájaros; esperó que el trópico ardiese afuera, en la calle de la necesidad y el ajetreo. Salió furtivamente, después de cumplir con su cuerpo en el baño destartalado y mohoso, jurando no regresar más nunca a “ese hotel de mierda”.
En una plaza cuyo nombre no se ocupó en averiguar, inútilmente estuvo esperando hasta el mediodía a su reciente amigo, creyendo verlo en cada peatón parecido. Le dolió no volver a verlo, pero se consoló pensando que en la vida hay tanta gente que vemos una sola vez.
Buscó el mar. Preguntando en cada esquina dio con el balneario orillado de taguaras llenas de moscas y bebedores escandalosos. Se acostó a la sombra de una uva de playa y contempló el mar y el cielo de azules diversos, a ratos interrumpido por los excitantes atributos de algunas bañistas.
La noche lo sorprendió adormitado, inmóvil como un tronco arrojado a la playa por el oleaje. Estaba solo, oyó ladridos de perros a lo lejos. La melancolía comenzaba a sitiarlo. Tuvo ganas de extraviarse en una multitud, de ser ceniza en el viento tibio de una gran ciudad. Pero el cansancio aplacó la desazón y cayó rendido de sueño hasta la madrugada.
Despertó asustado, estaba rodeado de cangrejos ariscos que al menor movimiento suyo se escondían en la arena. Las luces de un barco avanzaban hacia el este por el negro horizonte marino. Imágenes de sus muchos fracasos en su poca vida le impedían pensar sin angustia; los cangrejos reiniciaban su acoso cuando lo percibían inmóvil; el cansancio de su cuerpo luchaba contra las arremetidas de su desconcierto y de sus dudas. Al fin el sueño volvió a dominarlo, aunque la desazón insistía.
La mañana le deparó el goce de una soledad luminosa frente al mar sereno. Los alcatraces reanudaban su elegante pesca  y sus poses altaneras sobre las olas tenues. La fiesta de los colores del amanecer disipó su azoramiento nocturno y sintió un entusiasmo afín al del amante correspondido.
Al mediodía, otra vez el balneario colmado de bañistas, mientras tomaba una cerveza expuesto al sol con los pantalones arremangados hasta las rodillas, le provocó bañarse. Al principio no le agradaron el agua ni las algas que se enredaban en sus pies; luego se sintió a gusto y cantó un viejo bolero aprendido en la infancia y sintió que era magnífico, realmente extraordinario estar bajo el sol y nadar en el mar.
“¿Por qué nadie se da cuenta?, ¿por qué esta repentina sensación como de inmortalidad que me realza y vuelve más potentes mis sentidos?
¿Es esto a lo que se ha cantado y jamás puede expresarse?”.
Cuando regresó a la arena en busca de su morral y un lugar para cambiarse, la gente lo miró como si fuese un demonio que alteraba su tranquilidad y sus buenas conciencias. Era fácil advertir su descamino para esos turistas que convierten el ocio en un deber y una competencia ruidosa y un concurso de exhibición. Él, a su vez, reafirmó su indiferencia por la uniformidad de juicios y costumbres que torna escandalosa cualquier ligera falta a las apariencias.
Al sacar del morral el viejo jeans desteñido, éste trajo consigo sus despegadas Hojas de Hierba. Se vistió rápido detrás de una camioneta abandonada en el estacionamiento del balneario. Después ocupó una mesa en la taguara más cercana, sin reparar en el gentío y la música estridente, acompañado de una cerveza bien fría. Le contentó la suerte de releer a su viejo amigo. “¿Por qué te había olvidado en un viejo anaquel y ahora te recupero sin proponérmelo?”
Ahora encontraba el retrato de sí mismo, su propia voz cantando los largos versos del multiforme yo de Long Island.
 Hay algo en mí –no sé qué sea– pero sé que está en mí.
Crispado y sudoroso –sereno y frío se hace luego mi cuerpo,
duermo –duermo.
No lo conozco –no tiene nombre– lo expresa
una palabra que aún no ha sido pronunciada,
que no está en ningún diccionario, en ningún idioma,
en ningún símbolo.

Esas palabras, ahora suyas, le recordaron la pérdida en cada uno de nosotros de ese raro entusiasmo y de la sosegada atención en cada cosa de este mundo por más vil e insignificante que sea. Sólo el verbo gratuito podía devolverle la cordial relación con la realidad, con lo que creía el humilde propósito de la poesía y no ese afanoso universo de artificios verbales que consagran la ilusión de un arte concebido para el regodeo de personas engreídas.
 Quien toca este libro, toca un hombre
(¿Es de noche?, ¿estamos aquí juntos los dos solos?)
¿Soy yo a quien tienes y quien te tiene?
De estas páginas salto a tus brazos –me llama la muerte.

Comprendió (aparte de que la lectura de un libro depende también de los años del lector) muchos de sus juveniles actos inconformistas, comprendió su renuencia a encerrarse en aulas y, de algún modo, la causa de sus pésimas calificaciones en materias disecadas para rellenar de papel y frágiles certezas la inteligencia humana.

Cuando escuché al sabio astrónomo,
Cuando las demostraciones y números fueron puestos
en columnas ante mis ojos,
Cuando me fueron mostrados las cartas celestes y diagramas,
para que los sumara, dividiera y midiera,
Cuando escuchaba al sabio astrónomo dar su aplaudida
lección en el aula,
Qué pronto –inexplicablemente– me sentí fatigado
y enfermo,
Hasta que levantándome y deslizándome afuera, salí
a vagar solo,
En la  mística atmósfera nocturna y, de cuando en cuando,
Alzaba mi vista a las estrellas en perfecto silencio.

El prefería escaparse del liceo para vagar por los suburbios con sus compañeros. Otras veces se iba solo a un parque y se acostaba en la hierba a mirar el movimiento de las nubes, jugando con espesas bocanadas de humo; no le provocaba estar con nadie, pero no se sentía ni triste ni solitario. Fue en esa época cuando comenzó a darse cuenta de algunas absurdidades: la rutina; su educación prescrita en la mancillada Constitución. La realidad convenida se le hizo una farsa, cuyos actores se toman tan en serio su papel que cada uno de sus actos les parecen salvadores de un mundo siempre al garete.


¿Nunca has tenido una hora,
Un súbito destello divino, que ha precipitado y hecho
estallar todas estas burbujas, modas, riqueza?
¿Estos ansiosos proyectos comerciales –estos libros,
política, arte, amores?
Una hora de total aniquilamiento?

Supo, pasando de una página a otra sin ningún orden, que estaba leyendo en sí mismo; aceptó el abrazo intemporal del viejo poeta que se despedía anunciando al gran individuo, fluido como la Naturaleza, casto, afectuoso, compasivo, armado de todas las armas: iniciaba el reencuentro con ese otro que a veces se le insinuaba en sueños. Él también lanzó su graznido salvaje sobre los tejados del mundo, porque el don, el regalo inexplicable de estar aquí es demasiado breve para concedérselo al impostor que pugna por dominarnos. Recordó que una vez en un carro por puesto lo visitó el asombro al ver a una mujer amamantando a su hijo. Whitman, en uno de esos poemas que suelen juzgarse menores en su obra, le confirmó ese esplendor de lo trivial.

Veo al niño que duerme en el regazo de su madre,
La madre y el niño duermen –los observo largo tiempo
en silencio.

Aquel cuya vida es andar hacia sí mismo puede expresar (o no expresarlo, si no lo seduce el arte o lo ignora) la multiplicidad, la variedad del orbe. Él ha reído en un bar con los marineros de países remotos, él ama a una mujer única que es todas las mujeres, él es el delator y el delatado en un deshonroso proceso, él fue el nómada que erraba por inmensas llanuras inhóspitas, él es el hombre que riega las matas de su jardín… Su contemplación es la misma que la del joven enredado en sus incertidumbres y a quien el azar o una gracia del destino lo llevó a leer una página decisiva en su vida.

Me siento a contemplar todos los dolores del mundo,
y toda la opresión y toda la vergüenza,
Oigo los sollozos convulsivos, secretos, de los jóvenes
en conflicto consigo mismos, arrepentidos de sus actos,
Veo en el arroyo a la madre ultrajada por sus hijos,
que muere abandonada, extenuada, desesperada,
Veo a la mujer ultrajada por su marido, veo al seductor
infame de las jóvenes,
Observo el encono de los celos y del amor desdeñado
que intenta ocultarse, veo estos espectáculos sobre
la tierra,
Veo los efectos de las batallas, de la peste, de la tiranía,
veo a los mártires y prisioneros,
Observo el hambre en el mar y a los marineros echando
suertes para ver cuál habrá de morir para
salvar la vida a los otros,
Observo las humillaciones y degradaciones impuestas
por los orgullosos a los pobres, a los negros;
Todas estas cosas, todas las vilezas y agonías sin fin
me siento a contemplar,
A ver, a oír, y permanezco mudo. 

Y regresó a la ciudad de la que había huido. Supo, desde aquella tarde diálogo con el poeta que declaró su vanidad y su trascendencia, que para los ojos del amante de este milagro que somos y que nos empeñamos en destruir no hay símbolos privilegiados ni paraísos perdidos; sólo el ser humano que endiosa el cálculo y olvida el corazón del mundo convierte el vivir en una sucesión de días mustios. Quizás este joven llegue a decir su gran rechazo y su íntima devoción. Si no lo hace, el Universo no se alterará por ello; quizás contribuya con un verso o viva en silencio su desarmonía. Su vida será un desatino perenne y una pasión sin valor en el negocio de las ideas. Por ahora está aquí, en esta Caracas de ríos ultrajados y derechos perdidos, caminando con sus devociones, sus temores y sus demonios, sabiéndose mortal y eterno a manos llenas.


sábado, 13 de abril de 2019

La esperanza es un cauce sin río

George Frederic Watts, La esperanza


Esperanza viene de esperar, de un esperar con anhelo, de esperar algo que se quiere. Estado del ánimo en el cual se nos presenta como posible lo que deseamos, así reza la primera acepción de esperanza en la Enciclopedia del idioma de Martín Alonso.
Aquí y ahora la esperanza es un cauce seco, de peñascos ardientes y tierra agrietada. Alguna garúa ha caído, algunas gotas han alebrestado los ánimos y se han llenado las calles y han ondeado las banderas y el himno nacional se canta con sorprendente corrección y tono en coros multitudinarios. Pero de tanto esperar viene la desesperanza; de tanto esperar se desespera y acaece la desesperanza, y no hay que dejarla crecer. Eso quieren, la desesperanza, quienes la propician, quienes pretenden encubrirla con la fraseología prometedora y engañosa de toda revolución, alentados, con toda su vileza planificada, por el culto irreflexivo hacia la idea de la revolución, según el atinado decir de Ortega y Gasset hace casi un siglo.
Esperar con hambre es desesperar, desesperarse. El hambre detesta el tiempo: su despiadado segundero es el alimento que no llega, que falta para aplacarla, para matarla. El hambre es pura vida contra la razón pura, razón o sinrazón política; es pura vida contra los espejismos de la razón. El hambre descree de ideologías, de redenciones y no pocas veces prefiere el plomo resuelto al discurso alentador.
El tiempo es un capricho, un antojo, un dejarlo pasar cuando no hay hambre, cuando no se tiene hambre, porque el hambre se siente, se vive, se padece y es ciega y sorda como un vicio. El hambre saca al lobo del bosque, dijo Villon: todo pastor pagará descuido y por hambre la moral se distiende hasta perderse y todo vale, aunque la sangre corra y la inocencia suplique.
¿Hasta cuándo espera el cauce sin río? El río no crece con los amagos de lluvia: el río crecerá, y mucho, si llueve en su cabecera, y reverdecerán y florearán matas en sus riberas.
Refiere Frazer en La rama dorada que en Java, cuando se desea que llueva, dos hombres se golpean mutuamente las espaldas hasta que fluye la sangre; la sangre corriendo representa la lluvia y sin duda creen que así la harán caer.
El cauce seco no se llena con la esperanza, aunque según el decir popular, es lo último que se pierde. Y conviene no olvidar lo dicho al principio: esperanza viene de esperar.
Y no estará de más otra referencia de La rama dorada:
En el verano siguiente a la batalla de Landen (Guerra de los Treinta Años), que fue la más sangrienta del siglo XVII en Europa, la tierra, empapada con la sangre de 20.000 muertos, se cubrió de millones de amapolas y el viajero que pasaba sobre aquel inmenso sudario escarlata podría imaginar que en verdad la tierra devolvía la vida de sus muertos.
Ojalá llueva, y bastante en la cabecera del río, para que se llene el cauce y no corra, ahora y después, mucha sangre inocente y esperanzada.


miércoles, 10 de abril de 2019

Desde la otra orilla(III), la poesía burguesa de Alberto Hernández

Desde la otra orilla también nos habla Alberto Hernández cuya “extensa obra poética se ha publicado al margen del círculo establecido”, según se advierte en la presentación de su libro 70 poemas burgueses (bid&co editor, Caracas, 2014). No sé ni quiero saber qué es el círculo establecido, pero sí sé que Alberto Hernández  es el poeta de la ciudad, de Maracay, y es también poeta de un país lejos, lejos, muy lejos, más allá del olvido, como dice haberle respondido a un mendigo en Ginebra, en el poema Clochard.
Salvando las diferencias, la prolificidad de Alberto Hernández me hace recordar al olvidado y empecinado decimonónico Luis Beltrán Guerrero: Alberto Hernández es un poeta de su tiempo y para su tiempo, y así puede comprobarse en sus Crónicas del olvido, dedicadas a reseñar, como nadie más lo hace ni quiere hacerlo, la literatura venezolana, sin dejar de extender su curiosidad intelectual y su voracidad de lector a la literatura de otros países y de otras lenguas.
Desde la otra orilla, 70 poemas burgueses es uno de los libros de la literatura venezolana de los últimos años con la mayor ironía, el mayor desafío e inquebrantable ética ante el poder avasallante en la Venezuela y en la sociedad venezolana de las dos últimas décadas. Ni  la mezquindad ni el olvido procurado pueden borrar su huella en quienes no hemos corrido tras el obligado lustre del nombre y el apurado afán de hacerse notar. Y mejor que lo diga el poeta, porque para eso son estas líneas solitarias en un país arrasado, pero en el que unos cuantos egos nunca ponen a un lado el demonio de la importancia personal:
Bajo el cielo de Francia, a merced del olvido,
la antigua guillotina asoma el filo de la buena intención:
muchos son los cuellos cercenados,
las cabezas en las cestas de mimbre.
La multitud celebra al hombre nuevo
En los ojos opacos de los ajusticiados.


Pero la ironía y la crítica deben ir a la raíz y tratándose de poemas burgueses no hay mejor blanco para ambas que el artífice de esa prestigiosa doctrina de salvación de la humanidad, también proveniente del desierto monoteísta, y por eso Dios sabe que el materialismo dialéctico/también fue parte del Arca de Noé:
Karl Marx, tan dado a enfundarse en Jenny Julia Eleonor,
garrapateó sobre la sola de Das Kapital
la ruina dispensada por los tragos
mientras el gas dejaba de calentar sus insignes angustias.
Y al final de ese mismo poema (Materialismo histórico), tan mordaz y también insigne:
En viejos papeles quedaron los números
y el suicidio de una mujer que jamás superó
el recuerdo de aquel aliento histórico, alcohólico y dialéctico.

Desde la otra orilla, 70 poemas burgueses es de una pertinencia, agudeza y humor vitales en estos días en que la república en que fue escrito y lo inspiró padece esa larga noche de insomnio como la que Walcott vio en la Historia, porque la felicidad entre lágrimas y pañales sucios/no pierde la esperanza de regresar airosa.


sábado, 30 de marzo de 2019

Guaidó: amor con hambre no dura

Ha circulado por ahí, incluso como letrero desmandado por un historiador de prestigio incuestionable (al menos eso predica la cofradía de estos tiempos) que reza: “20 años de paciencia con el chavismo y tres meses de impaciencia con Guaidó”. En todo caso son 20 años y tres meses de paciencia. Y es que los propagadores de ese mensaje, como evangélicos que tocan puertas todos los domingos, no saben o no quieren saber que el estómago vacío no razona, no tiene paciencia ni se acomoda a discursos.
Que se arreche quien se arreche (todos los juanitos y demás especímenes de la soberbia nacional), pero una vaina es acariciar felices desenlaces, masturbarse con teorías políticas, llenarse de esperanzas irrealizables y otra, muy otra, es pelar bolas en el día a día. Que los diputados no cobran, no quiere decir que anden detrás de una harina de maíz ni de un kilo de pasta y no tengan ni para tomarse una malta en cualquier esquina. Eso, que no cobran, por tonto, es un argumento demasiado ligero para endilgárselo a todo un país.
Hay quienes por haber militado o militar en un partido, y haber sido cómplices de sus trampas y manipulaciones, se permiten despreciar a los que no le hacemos coro a líderes ni cobramos en nóminas paralelas, antes y ahora, ni nos desgañitamos por diputados que no cobran, pero se desplazan en vehículos costosos y no andan buscando algo por ahí para desayunar con una empanada.

Aquí el juego está clarito y no admite muchas teorías ni muchas conjeturas: este es un país saqueado, arruinado, devastado y sin esperanza de cambiar hasta que todos aquellos que dicen y predican para cambiarlo no acepten que así como un diluvio o un terremoto arrasan para volverse espléndida la naturaleza, ella revive sin compasión por todo lo que le permita un nuevo presente. 

jueves, 28 de marzo de 2019

La huida ante el frenesí
(fragmento de novela)

Alberto Amengual







UNA BALLENA EN EL ESPEJO

En el medio del mar
  Pescaron una ballena
                                                   La ballena de oro
                                                   De oro estaba llena.
                                                          Chucho Sanoja

  La lectura, salvo contadas excepciones que lo marcaron, no formaba parte de las aficiones de Cipriano Mirabal. Le desesperaba que la narración de hechos y situaciones, ocurrido infinidad de veces desde que el mundo es mundo, se dilatara en un mar de palabras danzantes sobre descripciones, imágenes y sentimientos. Además, se veía obligado a consultar una y otra vez el diccionario, a la búsqueda de significaciones que ni por asomo sabía que las palabras poseían. Cada consulta aumentaba la fatiga y la distancia, tanto que cualquier motivo, por pequeño que fuese, servía para justificar el abandono de la empresa. Aquella tarde sin embargo, acodado en la barra del que una vez fuera su lugar favorito, le dio por pensar en un relato donde el protagonista, desnudo sobre la cama en un cuarto apenas iluminado “por verdes cuchillas de luz”, evocaba un momento crucial de su vida. Los recuerdos iban y venían por la habitación, multiplicándose de tal forma que, en un determinado momento, todo cobró la forma de una estructura absurda de pulpo entre espejos. Ningún trabajo le costó a Cipriano encontrar las causas de la asociación y la remembranza: en varias miradas fugaces que le había dado al espejo del fondo le pareció ver la imagen de una ballena con la bocota abierta apuntando hacia él. Intuyó, con un desgano que se le había vuelto habitual, que más temprano que tarde se vería en problemas. ¿Uno más? ¿Hasta cuándo? ¿Acaso el último? El historial de los últimos desenlaces no lo favorecía. Entonces, ¿qué opciones reales tendría? A buen seguro no muchas, y de ser así ya no le quedarían ganas de afrontar la situación con el apasionamiento de antaño. Estaba mareado y no a causa de la cerveza. Las imágenes afloraban y él, como mudo testigo, las veía pasar sin ningún interés que lo incitara a seguir otros rumbos. Sorbo a sorbo decantaba un pesimismo con sabor a vejez, detenimiento, resignación. Apuró el trago y, aunque los efectos no llegaban, la distensión del momento lo llevó a un puro contemplar los vaivenes de su vida como si fueran olas de una resaca ajena. Ya no se veía como un héroe en aquellos entramados sino como un mortal más, casi desbaratado contra los farallones del tiempo. ¿Y a qué demonios volvía a este lugar donde todos sus contertulios ya no lo eran más y la hora de los extremos había pasado? Si todo era recuerdo, ¿qué hacía allí? Un fugaz aleteo en el mar de cristal le hizo saber que el enorme animal estaba encantado de haberlo arrastrado hasta ese puerto. Fue entonces cuando la respuesta apareció con la espuma de la cerveza. Un largo sorbo y estaba de nuevo en la blanquísima habitación, sentado en una silla plástica del mismo color, contemplando al flaco parado en el umbral. Qué bien se veía con su traje gris a rayas, le daba una majestuosidad que hacía más apreciables su tristeza y bonhomía, inseparables estandartes de su personalidad. Lo invitó a pasar para darle un abrazo pero él se negó alegando que era imposible hacerlo, sólo había venido a despedirse, ya que él, Cipriano, no lo había hecho en el momento debido. “Trépak, flaco, Trépak, le había gritado, ¿qué pasó contigo? ¿Te estrujó tanto el irrevocable amor?” Juan Pedro, el flaco, su único amigo en aquel vertedero de frustraciones, lo miró unos segundos antes de esfumarse. Ahora, evocando ese reciente encuentro nocturno volvió a decirle: No era para tanto, la mujer estaba bien buena pero, por dios, un hombre como tú no podía seguir esa corriente voluptuosa como si tuvieses veinte años. ¿Fue ella la que te hizo dejar el trabajo de toda tu vida para buscar con tus hermanos un tesoro que nunca encontrarías? Creo, querido amigo, que te traicionó tu delicadeza sabiendo muy bien que hay seres con quienes no se puede actuar así. Una cosa es ser galante, sinceramente preocupado por halagar a una hembra de buen ver, y otra muy distinta dejarse llevar por senderos que sólo conducen a la permanente duda y la segura inquietud. Tu preocupación se notaba a leguas, filosofabas barato y repetitivo, quejándote de cosas que nunca te habían importado. ¿Y tu familia qué? ¿Acaso era tal la distancia impuesta por la cotidianidad que te les desfiguraste al punto de que no percibieran nada extraño? No lo creo posible pues tu pinta de Quijote se hizo más acentuada en aquella época, tanto que al verte no podía dejar de pensar en esas figuras de madera que pueblan con su triste figura muchos bares y restaurantes de la ciudad. Parecías un alambre, flaco, y creo que hasta te doblabas al caminar. Eso sí, la ternura nunca te abandonó y es por eso que te recuerdo tanto. Tú transmitías esa vaina, un no sé qué demasiado humano que así como me hacía dar gracias por tu amistad, iba a ser la causa de tu perdición. Era momento de goce, no de amor. Perdiste de vista que en la isla de los hombres solos a los más que se podía aspirar era al aquí y al ahora y tú, al igual que Alvarez, creíste que todavía quedaba oportunidad para los recomienzos. Como fantasía posible quizá valía la pena vivirla, pero como realidad no. El abismo no era de años sino de percepciones. Allí está el gato, lo veo nítidamente. Peludo, dinámica alfombrita gris a rayas negras al que admirabas por su finura al andar, su porte de cazador siempre al acecho, su mirada de superior indiferencia, en fin, todo lo que tú no eras. ¿Y qué con ella? Desprecio puro, rechazo, mala sangre y uno que otro vaso de agua sobre el animal de tus querencias cuando no la mirabas. Ese era el patrón, tú dibujando en rosado y ella pisoteando en negro. Día a día el panorama se emporquerizaba y tú, silueta trágica, te dejabas llevar por un sino que no merecías. Como todo lo tuyo, llegaste hasta el final con clase, eso te lo concedo sin reservas. Nadie aquí se daba cuenta o no querían hacerlo, tal era la distinción con que te comportabas. Además, cada quien a su tragedia, la tuya era una más, ¿por qué diablos ponerla de relieve? Ah, pero ellos no comprendían de disimilitudes y sutilezas, los pequeños detalles que establecen diferencias decisivas entre los hombres…


Nota: novela disponible en versión digital e impresa en Amazon.

                                    


El sexo de las cosas

Juan Nuño




El de los ángeles, tan disputado por siglos, quedó finalmente establecido por Lord
Byron cuando descubrió que todos son tories, conservadores; cosa que confirma la
gramática: son masculinos. Eso es precisamente lo que irrita a las insufribles feministas.
Qué plaga. Señor: debe ser que se acumulan en los finales de siglo. Ahora arremeten
contra el lenguaje, confundiendo, entre muchas otras cosas, género con sexo. Ocurre lo
inevitable: hacen el más grande de los ridículos. Sólo imitan a sus predecesoras
anglosajonas, a las que hace ya veinte años les dio por decir tonterías tales como hablar
de She-God y querer reformar la Biblia a fin de eliminar el sexismo que contiene. Sin
darse cuenta de que antes tendrían que acabar con la religión judía y con esa
«enfermedad del judaísmo» (Borges dixit) que es el cristianismo, auténticos bastiones
de la más acendrada ideología machista. No existen sacerdotisas en el cristianismo,
aunque hay que reconocer que hubo una Papisa, aquella Juana que parió en plena
procesión, y por su parte, lo primero que hacen en la mañana los buenos judíos es
agradecer a Jehová que no los haya hecho mujer. Pero, claro, todavía en la lengua
inglesa esos jueguitos con los pronombres personales tienen cierto sentido, pues
distinguen entre la cabra hembra y el macho (propiamente, cabrón) anteponiendo el
«she» o el «he». ¿Habrá que decir entonces «Esperando a HeGodot» o, más bien,
«Esperando a Godota»?



Las feministas en lengua española también han enloquecido. Lo primero que ignoran
es que género es una categoría gramatical que funciona como clasificador de
sustantivos, adjetivos o pronombres, pero sin poseer valor semántico alguno.
Simplemente arbitrario. Dos palabras con idéntica terminación (frente, diente) tienen
distinto género sin que haya en ello ninguna intención sexista. También ignoran que, en
vista de que el género masculino no está marcado en la oposición masculino/femenino,
es el que se elige a la hora de atribuir género porque compromete menos. Pero si se
escucha a las excitadas feministas, habrá que decir «la cantar» y «la correr» en vez de
«el cantar» y «el correr». En su suma ignorancia, también desconocen que en las
lenguas indoeuropeas el origen de la distinción genérica no es el par
masculino/femenino, sino la oposición animado/inanimado, de donde en la mayoría de
esas lenguas surgen tres géneros, agregando el neutro. Lo que explica que, de lo más
anti-freudianamente, «niño» sea neutro en alemán (Kind). Además las locuras
feministas aplicadas al lenguaje sólo tendrían un alcance limitado, desde el momento en
que hay muchas lenguas que no distinguen géneros, otro punto ignorado por las
proponentes de la reforma sexista de la lengua. Así, por ejemplo, en las lenguas
africanas bantúes (swahili y demás) no existen sino clases, y un poco más cerca, el
euskera o vascuence no admite morfemas genéricos. De modo que, en vasco, «niño» y
«niña» es lo mismo (haur) o «perro» y «perra» (zakur). Lo de menos es que las
feministas desconozcan las complejidades lingüísticas; lo grave es que no se percaten de
la insensatez de sus propuestas. ¿Quiere decir que sólo podrán expresar su rabia
feminista las que hablen lenguas que distinguen géneros? ¿Qué sucede con las mujeres
vascas? ¿No se quejan del sexismo? ¿Es que acaso eso tan vago y metafísico del
sexismo está en la gramática o en las costumbres y en las personas?

Lo divertido es que no sólo abominan del sexismo lingüístico y proponen bobadas
tales como decir «humano» en lugar de «hombre». Por cierto, ¿por qué si es masculino?
¿No sería mejor «humane» (terminado en e) como sin siquiera reír quiere y propone un
filósofo español? Así, el libro de Nietzsche se convertirla en Humane, demasiado
humane para que las feministas no chillen.

Qué manía esa tan femenina de andar mezclando el sexo con todo. El machismo será
muy poco recomendable, pero al menos tiene la ventaja de poner al sexo en su sitio, que

es donde debe estar


Nota: Este artículo fue publicado originalmente en El Nacional y después como parte del libro La escuela de la sospecha. Nuevos ensayos polémicos. Monte Ávila Editores, Caracas 1990. Y como puede leerse en este breve artículo, no son nada nuevas las impertinencias y yerros lingüísticos, y resalta la habitual agudeza irónica de Nuño.

jueves, 21 de marzo de 2019

Desde la otra orilla (II)

Desde la otra orilla llegan otras voces, desoídas o apenas oídas: voces que han persistido en la soledad, algunas en el aislamiento voluntario, marginadas, pero dicen con tono propio; no se arredran  ni se consumen en afanes de la inmediatez para lustrar sus nombres.

Desde la otra orilla surgen esas voces de artesanos de las palabras: como a François Villon en su tiempo, el sueño de esta época les ha sido arrancado a golpes de martillo e insisten allí donde muchos abandonaron, arrojaron el cuaderno a un lado o posaron para la fotografía enaltecedora, salieron al foro y se enamoraron del escenario. Las voces de la otra orilla, disímiles y diversas, siguen, cada una por su cuenta, su propio sendero: no esperan las recompensas de los espejos de las conveniencias.
Una de esas voces, Manuel Cabesa, lo ha dicho con su propio acento, mucho antes de que nos decidiéramos a referirnos a la otra orilla:

Del mismo barro que somos
están formados nuestros caminos.
Largas veredas como años interminables.
Algunas veces
estas sendas se cruzan
uniendo dos soledades.
Luego cada cual prosigue su marcha
llevando consigo un recuerdo
como único equipaje.
Ninguno se permite
entonces
mirar hacia atrás
.

Ya he mencionado y citado una de esas voces, y otras acuden a mi memoria, sólo algunas de las muchas que supongo o apenas conozco: sé que hay más, sitiadas por la algarabía politiquera y delincuencial.
Las voces de la otra orilla no es un coro: cada quien anda en lo suyo. Por su cuenta, cada voz, a la sombra y en medio de la claridad, dice, afincando el bolígrafo o tecleando en el desvelo, como Luis Alejandro Contreras:

Poetos hombres y poetos mujeres
oficiando libaciones mórbidas,
articulando orgásmicas ecuaciones verbales
de una helada métrica sin límite,
mientras la vida canta y vibra impaciente
allá afuera.


Que quede claro, no pretendo ni quiero ser crítico literario; mi única aspiración es mostrar la otra orilla y a quienes desde ella dicen, desdicen, ponen el dedo en la llaga, mientras muchos se pasean por los callejones seguros de los egos complacidos, satisfechos y convencidos de su vocación de sepultureros.

Horror por el tiempo: Juan Gabriel y María Zambrano

  Mario Amengual De inmediato, lo sé, el título que encabeza esta página apresurará juicios negativos o un rápido e indiscutible rechazo: ...